
No tires las cartas de amor
Ellas no te abandonarán.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
—esta flecha de sombra—
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Caerán los años. Te cansarán los libros.
Descenderás aún más
e, incluso, perderás la poesía.
El ruido de ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que habrás guardado
serán tu última literatura.
(Joan Margarit. Aguafuertes, 1988)
En pocas ocasiones conectamos de una forma tan directa con nuestro ego como cuando escribimos una carta. En esta particular situación comunicativa el yo se desdobla por un sortilegio de la conciencia y se expresa con una franqueza que no tendría lugar si el destinatario estuviese presente. El marco temporal también es otro: pareciera como si, durante la escritura de la carta, el tiempo se detuviese. Entre emisor y receptor se alza entonces un muro de silencio, un vacío donde el remitente puede expresarse libremente, sin los cortafuegos de la conversación cara a cara: miradas que se apartan, dedos que golpean frenéticamente la superficie de una mesa, cabezas que asienten con desinterés… toda una serie de gestos que, en definitiva, denotan mucha prisa. Porque siempre tenemos prisa para el otro. Sin embargo, cuando nos expresamos dentro de ese marco de solipsismo que representa el folio en blanco, la pantalla del ordenador, o el teclado del teléfono móvil ¿se está expresando nuestro yo más auténtico o, por el contrario, se manifiesta otro más afectado, más patético? Y es que la ficción se cuela en nuestra cotidianidad cuando escribimos una carta, aunque apenas lo sospechemos.
Ya en la Grecia antigua la forma epistolar era la preferida de filósofos como Epicuro, pues mediante ella podían encauzar sus pensamientos en una suerte de diálogo fluido como un río. Por otra parte, cuando en la Roma de la época imperial el arte de la oratoria se refugió en las escuelas, la escritura de cartas ficticias se convirtió en uno de los ejercicios retóricos más frecuentes. Pero no es sino en el terreno de la elegía donde las epístolas adquieren su propia razón de ser, un molde más natural donde el yo, bestia indómita herida de amor, trata de canalizar, por medio de la escritura, todo su dolor ante la pérdida amorosa. Afirman los críticos que Ovidio, con sus Heroidas, ahondó en la psicología femenina presentándonos un amplio repertorio de escenas, unas veces cargadas de patetismo, otras de una finísima ironía, en torno al desamor. Sin embargo, debemos hacer una serie de matizaciones sobre esta afirmación. Cierto es que cuando el poeta se disfraza de mujer, sus soliloquios resultan honestos como una confesión. La Medea de Ovidio, inspirada en la de Eurípides, declara en su carta a Jasón: «Hay un cierto placer en echar en cara a un ingrato los favores que se le han hecho. Disfrutaré de él; ésta será la única alegría que me llevaré de ti». Y cuando habla de su pasión lo hace con gran patetismo y exaltación, como si se tratase de una enfermedad que le quita el sueño: «No me es agradable el día, paso en vela las noches amargas, y el plácido sueño, ¡ay!, no se adueña del pecho de esta desgraciada. Yo que no puedo dormirme a mí, pude dormir a un dragón»1.
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Me ha encantado. Está muy bien documentado y relacionado con el mundo clásico y la actualidad.
He disfrutado mucho leyéndolo :)
Qué buen artículo. Y pobre monja…
Siempre se habla de estos temas colocando a la mujer como abnegada y al hombre como abusador y aprovechado.
¿Y al revés qué?
Porque al revés también ocurre.
Nadie habla y a nadie le interesa. Cuando una mujer es la que abusa o maltrata se deja correr.
Los hombres maltratados no encontramos literatura que nos explique