La cultura es sexo (diálogo plutónico)

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—¿El sexo es cultura?

—Si entendemos «sexo» como metonimia de la sexualidad en sentido amplio, desde luego, el sexo es cultura; si lo entendemos como condición biológica y como pulsión básica, sería más adecuado decirlo al revés: la cultura es sexo.

—Suena un tanto reduccionista y freudiano.

—Sería freudiano/reduccionista decir que la cultura es toda ella sexo, que la libido es el motor único del comportamiento individual y social.

—¿No es el único motor, pero sí el principal?

—Las tres pulsiones básicas de la conducta animal, incluida la humana, son el hambre, el sexo y el miedo. Y no se puede establecer una jerarquía clara y permanente entre las tres pulsiones. 

—¿No es el hambre la más básica y perentoria de las tres? 

—En principio, así parece; pero se puede dejar de comer por miedo o por amor.

—¿Y estas tres pulsiones explican la cultura toda, desde la poesía hasta el fútbol?

—Digamos que la fundamentan. Una cultura es, básicamente, una manera de gestionar el hambre, el sexo y el miedo. Nada define tan bien una sociedad como sus hábitos alimentarios, amorosos y defensivos. Y por eso es tan difícil modificarlos, incluso analizarlos.

—¿Difícil analizarlos? Pero si no paran de hablar de gastronomía y de dietética en todos los medios, y los géneros más populares son el romance y el terror…

—Una cosa es describirlos o comentarlos, y otra analizarlos en profundidad, de forma crítica. La industria cárnica es la responsable directa de la actual pandemia y de otras plagas recientes, como la gripe aviar, la peste porcina o el mal llamado «mal de las vacas locas» (en realidad, las locas son las personas que se comen a las vacas), y es también una de las principales causas de la deforestación, la contaminación y el calentamiento global; sin embargo, más del noventa por ciento de la población sigue comiendo carne, con total desprecio de los derechos de los animales no humanos y con grave riesgo para la salud individual y colectiva.

—Pero los hábitos amorosos sí que han cambiado mucho en las últimas décadas.

—Han disminuido considerablemente la represión sexual y el control social de la conducta amorosa, pero no tanto los hábitos en sí mismos ni los discursos que los legitiman. El mito del amor sigue siendo el mito nuclear de nuestra cultura.

—¿Te refieres a lo que se suele denominar «amor romántico»?

—Básicamente, pero no exclusivamente. Otros «amores» muy arraigados y sobrevalorados, como el amor a la patria o el amor a los hijos, comparten el mismo sustrato mítico.

—El amor a la patria tiene un claro componente mítico; pero el amor a los hijos es algo muy real e inmediato, ligado a una experiencia vital directa e intensa, a un vínculo en gran medida biológico, fundamental para la supervivencia de la especie.

—Cierto. Pero sobre ese vínculo tan real y básico se ha construido toda una mitología. Es algo similar a lo que ocurre con la comida: qué duda cabe de que comer es una actividad fundamental que responde a una necesidad biológica primaria; pero nuestros hábitos y ritos ligados a la alimentación son en buena medida irracionales, incluso nocivos.

—¿Y ocurre lo mismo con las relaciones familiares?

—Desde luego. Hay un exceso de exclusividad, posesividad y dependencia en las relaciones familiares al uso, lo cual dificulta la realización personal y contribuye a la atomización de la sociedad.

—Pero el modelo familiar convencional ha sido muy criticado, sobre todo a partir de los años sesenta del siglo pasado.

—Sí, e incluso ha habido propuestas y experiencias destinadas a superarlo, como las comunas; pero, en la práctica, sigue siendo el modelo dominante, como dominante sigue siendo el discurso que legitima ese modelo.

—Pero cada vez hay más divorcios, más familias monoparentales, más parejas homosexuales…

—Es cierto, y cada vez hay más vegetarianos, afortunadamente; pero el carnivorismo, la familia patriarcal nuclear y el transporte privado siguen siendo, de lejos, las tendencias dominantes.

—¿Qué tiene que ver el transporte privado?

—Representa el tercer aspecto de la respuesta de nuestra cultura a las pulsiones básicas. El mito del amor y la familia nuclear gestionan la pulsión sexual, el carnivorismo es la despiadada respuesta irracional al hambre, y el coche particular, claustro y coraza a la vez, fusión de contrarios entre el encierro y la libertad de movimiento, expresa el miedo al mundo exterior y a los demás.

—¿Más que la vivienda?

—De una manera más mitológica —o más mitofílica, valga el neologismo—, es decir, más neurótica e irracional. No hay más que ver la perversa publicidad de los automóviles, que presenta una de las principales causas de la mortandad accidental, del despilfarro energético y de la contaminación atmosférica como un requisito indispensable para vivir intensamente.

Breve pausa reflexiva.

—Entonces, este artículo ¿no debería titularse «La cultura es sexo, hambre y miedo»?

—En puridad, sí; pero hay al menos dos razones para este título reducido. Por una parte, el artículo pretende ser una respuesta/aportación al libro colectivo El sexo es cultura, de reciente publicación. Y, por otra, si entendemos la cultura en su sentido restringido convencional, es decir, como el conjunto de las manifestaciones literarias, artísticas, musicales, cinematográficas, etc., el mito del amor —y en última instancia el sexo— es, de forma más o menos explícita, su tema principal; aunque seguido muy de cerca por el miedo.

El Sexo es Cultura

—¿Y la violencia?

—La violencia es hija de la unión contra natura del sexo y el miedo.

—¿No es paradójico que el hambre, la pulsión más básica y acuciante, esté menos presente que el sexo y el miedo en los productos culturales?

—Puede parecerlo a primera vista; pero la paradoja desaparece al tener en cuenta que nuestros productos culturales suelen generarlos y consumirlos personas que comen todos los días. Y la cultura nace de la carencia y la frustración.

—También hay una cultura de la alegría y la plenitud.

—Más que de una cultura de la alegría, habría que hablar de productos culturales «alegres», a menudo superficiales y muchas veces engañosos.

—¿Te refieres a las comedias románticas al uso?

—No solo a las comedias románticas. El cine y la televisión están infestados de productos banales que ofrecen una visión edulcorada de la realidad.

—¿Qué tiene de malo edulcorar las cosas?

—Depende de qué cosas y de qué edulcorante se use, y en qué dosis. Evadirse de la realidad, negar o camuflar sus aspectos negativos, es la mejor manera de evitar su transformación.

—Pero también en la gran cultura tiene cabida la alegría. ¿Qué me dices de Beethoven, de Schiller…?

—Si estás pensando en el Himno a la alegría, no hay que olvidar que Beethoven lo compuso al final de su vida, cuando ya estaba completamente sordo y comprensiblemente amargado. Y el poema de Schiller que le sirvió de inspiración, Oda a la alegría, se titulaba en origen Oda a la libertad, y se convirtió en un himno que los estudiantes cantaban con la música de La Marsellesa; pero la censura obligó a cambiar un título demasiado subversivo para la mentalidad del Antiguo Régimen.

—En cualquier caso, el resultado final es un canto a la alegría.

—Nacido de la tristeza de un anciano iracundo y de la rebeldía de un joven indignado (Schiller tenía veintiséis años cuando escribió el poema). No por ello es menos hermoso ni menos estimulante; pero nada nos autoriza a hablar de cultura de la alegría. La cultura es la hija pródiga de la frustración, su precario consuelo, su llamada de auxilio.

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16 Comentarios

  1. Quiero suponer que en el concepto «Hambre» va, implícito, el concepto «Sed», el cual es aún más acuciante y perentorio. No sé si son pulsiones o necesidades básicas, pero siempre he creído que estas últimas, se reparten por este orden de importancia de más a menos: Respirar, mantener nuestra temperatura corporal, beber, miccionar, dormir, comer, defecar y por último, el sexo, a mucha distancia de las anteriores. Por cierto Frabetti, te supongo enterado de los últimos avances en la obtención de carne partiendo de células de pollo y otros animales, lo que con el tiempo redundará en la inutilidad de sacrificar a esos mamíferos para comer su carne. Saludos.

    • Por supuesto, la sed va incluida en el hambre. Y, sí, el orden que propones es el más natural; pero podemos subvertirlo, y no solo los humanos: es frecuente que un perro deje de comer y muera de inanición por amor (al morir su «amo»). Sí, la obtención de carne comestible a partir de células es una buena noticia; a pesar de mi avanzada edad, confío en llegar a ver un mundo en el que matar a una vaca o a un cerdo sea un delito perseguido por la ley.

  2. Ya decía el Arcipreste de HIta que el mundo se mueve por dos cosas. Haber mantenencia y ajuntamiento con fembra placentera…..

  3. Lectura dificil, estimado Carlo, si bien el mensaje esta claro (Los acentos faltantes ponelos vos. Razones de fuerza mayor). Mas, “a mi me parece puro cuento” (JLB) que sean esas tres pulsiones que condicionan nuestra forma de estar en el mundo. Cierto que es atractiva esa insinuacion que dice que todo lo que hacemos es debido a la libido, ya que nuestras creaciones son una forma de perpetuarnos como lo hacemos con el sexo que es el instinto primario, y que supongo larvadamente estara presente en cada momento, pero a ras de tierra y como “medio pelo” me resulta dificil aceptar que toda la belleza que me rodea, desde la factura de un clavo o la de los cacharros de cocina, pasando por el arte y llegando a los rascacielos, cohetes y diques sean obra de aquella pulsion. De frente a lo estupefaciente de la existencia, a esas tres le agregaria “la maravilla” o “el desconcierto” o, en casos patologicos “el extravio” aunque no se si estas manifestaciones podrian definirse pulsiones. Estas no no son puntuales como aquellas. Ademas, mas tiempo lo pasamos durmiendo, en ese estado mas metafisico que real y de despiertos viendo pasar el mundo y tratando de sobrevivir. Y si esa “maravilla” no se manifiesta como las freudianas, creo que es debido a que la hemos adormecida o adomesticada ya que seria imposible la existencia. Acabariamos como aquel filosofo griego que siempre terminaba en los pozos por mirar el cielo estrellado. Sospecho que el tiempo, que hasta nuevo aviso aun es metafisico tenga algo que ver con el arte. Con respecto al consumo de carne es un drama para aquellos que poseen una cierta sensibilidad. Tener que destruir o consumir el planeta o hacer sufrir otros seres para nuestra sobrevivencia no nos eleva sobre los demas animales. Todo lo contrario. Ademas, los que toman conciencia de tal situacion, son en su mayoria mujeres y aquellos como nosotros con una cierta edad. De esa franja “enfermiza” que es la juventud no proviene nadie. Incluyendome, como genuino carnivoro argentino pero a tiempo preterito debido. Es una fractura insanable. Espero que la cultura, esa otra forma de maravilla, pueda poner fin a nuestra ambiguedad.

    Esta atávica y escrupulosa costumbre
    de las mujeres de recoger flores
    sin un motivo aparente,
    me hace sospechar que, en el fondo,
    es la misma y antigua necesidad apremiante
    que se llama en nosotros tener hambre.
    ¡Un suculento bife jugoso con especias!
    un buen tinto, tus ojos y los elogios
    a los emblemas provisorios de nuestro pasar:
    a mi manjar y a tus ramilletes.
    Asi andamos entre vos y yo
    querida amiga, dentro de un dia de regalo
    entre lo incomprensible
    y lo estrictamente necesario.

    • Por eso, caro Roberto, digo -decimos mi yo y su sombra- que las tres pulsiones básicas no explican la cultura, sino que la fundamentan. En la base de ese buen tinto (malo para la salud) y ese bife jugoso (peor aún) está la necesidad de ingerir unos 50 gramos de proteínas y unas 2000 calorías diarias; y el cerebro procesa esa necesidad como hambre. ¿Explica eso la tarta pascualina? No, pero la fundamenta.

  4. No me termina de convencer el artículo. Especialmente cuando dices «La violencia es hija de la unión contra natura del sexo y el miedo». Yo creo que no. La violencia nada tiene que ver con el sexo ni con el miedo. Es una respuesta básica de la biología para establecer un orden: el fuerte manda y el débil obedece. No estoy de acuerdo en que el sexo es cultura. Creo que la sexualidad (entendida como la relación íntima entre dos individuos) es parte de la cultura y hace a la cultura pero no estás considerando otros aspectos que involucran las relaciones públicas (ecológia, ética, justicia, etc.).

    • ¿Y por qué hemos desarrollado una ética -o varias-, una justicia, una ecología…? Para regular colectivamente nuestras pulsiones básicas, vinculadas a necesidades biológicas. «El sexo es cultura» es el título del libro al que aludo; el artículo se titula «La cultura es sexo», precisamente para hacer hincapié en el orden de los factores. Y, como le aclaro a Roberto en un comentario anterior, el trinomio hambre-sexo-miedo no explica la cultura: la fundamenta. El hambre no basta para «explicar» el roscón de Reyes, pero es la pulsión básica que nos ha llevado hasta él.
      Entre los animales no humanos, y en gran medida también entre los humanos, el fuerte manda para tener más comida y más sexo, y el débil obedece por miedo.

  5. A mi tampoco me termina de convencer tu artículo. Cada vez entiendo menos. Y la etimología de Cultura tampoco ayuda. Escribís “ Y por qué hemos desarrollado una ética –o varias- una justicia, una ecología? Para regular colectivamente nuestras pulsiones básicas vinculadas a necesidades biológicas…”. Creo que ese hecho íntimo e imperioso como el big ban no necesita de una ética, una justicia o una ecología. Sería el colmo si debajo de las sábanas nos sintiéramos inhibidos por tales categorías. Entonces, y exagerando se podría decir que respirar o parpadear también es cultura. Con respecto al buen tinto, tres mil años de continuo beber, por los resultados a la vista y hasta prueba contraria, es saludable en dosis moderadas. Estoy de acuerdo con los consejos prácticos y morales por el bife jugoso. Un pecadillo de juventud. Por eso en mi reflexión va acompañado con los ramilletes.

    • Lamento comunicarte que la prueba contraria ya ha llegado: el buen tinto contiene ingredientes saludables, es cierto, como los riboflavonoides, pero unidos a un tóxico nocivo en cualquier dosis, el alcohol etílico, por lo que no conviene tomarlo ni siquiera con moderación. Y, sí, también debajo de las sábanas nos sentimos inhibidos, como te explicará cualquier psicólogo: precisamente por eso recurrimos al buen tinto y a otras drogas, para recuperar algo de la «inocencia» irremediablemente perdida.

  6. Yo tampoco acabo de estar convencida sobre las conclusiones de este interesante diálogo. Puntualizaría dos cosas:
    Primero, las emociones básicas comunes a cualquier ser humano son alegría, tristeza, ira, miedo y asco y en cada cultura son canalizadas, interpretadas y asumidas con sus peculiaridades. Lo que me lleva a lo segundo: creo que hay que detenerse a hacer una distinción fundamental entre lo que es una cultura como el conjunto de costumbres, conocimientos, desarrollo, etc de un lugar y la Cultura como las manifestaciones artísticas, científicas y creativas.
    Creo que a donde quiero llegar es a que sexo – hambre – miedo es el trinomio común a, básicamente, cualquier organismo y en tanto que el ser humano es una especie consciente de mucha más complejidad, haría falta mucho más que eso, un nivel más elevado de «pulsiones básicas», para poder definir la intrincada relación entre el sexo y nuestras diversas culturas o el por qué seguimos comiendo carne.

    • ¿Alguna idea o sugerencia sobre lo que falta? E insisto en que esas tres pulsiones básicas no explican la cultura: solo la fundamentan, en el sentido de que podemos llegar a estos cimientos comunes a partir de cualquier manifestación cultural. Mientras no se demuestre lo contrario. Nos gusta pensar que somos muy especiales, cuando lo que somos es muy especistas.

      • Quizás somos especiales y especistas. Una no elimina la otra. A mi parecer no es que disfrute pensando en lo muy especiales que somos, ya sabes, en ese sentido clasista/especista, sino que me parece innegable que somos muy complejos. Complejos más que especiales. Yo no creo que estemos por encima de ninguna otra especie, de veras. Lloro a moco tendido cada vez que me veo el documental Earthlings y comparto ese ideario. Lo que digo es que el ser humano ha ido mucho más allá en la complejidad que se deriva de todas las especies, y no por ello tenemos derecho a explotar al resto. Dicho esto, no veo claro -debido a nuestra complejidad- que cualquier manifestación cultural nos lleve a esos cimientos. ¿Nos lleva la espiritualidad a esos cimientos… La filosofía… La Teoría de Cuerdas? Lo mejor de todo es que en esta charla seguimos inmersos en el diálogo plutónico :)

        • ¿Nos llevan? La pregunta no solo es lícita, sino necesaria; pero si hay otras pulsiones básicas -tan básicas como el trinomio HSM- deberíamos haberlas identificado ya. De momento, la navaja de Occam, al podar el árbol de la ciencia, ha dejado esas tres. Pero insisto: HSM es el motor y, parafraseando a Wittgenstein, el coche no es el viaje. Ni el paisaje.

      • Llego tarde pero por ejemplo Malinowsky añadiría, la necesidad de relajación, la de movimiento, la de crecimiento y las comodidades físicas.

  7. Nunca es tarde si la aportación es buena.
    No son pulsiones básicas. En última instancia, todo remite al binomio placer-dolor, y si salimos de las «ansias primarias» (primal urges) el abanico se amplía bastante.

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