Hara-Kiri: una revista tonta y mala

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Estimado Sr. Martínez:

Por la presente le comunico que, finalmente, no me encuentro en disposición de venderle los ejemplares de la revista satírica francesa Hara-Kiri que habíamos acordado. Me va usted a perdonar, pero soy un hombre respetable, tengo un nombre aquí en París, y no es mi intención caer en desgracia por cruzar la frontera española con mercancía ilegal. No es ningún secreto que algunos números de este antecedente extremo y amoral de Charlie Hebdo están prohibidos tanto en Francia como en España, y viajar con esas revistas en mi equipaje sería una absoluta temeridad. Sepa que esto me perjudica más a mí que a usted, pues no es fácil encontrar un coleccionista que me abone tan elevadas cifras por un montón de papeles viejos con horribles dibujos, si bien hay números concretos, como el primero, cuyo valor en subasta supera los mil quinientos euros.

Supongo que ya sabrá que la palabra japonesa harakiri significa ‘cortar el vientre’ y se usa para denominar al suicidio ritual por desentrañamiento. El término, que en Japón se considera un tanto vulgar frente al más elegante seppuku, le venía al pelo a una publicación satírica que bien podría haberse llamado Kamikaze, puesto que su vocación era tan suicida como homicida. Fue Hara-Kiri un auténtico ejemplo de crueldad igualitaria, pues se ensañaba con todo y con todos, fuera cual fuera su sexo, condición, nacionalidad, religión, ideología o pelaje. Como aquella canción de Eskorbuto, Hara-Kiri era antitodo: puro nihilismo, lucha necia, vanguardia surrealista de una Francia insumisa en una Europa que, cada vez más lejos de la tradición, se perdía el respeto a sí misma y, por ende, al mundo mundial.

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«La libre comunicación de ideas y opiniones es uno de los derechos más preciados del hombre; por lo tanto, todo ciudadano puede hablar, escribir e imprimir libremente, debiendo responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por ley», dice el artículo 11 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, síntesis del derecho francés de la información. Por un lado, este derecho propició la irrupción de algo tan virulento como Hara-Kiri y, por otro, se encargó de prohibirlo cuando se pasó de la raya. Pero empecemos por el principio. 

En septiembre de 1960, el escritor François Cavanna, el dibujante Fred y el humorista y periodista Georges Bernier (alias Professeur Choron) fundaron la revista Hara-Kiri. Bernier y Cavanna se conocieron ya a mediados de los años cincuenta, en la redacción del panfleto satírico Zéro. Bernier describía a Cavanna como «un tipo con cara de oficial de las SS que hubiera perdido el casco», y Cavanna hablaba de Bernier como de «un señor de cráneo redondo y bigote amarillo ataviado con una estrambótica camisa de cuadros». 

Aunque la redacción era un caos, el trabajo en Hara-Kiri se ordenó así: Choron rumiaba las barrabasadas, Fred tramaba la dirección artística y Cavanna escribía, pulía y editaba el disparate. Un triángulo imparable que, aderezado con numerosos colaboradores, convirtió la revista en un éxito. 

Aunque al principio los propios autores repartían su artefacto contracultural por las calles, a finales de año ya estaban en los quioscos. Su rápido crecimiento tenía un motivo: jamás había existido en Francia una revista de humor tan corrosiva. 

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Poco a poco, la popularidad de Hara-Kiri fue creciendo, cimentándose sobre una base de fans que celebraba cada provocación del pasquín como si fuera maná caído del cielo. Y no porque derrochara ingenio. De hecho, vistas hoy, la mayoría de las ocurrencias publicadas en esas páginas resultan grotescas, más cerca del vómito nihilista que del fino humorismo galo. 

Entre el material que usted pretendía comprarme está la portada del número 7, ilustrada con una dama paseando con correa de perro a su marido discapacitado en silla de ruedas. O la del 181, donde sale una motosierra decapitando a un hombre bajo el titular «Por una pena de muerte más humana». O la del 211, donde aparece el ayatolá Jomeini agarrado a una muñeca hinchable. O blasfemias como aquel falso anuncio de contraportada donde un sacerdote alza una sagrada forma junto a las frases «¿Intestino fatigado? ¡Cómase a Dios!» y, más abajo, una cajita de «hostias digestivas». O aquella foto de una mocita vestida de comunión que, levantándose la falda, mostraba un velludo pene junto al titular: «El escándalo de las hostias y las hormonas: ella cambió de sexo el día de su Primera Comunión». O aquella Virgen María afeitándose a la diestra de las palabras «Revelación: ¡La Santa Virgen es un travelo!». O aquel otro falso anuncio donde una chica despatarrada y con las bragas bajadas se agarraba a una botella de agua mineral sobre el eslogan: «Después de la violación… bebo Perrier». Y así podría seguir toda la carta. Pero se me acaba la tinta y todavía tengo que contarle cómo acabó este fistro de revista que, desde su número 7, se hizo llamar «tonta y mala» con todo el derecho del mundo. 

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«Si no lo puede comprar, róbelo». Era el lema de la campaña radiofónica con la que Hara-Kiri tocó su techo de popularidad, llegando a despachar más de doscientos cincuenta mil ejemplares de cada número. También ayudó Jean-Christophe Averty, que apoyó la revista desde su polémico programa de televisión Les Raisins verts

Pero, en 1961, el Gobierno prohibió Hara-Kiri, en virtud de leyes de protección de la infancia y la juventud aprobadas por el nuevo presidente de Francia, el derechista Charles de Gaulle

Tras un tiempo de obligada reestructuración, tratando de suavizar sus contenidos sin perder gancho, la revista volvió a los quioscos para ser prohibida de nuevo cinco años después. Esta vez, con su economía seriamente dañada y unas ventas mermadas hasta los ochenta mil ejemplares, tardaron seis meses en volver a las andadas. Algunos de sus colaboradores se bajaron del barco, caso de Gébé, Cabu o Fred, aunque entraron otros como Delfeil de Ton, Fournier o Willem, que eran aún más salvajes. 

El humor de Hara-Kiri no tenía remedio, y ya había cambiado para siempre la historia del humor gabacho. Como bien dijo el dibujante Georges Wolinski: «Nuestra revista no ha inventado un nuevo humor, simplemente ha sacado a la luz el verdadero humor que gusta a los franceses». Un humor irreverente, sin límites, que usa y abusa de cualquier elemento, por sagrado, íntimo o trágico que sea, para hacer reír a los iniciados y epatar a los burgueses. 

El propio Bernier creía que TODO puede ser objeto de burla: «Para nosotros no hay tabús, y nos reímos de los muertos, de los cancerosos, de los antiguos combatientes, de los culos, de las pollas… Es un humor violento y deliberadamente escatológico». Y no es una metáfora: en noviembre de 1970, la revista sacó un «Special Scato», en cuya portada aparecía el rostro guasón de Cavanna cubierto con lo que parecían ser heces fecales. Reiser aseguró que «nuestra alusión a los excrementos es una metáfora de la abyección y el absurdo de la condición humana». En cierto modo, lo de Hara-Kiri era arte moderno: degenerado, cínico, sádico, ácido y negro, pero arte moderno al fin y al cabo. 

Los factótums y colaboradores de Hara-Kiri tenían unas ricas influencias, que iban desde la revista satírica norteamericana Mad (sobre todo su etapa más salvaje, orquestada por Harvey Kurtzman en los años cincuenta) hasta los maestros de la pintura. Así, mientras Willem era una especie de Durero del siglo XX, Bruno Blum tenía más que ver con el Bosco, y Roland Topor estaba en deuda con Honoré Daumier.

En cuanto a las influencias literarias, los Hara-Kiri reconocían a autores como Hugo, Valéry, Giraudoux, Vian y sobre todo Rabelais, el Cervantes francés, autor de la serie Gargantúa y Pantagruel. Sentían también una singular debilidad por Ambrose Bierce, periodista y escritor maldito del siglo XIX cuya obra más célebre, El diccionario del diablo, no habría desentonado en Hara-Kiri: «Boticario: s. Cómplice del médico, benefactor del sepulturero, proveedor de los gusanos del cementerio». 

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Crecidos por el éxito de la revista mensual, en 1969 Cavanna y sus compinches decidieron publicar un semanario, titulado Hara-Kiri Hebdo, en la línea de la revista madre. No duró ni dos años. 

El caso es que en noviembre de 1970 falleció el expresidente Charles de Gaulle y, diez días más tarde, murieron ciento cuarenta y seis personas en el incendio de una discoteca. Hara-Kiri Hebdo publicó una portada austera, sin dibujos, en la que se mofaba de ambos hechos, relacionándolos entre sí: «Baile trágico en Colombey – Un muerto». El ministro del Interior, el derechista Raymond Marcellin, prohibió la revista, pero el equipo de la misma, esquivando la orden, volvió a lanzarla cambiándole el título: Charlie Hebdo, que se haría tristemente famosa muchos años después debido a un trágico atentado islamista. Charlie Hebdo sería un Hara-Kiri romo, politizado y descafeinado, que se autodefinía como «una publicación de la izquierda crítica». Tras Mayo del 68, los tiempos habían cambiado y exigían un humor menos nihilista y más «comprometido». De esta forma, la revista más cafre de Francia se transmutó en un bufón de la izquierda, pese a que la izquierda la despreciaba. Al respecto me viene a las mientes una declaración del dibujante español Montesol cuando recordaba el desdén del escritor socialista Manuel Vázquez Montalbán por el cómic underground: «Fue porque había unas pollas gigantes y la gente hablaba de drogas. Ellos estaban por otra labor, que era entrar en la tarta del poder, que en el fondo es lo que le interesa a la izquierda».

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En 1986, Hara-Kiri resurgió de sus cenizas y, contra todo pronóstico, volvió a las andadas con su etapa más radical. Uno de los fichajes más llamativos de esta nueva época fue el dibujante Philippe Vuillemin que, en 1987, en colaboración con el guionista Gourio y el apoyo del ilustrador Gondot creó Hitler=SS, un cómic que con sarcasmo hiriente y grafismo chungo escupía una sátira de los campos de concentración nazis. El tebeo fue serializado en Hara-Kiri y, más tarde, recopilado en un álbum que imitaba el diseño de la revista nazi Signal

En uno de los chistes, un soldado nazi observa el humo que sale de un horno crematorio y exclama: «¡Está decidido! ¡Este año dejo de fumar!». Y en otro, una judía que fornica con un soldado nazi grita «¡Mi marido!» al ver la calavera de su calcinado esposo. Para más recochineo, los autores aparecían en la contraportada disfrazados de nazis. Un crítico de la revista Fluide Glacial calificó el resultado como «el tebeo más provocador del siglo». 

Las quejas de los supervivientes de los campos de concentración no se hicieron esperar, y el cómic fue tachado de «nazi» de forma bastante injusta, puesto que se mofaba tanto de los judíos como de los nazis. En cualquier caso, los autores fueron objeto de tres demandas que motivaron otros tantos juicios. Hitler=SS fue secuestrado por el entonces ministro francés del Interior, el socialista Charles Pasqua, que tildó la obra de «insultante» y, en 1989, Gourio y Vuillemin fueron condenados a pagar una multa simbólica de un franco y el editor tuvo que retirar la revista y ocultar el álbum.

En 1990, la Editorial Makoki publicó Hitler=SS en España y no le fue mucho mejor, pues el álbum fue secuestrado por el Gobierno del socialista Felipe González a los pocos meses de su publicación. Además, las asociaciones judías B’nai B’rith y Amical de Mauthausen demandaron a Damián Carulla, editor de Makoki, por atentar contra la dignidad de los antiguos prisioneros y contra el judaísmo. 

Al igual que Hara-Kiri, Makoki se defendió alegando que el tebeo no era más que una parodia del revisionismo. No coló, y fue condenado por «apología de los verdugos» y porque «cada viñeta es agresiva por sí sola, con un mensaje tosco y grosero, ajeno al buen gusto, donde late un concepto peyorativo de todo un pueblo, el judío, por sus rasgos étnicos y creencias». Al recurrir Makoki, el Tribunal Constitucional confirmó la sentencia, declarando que el cómic convertía «una tragedia histórica en una farsa burlesca» e incitaba al odio y a la violencia racial. El editor de Makoki fue condenado a un mes y un día de arresto y a pagar una multa de cien mil pesetas. 

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La versión española de Hara-Kiri tardó dos décadas en llegar: fue lanzada en 1980 por Amaika, la misma editorial que publicó El Papus, la mítica revista satírica de los setenta que sufrió un atentado del grupo armado Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista), tras el cual se desinfló hasta convertirse en un pasquín inocuo. Sin embargo, y pese al subtítulo «Humor bestia y sangriento», la calidad de la edición española de Hara-Kiri no fue tan alta como cabría esperar, y solo heredó de la revista madre su procacidad, pese a beneficiarse de la aportación de grandes historietistas españoles como Serafín, Pirrón, Ivà, Ja, Oli, Juan Ballesta o Sappo, seudónimo del genial Manuel Vázquez, creador de Anacleto y las Hermanas Gilda. 

Los susodichos autores llevaron al límite en Hara-Kiri su mala leche y su vis lúbrica, convirtiendo el invento en una retahíla de estampas pornográficas y chistes verdes que oscilaban entre lo brillante y lo chusco. Por poner un ejemplo, en una de las portadas de Ja, aparecía un hombre que está en la cama con una gallina y exclama «¡Sielos! ¡Mi señora!» cuando ve entrar a una oveja por la puerta. Y en una de Sappo, un barrendero contempla asombrado cómo una niña ha garabateado un dibujo de un negro aborigen sobre una manguera, que así parece su pene. 

La edición española de Hara-Kiri fue degenerando lentamente, tratando de paliar su bajón de ventas a base de pornografía. Tras cincuenta números en caída libre, fue comprada por la editorial IRU, que trató de hacerla aún más cochina. Hasta que, en 1994, se cerró. Cuatro años más tarde hubo un tímido intento de resucitarla, pero la cosa quedó en nada: empezaba la era de internet y el mundo enfilaba un siglo XXI marcado por una corrección política desmesurada, que reprimía y linchaba cualquier intento de hacer un humor «bestia y sangriento». 

Los chistes verdes de mariquitas, cornudos, prostitutas, negros, ovejas, niños, fetos o muertos ya no se atrevía a contarlos ni el mismísimo Barragán, que también tuvo su revista satírica, por cierto. Pero eso, como diría Anacleto, es otra historia. Así que, sin más, me despido pidiéndole una vez más disculpas por no venderle mi colección de Hara-Kiri. Me atrevo ahora a confesarle que la quiero para mí. La aborrezco con toda el alma, pero deseo atesorarla como muestra de un humor ya inasequible y extinto. Porque, amigo mío, hoy se puede ser tonto, pero está prohibido ser malo.

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2 Comentarios

  1. A ver, no cabe la comparación con la revista MAD, una maravilla en todos los aspectos, en especial los artistazos que por allí dibujaban – Mort Drucker y Jack Davis, sobre todo – y su equipo de excelentes guionistas entre los que me cupo el orgullo de formar parte. Así que cuidado que todavía hay clases…

  2. Mucho socialista por ahí.
    Manuel Vázquez Montalbán era comunista y Charles Pasqua era un conservador gaullista.

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