Una historia de cisnes, virus y elefantes: viaje al origen de la pandemia COVID-19

Publicado por y Juan Mª Vázquez Rojas
Foto: Cordon.

La teoría del cisne negro desarrollada por el investigador, filósofo y matemático Nassim Taleb nos introdujo en los sucesos impredecibles, atípicos, pero que están asociados a un gran impacto, como la terrible gripe del 18 o los atentados de las Torres Gemelas. El nombre de «cisne negro» procede de la impredecible observación de los primeros cisnes negros (en Australia), una vez aceptado en el «Viejo Mundo» que los cisnes solo podían ser de color blanco. Un «cisne negro» también se caracteriza por ser predecible en retrospectiva, es decir, puede explicarse el porqué una vez que ha sucedido. Es impredecible, tiene un gran impacto pero, una vez que se conoce, tiene una explicación. 

Son numerosas las voces que identifican la pandemia de COVID-19 por SARS-CoV-2 como un cisne negro, un suceso impredecible cuya magnitud en el ámbito de la salud o de la economía ha tenido dimensiones descomunales, que aún no podemos evaluar en su totalidad, pero que ya registra terribles cifras a día de hoy con dos millones fallecidos y casi cien millones de contagiados. Y que además se ha explicado retrospectivamente. 

Sin embargo, ¿es acertado hablar de un suceso impredecible, más aún con la experiencia previa desde 2003 de otras zoonosis causadas por coronavirus como el SARS-CoV-1 o el MERS-CoV? ¿No parece demasiada atrevida esta afirmación, más aún en un mundo globalizado en el que la conectividad plena es, o al menos era, un denominador común y por tanto numerosos los canales de dispersión de un virus? ¿Qué ha sucedido para que un coronavirus, «confinado» en un murciélago, uno de esos miles de coronavirus que probablemente están presentes en la fauna silvestre, sea lo que hoy más preocupa a los ciudadanos en todo el mundo? 

No sin dificultad, un equipo multidisciplinar de la OMS acaba de llegar al origen de la pandemia en Wuhan, al menos al origen conocido, para tratar de entender qué pasó en esos últimos meses de 2019 y cómo «escapó al confinamiento en los murciélagos» el SARS-CoV-2 e infectó a lo que se denomina paciente cero y que desafortunadamente nunca se identificó. Un equipo «One Health» formado por quince expertos en salud animal, seguridad alimentaria, salud pública, virología y epidemiología tratarán de encontrar una explicación al origen de la pandemia que nos traslada a la delgada línea que separa en la naturaleza la receptibilidad y la sensibilidad a los agentes infecciosos en todas las especies, incluyendo evidentemente al ser humano. Porque esta delgada línea se ha vuelto a cruzar. Un coronavirus procedente de un murciélago de herradura (SARS-CoV-2) ha recorrido el «largo camino» que evolutivamente separa a los quirópteros de la especie humana y ha generado una pandemia de final incierto en estos momentos. No obstante, resulta aún más inquietante que este agente sea ya el tercero de esta familia de virus (tras el SARS-CoV-1 y el MERS-CoV) que recorre un camino similar en el corto espacio de veinte años, cuando previamente no se habían asociado a ninguna pandemia humana de estas características. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué motiva que un agente infeccioso, de repente, recorra este trayecto? ¿Cómo es posible que tres coronavirus distintos hayan recorrido este camino en los últimos veinte años? ¿Qué hay en el origen de la pandemia?

Mucho se ha escrito en referencia al origen de las enfermedades infecciosas y su tropismo por el hospedador. Pero menos de los factores que están relacionados con los saltos entre especies y que el equipo de la OMS tratará de descifrar en Wuhan. La revista Nature, en 2007, publicaba un interesante trabajo de los doctores Nathan Wolfe, Claire Panosian y Jared Diamond, de la Universidad de California, que definía cinco etapas evolutivas diferentes para clasificar a los agentes infecciosos en función del camino que podía conllevar que un agente afectara solo a los animales (etapa 1) a que pudiera evolucionar hacía la infección «exclusiva» del ser humano (etapa 5). En medio, diferentes etapas en las cuales los saltos pueden ser esporádicos desde el reservorio animal (2), o transmitirse con menor o mayor facilidad entre las personas (3,4). 

Cuando un agente alcanza la etapa 5 y, por tanto, pierde «todos sus vínculos» con las especies animales de procedencia, depende exclusivamente de su capacidad de transmisión en la especie humana para sobrevivir. Y son pocos los agentes que lo consiguen. Por ejemplo, ¿por qué los terribles virus ébola o marburg solo ocasionan brotes esporádicos en la especie humana, con una transmisión limitada entre personas? O ¿por qué el virus de la rabia solo ocasiona casos puntuales en las personas, asociados al contacto con carnívoros o quirópteros sin que exista transmisión entre humanos? Son virus que tienen la capacidad de infectarnos, pero no disponen de los mecanismos para seguir «avanzando» etapas, y dependen de sus reservorios animales para su supervivencia. Con estrategias de vigilancia y control de la infección en sus reservorios animales no deberían ocasionar pandemias como la COVID-19. 

Que los virus alcancen finalmente la etapa 5 no es un camino fácil. Pero algunos lo consiguen, como si aplicaran hasta la última línea de la milenaria obra del maestro Sun Tzu, El arte de la guerra. Existen ejemplos de virus que desde la etapa 1 han alcanzado la etapa 5, como el VIH asociado al sida, o bien que transitan «exitosamente» entre las etapas 4 y 5, con una transmisión primaria importante en la especie humana y saltos esporádicos desde sus reservorios animales (como los virus gripales). Tránsitos desde los simios o las aves, respectivamente, que han ocasionado efectos devastadores en la especie humana. Sin embargo, y afortunadamente, son rara avis (in terris nigroque simillima cygno), ya que son muchos más los agentes que se mantienen afectando «exclusivamente» a las especies animales. Y no será por que no tengan contacto con humanos. Pensemos, simplemente, en todas las enfermedades infecciosas que afectan a las mascotas y que no se transmiten a los propietarios.  

Todo es cuestión de supervivencia y oportunidad. Si un virus o bacteria es capaz de adaptarse a un nuevo hospedador, incluyendo el ser humano, tiene una nueva posibilidad de transmitirse y sobrevivir. Pero para que ocurra eso, para que un agente salte a la especie humana, debe forzosamente evolucionar, transformarse como si se tratara de Proteo. Y aunque es fundamental, no solo debe aparecer una adaptación asociada a su afinidad por tejidos o receptores celulares, como es al receptor ACE2 utilizado por el SARS-CoV-2. El virus ha de disponer de las condiciones necesarias para que la posibilidad de que se produzca «el salto» sea real. Pueden existir diferencias en el comportamiento de las especies, las vías de trasmisión, o las características de las poblaciones que impidan o al menos limiten su transmisión. A modo de ejemplo, si bien es común que las personas podamos sufrir la mordedura de algunas especies, raramente una persona va a morder a otra. Por tanto, es poco probable que un agente que se transmita de esa manera pueda sobrevivir o transmitirse entre la especie humana. 

Pero hay una condición sine qua non para que un agente infeccioso pueda saltar con mayor o menor éxito al ser humano. Debe contactar con nosotros. A partir de ahí, el éxito depende de muchos factores. Por ejemplo, es clave la distancia filogenética entre especies. Cuanto más cerca estemos, más fácil es que se produzca el salto. La población de chimpancés es desafortunadamente poco abundante a nivel mundial. Sin embargo, a pesar de los encuentros limitados entre chimpancés y humanos, infecciones como el sida o incluso posiblemente la hepatitis B hayan saltado desde esta especie. De los macacos nos ha llegado el virus zika, y existe mucha preocupación actual con el devenir de la viruela de los simios, después de que hayamos erradicado el siglo pasado la viruela humana. En este sentido, se acaba de conocer la presencia de tres gorilas infectados por SARS-CoV-2 en el zoo de San Diego. Sin embargo, otros factores son igual de importantes, como la frecuencia de los contactos. La distancia filogenética que nos separa de los roedores es enorme y, sin embargo, su abundancia y los contactos frecuentes a los largo de nuestra historia nos han legado enfermedades tan devastadoras como la peste negra (Yersinia pestis). 

Aspectos como la carga viral o bacteriana, o la capacidad de un virus o bacteria de producir cambios en su genoma para una mejor adaptación, son también importantes, como estamos viendo en el caso del SARS-CoV-2 con las nuevas variantes británica, sudafricana o brasileña, a las que se les debería prestar mucha mas atención mediante la identificación de personas infectadas por estas variantes. Son muchos los factores y mecanismos que implican que un salto de especie pueda tener o no éxito, pero las evidencias indican que las probabilidades de que ocurra han aumentado en los últimos decenios. 

La invasión de hábitats hasta ahora reservados a especies de animales salvajes o el establecimiento de poblaciones humanas en contacto directo con especies con las que antes solo existían interacciones esporádicas; la globalización del comercio y de los movimientos de personas y mercancías a nivel mundial; o el contacto directo e incluso consumo de especies exóticas de las que simplemente desconocemos casi todo, están generando más oportunidades de salto para agentes patógenos que pueden reunir las características necesarias para provocar una pandemia. Saltar de una especie animal a la especie humana no es fácil y requiere gran capacidad de adaptación a las características del hospedador, pero es el origen. Por eso, aunque en ocasiones pueden intentar el salto de modo directo, es frecuente la utilización de especies intermedias, como pueden ser los dromedarios (MERS-CoV), la civeta (SARS-CoV-1) o el posible pangolín, civeta o gato para el SARS-CoV-2, aunque la OMS sigue considerando sospechosas hasta quinientas especies. En cualquier caso, una transmisión con éxito entre humanos sin dependencia de otra especie es también rara, y pocos son los agentes infecciosos que logran «dejar atrás» sus reservorios animales, ya que dependen de estos para sobrevivir y de ahí saltar esporádica o frecuentemente a la especie humana. 

Por todo ello nuestra salud y la de todos los seres vivos que nos rodean (y los que no nos rodean) es indivisible, no puede separarse. Solo existe una salud, One Health, que debe abordarse desde equipos multidisciplinares de especialistas en salud, independientemente de que sea humana, animal e incluso medioambiental, como el equipo de la OMS que acaba de llegar a Whuan. Las zoonosis, las epidemias o pandemias han sido, son y serán parte inherente de nuestra vida y nuestra propia existencia y debemos entenderlas desde la visión holística que requieren. Y aunque improbable, que un virus pase de un hospedador que puede encontrar en estos momentos en la profundidad de una selva o en un mercado en cualquier lugar del mundo a la especie humana ha sido, es y siempre será posible. Un «efecto mariposa» que requiere reforzar urgentemente los sistemas de alerta temprana y establecer una estrategia fuerte de prevención. Sistemas de alerta e intervención temprana que deben contemplar la totalidad de las especies que pueden estar implicadas en un proceso de naturaleza infecciosa. 

El SARS-CoV-2 era improbable pero no imposible, como tampoco lo fueron el SARS-CoV-1 y el MERS-CoV, con la diferencia que, en estos últimos, el efecto sobre la especie humana fue muy limitado a diferencia del efecto devastador de COVID-19.

Que no supiéramos con precisión qué iba a suceder no significa que no supiéramos que podía pasar. Que no estuviéramos preparados no significa que fuese imprevisible y que no debamos prepararnos para la próxima. Como afirman Juan José Gómez Cadenas y Juan Botas en su libro Virus, la guerra de los mil millones de años, «la guerra había durado desde siempre. Nadie recordaba un tiempo en que el monstruo no hubiera estado presente». Por eso el SARS-CoV-2 y la COVID-19 no pueden considerarse el cisne negro de Talev, porque no era inesperado. El SARS-CoV-2 y la COVID-19, en el fondo, siempre fueron viejos conocidos. Una variante de la discutida enfermedad X. El SARS-CoV-2 es el elefante negro de Adam Sweidan, muy visible y conocido. Ese cruce de imprevisto, mas bien poco probable, que tiene un cisne negro con el elefante que está en una habitación, muy visible pero al que nadie le presta atención aun cuando sabemos que un día tendrá terribles consecuencias.

Y como si de un capítulo de la serie distópica Black Mirrow se tratara, como esos espejos que muestran la verdadera realidad del reflejado, el cisne se transformó en elefante. Como el espejo de Atreyu que muestra la realidad del que se refleja o el del famoso cuadro de Dalí en el que cisnes se reflejan como elefantes sobre la superficie de un lago. 

La probabilidad de que un nuevo salto de un virus entre especies ocurra es alta, más aún con un mundo global en donde los contactos entre especies es cada vez mayor. La probabilidad de que se transforme en una nueva pandemia en un mundo físicamente hiperconectado dependerá de la atención que prestemos a los elefantes negros. Porque los elefantes negros siempre están ahí. Debemos conocer las claves, y One Health es parte de la solución.

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One Comment

  1. A una primera lectura pareciera que la solución fuese simple: que cada especie, incluidad la nuestra, no ocupe el espacio de la otra. Cosa difícil ya que cada vez somos más, y como siempre curiosos y sobretodo hambrientos de carnes.

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