
La teoría del cisne negro desarrollada por el investigador, filósofo y matemático Nassim Taleb nos introdujo en los sucesos impredecibles, atípicos, pero que están asociados a un gran impacto, como la terrible gripe del 18 o los atentados de las Torres Gemelas. El nombre de «cisne negro» procede de la impredecible observación de los primeros cisnes negros (en Australia), una vez aceptado en el «Viejo Mundo» que los cisnes solo podían ser de color blanco. Un «cisne negro» también se caracteriza por ser predecible en retrospectiva, es decir, puede explicarse el porqué una vez que ha sucedido. Es impredecible, tiene un gran impacto pero, una vez que se conoce, tiene una explicación.
Son numerosas las voces que identifican la pandemia de COVID-19 por SARS-CoV-2 como un cisne negro, un suceso impredecible cuya magnitud en el ámbito de la salud o de la economía ha tenido dimensiones descomunales, que aún no podemos evaluar en su totalidad, pero que ya registra terribles cifras a día de hoy con dos millones fallecidos y casi cien millones de contagiados. Y que además se ha explicado retrospectivamente.
Sin embargo, ¿es acertado hablar de un suceso impredecible, más aún con la experiencia previa desde 2003 de otras zoonosis causadas por coronavirus como el SARS-CoV-1 o el MERS-CoV? ¿No parece demasiada atrevida esta afirmación, más aún en un mundo globalizado en el que la conectividad plena es, o al menos era, un denominador común y por tanto numerosos los canales de dispersión de un virus? ¿Qué ha sucedido para que un coronavirus, «confinado» en un murciélago, uno de esos miles de coronavirus que probablemente están presentes en la fauna silvestre, sea lo que hoy más preocupa a los ciudadanos en todo el mundo?
No sin dificultad, un equipo multidisciplinar de la OMS acaba de llegar al origen de la pandemia en Wuhan, al menos al origen conocido, para tratar de entender qué pasó en esos últimos meses de 2019 y cómo «escapó al confinamiento en los murciélagos» el SARS-CoV-2 e infectó a lo que se denomina paciente cero y que desafortunadamente nunca se identificó. Un equipo «One Health» formado por quince expertos en salud animal, seguridad alimentaria, salud pública, virología y epidemiología tratarán de encontrar una explicación al origen de la pandemia que nos traslada a la delgada línea que separa en la naturaleza la receptibilidad y la sensibilidad a los agentes infecciosos en todas las especies, incluyendo evidentemente al ser humano. Porque esta delgada línea se ha vuelto a cruzar. Un coronavirus procedente de un murciélago de herradura (SARS-CoV-2) ha recorrido el «largo camino» que evolutivamente separa a los quirópteros de la especie humana y ha generado una pandemia de final incierto en estos momentos. No obstante, resulta aún más inquietante que este agente sea ya el tercero de esta familia de virus (tras el SARS-CoV-1 y el MERS-CoV) que recorre un camino similar en el corto espacio de veinte años, cuando previamente no se habían asociado a ninguna pandemia humana de estas características. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué motiva que un agente infeccioso, de repente, recorra este trayecto? ¿Cómo es posible que tres coronavirus distintos hayan recorrido este camino en los últimos veinte años? ¿Qué hay en el origen de la pandemia?
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A una primera lectura pareciera que la solución fuese simple: que cada especie, incluidad la nuestra, no ocupe el espacio de la otra. Cosa difícil ya que cada vez somos más, y como siempre curiosos y sobretodo hambrientos de carnes.