
En 1980, Italo Calvino, uno de mis escritores favoritos, hizo realidad una fantasía juvenil. Un domingo por la mañana, sonó el teléfono de mi casa y al descolgarlo oí una voz grave y pausada que decía:
—Buenos días, soy Italo Calvino, estoy en Barcelona y me pregunto si podríamos vernos un momento.
El momento duró todo el día. Paseamos durante horas, visitamos el Museu Nacional d’Art de Catalunya (donde Calvino comentó, viendo la expresión contrariada de un Cristo románico en la cruz: «Se ha arrepentido cinco minutos tarde»), hablamos de conocidos comunes (de Salvatore Quasimodo dijo que le habían dado el Nobel para compensarlo por sus gastos postales, pues escribía sin parar a todas las personas que podían promocionarlo) y, a pesar de su reticencia, también hablamos de algunas de sus obras, como Nuestros antepasados y Las ciudades invisibles, así como de su personal visión de los clásicos. En presencia de Copito de Nieve, por cierto: la conversación sobre nuestros antepasados literarios tuvo lugar en el Parc de la Ciutadella, bajo la indiferente mirada de una imagen viviente de nuestros ancestros biológicos.
Fue el comienzo de una breve amistad, pues Calvino moriría prematuramente cinco años después. Este diálogo plutónico es una recreación/extrapolación de aquella improvisada charla de hace más de cuarenta años, y un pequeño homenaje que se suma al que le rendí a mi maestro y amigo, en estas mismas páginas, con «La ciudad inconcebible».
—Empezaste a exhortar a la lectura de los clásicos desde los periódicos en los que colaborabas habitualmente, como L’Espresso. ¿No es paradójico, puesto que la urgencia cotidiana de leer los diarios, máximo exponente de las lecturas que nos impone la actualidad, es una de las principales razones de que no tengamos tiempo de leer los clásicos? Con artículos como «Italiani, vi esorto ai classici», exhortabas a leer menos periódicos desde las páginas de uno de los más leídos.
—Es paradójico, sí. Pero, como dice Hegel, una paradoja es una verdad cabeza abajo, lo que nos obliga a darle la vuelta o a cambiar nuestro ángulo de visión para comprenderla. El equilibrio entre lecturas actuales y clásicas es difícil, pero necesario. Los clásicos tienden a relegar la actualidad al rango de rumor de fondo; pero, al mismo tiempo, no podemos prescindir de ese rumor de fondo. Y viceversa: los clásicos persisten como rumor de fondo incluso allí donde reina la actualidad más incompatible.
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Pero Sr. Frabetti, cuando más a gusto estaba con esta estupenda entrevista, pensando que tenía lectura para otros 20 minutos por lo menos, se ha terminado, dejándome la sensación de estar a dieta en lo tocante a entrevistas y artículos. Y aunque dicen algunos por ahí «que lo bueno si breve…», yo nunca me lo he tragado, la verdad. De todos modos, gracias por las migajas que no han tenido desperdicio.
Maestro Ciruela, por alguna razón, mi respuesta a tu amable comentario ha aparecido más abajo.
Hace la friolera de 25 años (lo acabo de comprobar porque tengo la manía de fechar los libros) me compré en el Círculo de Lectores (alabada sea su memoria) El barón rampante, El vizconde demediado y El caballero inexistente. El recuerdo que tengo de su lectura es muy bueno. Pero voy a hacerle caso y reelerlos Frabetti. Y creo que voy a disfrutarlos otra vez.
Seguro que sí. Espero que la recomendación te compense de mis panfletos veganos.
Como decía el gran Billy Wilder (o L.A. Diamond, o los dos a la vez) nadie es perfecto. Además, y estando firmemente convencido de que hay que comer de todo, una buena parrillada de verduras no deja de ser un planazo.
Es muy fácil seguir con la entrevista: no tienes más que leer «Por qué leer los clásicos». Gracias por el amable comentario.
«Si una noche de invierno un viajero» es uno de los libros más originales que he leído nunca, junto a «Verano» de Coetzee. Además, tiene uno de los títulos más sugerentes y maravillosos de la historia de la literatura.
Supongo que conoces la relación de Calvino con Oulipo. Estoy muy de acuerdo con tu valoración: «Si una noche de invierno…» es uno de los mejores y más logrados ejemplos de metaliteratura, y llena de sentido la expresión «literatura potencial».
Mecachis, me ha quitado la mención a «Si una noche…»
También recuerdo con agrado «Seis propuestas para el próximo milenio»
Levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad, consistencia. Como seguramente sabrás, Calvino murió antes de terminar esta obra (que iba a ser un ciclo de conferencias), y ni siquiera llegó a desarrollar el último punto/propuesta: la consistencia. Tu comentario me invita a dedicarle un artículo, aunque no sé si me atreveré. Gracias, César.
Como siempre no perdés oportunidad para filtrar tus mensajes veganos para hacerme sentir en culpa por la poca carne
que como, ya que me he acostumbrado a la buena dieta mediterránea. Sin embargo, y hablando de clásicos, por ahí tenés
razón con respecto a que no es indispensable para la subsistencia, ya que leyendo Bellum Civile, de Julio César,
me encuentro con la novedad que sus legionarios, que no eran pocos, se alimentaban solo con trigo en primer lugar,
luego la cebada. La carne, casi inexistente, situación que entiendo porque en la logística militar era imposible
andar con manadas de animales detrás para alimentar a más de veinte mil soldados. Era más fácil arrasar los campos.
Y hubo hasta sublevaciones de legiones, no las suyas, porque obligadas a comer carne en un período de sequía durante
esas expediciones, que no es que duraban poco: años y años de caminatas, batallas, excavación de trincheras,
asedios, empalizadas, túneles con rígidas temperaturas, un desgaste físico inimaginable. Me es difícil de creer.
Espero que así como describe las campañas siempre en primavera y verano, con tanto lujo de detalles,también pueda
saber qué comían durante los cuarteles de invierno porque para mi es imposible que estuvieran siempre sanos.
Un honor envidiable haber podido hablar con ese genio a solas y con la… !presencia de Copito de Nieve! Qué
sugestiva imagen. Tus reflexiones son notables. Ha sido un excelente momento de lectura. Con respecto a los clásicos solo
te digo que cuando los tengo entre mis manos lo primero que siento es que en sus páginas alguien, hace más de dos mil años,
escribió sólo para mi, en otra lengua, pero para mí. Y peor aún con aquellos de los cuales solo nos llegaron frag
mentos. Gracias de nuevo por la lectura.
¿Y si de repente, por gracia oculta,
yo, como hombre de este siglo
pudiese en Atenas asistir al estreno
de una de las tragedias de Eurípides,
Sófocles o Esquilo?
¿Cómo podría hacer para no morirme,
tener las fuerzas necesarias y llegar
sin respiro hasta el último acto?
Estaría con la boca abierta sin sentir
la dureza de las piedras del hemiciclo,
escuchando al coro tenebroso narrar
el ir y venir de los hechos funestos,
los actores enmascarados dialogar
con la sinrazón de los designios divinos
y “si la mejor fortuna para el hombre
era no haber nacido” bien vale la pena
nacer mil veces para saber el motivo
yendo y llenando el teatro de los griegos,
con personajes jamás iguales pero capaces
de despertar esa morbosa atracción
por la palabra, arado aqueo que escarba
dejando su rastro y afirmar que aquí fui,
que aquí estoy y que así quisiera ser;
para siempre, que así he vivido
entre Ática y el viejo cine de mi barrio
que por fin me regala los últimos respiros
del personaje de nuestra Triste Figura.
Se acabó la representación para mi pena,
los Arcontes están decidiendo a quién
dar una corona de verde laurel mientras
Edipo no haya paz y continúa vivo,
Medea no se arrepiente, pero sufre y odia,
Casandra quisiera nacer de nuevo,
Áyax no tendría que saber del engaño.
La luna de los atenienses que es la mía,
impasible, es la única que ha entendido
el ambiguo oráculo de la fatalidad gratuita,
y por lo visto es la que ha dirigido
esta tragedia en la Polis tumultuosay anárquica
de los Helenos para que tengamos memoria.
Los antiguos romanos, y a ellos se lo debemos italianos y argentinos, era adictos a la pasta. Primero a unas bolitas tipo gnocchi, y luego a unos cordoncillos secados al sol para su conservación prolongada, de los que derivan spaghetti y tagliatelle. Lo de pan y circo era, en realidad, pasta y circo, y, sí, en general seguían una dieta poco cárnica. Otra cosa eran emperadores y aristócratas, propensos a los banquetes pantagruélicos y a las grasas saturadas.
Me quedo con este aprendizaje: observar cómo interactuamos con los clásicos en diferentes momentos vitales es una buena forma de conocernos.
Gracias.
Desde luego. La mera elección de «nuestros» clásicos entre los muchos disponibles nos define y nos conforma de una manera muy especial. Son nuestra familia estética y moral.
«Marcovaldo» y «Las ciudades invisibles». Lecturas de hace ya unas décadas. Calvino siempre me dejó un regusto de felicidad y de eternidad, como su admirado Borges. Grande Frabetti
Coincido en el «regusto de eternidad» (me parece, por cierto, una expresión muy acertada) en ambos casos, pero el de felicidad solo lo encuentro en Calvino. En Borges percibo el lado oscuro de esa fuerza, una solapada melancolía, un cierto fatalismo. Buen tema para un artículo: los narradores que escriben «bajo la especie de la eternidad».