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La santa bohemia: poetas de café, media tostada y olvido

Bohemia
Fotografía: Alejandro Sawa (CC).

El origen del término bohemio no tiene nada que ver con los hippies ni con el Imperio austrohúngaro. Fue Segismundo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, quien concedió la nacionalidad de bohemios a las familias de gitanos, gente nómada y con costumbres particulares que vivían en aquel territorio, ahora región de la República Checa. Por efecto de la metonimia, todo aquel individuo que ha llevado una vida fuera de lo normal en la apariencia o la conducta también ha recibido el calificativo de «bohemio». A mediados del siglo XIX, un escritor francés llamado Henri Murger alcanzó la gloria con un folletín por entregas, Escenas de la vida en bohemia (1845-1849, reeditado por Alba Editorial en 2007), retrato de un grupo de artistas que malvivían en el Barrio Latino de París, siempre a la busca de unas monedas y de la oportunidad para triunfar que nunca llegaba. Los personajes de Rodolfo y Mimí inspiraron una de las óperas más aplaudidas de la historia de la música.

La obra de Murger fue recibida con entusiasmo entre los españoles aspirantes a artista del último tercio del siglo XIX. Muchos periodistas, dramaturgos, poetas, novelistas y pintores se declararon «bohemios». Vivieron en Madrid entre 1890 y 1920. Presintieron antes que ningún otro grupo la catástrofe económica y política que se avecinaba. Sus referentes, las figuras del decadentismo y el simbolismo francés, Rimbaud, Baudelaire y Verlaine. Pérez Galdós y el realismo dominaban la literatura española, pero ellos miraban atrás, a Bécquer y Rosalía de Castro como sus ídolos, el Romanticismo y su credo exaltado. Profundamente idealistas, militaron en el socialismo y el anarquismo. Escribieron en abundancia para la prensa de la época, al tiempo que ayudaban a crear revistas y cenáculos de muy breve duración, siempre conjurados en empresas imposibles y participando en un (ilusorio) movimiento de renovación cultural y social. Solo unos pocos pasarían a la historia, casi ninguno debido a sus méritos, sino por quienes coincidieron con ellos por edad y los convirtieron en personajes de sus obras. Los protagonistas del modernismo y la generación del 98 se encargarían de analizar y retratar lo que significó aquel grupo de «gente nueva» (como los bautizó Clarín): los poetas y dramaturgos del hambre. La canalla de los cafés.

Estaba a punto de terminar el siglo XIX, cuando unas versiones muy jóvenes de los hermanos Machado, los hermanos Baroja, Valle-Inclán y Pérez de Ayala, entre otros, se codeaban con ellos en cafés y tabernas.  El artista bohemio se distinguía por vestir con extravagancia, un desaliño que era en la mayoría de los casos síntoma de pobreza. Se los conocía popularmente como «melenudos», porque lucían el pelo largo y despeinado, y la mayoría estaba en guerra con la higiene personal. Por la Puerta del Sol y el barrio de Maravillas vagaban cuando llegaba la noche: los hermanos Sawa, Joaquín Dicenta, Dorío de Gádex, Silverio Lanza, Rafael Delorme, Xavier Bóveda, Francisco Villaespesa, Ciro Bayo… en esos años (1890-1900), Madrid, a diferencia de Barcelona, y a pesar de su agitada vida nocturna, seguía siendo una capital provinciana que solo había mejorado el urbanismo y las infraestructuras del centro urbano. El resto de la ciudad, ocupada por miles y miles de emigrantes, era territorio apache, con infraviviendas sin luz ni agua corriente. Los funcionarios pasaban grandes estrecheces debido a la alternancia del gobierno. Eso cuando no se daba una huelga o asonada militar. A pesar de esta situación, la primera oleada de la bohemia se formó con jóvenes optimistas, que escribían en defensa de la libertad y el amor universal. Pero conforme el clima político se fue enrareciendo y comenzaron las guerras coloniales, su estilo pasó de la ironía al fatalismo y desembocó en una visión desesperada y nihilista. A estos bohemios no les dolía España, es que sufrían en primera persona el desgarro y la precariedad. Muchos habían llegado de provincias, incluso desde otros países, con el sueño de hacerse un nombre como literato o periodista en la capital, pero pocos lo lograron. Algunos publicaron páginas muy brillantes en la prensa, el ensayo de costumbres y la poesía, pero sus méritos fueron silenciados, o peor, se los apropiaron otros.

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5 comentarios

  1. Grandísimo artículo. Un buen repaso a la historia de la literatura que, si bien la bohemia es conocida por todos y todas las interesadas, me ha abierto un mundo de nuevos referentes.

  2. Grace Morales, mostrándonos el camino desde los tiempos de Mondo Brutto.

    Saludos, maestra.

  3. Escribir es una pasión insana que, extrañamente y para poner las cosas en su lugar con respecto a la otra, es sin duda el
    oficio más viejo del mundo, pues sospecho que nuestros antepasados, antes de la moral y el decoro ya cincelaban las piedras
    buscando dejar rastros de sus pasos y de lo que esperaban. Por profilaxis mental y para salvar a nuestros párvulos, habría
    que desterrarla, cosa imposible visto que ahora lo siguen haciendo en sus móviles, aun si en manera torpe, reducida y manca,
    nimiedades por cierto, ya que seguirá siendo una chalupa de salvataje. Gracias por la excelente divulgación. Se toma debida
    nota de esos «indeseables»
    «La hoja en blanco es una afrenta, un insulto a los sentidos, un reto especular en donde desde el otro lado te preguntás
    si tenés ingenio, experiencia y sobre todo coraje para formar la primera frase. Todo aquello por cierto no forman parte de
    mi bagaje, pero igualmente escribo, y hasta a veces me invento un nuevo idioma ya que es el único madero de salvataje, en
    la lengua que me enseñó mi madre y en la otra que me llega como broma».

  4. Interesante artículo sobre unos personajes francamente peculiares, hoy muy caídos en el olvido. no se si con justicia o no.Supongo que dependerá de cada caso y habría que separar el grano de la paja.

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