Ciencias

Los hijos de Gaia, el simio de Dios, y el culto de la ciencia

el simio de dios
En el Museo de Ciencia y Tecnología de China, en Pekín, un monumento realmente enorme surca todo el espacio vertical del edificio, desde la planta baja hasta el techo, idealizando una doble hélice (de ADN) como una escalera hacía el cielo, por donde trepan los humanos alcanzando la luz. Foto: Emiliano Bruner.

Nosotros, simios, destacamos por nuestros sistemas sociales, increíblemente complejos y fascinantes. Somos mamíferos tan sociales que la verdadera unidad evolutiva no es el individuo, sino el grupo. Es el grupo que se reproduce, marcando éxitos y fracasos de los destinos filogenéticos. Así que la selección natural premia (o castiga) a los grupos, en función de su cohesión, de sus capacidades, y de sus logros. Asimismo, las adaptaciones evolutivas que tienen peso no son tanto las de los individuos, sino las de la comunidad. Si un cambio evolutivo aumenta la capacidad reproductiva del grupo, la selección natural lo compra. Sin embargo, si la merma, se descarta. Esto abre las puertas, en cuanto a biología y comportamiento, a conceptos que incluyen la cooperación, la solidaridad o el altruismo, pero al mismo tiempo también a problemas que pueden surgir entre los intereses del grupo y los intereses de los individuos, que a veces pueden parecer en conflicto entre sí. Digo que pueden parecer porque, si es que somos grupales (¡y lo somos!) no puede en realidad existir una ventaja para un individuo que no lo sea también para el grupo. Cualquier ventaja individual que comprometa al grupo es en realidad un espejismo, una ventaja a corto plazo, que al final conllevará más problemas que éxitos. Dicho sea de paso, esta es la razón por la cual a menudo digo que ciertos comportamientos golfos o indignos no son el fruto del egoísmo, sino más bien de la estupidez. Considerando el valor del grupo para nuestra calidad de vida, si uno es altruista debería de favorecer el bienestar de la comunidad, y si es egoísta debería de hacer exactamente lo mismo. Recordemos una vez más que solo el parásito primitivo y necio mata a su huésped, dañando así su misma fuente de energía, mientras que el más listo y evolucionado lo potencia, descubriendo que la simbiosis es mucho más rentable y provechosa que el abuso.

Sea como sea, los primates somos gente de grupo y los humanos, en particular, mucho más. Llevamos encima millones de años de evolución que nos han programado para optimizar los recursos del grupo. Y claro, para obligarnos a respaldar al grupo la evolución nos ha generado una dependencia, una necesidad, un afán, un apego incondicional al mismo. Tememos a la soledad más que a la muerte, y estamos dispuestos a todo para sentirnos parte de una comunidad que vaya más allá de nuestra propia persona. De hecho, en una sociedad como la nuestra, que ha pasado desde la cohesión de la tribu a la horda anónima de las grandes ciudades y de internet, la disgregación de la estructura social ha generado una carencia profunda de esta necesidad grupal, que se está desahogando en los sucedáneos virtuales de las redes sociales, donde a menudo la incapacidad para vivir una vida se conforma con la posibilidad de aparentarla.

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2 comentarios

  1. «La clave es la fe, es decir un término que reúne en sí mismo la confianza y la esperanza, o sea la voluntad de creer en algo sin pedir explicaciones o validaciones y asumiendo, sin tener ninguna evidencia objetiva, que sea cierto, o, por lo menos, que funcione.»
    La confianza es seguridad, no voluntad. La confianza implica evidencia, porque nadie se fía de lo que no conoce. Esperanza es posibilidad, no imposibilidad. La esperanza también implica evidencia, porque nadie espera lo que no existe.

  2. Pingback: Il pianeta senziente | La graticola di San Lorenzo

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