Ciencias

Balada para una horda

01 Macacos Luca Fiorenza
Foto: Luca Fiorenza

El sesgo más común a todas las poblaciones, culturas y sociedades humanas es la sensación de centralidad, sentirse epicentro del mundo y de las cosas, tomarse a sí mismo como unidad de medida y como promedio, como referencia y como verdad. A todos los niveles, locales o mundiales, la primera distinción que marca la diferencia siempre es entre «nosotros» y «los otros». Muchos grupos étnicos utilizan la misma palabra para referirse a su propio pueblo y para decir «ser humano» (algo parecido ocurre cuando los estadounidenses se llaman a sí mismos «americanos»). El grupo más inclusivo de todos es, desde luego, nuestra especie, Homo sapiens, y también en este caso nunca hemos valorado seriamente la posibilidad de no ponernos en la cumbre de la evolución, es decir, como fin último y esperado de una larga cadena de eventos y etapas donde las otras especies representan borradores imperfectos o consecuencias colaterales.

Ya hemos aceptado que el Sol no gira alrededor de nosotros, y hasta algunos estamos reconociendo perspectivas mucho más moderadas donde solo somos un resultado más entre los muchos, mezcla de méritos, de defectos, y de una buena dosis de azar. Pero siempre seremos nuestra unidad de medida preferida, un poco por vicio, un poco por necesidad. Y siempre tendremos cierto afán por descubrir qué es lo que nos hace distintos, por no decir, sobradamente, mejores. La pregunta favorita de los antropólogos es «¿qué es lo que nos hace humanos?». Pregunta legítima y crucial, desde luego, pero que no quita la necesidad de preguntarse también algo sobre el otro lado de la moneda: «¿qué es lo que nos hace primates?». ¿Qué nos hace parecidos a todos los demás monos?

De entrada, la pregunta es digna de interés científico y teórico, pero en realidad esconde una cuestión mucho más directa y decisiva. Nuestros rasgos derivados y específicos son los que hemos adquirido recientemente, y los que nos han caracterizado como grupo evolutivo. En cambio, los rasgos que compartimos con los otros grupos son «primitivos», es decir, vienen de un pasado mucho más remoto, y tienen raíces mucho más largas. Por esta razón, son rasgos que implican procesos más profundos y generales, quizá más escondidos en los recovecos de nuestra biología y de nuestro comportamiento. Por ende, suelen ser rasgos mucho más estables, más difíciles de cambiar o de alterar. A nivel cognitivo y de comportamiento, los caracteres más primitivos son aquellos que sufren los vínculos de los instintos, de las pasiones, de las emociones, rasgos que el ilustrado Homo sapiens comparte con macacos y babuinos, o incluso con los jabalíes. Y resulta curioso que, si uno se pone a rebuscar entre nuestros comportamientos, entre las capacidades y las debilidades de nuestra mente, descubre que muchos rasgos primitivos atañen frecuentemente al contexto social. Somos más humanos cuando estamos solos, y más macacos cuando estamos en grupo. De hecho, los individuos suelen ser a menudo impredecibles, mientras que los grupos suelen actuar según patrones bastante repetidos y conocidos. De ahí viene, pues, la importancia crucial de la pregunta sobre lo que nos hace simios. Religiones, política, marketing, todos están interesados en esta información, fundamental para manipular la multitud y orientar la manada aprovechándose de aquellos mecanismos atávicos que se esconden encriptados en los programas íntimos de nuestra evolución.

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22 comentarios

  1. Sin palabras.

    Iba a decir que debería de ser de obligada lectura este artículo, pero precisamente en él se explica por qué no iba a servir de nada.

  2. Decía Jacinto Benavente: «La única revolución posible: meter luz en las cabezas y calor en los corazones»… y si no, añado, soma para todos ¡Menudo panorama!

  3. eduardo roberto

    Tiene razón Antonio. Conocemos el problema al dedillo, pero por ser nosotros el objeto del estudio no podemos resolverlo. La cultura hace lo que puede, pero simios algo distintos continuamos a ser. Muy triste. Permitanme fantasear para aliviar la pesadumbre: talvez, en los siglos a venir, podríamos prescindir de nuestros cuerpos, ser programas sin tener que depender de la materia. Después de todo, nuestros cerebros son unos ordenadores fantásticos. Muy buena lectura.

    • Las emociones son lo que le da sentido a la vida. Ya me dirás para qué puede querer un programa de ordenador seguir viviendo…

      • Pedro Mª de Ugarte

        Si al programa se le pudiese dotar de secuencias de auto reconocimiento, digamos, de una auto conciencia virtual, probablemente no querría desaparecer. Y ese requerimiento técnico está casi resuelto. ¿Podrían empezar entonces los ingenios a socializar entre «iguales» a través de la red y generar un nosotros y un esos humanos otros? Perdón por la broma.

      • También se podría decir que lo que le da un sentido contundente a la vida es la propia vida. Bueno, por lo menos eso parece cuando observamos formas de vida tan pequeñas y simples como un virus, al que suponemos poco emocional. Todo es y no es en la medida que es opinable. Lo que más me ha gustado del artículo del Sr. Bruner es el «lugar» desde el que observa. Y aunque lo que analiza sigue siendo una secuencia lineal de tiempo, se puede hacer el ejercicio mental de intentar situar nuestra conciencia fuera, o, mas allá de nosotros mismos y de la corriente imparable de la que formamos parte. La mirada del Sr. Bruner, independientemente del angulo que alcance, pretende ser tridimensional o porque no, multi dimensional en cuanto la distancia a la secuencia lineal o el «lugar o atalaya» desde donde se quiere observar, es una elección. Creo que si, que las emociones le dan sentido a la vida, pero también a la muerte, la propia o la de otros. Visto desde fuera se ve de muchas otras maneras. Gracias Rafa por sugerir esta opinión personal. Un saludo

  4. Pingback: VI Iberian Primatological Conference | Evolución y Prehistoria

  5. Fantástico texto, gracias.

    «…hasta que alguien quizás encuentre un modelo alternativo y más sostenible»
    Propongo empezar, por ejemplo:
    ¿Quién es ese alguien?

  6. Greg MG Sworth

    Un articulo indispensable para comprender las dinamicas grupales y al ser humano en sociedad. Es curioso que en el colegio, el instituto y la universidad no se impartan lecciones sobre lo que es el ser humano (animal siempre, mamifero solo a veces, primate en grupo y humano cada vez mas, por solitario). Hace falta mas formacion en lo que somos y no solo en lo que «deberiamos» o «querriamos» ser (etica, moral, religion). Solo asi podremos atajar problemas reales como el bullying, la violencia hombres-mujeres, la violacion o las guerras por escalada de paranoidismo y por el honor del primate defendiendo su posicion en la tribu global. Como manifiesta Steven Pinker en La Tabla Rasa, casi todos los sociologos y antropologos se preguntan porque los niños son agresivos, negando nuestra naturaleza animal innata. La pregunta es, ¿por que los niños no son mas agresivos? ¿Por que no hay mas homicidios y violaciones? ¿Como podemos sostener ciudades de incluso 10 o 18 millones de habitantes con genes diferentes y por tanto, objetivos probablemente opuestos?

    Mas Frans de Waal, Steven Pinker, Judith Harris, por supuesto antropologia en las escuelas y menos Descartes, Nietzsche y Ortega y Gasset. Mas Frans de Waal, Pinker y Harris en politica, economia y diplomacia por favor.

    • No son incompatibles unos y otros, al menos su enseñanza. Y enseñarse se enseñan todos, lo aseguro. Ya puestos, unas buenas cargas de Marvin Harris, Carlos París y Gustavo Bueno.

      Olvidarse de los filósofos sólo lleva a pensamiento único. Y por supuesto, estamos en 2017, la ciencia no se soslaya.

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