
Fui hace muchos años a la Patagonia y corrí aventuras que no vienen al caso y no merecen la pena al lado de lo que es la gran aventura de la historia de Patagonia, a la que me aficioné después de estar unas semanas por allí y de donde volví con un montón de libros. De ellos, y principalmente, de Barridos por el viento. Historias de la Patagonia desconocida, de Roberto Hosne (Guadal, 2004), el primero que leí y que desde entonces he disfrutado, debo decir que he sacado todo lo que les voy a contar. Otro, ya se lo imaginarán, es el de Bruce Chatwin, publicado en 1977, a veces criticado por las dudas acerca de su rigor, pero da igual: es un libro estupendo, de esos que luego le copias el estilo durante una temporada. No sé por qué, pero Chatwin está muy olvidado en España, o me lo parece a mí. El libro empieza con sus recuerdos de infancia de cuando iba a casa de su abuela. Allí había un trozo de brontosaurio que le regaló a su abuela un primo suyo, marino en la Patagonia, con una historia clásica en esos lugares: naufragó en el estrecho de Magallanes y ya se quedó por allí. Patagonia está llena de historias así y es un sitio extraño donde acaban todo tipo de personajes, de toda nacionalidad, como un sumidero del mundo al que llegan lanzados hasta allí. Por ejemplo, sin ir más lejos, el bisabuelo de la editora de esta revista. Historias fascinantes como la del brontosaurio son las que te hacen querer ir allí.
Chatwin, periodista del Sunday Times, acabó vagando seis meses por ese lejano punto del planeta por una entrevista a una arquitecta, Eileen Gray, que tenía un mapa de la Patagonia en casa. «Siempre quise ir», dijo él. «Yo también. Vaya por mí», le dijo ella, que tenía noventa y tres años. Tuvo una iluminación y se largó. Al llegar mandó un telegrama al periódico con su dimisión: «Estoy en la Patagonia». La verdad es que cuando llegas allí no te lo crees. Es una sensación aún tangible, que viene desde 1520, cuando las cinco naves de Magallanes, en su vuelta al mundo, tocaron tierra en la bahía de San Julián, la actual ciudad de Puerto San Julián. Allí se celebró la primera misa, se construyó y se utilizó el primer patíbulo para liquidar una rebelión y se cometió el primer homicidio registrado, un nativo del lugar. La civilización acababa de llegar. El suceso se produjo a los dos meses, cuando apareció un tipo gigantesco, según cuenta su cronista, el veneciano Antonio Pigafetta: «Era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura». Tenía la cara pintada de rojo y, en torno a los ojos, de amarillo. Luego vieron otros, igual de grandes. Por eso les pusieron patagones, parece que por sus pies descomunales, y se quedaron con esa fama, aunque con el tiempo se puso en duda que fuera para tanto. Los españoles, desde luego, eran bajitos, y algo exageraron los viajeros, a menos que la tribu enviara al encuentro de los españoles a su selección de baloncesto, para impresionar. Estos señores eran los tehuelches.
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Un artículo muy interesante sobre una tierra que a mí también me atrae aunque no sepa bien por qué.
Para conocer mejor el momento revolucionario de 1920, está la película «La Patagonia Rebelde» de 1974 con un joven Héctor Alterio, filme que conocí gracias al youtuber (nada que ver con tipos como El Rubius) Pablo Imhoff, que actualmente recorre la Patagonia de camino a Alaska con una Honda Econo. En su canal hay vídeos muy didácticos en forma de diario de carretera sobre esta región del mundo.
Casi no conozco la Patagonia argentina, aunque pasé parte de los primeros años de mi vida en Gallegos, porque mis padres eran inmigrantes chilotes, tal vez el grupo más numeroso de inmigrantes en la Patagonia, pero como no vienen de Europa, su historia es casi invisible en Argentina. Pero sí he vivido en la Patagonia chilena, otro inmigrante chilote, y salí escapando, para que no me pasara lo que a Darwin. Conocí a mucha gente que fue a pasar un fin de semana o a probar suerte por dos meses y lleva 10, 15 o 50 años sin volver a su tierra. Me gustó el artículo, pero eché de menos una mención al genocidio selknam en Tiera del Fuego, a la expansión mapuche la época colonia y más líneas sobre el primer intento español de poblar el Estrecho, alrededor de 1590, un terrible fracaso (querían cultivar trigo y no sabían cazar ni pescar) solo repetido por los chilenos en 1843 en un bote grande que dio lugar a otra historia digna de mención.
Tremendo el invunche chilote. Da mucho miedo.
Sí, deben ser tierras hipnóticas.
Creo recordar que de las cinco naves que salieron de Sevilla en la expedición de Magallanes, a la Patagonia solo llegaron cuatro y una de ellas según llegó se dio la vuelta y marcho de nuevo a España.
Gran articulo. Estuve en Punta Arenas antes de embarcar a la Antartida.Mi deseo es volver a esa tierra y concer a fondo el parque Nacional de las Torres del Paine. Es hipnotico. El viento , marca. El marisco es buenisimo
Tuve la suerte de conocer la Patagonia chilena hace unos años (y de ver las Torres del Paine sin nubes, algo al parecer muy poco habitual). Creo que en ningún otro sitio tuve la sensación tan fuerte de empequeñecer ante ese paisaje y esa naturaleza bella y brutal. Aún a día de hoy sigue sin estar conectado por carretera con el resto del país, únicamente se puede llegar en barco o en avión. Como apunta el autor, la toponimia del lugar cuenta mucho sobre cómo fueron las primeras incursiones de europeos por la zona. Impresionante lugar y magnífico artículo de Íñigo Domínguez, como siempre.
Gran artículo. Una película que en cierto modo ilustra esa obsesión que crea la Patagonia, que el artículo ha explicado tan bien, ‘La película del rey’, de Carlos Sorín.
La Patagonia es un lugar que te envuelve. Te deslizas por ella en un autobús y durante horas y horas y más horas no ves otra cosa que la llanura, los guanacos, esa vegetación ocre. Tiene la magia de la desolación. Y todavía hoy, o al menos esa es mi impresión, los pueblos y ciudades tienen ese halo como de lugares terminales. Pero también es un lugar hospitalario, donde la gente te ayuda y te habla y se/te pregunta a cuento de qué estás en la Patagonia. Un lugar maravilloso, como el artículo. Pura leyenda.