Arte y Letras Literatura

La casa del terror (I)

la casa del terror
DP.

0. El pasillo de la casa: a cada lado, las habitaciones

Cada quien tiene sus propias pesadillas, sus propios terrores. Hay quien no puede dormir con la puerta entreabierta del armario, quien le teme al reflejo de los espejos en la oscuridad o a la oscuridad sin más. Hay quien encuentra siniestras las fotos o un carrito de bebé abandonado en plena calle; quien sube corriendo los tramos de escaleras de su casa cuando vuelve de bajar la basura o quien ridículamente se tapa las orejas con la sábana dejando al aire los dedos de los pies. Personas que temen a las agujas hipodérmicas o a que la pantalla de la televisión los succione o a que se les muevan los dientes y se les desprendan de las encías o a que, de pronto, al cambiar de postura en la cama, su pareja les sonría con una inesperada crueldad… Hay horrores que vienen de la infancia y otros que van creciendo con nosotros y se enquistan en los pensamientos de los viejos. Horrores mutantes, metamorfosis de los horrores, horrores sobrenaturales y otros que son escenas costumbristas, efecto de la observación de las cosas inmediatas. Nuestros horrores a veces provienen de las fábulas que a la vez son el testimonio de los horrores íntimos de nuestras vidas reales. 

Para comenzar esta exposición sentemos tres pilares básicos: primero, todos los horrores y todas las fantasías son de y están en este mundo o, como decía Paul Éluard, «hay otros mundos, pero están en este»; segundo, la expresión terror psicológico es redundante; tercero, tener miedo es comprobar a cada paso lo que se tiene a la espalda, meterse en la cama y no poder dormir a causa de la certeza de la propia vulnerabilidad y de la inminencia repetida de la muerte. Sentadas estas bases sobre las que no se va a insistir, pero que justifican la sensación del miedo, iniciamos un recorrido por algunos de los horrores de la historia de la literatura, por esas fábulas que nos pusieron los pelos de punta, que nos preñaron de imágenes para temer de noche y que, a la vez, nos asustan porque son la cristalización de ese magma de miedos que bulle y burbujea en algún punto impreciso de nuestro interior. Como en las casas del miedo de los parques de atracciones, este itinerario recorre distintos habitáculos.

1. Vestíbulo: «El hombre de la arena» (1817) de E. T. A. Hoffmann. Jorge Luis Borges y Théophile Gautier llegan de visita 

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