Arte y Letras Literatura

Cosas no de este mundo: un apunte sobre el miedo en la literatura

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A Clockwork Orange, 1971. Imagen: Warner Bros.

Aquí va una paradoja: la consolidación de la literatura de terror a finales del siglo XIX tuvo como finalidad conseguir que los cuentos y novelas de terror no nos dieran miedo.

En este sentido, la literatura de terror es lo contrario a las historias del folclore y la religión que se encuentran en su base. Muchas de aquellas historias atávicas usaban el miedo para inculcar preceptos o prohibiciones. Para generar ansiedades morales. Y eran terroríficas de verdad. Nuestros antepasados debían de cagarse literalmente en los pantalones cuando las oían.

Luego el Romanticismo convirtió aquellas historias ancestrales de miedo en versiones atmosféricas y decorativas. Se acabarían institucionalizando y se construiría un género, una industria y un público. Pero para que esto funcionara había que quitar un elemento que lo impedía: el miedo. Con el miedo no se comercia. La literatura de terror busca entretener, no asustar. Si las novelas de miedo dieran miedo de verdad, nadie las compraría.

Supuestamente, la literatura de terror usa como materiales los miedos y ansiedades colectivas de nuestra sociedad. O al menos esa era la teoría. Y durante su momento original, a la sombra del Romanticismo, se acercó bastante: Drácula, El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde o La caída de la casa Usher pertenecen a la misma categoría que las obras de Freud o Nietzsche: son episodios del viaje de la conciencia humana a una tierra —el siglo XX— desconocida, aterradora y llena de monstruos. Pero ninguna de esas obras pertenecía realmente a una literatura de terror. No solamente porque el concepto no se hubiera inventado, sino porque eran todas obras completamente extrañas, experimentos descontrolados, literalmente únicas.

La crítica psicoanalítica asoció hace décadas la tradición gótica con el retorno freudiano de lo reprimido. Sus monstruos —dice— son metáforas del contenido reprimido de nuestra mente colectiva. Son lo que escondemos en el armario del ático: el sexo, nuestros deseos más ocultos, las cosas horribles e innombrables que viven dentro de nuestra alma. Todo ello sale a la luz —debidamente camuflado y codificado— en los libros de terror que leemos en la cama.

Puede que esto fuera cierto en tiempos victorianos, pero está claro que hoy en día no. Y no porque a nuestra civilización le falten miedos. Se ha dicho que vivimos en una cultura del miedo, y es verdad. La mayoría vivimos con miedo constante a enfermar y a quedarnos sin dinero. La muerte ha llegado a darnos tanto pánico que no podemos mirarla a la cara y la hemos desterrado de nuestra sociedad. Le tenemos pavor al crimen, a volver caminando solos a casa de noche, a que nos entren ladrones en casa o al terrorismo. Tenemos miedo al desempleo, a la pobreza y a la inmigración. Al cambio climático y al desastre ecológico. A las catástrofes nucleares, a la contaminación, a las cosas que comemos, a las crisis económicas y a un millón de cosas más. Tenemos tantos miedos que nuestros gobernantes se han vuelto expertos en manipularlos.

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12 comentarios

  1. No todo el mundo siente terror por las mismas cosas. Si un mundo se ha derrumbado, ¿a qué seguir con unas normas que claramente han fracasado? ¿No es más lógico quedarse con Kerans y Dahl esperando ver a donde lleva la pretendida «regresión»? Más aún ¿quién nos dice que es una regresión? El científico de una ciencia fracasada, nada más.
    El miedo que explota Ballard es muy burgués en el fondo: el del final de las certezas que conocemos, la posibilidad que se trate de simples convenciones. Un mero decorado no ya de cartón-piedra, sino de papel de fumar. Y si estremece, es porque hoy en día parece algo mucho más difícil de rebatir que cuando Ballard escribió su obra.
    En resumen, a mí » El mundo sumergido» no me parece un final, sino un principio. Incierto y peligroso, como todos los principios. Pero final… Las civilizaciones sí son mortales; la humanidad, por el solo hecho de ser lo peor que ha producido el mundo, es muchísimo mas correosa.

  2. Joel proust

    Cualquier artículo o ensayo que pretenda tener una base psicológica y a la vez recurra a Freud, a Jung o a cualquier otro psicoanalista como base explicativa, está condenado al descrédito y supondrá un lastre continuo para toda la narración. El psicoanálisis es una reliquia apropiadamente desterrada del ámbito científico. No hacer lo propio en cualquier otra área sería un error.

  3. Influmierder

    Sr. Calvo, ¿podría usted explicar algo sobre la influencia que el miedo ejerce sobre nuestro peristaltismo intestinal? Y es que a mí no me hace falta que me aceche ningún sicópata ni que me echen de las redes para sentir el estómago revuelto por el pánico. Basta con que tenga que acudir a alguna performance yendo con el tiempo justo y en el momento de salir por la puerta, me dé cuenta de que me dejo el móvil y resulta que no lo encuentro. ¡Es que me cago por la pata abajo!

  4. Doctor Grimor

    1. Por lo que leo en la primera parte del artículo, el romanticismo es acaso más infausto de lo que presuponíamos. No solo es el creador de los nacionalismos, de los colonialismos imperialistas y uno de los períodos más machistas de la historia, también es el que se carga el terror literario para mercantilizarlo y aburguesarlo. Deberíamos cambiarle el nombre a este período histórico por el de Hijoputismo.
    2. Hombre, a mí no me molesta que se trate al terror con métodos psicoanalíticos. De hecho me parece muy interesante y divertido volver a los conceptos del inconsciente reprimido de Freud y el del inconsciente colectivo de su primero fan incondicional y después archienemigo, Jung. Al fin de al cabo es un artículo, no un ensayo científico.
    3. Sí me sorprenden los títulos propuestos para la epifanía del terror contemporáneo, sobre todo La naranja mecánica y La ciudad sumergida. Yo me sigo acojonando más con El Horla de Guy de Maupassant, Berenice de Edgar Allan Poe y El Modelo de Pickman, de H.P. Lovecraft.

  5. Sé que Giovannino Guareschi está hoy en día no puesto en la picota, sino directamente lanzado a la basura por la «intelligentsia». Pero suya es la mejor definición que conozco del miedo: «Hay algo que no anda, algo suspendido en el aire, ante lo cual me siento sin defensa. Veinte hombres que me acometan con la escopeta empuñada no me atemorizan; me fastidian porque son veinte y yo uno solo y sin escopeta. Si me encuentro en medio del mar y no sé nadar, pienso: dentro de un minuto me ahogaré como un pollito, cosa que me desagrada, pero no me da miedo. Cuando se puede razonar sobre un peligro, no se siente miedo. Este procede de los peligros, que se sienten, pero que no se conocen. Es como caminar con los ojos vendados por un camino desconocido.»
    En otras palabras: no da tanto miedo la aparición del monstruo, por horrible que sea éste, como la anticipación de esa misma aparición. El asco no es miedo, aunque pueda parecerlo. La ansiedad se parece más, pero tampoco lo es. Se trata de algo mucho más elaborado y profundo. Y, como todo lo desconocido, tiene un componente de atracción, además de rechazo.

  6. Cierto Dr. Grimor. «El Modelo de Pickman» me dejó con el «ojete apretao» cuando lo terminé de leer. Y eso que es un cuento corto, no con un desarrollo al estilo de «El que susurra en la oscuridad» o «La sombra sobre Innsmouth». Gran maestro HPL.
    Aunque si le digo la verdad, todavía me acuerdo de el último párrafo de «El señor de las moscas». Para mí, es demoledor. Manda a tomar por culo la niñez y la adolescencia de una sola tacada. Joder.

    • Sí, pero la niñez y la adolescencia tal como las conocemos son una construcción moderna. Tan actual que le sorprendería. Antes de la Primera Gran Guerra no se creía que el niño, mucho menos el adolescente, fuera diferente del adulto que sería. Decirlo hoy es muy políticamente incorrecto, pero es la pura verdad.

  7. Doctor Grimor

    A ver si alguna/o de las/os articulistas se anima y nos regala un publireportaje sobre el Horror Cósmico y sus adláteres.

  8. Pues a mí La Carretera de McCarty me nubló y jodió un buen rato.

    • Coincidimos en ello. Horroriza por su posibilidad. Es fácil ver hoy cuán fácil es que acabemos así, al final.

  9. Pingback: Stephen King, el autor que explota los temores más personales - Julepe - Un blog para noches en vela

  10. Pingback: Inventar el ‘true horror’: se habla poco del mal - Jot Down Cultural Magazine

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