Entonces Tlön volverá a ser el mundo

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Tlön
Fotografía: The Image Works. TopFoto. Cordon Press

Hay una frase en el cuento «La Biblioteca de Babel» de Jorge Luis Borges que dice «la certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma». Entonces, ¿cómo podemos escribir si todo está escrito? A partir de esta incógnita, bastante limitante, deberíamos prácticamente asumir que crear algo nuevo ya no es posible y lo único que queda por hacer es copiar. Por suerte, hay una respuesta a esa pregunta en la filosofía neoplatónica que deja abierta la alternativa a seguir garabateando. Se la atribuyó Juan de Salisbury en el siglo XII a su maestro, el filósofo francés Bernardo de Chartres. Dice uno en su Metalogicon que dijo el otro que «somos como enanos a hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura». Podríamos decir que Borges es, entonces, a la vez gigante y enano. Sobre su gigantismo literario sobran las palabras. Para su enanez, es evidente que hace falta volver a sus cuentos una y otra vez y revisar con cuidado la letra pequeña. Porque el gran ejercicio de Borges es copiar. Escribir una lectura. Pareciera sencillo, pero nada en Borges lo es.

Ricardo Piglia, en una serie de conferencias abiertas y producidas por la televisión pública argentina en el año 2013, lo examina también desde este enfoque. En aquellos encuentros televisivos, el autor de Plata Quemada profundiza, ante un salón repleto de estudiantes y amantes de la literatura, sobre varias de las piezas que componen el rompecabezas borgeano. Una de ellas, una de las más abundantes en el tablero, es ¿cómo no? el Borges lector. Insaciable, sumergido en océanos de libros que rebasan los bordes de la biblioteca. Una biblioteca sin muros que es, a su vez, su método de escritura y su cera para sacarle brillo al oficio de escritor. En definitiva, su manera personal de materializar en tinta y papel el sueño de reunir todo el saber en un solo lugar. En cientos de miles de papiros apilados unos encima de otros como en la Alejandría del siglo III a.C., en el internet de nuestro tiempo oculto en la distancia que queda entre ceros y unos o en las escasas páginas que componen un cuento de Borges.  

Su pluma, siempre sincrética y condensadora, parte de la cita más minúscula que siempre refiere a otro texto, y este a otro, y ese otro todavía a un otro más remoto, y así sucesivamente hasta convertirse en una enciclopedia que lo abarca todo y supera las fronteras de lo tangible como una suerte de laberinto de espejos. Como quien no quiere la cosa y sin saber cómo, el lector se haya de repente captivo del otro lado del espejo de Carroll, deambulando sin rumbo en un laberinto lleno de alusiones, citas, símbolos, mensajes ocultos y en el que las apariciones esporádicas de la sonrisa del gato de Cheshire son los colmillos afilados y sumamente inteligentes de un tigre de bengala.

Los múltiples Borges

Esta idea caleidoscópica de la copia que refiere a otra copia y del espejo que refleja la imagen de otro espejo, nos sirve también para hablar de los múltiples Borges y de sus múltiples copias. Por supuesto, aquí la mera idea de copia esta desprovista de cualquier pátina peyorativa sobre el sucedáneo inferior de un original. Como cuenta Irene Vallejo en su cimbreante ensayo El infinito en un junco (Editorial Siruela, 2019), los libros (y por extensión, la cultura) «han llegado a nuestras manos en un accidentado trayecto de copias de copias de copias cuyo primer eslabón se remonta a la biblioteca perdida». Vallejo habla de la Alejandría que escapó al incendio y que perdura en nuestros días. Hablamos, aquí sin temor a la copia, de los múltiples Borges que supimos encontrar en los callejones del laberinto y que son la luz del faro alejandrino que ilumina su obra.

Uno de esos Borges encontrados es el Borges profesor. Los investigadores Martín Arias y Martín Hadis presentan en su libro Borges Profesor: Curso de Literatura Inglesa en la Universidad de Buenos Aires (Buenos Aires, Emecé: 2000), una de las caras de Borges, quizás, menos conocidas por el gran público, la de su labor como docente. En este volumen que recoge las transcripciones de veinticinco clases en la Universidad de Buenos Aires, Borges hace gala de su reconocida erudición y se explaya a gusto sobre sus temas y sus autores predilectos de la tradición literaria anglosajona. Los orígenes de la poesía en Inglaterra y la epopeya de Beowulf, el ideal romántico a través de Coleridge y Wordsworth o la época victoriana con Dickens. Todo ello es tratado por el autor argentino con suma delicadeza y escenificando un vasto anecdotario y conocimiento de causa. Eso sí, Borges inmortaliza su propio canon. Alude a Shakespeare con frecuencia, pero no hay una sola clase dedicada al Bardo, sin embargo, Robert Browning o Dante Gabriel Rossetti ocupan dos sesiones cada uno.

Las clases en cuestión fueron dictadas por Borges en el año 1966, cuando todavía faltaba tiempo para que fuese considerado un genio de la literatura universal y el mismo entrase a formar parte del canon inmortal. Según resaltan Arias y Hadis, para sus alumnos Borges, aunque eminente escritor y director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, era un profesor más. Y la suya una materia más que superar al final del curso. En la razón por la cual este libro ve la luz en el año 2000, se forja el primer eslabón que da lugar a la cadena de copias. Su origen, como indicó el filólogo catalán Joaquín Marco en una reseña sobre el libro publicada en el ya lejano 2002, «parece en sí mismo el argumento de un cuento borgeano». 

Los editores explican, en las primeras páginas, que las lecciones fueron «grabadas por un pequeño grupo de alumnos de literatura inglesa con el fin de que pudieran estudiar aquellos alumnos del curso que por su trabajo no podían asistir a las clases en el horario establecido». De las grabaciones originales en cinta magnetofónica (aún no existían casetes), se realizaron las transcripciones que fueron la base para la confección del libro. Después, informan sus autores, estas cintas se perdieron, «posiblemente utilizadas para grabar, quizás, las clases de otras materias». 

Recapitulando, sabemos que un Borges, ya completamente ciego, dictó un curso de literatura inglesa sirviéndose fundamentalmente de la memoria de sus lecturas y de los ojos que algunos estudiantes le prestaron para la lectura en voz alta de fragmentos relevantes de las obras que estudiaban. Estas sesiones se grabaron, posteriormente se transcribieron, y más tarde se recompusieron y se editaron en forma de libro. En 2013 se publicó también una traducción al inglés, por lo que debemos añadir un nuevo eslabón que, al menos, aunque desde luego no solo, continúa también en 2020 en este mismo texto que tira del hilo que teje la trama de la última copia de Borges y que nos conduce al ovillo inmenso de la bibliografía acumulada sobre y del célebre escritor argentino.

Una bibliografía ingente, tornada prácticamente en biblioteca borgeana, a la que también ha contribuido Mario Vargas Llosa, en este extraño y cuasi ficcional 2020 copia de un 1918 en el que también una pandemia asoló al mundo a base de copias incontroladas de un virus letal. El nobel peruano hace su aporte con la publicación de Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020), un libro en el que recopila artículos, conferencias y diversas notas de sus encuentros con el autor porteño y de su relación artística de admiración y antagonismo al mismo tiempo. Y en el que también se presentan otros Borges, otras copias que si acaso mejoran al original o lo completan. Es el Borges político, el Borges visto desde su relación con las mujeres, el Borges en la intimidad de su casa del centro de Buenos Aires o los Borges menos pensados como aquel que ostentó el cargo otorgado, desde la mofa del peronismo, como inspector de aves de corral o aquel que escribía la sección literaria de la revista El Hogar, enfocada en dar cuenta de los devaneos de la socialité argentina de la época. Múltiples Borges, múltiples copias.

Borges
Fotografía: Picture Alliance. Cordon Press

Del lado de Tlön

Toda esta idea de la copia nos teletransporta directamente a las tierras idealistas de Tlön, una copia calcada de nuestro mundo. Este monosílabo sonoro nombra al planeta en el que geográficamente se ubica el país de Uqbar, descrito en uno de los más famosos y alabados cuentos borgeanos: «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius». El cuento comienza con el relato de una conversación entre Bioy Casares y el propio Borges en la que el primero le dice a nuestro autor que había leído en The Anglo-American Cyclopaedia (a su vez una reimpresión morosa de la Enciclopedia Británica de 1902) que «los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres». Este planeta ficcional, creado a partir del nuestro, es urdido por una secreta sociedad de intelectuales (Orbis Tertius) que aspira a crear un mundo basado en el idealismo y opuesto a la concepción materialista que rige el sentido común al que estamos acostumbrados. Este supuesto mundo imaginario queda plasmado, a su vez, en una enciclopedia de cuarenta volúmenes que recoge su historia, su lenguaje y su literatura, por supuesto, toda fantástica. Finalmente (atención, spoiler), la realidad cede por el propio contrapeso de lo imaginado y rompe la balanza. La copia resulta más atractiva que el original y el mundo empieza a parecerse cada vez más y más a Tlön. «¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también está ordenada. Quizás lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas —traduzco: a leyes inhumanas— que no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres», dice la trasmutación ficcional de un Borges narrador en un fragmento del cuento.

Descifrar los mundos de Borges en toda su profundidad es a todas luces una empresa complicada, pero el propio autor nos descarga de toda culpa si la brújula pierde el hilo y nos perdemos en su laberinto. Para nuestro consuelo, el libro de Hadis y Arias termina con un epílogo en el que se recoge un fragmento de la entrevista al autor en el documental Borges para millones, dirigido por Ricardo Wullicher en 1978. «La lectura debe ser una de las formas de la felicidad, de modo que yo aconsejaría a esos posibles lectores de mi testamento —que no pienso escribir— yo les aconsejaría que leyeran mucho, que no se dejasen asustar por la reputación de los autores, que sigan buscando una felicidad personal, un goce personal. Es el único modo de leer». 

Por lo tanto, no dejemos que el gigante Borges nos pise o nos asuste, si nos resulta tedioso, indescifrable o insoportable. Sigamos el camino, tranquilos y dejémoslo apartado en un cajón. Probablemente ese Borges no haya sido escrito para nosotros, pero es posible que alguna de sus otras múltiples copias encierre todavía en sus páginas atisbos de felicidad. Entonces seremos enanos cabalgando a hombros de un gigante, veremos un poquito más allá y vislumbraremos las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa que definen la frontera sur de Tlön en la que acostumbran a procrear los caballos salvajes. Será entonces cuando definitivamente Tlön volverá a ser el mundo.

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3 Comentarios

  1. Muchas gracias por el excelente artículo. Borges es uno de esos autores a los que muchos lectores, por diversos prejuicios, no están dispuestos a darles una oportunidad, y es realmente una pena. El truco que suelo emplear con mis conocidos es darles a leer algo de Borges sin decirles de quién es, y recién después de dejarlos fulminados con la belleza de alguno de sus sonetos, por poner un ejemplo, les revelo el autor. Las reacciones incluyen incredulidad, miradas perdidas y balbuceos. Es una labor realmente gratificante.

  2. Excelente y nostálgico artículo sobre unos de los maestros de la metafísica. Muchas gracias.
    Cuando su biblioteca estaba en Monserrat,
    en las Manzanas de las Luces, me animaba
    de vez en cuando a cruzar el umbral de ese
    caserón que olía a madera añeja, obstinado
    en mantener la memoria del posiblemente
    real encerrado en un espacio estrecho de
    tiempo y medianeras en anaqueles de caoba.
    Iba por Uqbar y sus espejos, el cobarde de
    la esquina rosada, ese muchacho, Funes,
    que no podía conocer el afecto y aquellos
    “barquitos que pintados y a los tumbos
    nos fundaron” Buenos Aires.
    Sabía que dormían ahí el sueño inquieto
    de aquellos que casi después de la nada,
    en algún momento se dieron cuenta de
    que las estrellas y la luna brillaban.
    Infinidad de lomos con sus títulos me
    daban la medida de mi pasajera sombra
    dentro de un laberinto en el cual nadie
    se extraviaba: un poco de desgano a la
    salida, lo reconozco, un cansancio
    indefinido, tal vez algo más anciano.

  3. Le puse al blog el número 921 en homenaje a las páginas de la Anglo-American Cyclpaedia que Bioy al día siguiente le lleva a Borges para convencerlo de que, efectivamente, existía un artículo sobre Uqbar y el heresiarca; 921 páginas (4 más que en el volumen de la Anglo-American Cyclopaedia que tenían ambos escritores en la quinta de la calle Gaona en las primeras líneas del cuento); indudablemente uno de los más bellos vínculos entre la realidad y la ficción. Hay quien lee Tlön y no le gusta, se queda indiferente. Yo hasta cierto punto entiendo a todo aquel que «no entiende» este famoso cuento. No les culpo en absoluto, porque se trata de un tipo de literatura no convencional, sin embargo, siento fascinación no sólo por el estilo del argentino sino sobre todo por el mensaje que quiso transmitirnos. En él homenajeó a la especulación y a la mentira. Chapeau.

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