Arte y Letras Filosofía

El mito de la pareja: el antifaz de Romeo y la venda de Cupido

mito pareja
Detalle de la pintura de 1884 de Frank Dicksee: la escena del balcón de Romeo y Julieta.

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Federico García Lorca, «Soneto de la dulce queja».

El amor es el mito nuclear de nuestra cultura, y en la medida en que los mitos son relatos, el mito del amor es el relato del emparejamiento.

Los cuentos maravillosos tradicionales culminan casi siempre con la boda de los protagonistas masculino y femenino (la función 31 de Propp), y las comedias románticas al uso, así como casi todas las películas anteriores a los años setenta del siglo pasado y muchas de las posteriores, responden a la consabida fórmula «chico encuentra chica». Independientemente de su edad, los protagonistas son, en la terminología popular, «el chico» y «la chica»; no un hombre y una mujer, como en la paradigmática cinta de Claude Lelouch que intentaba actualizar —con el viejo truco de la falsa desmitificación— una fórmula que empezaba a mostrar signos de agotamiento (Un homme et une femme, 1966), sino «el» y «la», para subrayar su supuesta singularidad —y su función arquetípica—, y «chico» y «chica», porque antes del emparejamiento todo es proyecto, incompletitud, adolescencia; una adolescencia que para los antiguos romanos duraba hasta los veinticinco años y que en la actualidad puede prolongarse hasta más allá de los cuarenta.

Y los relatos de emparejamiento convencionales suelen expresar, de forma más o menos explícita, el mito del «alma gemela».

Tanto en la tradición grecolatina como en la judeocristiana, las dos corrientes principales de las muchas que alimentan —y contaminan— nuestra cultura, el mito del alma gemela ocupa un lugar destacado en los relatos amorosos, e incluso en los discursos filosóficos y morales.

En su diálogo El banquetePlatón pone en boca de Aristófanes una versión crudamente carnal del mito, según la cual los humanos tenían, en origen, cuatro brazos, cuatro piernas y una cabeza con dos rostros. Había tres géneros: hombres, mujeres y andróginos, y cada individuo tenía dos dotaciones de genitales, masculinos en el primer caso, femeninos en el segundo y uno de cada en el caso de los andróginos. Los hombres eran hijos del Sol, las mujeres eran hijas de la Tierra y los andróginos eran hijos de la Luna, que a su vez era hija del Sol y la Tierra. Los humanos originarios se rebelaron contra el Olimpo, y como los dioses no querían aniquilarlos para no prescindir de sus ofrendas, Zeus tuvo la brillante idea de partirlos por la mitad: de este modo, a la vez que castigaba su rebeldía, duplicaba el número de individuos que veneraban a los dioses. Apolo se apiadó de los humanos demediados y remendó sus mitades desgarradas, y el ombligo, la puntada final, es el testimonio de la labor reparadora del dios de la sanación. Pero los humanos no acababan de adaptarse a su nueva naturaleza, y cada cual añoraba a la otra mitad de su forma originaria. Y si ambas mitades se encontraban, se apoderaba de ellas el incontenible deseo de unirse de nuevo, y esa pasión fusionadora es lo que llamamos amor.

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12 comentarios

  1. Yo creo que el problema no es tanto el amor como el concepto que de él se tiene. Las personas no son perfectas. Entonces, por qué motivo iba a serlo el amor?

    • Pero es que el amor, como vivencia, es inseparable del concepto que tenemos de él, pues ese concepto determina la forma en que lo vivimos o esperamos vivirlo. Puesto que no somos perfectos, el amor tampoco puede serlo, es cierto; pero podría mejorar bastante si moderáramos nuestras expectativas y asumiéramos nuestra irreductible soledad.

      • No hay nada mejor que privatizarlo todo para que nada salga del todo bien.

        Practicas un racionalismo puro y duro. Mejor que releas la «Ilíada», porque el conocer y el querer tendrán relación necesaria en Dios (si es que existe), pero no en mi alma (si es que la tengo). A menudo sé qué es lo mejor, pero elijo otra cosa. Hay un refrán barriobajero castellano que dice: «eres menos racional que la picha de un novio».

        • Todos elegimos a veces -o a menudo- lo que sabemos que no es lo mejor; pero conviene, al menos, tenerlo lo más claro posible.

  2. En definitiva Frabetti, que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Que le vamos a hacer….

    • Y viceversa: la razón tiene argumentos que el corazón ignora. O pasa de ellos. Forman una pareja conflictiva, pero están condenados a entenderse.

    • El corazón no argumenta, ni ignora: quiere.
      Tampoco son una pareja. Aristóteles diferenciaba entre el conocer, el querer y el sentir (cabeza, corazón e hígado). Esas son cosas del lenguaje coloquial.

      • El corazón no argumenta ni quiere: bombea; obviamente, son metáforas, y como tales imprecisas e interpretables. En cualquier caso, hay que llegar a algún acuerdo entre deseos y argumentos.

  3. A mí me tiene un tanto impactado tu aspecto de Santa Claus y que te dejaras hacer una foto con una camiseta granate (aunque ponga república y tal). Cualquier cosa menos rojo. Casi te escucho decir: «Ho, ho, ho. Feliz Navidad». Claro que quien te hiciera la foto tampoco se coscó.

    • Esto no es nada. Tengo un anorak rojo y en navidad los niños me para por la calle.

      • Yo tengo un aspecto similar, pero con todo el pelo negro y los niños, cuando me ven se asustan y dicen a sus mamás: «Mira: ¡el Coco!» Moraleja: Papa Noel es el Coco en el futuro.

  4. Pingback: Los Óscar de Broadway - Revista Mercurio

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