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Roma, una ciudad para trascendernos a todos (y II)

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Escalera de Borromini, Palazzo Barberini

Viene de «Roma, una ciudad para trascendernos a todos (I)»

Decía Javier Reverte que Roma es una ciudad que se esconde. Y de hecho, se supone que la mejor forma de esconder algo es dejarlo a la vista de todo el mundo. Ese ha sido precisamente el caso de la capital italiana que, reducida a un museo al aire libre, ocultaba su esencia como ninguna otra tras el velo de la masificación turística. Pero los guiris se marcharon al llegar la pandemia y fue entonces cuando esa esencia reapareció con nitidez, para recordar que nunca se había marchado. Se trataba de un amasijo de historias, escenografías y casas abigarradas, un caos ordenado a base de capas de sabiduría ancestral que, bajo la batuta de los papas, configuraron la Urbe occidental por antonomasia. Las ciudades son el espejo de sus sociedades, el resultado físico de nuestras formas de pensar y, como veíamos en la primera parte, las viejas ideas que, destiladas a lo largo de los siglos dieron forma a la Roma que disfrutamos, nos muestran ahora su vigencia y su robustez. No hace falta ni compararla con otras ciudades europeas para comprobar su apabullante superioridad; en la propia Roma encontramos ejemplos fantásticos de cómo, desde que al rey de Francia le rebajaron palmo y medio su estatura, las corrientes de pensamiento occidental la han atacado sin cuartel y sin éxito. Ya mencionamos el caso de su último gran enemigo, el comunismo de la postguerra, que puso la ciudad bajo asedio, rodeándola (hormigonera mediante) a base de complejos habitacionales brutalistas. Estos fueron parados ante portas, pero otros sí que fueron capaces de cruzar sus murallas.

Acabó el barroco y la modernidad penetró en Roma a lomos de Napoleón y Garibaldi como Odoacro con sus hordas de bárbaros. Siguen doliendo las magulladuras del Ottocento, la ciudad sigue herida por las avenidas rectas y anchas que, fruto de las ilusiones ilustradas, liberales y fascistas, buscaron romper radicalmente con un pasado, aparentemente oscuro y desordenado, para conducirnos a sus respectivas utopías patrioteras. Las grandes revoluciones de nuestro pensamiento se han cebado con Roma, pero no han podido con ella. Efectivamente, la ciudad cayó en manos de las veleidades de la modernidad desde sus comienzos. Su esencia fue herida por la Ilustración y el liberalismo, ahí están los monumentos y las avenidas abiertas tras la Unificación Italiana, con las que Cavour hizo caja para pagar sus favores en la campaña militar. Avenidas que se llevaron barrios enteros por delante y que en muchos casos, ni siquiera hoy responden a los flujos naturales de la ciudad, o monumentos como el Vittoriano, una macarrada desubicada (podría ser un casino de Las Vegas) en plena colina del Capitolio.

Y por último, Roma fue ultrajada, violada por el funcionalismo fascista del siglo XX. Las avenidas de los Foros Imperiales y de La Conciliación que construyó Mussolini destruyeron dos barrios medievales y convirtieron los dos principales edificios de la ciudad (el Coliseo y San Pedro) en una suerte de monumentos al final de una calles descafeinadas, que pobremente pretendieron emular la grandeur de los Campos Elíseos.

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Avenida de la Conciliación.

Y detengámonos aquí un momento, porque de todos estos ejemplos, la blasfemia es sin duda la avenida de La Conciliación, construida tras los Pactos de Letrán, la avenida es el regalo envenenado que lleva lo moderno, al superhombre de Nietzsche, hasta las puertas de San Pedro. Imaginemos a un peregrino que debía perderse por las angostas callejuelas que separaban el río Tíber de la Basílica. Como si de una metáfora del misterio se tratase, Bernini planificó una secuencia escenográfica donde la traca final sería darse de bruces literalmente con la luz: una enorme plaza que le abraza a uno con su columnata, cual padre al hijo pródigo. Frente a la que se alzan una fachada gigante donde se pierde la noción de las dimensiones y una cúpula que se eleva hasta el cielo. Es por eso que la avenida de La Conciliación es un ultraje banal del que al menos se pueden sacar dos conclusiones claras:

La primera es que frente a la Roma católica, que busca que el individuo alcance la abstracción a través de la experiencia, los ideales de modernidad funcionalista, que llevaron a planificar esa gran arteria, son tan mediocres como la avenida misma, que hoy ve reducida esa función a un largo aparcamiento de autobuses turísticos. Algo que desde luego no mejora en nada la teatralidad perdida. Todo lo contrario, en vez de provocar gozo y alegría, sólo consigue provocar lamento y tristeza a los pocos peregrinos y turistas que aún saben lo que ahí se destruyó.

Y la segunda es que, aún desvirtuado, el espacio del Vaticano es tan superior y apabullante que sigue causando la impresión para la que se pensó y que por tanto su sentido y su esencia, aunque atacadas, perduran.

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Piazza Pía, antes de ser destruida para abrir la Avenida de la Conciliación en los años 30.

Por eso, aun tras siglos de asedios y saqueos del Maligno, Roma sigue sin ser cartesiana ni ilustrada. Es el catolicismo, decadente, idólatra, cínico, irónico e impuro que, convertido en forma y como si de una sucesión de escenografías se tratase, muestra con inteligencia y sorpresa su capacidad de persuadirnos y dejarnos sin habla. Fellini y Sorrentino entendieron e inmortalizaron la ciudad a la perfección: su sensualidad, bella y sugerente, que se opone a la pornografía «picadita» del mundo moderno, es lo que dulcifica las líneas rectas de sus tridentes y avenidas. Los estatistas puntos de fuga versallescos, como en París, Washington o San Petersburgo, no funcionan igual de bien en la ciudad de las «convergencias paralelas» que diría Aldo Moro.

Por eso hay que desconfiar siempre de quienes dicen preferir ciudades como París. Solo alguien con una falta aguda de empatía se quedaría con la capital francesa antes que con Roma. Un petit Napoleón con ínfulas, maniático del orden y de la planificación centralizada.

Y hablando de megalómanos, de entre los genios de Occidente cabe hacer una mención a Le Corbusier, el gran creador de los cánones y los dogmas de la modernidad es también el gran ausente. Él, que precisamente quiso tirar abajo el Marais parisino, casi último reducto tradicional e imperfecto de esa ciudad, para construir su ordenada utopía, racionalista e higiénica, no tuvo sitio en Roma. No lo tuvo mientras su arquitectura y sus ideas radicales y modernas convertían nuestras ciudades en alienantes máquinas de habitar. Y sin embargo fue en su última época en la que sus formas se alejan de la abstracción de sus «Cinco puntos», y en cambio se acercan a una, más aristotélica, arquitectura de la experiencia, de las texturas, de las formas orgánicas y de los materiales brutos, cuando la Iglesia católica (nuevamente como el padre con el hijo pródigo) se convertiría en uno de sus principales clientes. Y ahí están el convento de La Tourette y la maravillosa iglesia de Ronchamp. Ahí sí, Le Corbusier se hizo caso a sí mismo y a su definición de la arquitectura como «el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz».

En Roma se ha pecado muchísimo. Y es allí donde los pecados capitales se han elevado a la categoría de arte y se han cometido con un estilazo digno de los dioses. Ya se dio cuenta hasta Lutero de que en la esencia romana quedaba algo de la vieja «lupa» que amamantó a Rómulo y Remo. No es de extrañar que un nacionalista puritano como el alemán considerase Roma la antesala del Infierno. Una suma sureña y decadente de Sodoma y Gomorra en la que, de puertas adentro, cardenales, prostitutas y artistas como Rafael, gozaban y hasta morían en orgías sexuales desenfrenadas. Quién nos diría que ya entonces hacían los teutones demagogia con eso de «pagarles las fiestas» a los licenciosos mediterráneos. Nada que ver, desde luego, con la «virtuosa» austeridad, la simpleza y el tedio del convento germano.

Y fue gracias al alemán que Roma tuvo su gran momento de gloria en la Contrarreforma. El barroco se desencadenó allí, explotando todos los sentidos de quienes visitan las iglesias y palacios en las que sin necesidad de recurrir a las drogas alucinógenas, consiguen que veas abrirse el cielo sobre tu cabeza mientras sale de entre las nubes un coro celestial, o estimulan la libido con solo ver los dedos de Plutón hundiéndose en los muslos desnudos de Proserpina, o contemplando el éxtasis orgásmico de santa Teresa.

Es normal que los puritanos de este mundo la detesten. Roma es un polvazo que está muy por encima de la dignidad de todos esos «pensadores originales» de la historia. Roma derrite nuestras almas, derrota nuestros idealismos y explota nuestros sentidos mientras derrumba cualquier impulso totalizante de abstracción platónica. Despierta al conservador que todos llevamos dentro, el que acepta y valora con ironía las contradicciones, los placeres y los sinsabores de esta vida, el que nos hace sentir felices y disfrutar de aquello que tenemos. Es la capital de quienes buscan la evolución frente a la revolución, el desarrollo frente la destrucción. Eso es lo que nos cuentan sus paseos y por eso Roma no es para Savonarolas ni para adoradores de la Pachamama.

Y es que a diferencia del estado moderno y positivista al que hoy todos debemos nuestra obediencia, sus calles susurran que te sometas libremente al poder blando del papa y a los dogmas benévolos de su teocracia absolutista: La «Asamblea». Esa antigua Ekklesía que, previa tasa del diez por ciento, te acompaña en tu búsqueda honesta y sincera de la Virtud aún sabiendo que nunca la alcanzarás.

La paradoja romana es haber llegado a ser el paraíso en la Tierra, sin pretenderlo, a base de renegar y sospechar de quienes lo buscaban. Roma alcanza un grado de perfección más abstracto y mucho más sutil que el de los ángulos rectos. Alcanza la metafísica a través de lo físico. Es el catolicismo construido. El que encontramos en sus museos, sus calles, plazas y palacios, llenos de historias y anécdotas que resumen la condición humana al completo. Y es que a Dios no se llega de frente, sino serpenteando, con preguntas, con recovecos, con dudas, con imágenes parciales del mismo. La verdad magnífica, como en San Pedro, se revela tras un camino laberíntico, largo, sufrido y angosto.

Parecía que el vil metal había sido capaz de vencer aquello que las ideologías no pudieron, pero la pandemia mostró que su esencia seguía allí, oculta, a la espera de tiempos mejores. Y aunque no tardarán en volver los palos de selfi y con ellos la banalidad de la masa atestando nuevamente sus monumentos, sepa el lector y viajero, lo que tiene ante sí cuando visita Roma. Lo que significan esas calles. En Londres, Nueva York, Moscú… las ciudades, su arte y su arquitectura muestran en esencia cómo somos y cómo fuimos. Y tenemos ciudades para todos los gustos, construidas por todas las ideologías, culturas y religiones. Pero un atardecer en Roma las supera a todas, porque nos habla de lo que no podemos controlar, de lo que está más allá de nosotros. Y una vez caída la noche, esa ciudad vieja y antimoderna es también la compañía cariñosa que te sube el champán, que te entiende y que te consuela mientras te recuerda que aunque vayas a disfrutar de sus pequeños placeres o a llorarle tus miserias arrepentido, ella seguirá siempre ahí, con sus brazos abiertos, mientras que tú solo estás de paso.

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Un comentario

  1. Exquisito artículo! Y exquisita, hoy probablemente arrinconada en la incorrección política, visión del autor en relación a la belleza. Lo bueno es que la belleza no se puede elegir, la belleza es, y no está precisamente alineada con lo correcto o el blanco sobre el negro. Creo al autor en el lado correcto de la batalla estética y arquitectónica. Además, expresado con una bella pluma. Un gusto.

    Más Roma, por favor!! Esa orgía a visitar, al menos, una vez al año. Que esté llena de turistas, forma parte de los tiempos que nos han tocado, los cuales también tienen cosas buenas. Precisamente, la facilidad para conocer fuera de nuestras fronteras, pienso que enriquece a la sociedad, más que empobrecerla. Seguro que mucho turista sabe también apreciar y descubrir la Roma más allá del sefie postureado. No quiera el autor a Roma para sí sólo. Deje al sobrio turista embriagarse también, que se infecte en él también el virus de la duda. (Sabina también entiende de belleza)¡Enfréntese, Caballero, a la contracción que conlleva ese turismo! Otro gris más que añadir a sus lógicas expresadas en el texto. Con cariño :)

    Como decía, bellísima pluma y bellísimo artículo. Bien disfrutado. Antes incluso de que salieran a escena Fellini y Sorrentino. Ahí ya me decidí a escribir un comentario. Benditos malignos. Bendita Roma.

    Ojalá pronto de vuelta.

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