Ni qué niño muerto

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Una escena de Pulp Fiction. Imagen: Miramax.

De manera opuesta a la creencia popular, un tanatopráctico suele considerar que ponerse a barnizar con maquillaje circense a un niño finado es algo que conlleva más complicaciones laborales innecesarias que cómicos resultados. En el fondo, buena parte del chiste se apoya en la deshumanización total del objeto de mofa para convertirlo en un mero juguete cómico. En plantear un escenario tan grotesco que en la práctica resultaría imposible y conllevaría ciertas complicaciones legales, bromear toreando nuestra ética que grita a través de un altavoz que eso no está nada bien y que alguien debería impedir a la plantilla de niños de un orfanato cantar canciones durante el día de la madre, y evitar que algún iluminado decida organizar unos cursos de guitarra para un colectivo de leprosos. Pero, aunque parezca lo contrario, ese tipo de humor tiene un objetivo de lo más noble: extirpar los sentimientos de piedad, miedo o lástima y sustituirlos por algo con lo que partirse un rato las nalgas. Es un paso lógico que crece amparado por la naturaleza del cómico, un ser depresivo por definición: Jerry Lewis en algún momento de su vida se encontró encerrado en el baño de su casa masticando el cañón de un revólver y sopesando si era buena idea darle un meneo al dedo que reposaba en el gatillo y Chris Rock definió con precisión la comedia al llamarla «el blues de los que no saben cantar». Todo lo que nos rodea puede en cualquier momento teñirse de negro, mostrar sus reversos oscuros o colapsarse por completo de manera inmisericorde. Y quizá ante ese panorama lo único razonable para el humorista es aceptar como pareja de baile todo aquello que realmente no tiene ninguna gracia, sobre todo si se tiene la certeza de que esa compañera de danza calza botas de buzo y se empeña en pisotear al partenaire de tanto en tanto. 

Anthologie de l’humour noir

El canibalismo no es divertido, a no ser que uno forme parte de una de esas civilizaciones que consideran un demonio a toda persona que vista con pantalones y que también consideran catering a todo lo que envuelven esos pantalones. Pero, aun sin ser plato de chiste, Jonathan Swift utilizó la antropofagia con bastante recochineo en el famoso ensayo A modest proposal for preventing the children of poor people from being a burthen to their parents or country, and for making them beneficial to the publick, una obra cuyo título es comúnmente abreviado a sus tres primeras palabras para regatear la asfixia. En aquel panfleto de 1729 Swift bailaba entre las paralipsis de la sátira clásica agitando la ironía en la mano como si fuese una carraca y adornando formalmente una propuesta exquisitamente cafre con su elegante retórica. Para hacer frente a los problemas de precariedad de los jornaleros irlandeses con hijos que alimentar a su cargo, la sugerencia de Swift consistía en adoptar una solución beneficiosa para todas las partes implicadas: vender a los vástagos de los miserables como comida para las personas más adineradas. Lo que hacía realmente Swift era invitar al lector a una cena romántica para sodomizarle sobre la mesa antes de que llegase el postre. Simulaba exponer su punto de vista de manera ordenada y metódica, aunque aquello era una tapadera para parodiar argumentos tramposos de contemporáneos que le enrabiaban, como el filósofo sir William Petty, y de repente soltaba la patada voladora en la cara al asegurar que la solución a aquella crisis consistía en montar una franquicia de Kentucky Fried Chicken con carne de niño pobre como materia prima. Swift no era consciente de ello, pero con su sugerencia de infanticidio caníbal acababa de inventar el humor negro. Y aquello no le hizo ni puta gracia a muchísima gente pero sí a André Breton, un caballero que en 1940 se dedicó a recopilar trabajos de un nutrido grupo de autores (entre los que se encontraban Franz Kafka, Lewis Carroll, Friedrich Nietzsche, Charles Baudelaire, Thomas de Quincey o el marqués de Sade) y publicarlos en la llamada Antología del humor negro, definiendo y asentando el concepto de humour noir.

Wave of mutilation

La mutilación no tiene gracia, porque por lo general a nadie le gusta ir por la vida sin el equipaje con el que venía de serie. Pero aun así es difícil no dejar escapar una carcajada al escuchar el trágico relato de Tristram Shandy en el que se rememora cómo una ventana le circuncidó por accidente mientras se dedicaba a mear a través de la misma tras haber perdido su orinal. Esa acumulación de desdichas que desembocaban en el protagonista recortándose la punta tenía demasiado de cruel y, por eso mismo, mucho de desternillante. Laurence Sterne publicó por entregas entre 1759 y 1767 La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, una genialidad que por graciosa y ocurrente podía permitirse pasarse por las gónadas toda convención narrativa lógica: el Shandy del título ejercía de narrador pero se desvelaba como un cronista incapaz de contar la historia de manera sencilla hasta el punto de que el relato de su vida era apenas testimonial en la enrevesada trama y siempre implicaba una tormenta de mierda descargándose sobre su figura. Ambrose Bierce, en su maravilloso Diccionario del Diablo, definía la felicidad como la «Sensación agradable que nace de contemplar la miseria ajena» y si le sumamos a los infortunios unas risas enlatadas tenemos el chiste prohibido perfecto. El Caballero Negro de los Monty Python aseguraba que aquello no era «más que un arañazo» y se jactaba de haber sufrido heridas mucho más graves cuando Arturo, rey de los bretones, le amputaba un brazo de un espadazo. Ash se seccionaba su propia mano en Evil Dead 2 tras una pelea de dibujo animado y el Devon Sawa de El diablo metió la mano cauterizaba el muñón de su brazo con una plancha porque alguien recordaba haber visto algo parecido en Urgencias. El Coyote era volatilizado, despeñado o triturado sádicamente una y otra vez mientras miles de niños reían. El dolor ajeno, la risa propia.

Muerte

Morirse es por lo general un inconveniente, obliga a cancelar con cierta prisa compromisos pendientes y además conlleva todo el engorroso asunto del dolor a terceros. La muerte, al considerarse el punto y final definitivo, no debería resultar divertida desde ningún ángulo posible y por eso mismo es uno de los yacimientos de humor que gozan de una salud más envidiable. Terry Pratchett la convertía en uno de los personajes más cómicos de sus novelas y la obligaba a hablar siempre en mayúsculas. Kenny era condenado en South Park a abrazar a la parca en horribles accidentes durante decenas de capítulos. En 1994, Vincent Vega, pistola en mano, se giraba para hablar con un secundario situado en el asiento trasero de un coche y cuando se le escapaba por accidente un disparo redecoraba el interior del vehículo con el interior de la cabeza de la pobre víctima, y toda la sala del cine encontraba aquello tremendamente cómico, cuando, por norma general, el hecho de que te disparen en la cara no es gracioso sino un drama y algo que la gente suele preferir evitar. Pero aquellos dos matones discutiendo sobre lo conveniente de circular por las calles en un coche empapado en sangre estaban insinuando lo contrario, que existe un hueco para la comedia en las situaciones más extremas.

En el mundo real unos iluminados crearon los muy aplaudidos Premios Darwin, una celebración que elogiaba la capacidad del ser humano para autoeliminarse de manera ridícula favoreciendo con la desaparición de su material genético defectuoso la evolución de la especie: los nominados y ganadores eran aquellas personas que se habían provocado la muerte de forma tan estúpida que era imposible no encontrarla graciosa. En el ámbito comercial tirar de guadañas también resulta de lo más colorido; los servicios funerarios de Bergemann & Sohn se anunciaban en el metro de Berlín utilizando un sentido del humor negrísimo: su campaña publicitaria eran unos gigantescos paneles situados al otro lado de las vías del metro que rezaban «Acércate un poco más».

Y luego está la última parada posible para mofarse de la muerte: el epitafio, esa nota al pie de la vida que puede dar tanto juego. Aunque es mentira el rumor que asegura que Groucho Marx tiene un «Perdone que no me levante» en su lecho eterno, muchos otros sí que han decidido poner una punchline a su existencia: la tumba de Spike Milligan tiene un «Os dije que estaba enfermo» escrito en gaélico, Jack Lemmon un genial «Jack Lemmon in…», un desconocido de Maryland mandó tallar en su lápida «Aquí yace un ateo, completamente vestido y sin ningún sitio adonde ir», la losa de Billy Wilder afirma «Soy escritor pero nadie es perfecto» y Mel Blanc —la voz de Porky, Bugs Bunny y media plantilla de dibujos de la Warner— se despide del mundo para siempre con un fantástico «¡Eso es todo, amigos!».

Pierre Desproges, el humorista francés que tras recibir un diagnóstico de cáncer dijo «Si no fuera por la ciencia, ¿cuántos de nosotros podrían disfrutar de un cáncer durante más de cinco años?», lo tenía muy claro: «Podemos reírnos de todo, debemos reírnos de todo. Incluso de la muerte. Especialmente de la muerte. Al fin y al cabo, ¿en qué momento la muerte ha mostrado algún reparo a la hora de reírse de nosotros?».

Gallows humor

Existe una anécdota que relata cómo un francés condenado a la guillotina se encontraba ante la corte cuando esta, asumiendo que la víctima tenía casta noble, se dirigió a él añadiendo un ilustre «de» antes de su nombre. Al escuchar la elegante distinción postiza, el condenado se apresuró a replicar: «Estoy aquí para ser recortado, no para que me alarguen». El asesino William Palmer fue sentenciado a columpiarse en la horca y cuando le tocó situarse sobre la trampilla del cadalso no se le ocurrió otra cosa que preguntar si aquella portezuela era segura. Pedro Muñoz Seca, antes de ser fusilado, dijo a sus verdugos: «Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar… y es el miedo que tengo». Colocarse en la diana de la broma por voluntad propia es algo que ocurre a lo largo de la historia con más frecuencia de la que podría imaginarse, porque ser el chiste ante un huracán de miserias funciona sorprendentemente bien como catalizador de tensiones. Es el célebre concepto de gallows humor, el rire jaune para los franceses, el Galgenhumor para los germánicos y el humor del patíbulo para los castellanoparlantes. Un famoso himno de los paracaidistas americanos durante la Segunda Guerra Mundial se titulaba «Blood Upon the Rises» y su letra es cualquier cosa menos optimista para un colectivo en el que existe una posibilidad bastante grande de convertirse en pegatina: «There was blood upon the rises, there were brains upon the chute / intestines were a’dangling from his Paratrooper suit / He was a mess; they picked him up, and poured him from his boots / And he ain’t gonna jump no more». 

… vestido de payaso

Los años sesenta contemplaron cómo nacían los chistes sobre neonatos fallecidos. La estructura de aquellas bromas se cimentaba en la construcción clásica de las chanzas barriobajeras: requería de dos oradores, lanzaba una pregunta y rebotaba una respuesta sorpresa en la que de golpe aparecía un bebé combinado con objetos afilados en divertidas variantes que extendían el chiste hacia lo grotesco y al propio bebé hasta la plastilina sanguinolenta.

Alan Dundes, un profesor de la Universidad de Berkeley en California especializado en el folclore popular, tenía cierta curiosidad por saber qué hacían tantos adolescentes preguntándose de repente unos a otros qué es rápido, rojo y gira a 200 km/h, y por eso mismo se dedicó a tratar de localizar las raíces de tanto puré de fetos. Su investigación desembocó en una teoría que aventuraba que ese humor incómodo nacía en Inglaterra, gracias a textos como las Rimas crueles para hogares sin corazón de Harry Graham, y que a continuación surfeaba sobre aquella segunda ola feminista que acontecía durante esa década Estados Unidos. Una marejada que defendía el derecho al aborto ante una la sociedad americana muy cerrada a la hora de hablar sobre temas incómodos. Dundes sugería que la generación más joven de la época cargaba sobre sus espaldas con el peso heredado de un supuesto sentimiento de culpabilidad respecto al aborto y que aquello sirvió como abono para que los chistes de bebés muertos se convirtieran en el trending topic de los patios de recreo. «El bebé, una vez deshumanizado, puede ser destruido de forma cómica», señalaba su estudio. Dundes apuntaba a esa deshumanización, pero realmente era mucho más importante la propia humanidad del asunto. Porque la única manera posible de afrontar nuestros miedos es riéndonos de ellos. Porque es probable que para demostrar que estamos vivos no exista nada más puro que señalar al profundo agujero negro que nos engulle y descojonarnos en su cara. 

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4 Comentarios

  1. Se cuenta en mi pueblo la anécdota al parecer real, de un vecino que le preguntó a otro si había pasado algo en su casa, pues había visto a mucha gente dirigirse hacia allí, a lo cuál respondió el Interpelado, “naaa, mi suegra que se ha muerto” ; ).
    Buenísimo articulo por cierto, gracias.

  2. En la adolescencia me parecía insuperable el chiste del padre que está esperando el nacimiento de su primer hijo, sale un enfermero con un bebé en brazos y cuando el padre se acerca, el enfermero lanza al bebé contra el suelo de cemento, le da una patada que lo hace volar y estrellarse contra la pared y después le da dos pisotones a los restos. Todo el mundo el mundo en la sala de espera está paralizado y mudo de horror. Y el enfermero sonríe y dice: “¿Se lo creyeron? ¡Pero si nació muerto!”

  3. En 1966, el doble homicida James French, ya sentado en la silla eléctrica, se dirigió a un periodista y le dijo “Qué te parece este titular: French Fries”

  4. El bandido Cherokee Bill cuando subió al patíbulo le preguntaron si quería decir alguna última palabra. Respuesta:”Infiernos, no. He venido aquí a que me cuelguen, no a dar un discursito”. Con ello, se aseguró una inmortalidad que su propia estatura como forajido no le permitía al lado de los Jesse James o Billy el Niño. Aunque no le sirvió para evitar colgar de la soga.
    “El hombre nunca cambiará. Siempre será avaro, codicioso, vil. Hablo del hombre en sentido general.” Lo decía el que “nació con el divino don de la risa y la convicción que el mundo estaba loco”. Y es la misma convicción que yace en la mente de todo humorista. Si algún día la Humanidad hiciera lo suficiente para desmentirlo, nos quedaríamos sin humoristas. Algo bueno había de tener el asunto.

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