Los Javis: «Con ‘Veneno’ nos hemos dado cuenta de que la ficción sí tiene que ser responsable»

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«Pero, joder, es que son muy buenos». Así acaban la mayor parte de críticas a los Javis: con una rendición del odiador. Porque puede parecer que hay muchas razones para que Javier Calvo (Madrid, 1991) y Javier Ambrossi (Madrid, 1984), la pareja profesional y sentimental más mediática del país, den rabia. Crispen. Se puede alegar agotamiento ante su omnipresencia viral, un cierto cansancio de tanta exposición. Pero eso es dar rodeos, es esconderse y trampear. Lo que ocurre de verdad con los Javis es mucho más sencillo: tienen talento, éxito y exhiben un perpetuo buen humor. Tres razones que acostumbran a hacer chirriar dientes cuando van por separado, pero que cuando llegan juntas y en grandes dosis —harto infrecuente— son un cóctel detestable de primera categoría. Al menos aquí. 

No quieren que les importe eso. Se esfuerzan para que no lo haga. En parte, porque si lo hiciera no habrían llegado hasta aquí. Seguirían siendo actores efímeros de éxitos adolescentes, con papelitos menores y toneladas de frustración. Si hubieran hecho caso a quienes los consolaban con que «esa profesión es así», no se habrían lanzado a una piscina en la que no había ni gota de agua. Escribieron, convencidos de que podían hacerlo mejor, sin idea de cómo. «Lo hacemos y ya vemos» fue su leitmotiv, hoy un archiconocido mantra que repite cualquiera que viera en el teatro La llamada, su plataforma de despegue. Con Paquita Salas alzaron el vuelo, porque resulta que la piscina estaba a rebosar. Rodaron una serie que reivindicaba la cultura pop española y acabaron convirtiendo a sus protagonistas, sus frases, sus gags, en eso mismo. Ahí podrían, cómodamente, seguir. En ese triunfo. Explotando esa mirada desprejuiciada, tierna y socarrona que define su universo. 

Pero Los Javis crecen y sus ambiciones también. Eligieron Veneno, porque ahí dentro había muchas historias que nos explican como país, como comunidad. Por Cristina y por tantas más. 

Se sientan a charlar de todo ello y no hay dobleces: son lo que se espera de ellos. Dos Javis separados que en tándem se vuelven huracán. Dicharacheros, generosos y también reflexivos. Veneno ha arrasado en Estados Unidos los ha cambiado como creadores y, además, les ha dado un escudo indestructible: ódiame, pero ponte lo que ruedo. Y reconócelo, aunque nadie te oiga: joder, es que son muy buenos. 

Me ha llamado la atención que una de las búsquedas de Google más habituales sobre vosotros sea: «¿Los Javis son pareja?». 

Javier Ambrossi: [Risas] Es verdad, es superllamativo. 

Javier Calvo: Sí, y yo leo mucha gente que dice «¿Los Javis son hermanos?». [Risas]

J. A.: Veo muchos que dicen: «Mi madre me pregunta si son pareja». Aunque lo de los hermanos es lo que más me llama la atención. Igual desde hace ocho años se nos pegan cosas al uno del otro, pero no nos parecemos nada. 

J. C.: Bueno, yo qué sé, tampoco tiene por qué saberlo todo el mundo. No tiene por qué conocernos todo el mundo, ¿no? Podemos sonarle a la gente, pero no tiene por qué saber toda nuestra vida.

Ambrossi, te he leído que a veces tú también te cansas de tanto «los Javis, los Javis»…

J. A.: Sí, algo así. No es que me canse, a mí me encanta trabajar juntos y todo lo que hacemos, estoy superorgulloso. Pero sí es verdad que la percepción de la gente, que te ve todo el rato, porque estás en muchos sitios… Me pongo en su situación y a veces digo: «Qué agotamiento, los Javis». 

J. C.: Y también que hay una cosa en el concepto de «los Javis» con la que no nos sentimos muy identificados. «los Javis» es casi un personaje que la gente ha hecho suyo. Por ejemplo, leo y veo muchas veces expresiones como «ese traje es muy de los Javis» o «a los Javis les gusta mucho la moda», cuando en realidad estamos siempre en chándal. Al final es un personaje que crea la gente, o hemos creado nosotros, o que se crea poco a poco…

¿Una marca? 

J. C.: Sí, eso. Pero una marca que no necesariamente te tiene que representar en el día a día. 

J. A.: Es que, en un photocall, o si vas a un programa, tratas de sacar tu versión más divertida. Te gusta hacer tu trabajo bien. Yo voy a Mask Singer e intento ser chispeante, o estar más arriba, y eso es lo que la gente asocia más a los Javis. Pero la realidad es que los Javis es trabajar todos los días, sin más. La gente se puede quedar con OT, Mask Singer, dos photocalls, cuatro declaraciones explosivas o que te vas mucho de fiesta, vestuarios de colores…, como si fuera la marca de los Javis, pero en realidadlos Javis es levantarte muy pronto, trabajar todos los días, también los domingos, escribir…

J. C.: Dirigir, producir, llevar la oficina…

J. A.: En el fondo, lo que más tiempo se lleva, en lo que más estamos, es escribir. Sin duda. Es lo más nuestro. 

Una labor para la que es fundamental el tiempo: si no lo tienes, nunca sale bien. 

J. C.: Justo. Un buen guion es lo más importante para tener una buena serie. Y a veces se olvida. Es en la escritura donde más hay que incidir, y donde más se tiene que encontrar el talento. Porque es la base de todo. Nosotros para escribir una serie nos tiramos muchísimo tiempo. Muchísimo. Para Veneno, que son ocho capítulos de casi una hora cada uno, hicimos quinientas páginas. Nos gusta que cada frase tenga un sentido, que cada escena sirva para algo, que cada momento sea original y sorprendente. Y han sido casi dos años solo escribiendo el guion de Veneno. Un año y medio escribiéndolo, un año rodándolo…, una locura. 

J. A.: Eso contando con que el rodaje se alargó por la covid-19. Pero la reflexión real de todo es que lo que más tiempo lleva, a lo que más tiempo dedicas, es a escribir. Y es la que la gente menos ve, porque no estás delante de una cámara. Lo que nos ha dado todo lo que tenemos es escribir. La llamada no nació con una producción grande en el teatro, era una obra buena. Un texto bonito. Y la primera temporada de Paquita, igual. No era una producción grande, ni con actores famosos: Brays Efe no era famoso, Belén Cuesta tampoco, nosotros tampoco. Era un buen guion, sencillamente. El guion es la parte que la gente menos conoce y sin embargo es la que más nos da. 

J. C.: Y es, sobre todo, la parte más desesperante. 

J. A.: Y dolorosa y horrible, pero la más guay. 

J. C.: Primero, porque nos las hemos visto muy muy jodidas escribiendo guiones. Por ejemplo, en Veneno, casi nos pilló el toro. Íbamos a empezar a dirigir y todavía no teníamos los guiones escritos. Me he visto mil veces pensando que no iba a salir. El capítulo cinco, que al final fue el mejor, lo borramos entero y lo reescribimos no sé cuántas veces; Antena 3 llamándonos en plan: «¿Vais a tener este puto guion en algún momento?». Y nosotros: «No está todavía, no está todavía, sabemos que puede ser mejor, pero no lo hemos encontrado». Aquí, desesperados, sentados días y noches. La gente presionando. Viendo pelis, leyendo libros, escuchando canciones…

«¿Cuánto te queda?», esa pregunta que te hacen y que, en el caso de la escritura, casi nunca tiene una respuesta. 

J. A.: ¡Exacto! ¡Es que no lo puedes medir! 

J. C.: Y eso es cuando tienes un deadline, que incluso te puede venir bien, porque si no estás mirando las musarañas, y diciendo: «Me voy a tomar una cerveza, porque no puedo más». Pero, si no, para escribir estás tú solo, en este caso los dos. Pero dirigiendo es diferente. Porque sencillamente esta escena tiene que estar hoy, y como esté, está. Escribiendo, es esperar al «ya llegará», y preguntarte constantemente: «¿Está bien? Pues creo que no. ¿Podría entregarlo? Sí. ¿Estará en algún momento mejor? Pues quién sabe». 

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Ambrossi, tú estudiaste Periodismo, así que algo de interés por la escritura ya tenías. Pero ¿cómo fue para ti, Calvo? 

J. C.: Cuando nos pusimos a escribir La llamada ya habíamos hecho dos obras de microteatro juntos, y yo desde adolescente ya escribía guiones que les pasaba a mis amigos. Hacía cortos, escribía pelis, imagínate. Ganamos un premio en un corto, cosas así. Una vez que empecé a dedicarme a ser actor se me olvidó un poco, y hasta que no conocí a Javi no retomé esto que tanto me gustaba. Tuvo que ver un viaje que hice a Nueva York, donde empecé a ver obras de teatro Off-Off Broadway, muy underground, y conocí a gente que le gustaba escribir… Luego se juntó con que vino la crisis de 2008-2009 en la que no había nada que hacer y empezaron a proliferar los microteatros y el off del Teatro Lara. Ahí nos dimos cuenta de que podíamos hacer cosas por nosotros mismos. Al final, eso es lo que tienen también las crisis: permiten que se creen formas artísticas nuevas y nos lancemos a hacer cosas porque no hay nada más que hacer. 

Decís que eso es una cosa muy generacional, lo de salir al mundo en plena crisis y arreglártelas por tu cuenta, pero con la mentalidad de «vale, lo voy a hacer pequeño, pero nadie me va a decir cómo lo tengo que hacer». 

J. A.: Justo, es así. Y hasta ahora nos han dejado hacerlo siempre. Todo libre. Es fuerte, ¿eh? Hemos llegado hasta este punto en el que siempre nos han dejado hacer lo que nos ha dado la gana. Siempre. 

J. C.: Sí, pero. Yo recuerdo, inevitablemente con cierta melancolía, ese momento pasado. Porque aunque ahora nosotros siempre podamos hacer lo que queramos, y siempre nos hayan respetado y hayamos tenido libertad, cada vez es más complicado darte la libertad a ti mismo. Quiero decir, que cuanto más creces, más te tienes que recordar que te puedes equivocar y que no pasa nada. 

Tú, Calvo, estás un poco obsesionado con eso, ¿no? Con cagarla. Fracasar. 

J. A.: Sí. Y él y yo en esto estamos en puntos diferentes. Por ejemplo, vamos a un restaurante y a Javi le cuesta mucho decidir. Yo lo asocio mucho con ese pensamiento que acabas de decir tú. Le digo: «Equivócate». Y me dice: «Es que no sé si vamos a volver a ese restaurante». Y yo le digo: «¡Chico, pues volvemos!». A mí no me importa, lo asumo. Me gusta, me apetece el momento ese en el que te das contra el suelo. Porque yo quería ser actor, y si no hubiera estado en la mierda, directamente, nunca hubiera llegado hasta donde estoy ahora. Yo estoy viviendo mi plan B. Tenía mi plan A, y si me hubieras dicho hace diez años que yo no iba a ser actor, me habrías destrozado, me habría puesto a llorar. Porque estaba seguro, creía que tenía talento, que podía ser el mejor, lo amaba, soñaba con ello. «¡Que yo he nacido para esto!», habría dicho. Pero resulta que encontré otro sitio que me representa mucho más. Por eso yo no le tengo ningún miedo a equivocarme. Si mañana hago una película y no le gusta absolutamente a nadie, igual mi vida de repente gira y tengo que ser…, qué sé yo. 

J. C.: Si pasa eso, probablemente sea para bien. Yo sé que cuando nos pasó, cuando nos vimos en la mierda, fue cuando más encontramos nuestro camino. 

J. A.: No hay que tenerle miedo a fracasar. 

A veces ponéis ese ejemplo: si Madonna se levantó de su fracaso y Lady Gaga sacó Artpop después del suyo…

J. A.: ¡O Raquel Meroño! No hay que irse tan lejos. Ella es un buen ejemplo, porque se veía sin más vida en la televisión, a pesar de ser una tía estupenda con muchísimo talento; y de repente un reality de cocina, que ella no ha cocinado en su vida, la devuelve a la tele. Y probablemente va a tener programas y continuación. Y, joder, si te lo da un reality de cocina ¿por qué no te lo puedes dar tú mismo? Como Madonna. ¿Quién no? ¿Quién no ha ganado un Goya y ha estado cinco años sin trabajar? ¡Todas las actrices de España! 

Mucho más que los actores, de hecho. 

J. A.: Justo. Y a cierta edad, mucho premio y luego mucha sequía también. Es muy normal tener que reinventarse. Gracias a todo lo que pasó con La llamada, me quité mucho el miedo. 

J. C.: La vida da para mucho y a veces no somos muy conscientes de ello. Yo ya me creo que he hecho todo, y no: todavía me queda mucho por caerme, por levantarme y por aprender y descubrir. Pero, claro, vivimos todo tan intensamente…

J. A.: Y muy en el presente. Tú piensa que a lo mejor en cinco años estamos en Hollywood, o en el Starbucks otra vez. No lo sabemos. Bueno, ese local en concreto no, porque ya cerró, pero ya me entiendes. 

J. C.: Ese es otro melón, ¿no? La hostia económica de la covid-19, que vemos todos a nuestro alrededor. Todos los restaurantes a los que solía ir, cerrados permanentemente. ¿De qué viven ahora estas personas? 

J. A.: O nuestros amigos más cercanos. Gente que dirías que son privilegiados, porque vivimos en un entorno muy, muy privilegiado, ves que esa persona ahora no tiene para irnos a cenar. 

J. C.: A mí me da mucho vértigo pensar qué va a pasar dentro de un año o dos. Igual está todo bien, no lo sé, pero me da la impresión de que vamos hacia… un lugar fuerte. 

Sois de la generación milenial, la del «no, si para cuando acabes la carrera ya habrá pasado la crisis…».

J. A.: [Risas] Justo, justo. Yo estudié una carrera porque me decían que iba a tener más opciones que dedicándome a ser actor directamente. 

Pero acabaste estudiando dramaturgia en la RESAD. 

J. A.: Sí, porque luego le empecé a dar vueltas y vueltas porque no encontraba tampoco mi lugar como actor. Y me metí otra vez a hacer otra carrera. Pero no he tenido más acciones por tener una carrera que por dedicarme a una profesión como ser actor, ¿eh? ¿Los padres de ahora les seguirán diciendo a los hijos eso de: «Estudia una carrera, que tendrás más opciones»? 

J. C.: Es nuestra generación la que tiene que ser padre ahora y poco a poco…

J. A.: ¿Y qué les dirías tú? 

J. C.: [Resopla] Les diría…: «Mira a ver qué es lo que quieres hacer tú, qué es lo que te gusta y ya encontrarás tu camino». 

J. A.: Eso, que potenciaran lo suyo. 

J. C.: Yo creo que lo que hay que intentar es que la gente tenga ganas de encontrar ese camino, de trabajarlo. No caer en la apatía. Cuando teníamos veinte años, tenía muchos amigos que, al mirarlos, pensaba: «¿Qué van a hacer en la vida? No van a hacer nada, si están todo el día tirados en el sofá, o de fiesta». Pues luego muchos de ellos han encontrado lugares increíbles: uno es cazatalentos de una empresa de modelos… Surgen trabajos que no existían. 

J. A.: Y a lo mejor dentro de unos años existen trabajos que todavía no existen y que son tu futuro. Por eso, planear, a veces, es absurdo. Mira: ahora muy poca gente va al cine. ¿Quién nos iba a decir que íbamos a hacer series, y que se iban a ver online

Como creadores, ¿os preocupa el futuro del cine?

J. A.: Me preocupa desde el punto de vista cultural y social, pero no me preocupa a mí personalmente por mi carrera, porque también me gusta mucho escribir para televisión, novela, teatro… Aunque como sociedad sí me parece una putada. 

J. C.: A mí sí me preocupa; bueno, más bien, me da pena. Me da pena cómo nos estamos individualizando, y esto tiene mucho que ver con la covid-19. ¿Cuánto tiempo va a pasar hasta que no nos dé miedo estar con mucha gente en una sala de fiesta? ¿O ir a un festival de música? Me pasa igual con las salas de cine. Al final había algo muy bonito en ver una película en una sala llena de gente, o en ir al estreno de algo que todo el mundo quiere ver, esa sensación de reírnos juntos y disfrutar colectivamente. A mí me pasa mucho que, cuando veo en casa una película, me llaman, o me aburro, o me quedo dormido, o la quito… En el cine, te fuerzas a verla entera, y en esa experiencia de verla entera la película crece y cambia. Me da pena. Yo disfrutaba mucho de ir al cine, iba todas las semanas con mis padres. También había una cosa muy guay en decidir qué íbamos a ver en el momento, no haber leído todo antes, y saberlo todo ya…

J. A.: O ver los quinientos mil tuits que dicen que es malísima, o quién sale al final. 

J. C.: Al final, lo único que me pasa es que me estoy haciendo viejo y soy muy nostálgico, cada vez más. Pero sí es verdad que ese plan era muy bonito. Me acuerdo de la sala de mi pueblo llena de gente, y mis padres eligiendo la película… Bueno, eso, que soy una vieja [risas].

J. A.: Que no, no lo eres. ¡Que no tienes ni treinta años! Y además solo son cambios. Fíjate la música, el mundo CD, y ahora nos hemos adaptado superbién a Spotify, a las plataformas…

J. C.: ¡Pero también echo de menos escuchar un disco entero! 

J. A.: Pues, mira: luego vuelven los vinilos, y yo me descubro comprándolos. Tengo Spotify y el vinilo: lo de en medio se perdió. Me da la risa cuando me veo a mí mismo con unos cascos Bluetooth y el vinilo al lado [risas]. Lo mismo pasa con el cine, que va a ser algo que nadie va a poder quitar, lo mismo que la experiencia del vinilo, y lo otro quedará para ir descubriendo todo el contenido. 

J. C.: Esto es como el cuerpo. El otro día veía a Madonna estirarse antes de un concierto, y ponía: «Stay flexible», pues lo mismo. Para vivir muchos años y sobrevivir, hay que ser flexible. Aunque cambien las cosas, hay que adaptarse a ellas. Yo adoro producir para plataformas porque te permite hacer todo tipo de productos, no necesitar que los vea muchísima gente, hacer uno más mayoritario, uno más minoritario… Puedes hacer capítulos en los que experimentar con lo que sea, puedes transgredir con la forma. O dedicarlo todo a un día lluvioso y después seguir la trama. Esta diversidad de opciones, alternativas y plataformas te permite jugar mucho y experimentar. 

J. A.: Al final, contra qué es lo que nadie ha podido: contra los libros. Son los grandes resistentes. Habrán bajado mucho en ventas, pero no porque les haya ganado nadie. El libro ha encontrado su lugar y es la gran resistencia de la cultura. No sé si en términos de ventas, pero sí desde luego de espíritu, el cine se convertirá en el libro. Y nadie va a poder nunca luchar contra el libro, porque el Kindle, o el iPad, los tienes, pero no es la misma experiencia. Igual que el cine, la música, el vinilo, el teatro, los conciertos… Nadie va a poder con eso. Aunque vayan a menos público, se estabilizarán con la gente que le apasiona. 

J. C.: Y no solo eso. Como con el teatro, pasará en el cine y pasará en los conciertos: para llenar una sala habrá una película que sea la película evento que tengas que ir a ver a las salas. Se encontrará qué es lo que tenga que ir en cada lugar. Igual que al teatro no vas para ver la historia de siempre, sino para ver la interpretación de alguien que te apasione, o para reírte con gente, o vas a un musical para que la música te vibre en el pecho. Al final, cada cosa encontrará su lugar, su público y su producto. Aunque odio llamarlo producto, pero nos entendemos. 

Hay un discurso del personaje de Anna Castillo en Paquita Salas, en el capítulo «Hasta Navarrete II», que me pregunto si sois vosotros hablando a través de ella, si resume vuestra filosofía. Cuando está reunida con los productores para valorar el proyecto de su película, y les dice: «Yo no estoy aquí ni para criticar el mundo ni para cambiarlo, pero creo que todo el mundo puede empatizar…». ¿Es una declaración de vuestras intenciones?

J. A.: Yo creo que éramos nosotros entonces, sí. Pero para mí eso ha cambiado mucho. Era una declaración de intenciones en un momento dado de mi carrera, pero Veneno me ha venido a cambiar todos los planes. El proceso de investigación me cambió entero, el darte cuenta de que una serie como esa puede ser importante, que socialmente puede hacer algo importante. Eso me ha removido muchísimo. Antes sí pensaba que la ficción era algo que te hacía empatizar con los demás, pero tampoco quería meterme mucho más allá. 

O sea, que lo que ha cambiado es la responsabilidad. 

J. A.: Sí. Me he dado cuenta de que ahora quiero asumir esa responsabilidad. Con Veneno me he dado cuenta de que la ficción sí tiene que ser responsable. Y a mí, por lo menos por mi lado, sí me gustaría seguir haciéndolo juntos. Seguir siendo responsable con las cosas que cuento. 

J. C.: Sí, pero ¿tiene que haber siempre respuestas? ¿O puedes simplemente plantear preguntas? Creo que esa frase de Paquita también va por no tener que dar siempre respuestas, porque no siempre las tenemos. Y por entender que la realidad a veces es complicada. Y con esto me adelanto al siguiente proyecto, me callo ya [risas]. 

J. A.: El caso es que Paquita Salas era más como la mirada del mundo que tenía el personaje de Anna Castillo: lo de «yo no quiero tener un discurso y venir aquí a deciros cómo tenéis que hacer las cosas, sino mostraros cómo es la realidad y que cada uno haga lo que quiera hacer». Pero en Veneno he tenido la experiencia de que, si tomas cartas en el asunto real, de verdad tiene un efecto positivo. Hacer Veneno y decidir que iba a haber una persona trans en cada departamento, obligatoriamente, y no solo actuando. Mucho más de lo que la gente ve, más que las chicas del Parque del Oeste, técnicos, figurantes… mucho más. Un número muy alto. Hacer eso es una declaración de intenciones. Decidimos hacerlo por responsabilidad, pero luego te das cuenta de que cambias el mundo. Tu pequeño universo se cambia, de repente. Cuando la gente trabaja en equipos diversos, de repente ya no tiene ganas de ser gilipollas, ni de hacer el chiste de turno, porque la persona que está trabajando mano a mano con él o con ella tiene otra experiencia vital. Todo se equilibra. 

Es como la broma de la compresa que le contó Tina Fey a Letterman, ¿no? Que no es ya tanto que la diversidad sea justa, es que además sale beneficiado todo el mundo. 

J. C.: Justo eso. En Veneno, tuvimos todo este elenco de actrices maravillosas, que tenía una experiencia, un humor y una forma de interpretar y una cotidianidad que nutrió muchísimo a nuestra serie. No solo por convicción. Yo no comprendo a los directores que quieren contratar a actores para hacer de mujeres trans, porque se están perdiendo una interpretación que iría más allá. Se están perdiendo una actriz con una experiencia, y una verdad… ¡Aunque lo hagas pensando solo en tu película! Si no llegamos a tener a Valeria en la mesa de guion aportándonos todo lo que nos aportó, o a Ian de la Rosa, un director trans que ganó en Cannes con su corto; o a Elena Martín y Claudia Costafreda, con toda su teoría feminista y su forma de hablar de las mujeres, nosotros nos habríamos perdido muchas cosas. Al final, hazlo por ti, por que tu producto sea mejor. 

J. A.: Eso, por un lado. Pero es que, además, si te lo tomas de una forma política, de hacerlo porque que impacta socialmente, también cambia. Ellen Pompeo, la protagonista de Anatomía de Grey, fue un día al set y cuando iba a empezar a rodar sus escenas dijo que se iba. Que no iba a volver hasta que el equipo técnico no representase el mundo en el que vive, en términos de color, género, etc. Dijo que era la protagonista, que llevaba trece años en esa serie y ya se había hartado. Y se fue. Dijo: «Si no lo hago yo, no lo vais a hacer vosotros». A veces es así, un actor o una actriz tiene que decir: «Hasta aquí hemos llegado». En este caso, nosotros lo teníamos clarísimo, porque era el proyecto perfecto para hacerlo. 

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Hablando de conversaciones y privilegios. Ambrossi, tú eras muy afecto a esa teoría de que el esfuerzo todo lo puede, de «si yo he llegado hasta aquí esforzándome, y tú no has llegado, es porque no te has esforzado lo suficiente». Pero hubo una conversación con Brays Efe que te cambió y que acabó impactando también en Veneno, ¿no?

J. A.: Yo he vivido una transición grande a nivel de responsabilidad y de pensamiento social. Antes pensaba de una manera completamente diferente de lo que pienso ahora. Pero gracias a mis amigos, a las series, a escribir, a enriquecerme, a tener equipos diferentes… La conversación con Brays que dices fue así: estábamos en la coctelería Santa María, con un coctelcito, hablando de una persona de su familia y de su experiencia familiar. Yo le estaba soltando algo que creía, ese discurso tan americanista soñador: «Si tú trabajas y luchas, lo puedes conseguir, porque yo lo he hecho». 

J. C.: Es la falsedad de la meritocracia. Porque tus méritos los consigues no solo según tu esfuerzo, sino según tus oportunidades. Y no partimos de las mismas, hay una falsa equivalencia. 

J. A.: Brays me decía: «Pero ¿no te das cuenta de la barbaridad que estás diciendo?». Y no: yo estaba convencido de que eso era la vida. Yo había visto mucho reality y estaba convencido de que era así [risas]. Es lo que tú identificabas con el discurso de Anna Castillo en la tercera temporada de Paquita. El cambio fue que Brays me hizo ver la luz. Me hizo ponerme en el lugar de haber nacido con una enfermedad, o no saber leer, o una vida difícil, una tragedia. O que eres de otro país, o una persona trans en un país donde te matan. 

J. C.: Y no hace falta irte tan lejos. Partamos de lo básico: según cómo seas físicamente accedes a ser camarero o no. 

J. A.: Claro, pero yo eso no lo veía. Yo le decía a Brays que cuando yo tenía dieciocho años me recorría Madrid y me daban trabajo en todos los bares. 

J. C.: Porque eras un chico mono, ágil, con una educación…

J. A.: Sí, pero yo no lo veía así. Yo solo veía mi esfuerzo por conseguirlo. Me decía: joder, que me he ido a Nueva York a estudiar y he limpiado mucho para conseguirlo…

J. C.: Porque sabías inglés, por mil cosas que tenías a tu favor. 

J. A.: Eso fue lo que hizo Brays, empezar a tirar y a tirar y a sacar miles de cosas. 

J. C.: Hay un discurso en Veneno que trata exactamente sobre eso. «No todas tenemos la misma suerte porque no todas venimos del mismo sitio». De esa conversación nace ese capítulo, un discurso sobre la suerte. 

¿Cómo fue verle a él [a Ambrossi] cambiar de parecer?

J. C.: Al final vivimos en una relación muy simbiótica, hablamos todo el rato de todo. 

J. A.: Y que yo digo todo el rato lo que pienso, cuento todos mis procesos, parece que lo voy radiando. A veces me dice: «¿Estás pensando en alto o me quieres decir algo?».

J. C.: A mí me quiere captar para elaborar un pensamiento, y yo le digo: «Javi, déjame, estás pensando en alto. Piénsalo tú y ya me lo cuentas» [risas].

J. A.: Para mí, esa experiencia con Brays y Veneno han sido lo que me ha cambiado para siempre. Me convencieron de que sí era responsable, de que sí tenía más oportunidades, de que sí hay que reconocer la palabra privilegio por parte de los que lo tenemos… Porque hay mucha gente —aunque la mayoría no— que no lo reconoce. Y yo reconozco que soy un privilegiado. ¿Me han pasado muchas cosas en la vida? Sí, claro, equis. Pero sigo siendo privilegiado. Cuando tengo que sentarme en una cadena y elegir qué proyecto voy a hacer, quiero venderles Veneno

J. C.: Porque quieres utilizar tu privilegio para hacer algo. Es como cuando tienes el poder de elegir los guionistas o el equipo que quieres. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, que diría Spider-Man. 

J. A.: Pero de eso casi nadie se hace cargo. 

Otra de las cosas que influyó tanto en el desarrollo de Veneno, como en vuestra vida, fue conocer la labor de la Fundación 26 de Diciembre, que ayuda a las personas mayores LGTBIQ+. Os convenció de reivindicar el papel de los «pioneros», ¿no?

J. A.: Sí, gracias a eso ahondamos mucho en todo. La serie ha sido un viaje personal muy, muy importante. 

J. C.: Nos ayudó a saber qué dar a conocer, y qué dar a nuestro colectivo. Contactamos con ellos, y nos involucramos, yendo a comer, a charlar con ellos, a ayudar en lo que podíamos. Hablamos con un señor al que se le había muerto su marido hacía poco y su familia le había dado de lado y no tenía a nadie más; que, claro: muchas veces estamos tan solos y tan solas… Este señor tenía a su marido, al que había conocido hacía mil años, con quien había construido una vida, y una vez muerto, no tenía nada. Ni amigos, ni familia, porque al final le había dado de lado todo el mundo por su orientación sexual. ¿Con quién va esa persona? ¿Qué hace? Me di cuenta de que no escuchamos a nuestros mayores y de que no somos conscientes de nuestro pasado ni de nuestra historia, ni agradecemos suficiente a quien ha luchado por nosotros. Hablamos mucho de nuestros abuelos, de nuestras familias, pero es que hay alguien que está incluso más solo, que es la gente del colectivo que ha tenido que luchar por su visibilidad y también ha sido muy marginada. Es importante tener una sensación más de colectivo. Porque no estamos suficientemente unidos, no somos suficientemente conscientes de lo que ha pasado. 

J. A.: Que personas que han luchado tanto por un colectivo se vayan a morir solas, hostias, es fuerte. Decirlo en alto es fuerte, pero es que es la realidad. Hay gente a la que solo les van a ver esas asociaciones: la Fundación 26 de Diciembre, Transexualia les lleva comida… Solo ellos se preocupan por la gente que ha dado su vida por un grupo. Es fuerte. La ficción no lo retrata, los medios no lo señalan…

J. C.: ¿Sabemos quiénes fueron los que marcharon, por primera vez, por nuestros derechos? 

J. A.: Hablamos de Stonewall y, olé, de eso sí sabemos. Pero ¿en España? ¿En Madrid?

J. C.: ¿Somos conscientes de por qué hoy podemos caminar por la calle sin que nos detengan? ¿O besarnos? ¿De poder ir a un bar gay sin que nos lleven al calabozo? ¿Somos conscientes de quién ha conseguido todo esto? ¿De qué ha pasado? ¿Qué nos han hecho? ¿Cuánta gente ha muerto, ha ido a terapias de conversión, ha estado en la cárcel, ha sido agredida…? Creo que deberíamos defendernos y protegernos un poco más y, sobre todo, recordar. O incluso conocer. Porque nos suena de algo Stonewall… 

J. A.: ¡Y muchos lo saben solo porque hay un documental en Netflix! 

J. C.: Y sabemos quién fue Harvey Milk por la película de Sean Penn, básicamente. 

J. A.: Ahí es donde defendemos nosotros nuestro privilegio: somos gente que cuando puede elegir qué cosas hacer, elige hacer eso. Y así visibilizar. 

J. C.: Este es el poder de la ficción: que sirve para que podamos empatizar, conocer y enseñar a los demás. 

J. A.: Eso es lo que la hace responsable. 

Ya en el primer capítulo de Veneno se plantea una pregunta, en relación con la responsabilidad de la televisión: «¿Abusaban esos programas de su vulnerabilidad para acabar convirtiendo su drama en cifras de audiencia, o la salvaron dándole la oportunidad de su vida?». ¿Es una de esas preguntas a las que decís que no queréis contestar?

J. C.: En el primer capítulo se plantea la pregunta, pero sí es cierto que, en el quinto, a través de las imágenes, hay un discurso que responde. A través de la cabra y de muchas cosas más. Se da una visión. No es maniquea, porque no necesariamente tiene que haber buenos y malos —aunque a veces los hay—, pero sí hubo una realidad. Después de todo eso, de que ella regalara todo, diera su vida y se le prometiera que iba a encontrar algo que no había tenido desde pequeña —un calor, un amor, un cariño—, nadie le explicó que no era verdad. Que era solo audiencia. Que se iba a quedar sola si no se protegía bien, si no se hacía una casa de ladrillo. 

Te quedas en estribillo. 

J. C.: Eso. Nadie la avisó de que iba a quedarse en estribillo. 

Una de las cosas que siempre se destaca sobre vuestra forma de acercaros a todo —los personajes, la televisión, etc.— es que lo hacéis sin juzgar. Miráis sin juzgar. ¿Sale solo, o hay que trabajarlo?

J. A.: Sí, pero lo hacemos muy natural, ¿eh? No es una teoría. 

J. C.: A mí me sale muy natural también, pero lo que me sorprende es la cantidad de juicio que leo continuamente a mi alrededor. En las redes sociales… 

J. A.: Es que es agotador, no se puede vivir así. Es que el juicio que emites sobre otro lo emites sobre ti. La vida tan atormentada que hay que tener para estar emitiendo juicio sobre todo. Me preocupa. 

J. C.: Y el odio sobre el odio. Castigar cuando alguien «hace algo mal». Cómo se hace muchísimo más daño que el que haya podido generar esa persona. Cómo se multiplica por mil el daño, la poca empatía, las ganas de actuar como juez para validarte tú. Por egocentrismo. 

J. A.: La cultura de la cancelación. 

J. C.: Lo que se quiere es validarse a uno mismo siendo juez de alguien. Y que la gente me diga: «Qué bien lo has dicho, qué bien has hablado» y sentirme yo moralmente superior. 

J. A.: Hay gente capaz de destruir a una persona por tener unos retuits. Voy a poner un tuit que sea gracioso para que me aplaudan la gracia, sin saber el impacto que puede tener sobre la vida de una persona. 

J. C.: Escuché o leí hace poco que, en Grecia, cuando se empezaban a hacer juicios —igual me voy a meter en un jardín— existía un tipo de personas, de escuelas, que se especializaban en ganar las discusiones. La escuela erística, creo que era. No se centraban en tener razón o llegar a la verdad, sino en ganar. Y creo que estamos muy en esas. Yo lo que quiero es ganarte a ti, no tener razón, no llegar a la verdad.

J. A.: Es sencillamente que el debate sobre un tema debería ser un espacio en el que nos escucháramos para conseguir dilucidar esa cuestión. No es que tengo razón porque soy más ingenioso, o porque grito más o porque me enfado. 

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Fue inevitablemente lo que nos ocurrió a todos con Anna Allen, ¿no? Lo que nos hicisteis ver, eso de que a la primera que saltó lo de las fotos, dijimos: «Una loca». 

J. A.: Fue exactamente eso. Lo escucho y se me hace raro, porque yo en privado puedo hablar con mi pareja o mis amigos sobre si eso me parece mal o bien, pero salir públicamente, en un canutazo, llamando a alguien «loco»… ¿Tú qué sabes? 

J. C.: Yo creo que hay que normalizar no saber sobre algo. Cada vez más, cuando en una entrevista me preguntan sobre un tema equis, si no lo sé, entonces para qué importa mi opinión. Sobre mis proyectos, lo entiendo. Hay que normalizar no saber sobre las cosas, es algo básico. 

J. A.: Y llevarse bien con gente que piensa diferente. 

J. C.: Hablando de esa burbuja, mira: a mí me resulta curioso cómo cuando surge un tema nuevo, la gente con un tipo de ideales se pone en un lado, y otra gente del otro. Y cuando llegas tú, ya están los bandos hechos. 

J. A.: Taxi o Uber. Si soy de derechas, ¿en qué me tengo que ir? O el carril bici. O las subvenciones del cine. A ver, ¿dónde me tengo que meter yo? ¿Son buenas o malas?

J. C.: Son muy curiosas esas corrientes de opinión tan fuertes. No hay espacio para el pensamiento crítico. Y a mí es al primero que me cuesta, y que tengo que hacer esfuerzos. Primero, porque no tengo una opinión sobre todo, pero cuando la quiera tener, debería intentar tenerla, no repetir como un loro lo que mi entorno, o mi grupo social, dicen. Me gusta mucho una cosa que hay ahora en Twitter, que cuando vas a retuitear algo sin leerlo, te lo dice: «¿Quieres leer el artículo antes?». Eso es maravilloso. 

J. A.: Yo es que no tengo Twitter, pero Instagram hizo algo parecido con las elecciones de EE. UU., o con las vacunaciones de la covid-19. 

Vuestra relación con las redes sociales es curiosa. Ambrossi, tú acabaste saliendo de Twitter después de la enésima…

J. A.: Pero a veces quiero volver, te diré. Porque me da curiosidad. Estás en Mask Singer, y hay miles de tuits comentándolo y haciendo bromas, así que le pido a Javi que me cuente el salseo. Pero luego me siento y soy consciente de que me tengo que proteger a mí, y que no quiero saber lo que piensan de mí. Me da igual. No quiero querer. Es fuerte. Pero porque no estoy preparado. 

Pero cuando RuPaul publica un tuit echándoos flores…

J. A.: Pues le digo a Javi que lo capture y me lo mande, que lo subo a Instagram [risas].

Es que menuda la que estáis liando en EE. UU. con Veneno: en la lista de las mejores series de la New Yorker

J. A.: Esta siendo súper, superemocionante. Y es verdad que para eso Twitter tiene su utilidad, porque Veneno no habría existido sin Twitter. Es una serie de televisión que ha crecido y se ha nutrido de las guerras de muchísimas actrices trans y de activistas LGTBIQ+ que lo han hecho a través de las redes sociales. 

J. C.: Y que, si no hubieran sido tan insistentes y luchadoras, probablemente nadie les habría hecho caso. O sea, que también tiene una cara muy buena. 

J. A.: Yo no tengo nada en contra de Twitter en lo social, para construir cosas, para las luchas de minorías… Pero a mí personalmente no me hace bien, porque de repente estoy en una entrevista y estoy pensando: «Uy, qué voy a decir». 

Pánico al titular. 

J. A.: Sí. Y no quiero estar pensando en eso, porque te quita libertad. 

J. C.: También, según qué titulares no han ayudado demasiado a mucha gente. 

Imagino que la expresión «maricones amables» la tenéis proscrita. 

J. C.: Sí, pero no solo eso. O no solo para nosotros. 

J. A.: ¡Es que aún hay gente que cree que eso pasó de verdad! 

Porque no leyeron la entrevista entera, donde se veía que no decíais eso en ningún momento. 

J. A.: Sí, me quejo de eso y de que también, para los anales de la historia, para los siglos de los siglos, Javi y yo seremos los que dijimos esto, esto y esto. Y las cuatro cosas que han podido pasar, ninguna es verdad. Es como: ¡joder! ¡Critícame por algo que sea verdad!

Es la mermelada, el perro y Ricky Martin. Nunca salió de vosotros la expresión «maricón amable», pero ahí quedará. 

J. A.: Y que ni lo soy, ni me lo considero. Quien nos conoce lo sabe, y quien ve Veneno ve perfectamente de lo que estamos hablando. Podríamos haber elegido millones de cosas para nuestro siguiente proyecto, pero elegir Veneno es una declaración de intenciones que habla por sí sola. 

Dejar que el trabajo hable por uno, entonces. Hablando de críticas, pero en otro sentido: no recuerdo otra serie española con una unanimidad crítica como la que ha tenido Veneno

J. C.: Ni yo tampoco. 

Y no ha sido una serie de nicho, no la han visto solo, ni la han reseñado solo la gente del colectivo, o que se podía haber sentido apelada o vinculada por su tema. Habéis conseguido que sea transversal o, como dice la jerga, multitarget.

J. C.: Es que yo siento que eso ha ocurrido porque la hemos hecho muy bien. Por qué no decirlo. Siento que hemos hecho una gran serie, una muy buena serie. Y me hace muy feliz que la gente la vea como yo la siento. Pero creo que las interpretaciones son maravillosas, que hemos hecho un muy buen trabajo de guion todo el equipo, muy buen trabajo de dirección… Son capítulos entretenidos, emocionantes, duros, tiene de todo. 

J. A.: Y especialmente en un panorama en el que todas las plataformas se rellenan de contenido, que parece que hay que sacar una cosa por día, sea la que sea; esta es una serie útil, que tiene un corazón. No es un: «a ver qué tengo en el armario para vender», no. Partía de un deseo, de una necesidad. 

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Y otro hito: habéis conseguido mantener a la gente enganchada a la serie haciendo todo lo que te dicen que no debes hacer, contra la lógica o los mandamientos audiovisuales. La serie no ha tenido una periodicidad semanal, ha habido que esperar meses al siguiente capítulo, se ha estrenado solo en streaming de pago…

J. A.: Es que imagínate, nos lo decían todo el rato: «La estáis cagando, qué lío», «Así no va a funcionar». Y mira. 

J. C.: También fue la casualidad, pero la causalidad, que es maravillosa, lo convirtió en acontecimiento. Lo convirtió en una cosa esperadísima, y que se viera un montón de veces cada capítulo, que no fuera una cosa fugaz, sino que tuviera peso. El primer capítulo se veía, se reveía, lo explorabas, hacías crítica con él, lo analizabas… 

J. A.: Y un mes después te viene el segundo…

J. C.: ¡Que es un universo distinto, con los niños, con Adra, con la comunión!

J. A.: Y luego, de repente, se estrena en cine. 

J. C.: ¡Y superamos a Tenet! Que eso fue ya…

J. A.: Fuimos número uno de taquilla. Veneno ganó a Tenet en la taquilla del cine, entre otra sucesión de cosas locas. 

J. C.: Yo siempre lo podré decir: Cristina la Veneno ganó a Cristopher Nolan en el cine. Por otro lado, a mí esto de que sorprenda tanto que Veneno les haya gustado a las abuelas, a las tías, a las madres, a los tíos o los padres me resulta curioso. Porque nosotros nunca pensamos que eso no era posible. Siempre hicimos una serie divertida, entretenida, que te engancha emocionalmente, que tiene momentos de thriller, Lola Dueñas con la cinta; que Cristina sea una heroína, que coja la hoz… Nosotros siempre pensamos en el público. Y qué flaco favor nos haríamos creando una serie sobre Cristina cerrándonos en banda sobre qué público la va a ver. Lo que nosotros queríamos era to spread the word, que la palabra de Cristina llegara a todo el mundo. Concebir una serie como una serie nicho, ya como creador, es una tontería. Sobre todo porque al final hay mucho prejuicio con respecto al colectivo LGTB, que no lo hay con los cirujanos, con los asesinos, con los traficantes de drogas. Con un profesor o un periodista de protagonista. Esas películas no son nicho, ¿no? Pero ya pensamos que lo LGTB va a ser nicho, ¿no? Y nos tiene que sorprender que le guste a nuestro tío, nuestro abuelo, ¿no? Pues chicos, tendréis que miraros, porque tenéis unos prejuicios de cojones. Mucha gente me dice, muy sorprendida: «Uy, pues me ha gustado Veneno», como con estupor. 

J. A.: [Risas] Pero ¿por qué no te iba a gustar?

J. C.: Y yo digo, perdona: ¿y un asesino? «Ah, pues me ha gustado Dexter». ¡Y de eso no te sorprendes! 

Supongo que ahí, lo que se lee entre líneas es que esa gente está diciendo en realidad: «Me he puesto a ver algo que temáticamente no me interesaba, o de lo que no me sentía cerca y, mira, me ha gustado». Como que han vencido sus prejuicios, supongo. 

J. C.: Pero ¿por qué no se iban a acercar? ¿O por qué no les iba a gustar? ¡Que es una serie sobre un ser humano! 

J. A.: Es que eso que tú has traducido lo dicen también abiertamente: «A mí no me interesaba mucho la figura de ella». ¿Y de la de un asesino en serie sí? ¿Estás como más cercano, o qué? [risas] «The Wire es un universo más cercano a mí», ¿no? Una mujer que estaba en la calle Ballesta todos los días, comprando en el mismo chino que tú, se te hace como muy lejana, ¿no? 

J. C.: Es que no es nicho. Hay mucho prejuicio con las películas o series de nuestro colectivo, y hay que combatirlo. 

J. A.: Y que lo LGTB no es nicho. 

J. C.: Claro que no, porque los LGTB somos millones y millones de personas. 

Sucede lo mismo con el cine «de mujeres».

J. A.: ¡Exacto! ¿Qué nicho es ese? ¿El de la mitad de la población? Si es para el cincuenta por ciento de la población, tan nicho no será. Al contrario: será mainstream

J. C.: Por eso era necesario hacer una serie como Veneno, que te la fueras a comer con patatas. Que te arrollara. Que mi padre no pudiera despegar los ojos. Ese era el reto, que aparte de hacer una serie comprometida, responsable y adecuada, también tenía que ser una serie arrolladora. 

Qué presión, ¿no?

J. A.: Pues sí, pero, mira: cuando Kerry Washington llegó a protagonizar Scandal, estaba cagada de miedo. Era la primera mujer negra que protagoniza en una cadena tan grande una serie de televisión, y encima esa serie. Completamente mainstream. Ella estaba flipando. Ella estaba muy honrada, pero decía: «Me cago de miedo». Ella se decía: «Ahora salgo yo y resulta que no la ve nadie». Claro. Pues a nosotros nos pasaba un poco igual, que ya que íbamos a ser pioneros en eso tiene que salir bien. Porque es la historia de una persona real y de un colectivo, es como: guau. 

Me viene a la cabeza el ejemplo de Wonder Woman: la película es un truño. Pero qué pasa, ¿que las directoras no tienen el mismo derecho a hacer películas mediocres, el mismo que han tenido los tíos durante años? Ellos no se jugaban el prestigio de todo su género con una peli mala, pero hay otros colectivos que sí. 

J. C.: Joder, es que tal cual. Es como lo de las cuotas. La gente que dice: «Yo no estoy de acuerdo con ellas, porque debería hacerlo quien más lo merezca». Bueno, pero es que durante años no lo ha hecho quien más lo merece, lo han hecho tíos, ya está. 

J. A.: Ahora sí que hemos hecho una serie que más lo merecía. Esta vez sí que sí. En un entorno donde se ha podido trabajar de manera amable, flexible, que conocía el material del que se habla, que se ha leído los guiones con amor, con respeto…

Hablando del ambiente de rodaje. En Paquita Salas, en parte por el propio formato, erais mucho más caóticos rodando, tirando de improvisación, de dejar fluir… ¿Cómo ha sido el cambio con Veneno? Porque el tono ya es otro y, además, mezcláis a gente profesional y no profesional de la actuación. 

J. A.: Hemos cambiado mucho. Han cambiado muchísimo las cosas a la hora de rodar. 

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Me ha soplado alguien del casting que lo que más le sorprendió es que daban igual las condiciones críticas del rodaje: sorprendía que siempre estuvierais de buen humor. 

J. C.: Eso es parte del trabajo. Si tú no generas un buen ambiente de trabajo no hay sensación de libertad, no hay creatividad, y entonces la gente está acojonada y no salen buenas interpretaciones. 

J. A.: Y eso viene de nuestra experiencia de actores. 

J. C.: Es muy importante mantener un buen ambiente en el set para que podamos crear, Es que, ¿si no? Yo no entiendo cuando cuentan ese tipo de historias, de directores tiranos o de momentos de casi llegar a matarse. Hombre, si estás haciendo el dramón del siglo y todo el mundo tiene que estar con el palo en el culo…

J. A.: Y ni siquiera. 

J. C.: Pero si vas a hacer una película enrarecida…

J. A.: Joder, qué tensión. Es como lo de Björk en Bailar en la oscuridad. Normal que no quiera volver al cine. Pero en nuestro caso, viniendo de ser actores, tenemos la experiencia de que es horrible intentar hacer una escena y ser natural cuando eres autoconsciente. La autoconsciencia es enemiga del arte, o por lo menos es mi experiencia. De un actor, de una directora de fotografía, de una directora de arte… Porque empiezas a pensar todo tanto, que ya no te sale desde ningún lado intuitivo, ni bueno ni malo. ¿Y la autoconsciencia cuando viene? Cuando alguien te señala. En nuestros rodajes no hay ni señalados, ni jerarquías. Intentamos que sea todo en grupo y de una manera natural, que todo el mundo colabore naturalmente con lo que pasa. A mí no me gusta decir: esto es así, así y así, sino usar otras fórmulas: «A ver, ¿cómo lo podemos hacer?», «Pienso que…», «¿Cómo lo dirías tú?». Y empiezas a darle vueltas, y en grupo, de manera que nadie siente que está haciendo lo que dices tú, sino que todo el mundo crea orgánicamente su camino. Y claro, con respecto a Paquita eso ha cambiado mucho; nuestra forma de rodar ahora está organizadísima, es una superproducción. También hemos cambiado mucho nosotros. 

J. C.: Y porque, como decías tú, Paquita tiene un formato que es el falso documental, y ahí tiene que ser cámaras siguiendo a las actrices, improvisación a saco, que sea la vida real… 

J. A.: Porque la comedia viene mucho del caos y del salseo, que nos metemos debajo de la mesa a darles gritos, a decirle a Brays: «Di esto, di lo otro». 

J. C.: En Veneno el reto era transformar en imágenes el relato que teníamos en la cabeza, y era un relato muy fantasioso por momentos, con realismo mágico por otros, con costumbrismo, planos secuencia… Recuerdo que los referentes del guion del primer capítulo eran Studio 60 on the Sunset Strip, de Aaron Sorkin, Nightcrawler

J. A.: Call Me by Your Name en el capítulo tres…

J. C.: Eran ejercicios formales. Planos secuencia largos, gente que entraba y salía. Y para eso hemos tenido a la mejor compañera que hemos podido tener, Gris Jordana, directora de fotografía, que es sencillamente la mejor. 

J. A.: Es una estrella que ojo, ojo a ese nombre. Lo vamos a escuchar muchísimo en los próximos años, porque es una número uno. 

J. C.: Consiguió algo que nunca me imaginaba, porque yo soy muy mal dibujante, horrible. El peor. Acabé haciéndome mis muñequitos, storyboards falsos, para aclararme. Ha sido un proceso muy guay. Y luego también es que tenemos muy buena memoria y…

J. A.: Bueno, eso tú. Tú tienes muy buena memoria fotográfica, pero de llamarte la atención, de superdotado. 

J. C.: Bueno, yo lo que hago es estar suscrito a todas las plataformas de streaming, para decir, cuando estoy rodando: «Esta escena es como aquella película de Harmony Korine, que pasaba tal…», y entonces la busco, y digo: «Quiero esto». O cuando me preguntan cómo vería algo, primero intento explicarlo y al final digo: «Espera», y busco lo que tengo en la cabeza, Gaspar Noé, o lo que sea, la escena concreta. La luz roja que se enciende y se apaga, del quinto capítulo, cuando está ella con las pelucas, se me ocurrió acordándome de una película. Y dije: «Era una peli en la que se encendía la luz, como una lámpara… ¡Nightfall, de Jacques Tourneur! ¡Pues eso quiero!».

J. A.: Como ves, trabajar con él es una maravilla [risas].

J. C.: El caso es que me voy acordando de referencias, y luego ya el equipo me va escuchando y añadiendo cambios, o adaptando. 

De hecho, me han contado que a los actores, para ponerlos en sintonía con lo que queréis de su personaje mientras rodáis, les ponéis películas, o canciones.

J. A.: ¡Sí! Eso lo hacemos mucho. Por ejemplo, a Lola Rodríguez, la que hace de Valeria [Vegas], le salió que había escuchado durante tres mil horas la misma canción, una que le poníamos nosotros para que se concentrase. Imagínate, la pobre. Si ahora escucha la canción, rompe a llorar automáticamente. 

J. C.: Ella ya asociaba esa canción con emocionarse. Con llorar. Es que yo, incluso para contar una escena, cojo el ordenador y lo explico con ejemplos visuales. Por ejemplo, el otro día estábamos aquí, con unas copas, y cogí el portátil y dije: «Para la siguiente serie tengo la idea de una escena, que es esta», y busco la banda sonora de no sé qué película, y voy contando la idea con la cancioncita puesta. 

J. A.: Hasta para leer los guiones y para escribirlos necesita música. Es alucinante. Yo trabajo de otra manera, pero es que para él es una magia… Que como escribe con las canciones, con idea de que sea una concreta, y luego no nos den los derechos…

J. C.: Acuérdate de que eso nos pasó. En el primer capítulo no iba a ser la canción de Dover, iba a ser «Moi… Lolita», de Alizée, pero no nos la dieron. Y el plano secuencia del capítulo cinco no iba a ser «Torn», sino «Tú y yo volvemos al amor», de Mónica Naranjo. Pero, bueno, luego nacen otras cosas. Me acuerdo de que cuando estábamos rodando que se quemaba el piso de Cristina, no nos dejaban hacer fuego en la localización. Así que teníamos que rodar el plano de ellas mirando el fuego, con luz, y el contraplano era un parque de bomberos, y construir la misma pared en ambos sitios. Imagínate la situación: tres actrices, no tan experimentadas, teniendo que hacer que ven un incendio. Sería complicado incluso para alguien más experimentado, tienes que meterte mucho. Físicamente es muy difícil. Lo hacíamos, rodábamos, y no nos lo creíamos nadie, ni ellas mismas. «Esto no es creíble, es que no veo un fuego», decían. Empezamos a pensar, y nos acordamos de que, cuando hay fuego, te lloran los ojos, así que les pusimos menta en los ojos y la cara sudada y pusimos una canción a tope, «House of the Rising Sun», pero de una forma atronadora, mientras nosotros gritábamos muchísimo por detrás: «¡¡¡Buaaa, venga, fuera, que se quema, dile que se vaya!!!» [se levanta y bracea en todas direcciones], vamos!!!, siendo el fuego nosotros. Ahí sí que estaban acojonadas. Y así salió. 

J. A.: Teníamos que conseguir que sintieran esa fuerza, ese miedo por el fuego. Por eso la música es tan atronadora. Es verdad que, respecto a organización a la hora de rodar, hemos cambiado muchísimo la manera de funcionar. Veneno es una serie muy, muy organizada, si no, no la podríamos haber sacado, y además fue una decisión. Nosotros podríamos haber seguido haciendo Paquita, y hacer Paquita 4, y seguir en Operación Triunfo, y aceptar ofertas en televisión…, otros caminos. Pero aceptamos y decidimos construir esta productora y hacer Veneno, trabajando con Buendía Estudios, justo por esa razón: construir una carrera sólida como directores. Para nosotros Veneno era nuestra forma de demostrar que no solo es que tengas gracia, o frescura; era la oportunidad de demostrar que sí tenemos una voz audiovisual. Para mí era importantísimo, porque yo sé que la tenemos, perfectamente, pero Paquita no permitía llegar a explorar al cien por ciento. 

J. C.: ¡Pero era un buen camino! 

J. A.: Pero apetecía una superproducción, otra cosa, construirla desde otro lugar. 

J. C.: Y a más que vamos a ir. A la gente que yo más admiro le ha pasado eso. Sin querer compararme, y nunca lo haré porque no le llegamos ni a la suela de los zapatos, Pedro [Almodóvar] era un poco así. Empezó haciendo cosas locas, entre amigos, pero luego fue encontrando su voz, sus planos, su forma. Y es muy bonito. 

J. A.: Nosotros decidimos parar en un momento, y para eso es esta productora, para poder tomar el trabajo desde otra perspectiva. 

Ya que mencionas a Pedro Almodóvar, ¿es verdad que fue el primero al que le dijisteis que ya teníais una actriz para Veneno, Daniela Santiago? 

C. y J. J. A.: ¡¡Sí!!

J. C.: Fue en una cena. Le dijimos: «Mira, te vamos a enseñar una cosa que no le hemos enseñado a nadie más». Y le enseñamos a Daniela

¿Qué dijo? 

J. A.: «Pensé que no la ibais a encontrar», contestó.

J. C.: Hombre, es que era muy difícil. 

J. A.: Cuando dijimos que íbamos a hacer una serie sobre la Veneno, ¿quién apostaba por esto? Pues Atresmedia y nosotros. 

Y Valeria Vegas [la autora de la biografía ¡Digo! Ni puta ni santa, en la que se basa la serie], supongo. 

J. A.: Y Valeria, claro. Fue la primera que apostó, y que vio un icono en Cristina, cuando ni muchísimo menos estaba considerada un icono. Ella fue la primera y sin ella no habría existido esta serie. Sobre las actrices, ahora ya tienen cara, pero antes nadie daba un duro. Era muy difícil de verlo, pensaban que no íbamos a encontrarlas. 

¿Cómo fue el momento en el que le decís a Valeria que queréis hacer una serie con su libro? 

J. C.: Se lo dijo antes Enrique Lavigne, uno de los productores. Y luego nos los encontramos por la calle. Y fue chulísimo, todos haciéndonos gestos emocionados, en plan: «Tú, yo, shhhhh» [risas].

J. A.: «¿Hablamos?, ¿hablamos?» [hace el gesto de colocarse el teléfono en la oreja]. Era 2018, un año antes de empezar. Porque, claro, nosotros empezamos mucho antes en el proyecto: construirlo, documentarlo, la mesa de guion… El rodaje, ahí, es poco. Yo creo que Valeria se cagó de miedo cuando nos vio venir. 

¿Y cuando le dijisteis que queríais que ella fuera un personaje en la serie? 

J. C.: Se cagó un poco de miedo. Le dio vértigo. Pero, bueno, cuando leyó los guiones y vio que el enfoque era muy bonito… Pero entiendo que tiene que ser muy complicado, ¿eh?, ver tu vida en la pantalla. Esa exposición. Y ella ha sido muy muy generosa. Nos ha dejado fantasear y nos ha regalado parte de su experiencia, y se ha expuesto.

J. A.: Nos ha cogido los guiones y nos los ha retocado con cosas del estilo «esto no lo diría así Cristina». Frase por frase, una a una… Fue una magia tenerla aquí todos los días de asesora de guion. Y en el rodaje ha ayudado muchísimo a las actrices, hasta en el casting, que fue a la réplica. A Isabel Torres le dio la réplica haciendo de ella misma, fue muy fuerte. Y muy valiente y generosa. 

J. C.: Es que imagínate. Yo le pedía que volviera a momentos que había vivido, que se sentara y me los escribiera tal cual fueron. Sin pensar en la forma. 

Y Paca la Piraña, esa fuerza de la naturaleza. Imagino que rodar con ella es…

J. A.: ¡Bueno, bueno, bueno! Es que rodando ya empezaba la segunda parte. Después de todo ese esfuerzo de construir toda una serie, llegaba Paca y nos decía: «No, esto no fue así» [risas], con todo el equipo preparado ya para rodar. Y ella: «Que no, que no y que no». Con Paca hemos tenido millones, y ella decía: «Entonces, ¿qué queréis que haga? ¿Esto es verdad? ¿Es ficción?». Y, claro, había que aclarar la parte que era fidedigna y la que era más flexible. 

J. C.: Entonces fue cuando le dijimos: «Bueno, Paca, tienes que entender que es ficción, que hay cosas que cambian para darle más intensidad, más intención, más narrativa…». Y ahí fue cuando un día, que estábamos en pleno parón y teníamos que rodar todavía el final, nos llamó. Nos dijo: «He pensado una cosa, que ya que decís todo el rato que es ficción, ¿por qué no incluís una escena en la que yo me reconcilio con Cristina, o que somos felices?». Y eso hicimos. Darle un final bonito. 

J. A.: Fue así cómo surgió el final con Coronado, porque ella nos lo pidió. Es una manera de darle a ella un cierre a una amistad que no pudo cerrar. 

¿Fue muy duro rodar la parte del enfrentamiento final entre ellas? 

J. A.: Fue durísimo para todos, pero, sobre todo, para Paca, claro. Lo que pasa es que ella es una tía muy dura y tiene mucha coraza, mucha fuerza, y ya sabía a lo que venía al final del rodaje. Pero sí, la pobre muchas veces lloraba, otras no entendía bien los límites entre la verdad y no… La tía se ha arriesgado muchísimo, ha confiado en nosotros ciegamente. Es una confianza ciega y brutal. Que ahora esté nominada a un premio Feroz me parece lo mínimo. Superlógico. No es un trabajo en el que ella haga de sí misma y ya está. Ha hecho un trabajo de generosidad, de valentía, de apertura… No solo ha sido la mejor actriz, sino que ha ayudado en el equipo de guion, ha comprendido lo que significaba interpretar las cosas de verdad, nos ha hecho cambiar cosas. Otras las ha aceptado, aunque entendía que solo servían para contar la historia. Con pocas actrices tan buenas como ella he trabajado, contadas, estrellas tipo Belén Cuesta o Anna Castillo. 

Ya que mencionas a Belén o a Anna, otro de vuestros signos definitorios es que habéis lanzado la carrera de intérpretes desconocidos. Os he leído decir que queréis ir a por lo siguiente, a «generar industria», ayudar a otros. A vosotros os ayudó económicamente gente como Jorge Javier Vázquez para poder hacer de La llamada una película. ¿Es como devolver un poco eso? 

J. A.: Claro, es que fueron muchos. Kike Maíllo, José Corbacho, Enrique Lavigne, Jorge Javier Vázquez… 

J. C.: Yo creo que es muy necesario ese apoyo, y nuestra productora nace también para eso: para impulsar el talento que nosotros vemos a nuestro alrededor y que no se le está dando voz, ni hueco, ni oportunidades. Al final es que estamos rodeados de tanta gente talentosa, que no hay nada que nos haga más ilusión que poder dar esa oportunidad; porque nosotros, no sé por qué, la hemos tenido antes. Por lo que sea. 

J. A.: Es que nos han abierto una de puertas…, del Teatro Lara, del microteatro, del cine…, todo sin tener por qué. Después, los Premios Feroz, Flooxer, nominaciones a los Goya… La gente de la industria nos ha abierto tanto las puertas que qué menos que echara una mano a los que vienen detrás. No entiendo a los que ven a la gente joven que viene y los quieren empujar. Yo quiero que les vaya genial. Ver las carreras de Brays, o de Paca…

J. C.: O de Esty [Quesada]

J. A.: Es verdad, «Soy una pringada». 

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Por favor, contadnos cómo fue ese momento en el que tú, Calvo, uno de sus ídolos, consigue su teléfono y la llama. Debió de pensar que era broma. 

J. C.: Pues tal cual. Le mandé un mensaje directo por Twitter, porque teníamos ese personaje en la peli de La llamada, una compañera del campamento que nos habíamos inventado. Y me acordé de esa chica, que estaba haciendo vídeos en YouTube, y yo le veía cosa. Ella acababa de empezar, ¿eh? Javi la vio y dijo: «Me encanta». La llamé y me dijo: «Pero ¿es broma? ¿Te estás riendo de mí?» [risas]. Y no, no lo era. Se vino desde Baracaldo y lo hizo. 

Incorporarla a ella, además de una elección de casting, era reforzar algo que os define: el amor por la cultura popular. Y no solo por la del pasado, que ya está más o menos bien vista intelectualmente, sino por la actual: los realities, TikTok, los youtubers

J. A.: ¡Es que es así! Parece que la cultura popular que ya se acepta intelectualmente es solo la nostálgica. Y, mira, en mucha medida eso es gracias a Paquita Salas, ese apego por la nostalgia de PS Management. 

J. C.: Volvemos al juicio. La gente mira mucho por encima del hombro a las personas y las tacha muy rápido. Pero no sabe si, aparte de ser tiktoker, has estudiado no sé cuántos años en una escuela de interpretación; o si lees a Thomas Mann. O tienes un talento natural porque sí. Pero luego, en cambio, sí que es muy guay halagar la historia de alguien que viene de la calle, que se hizo a sí mismo… Eso sí, pero ¿una tiktoker no? Y, además, que la gente se cree que los tiktokers son ricos, y no. O nos dicen: «Los Javis, mira, cogen a una famosa», cuando en realidad es gente que no tiene oportunidades. Mira, Lala Chus está de recepcionista y sueña con ser actriz. Hay talento en esas personas, hay talento en un TikTok para la interpretación, en un stand-up… Como dicen en Ratatouille: «Un trozo de basura tiene más sentido si viene de una fuerza creativa que la crítica que lo destruye». 

J. A.: Yo creo que hay muchos actores y actrices que no quieren escuchar una gran verdad, que es que actores malos también hay en la RESAD. 

J. C.: ¡Y muchos! ¡Y muchos!

J. A.: Y quienes no son actores pero valen para un papel. Es una profesión en la que tiene muchísima cabida todo. 

Volviendo a cómo lo estáis petando fuera de España…

J. A.: ¡Que gente como Janet Mock nos esté aplaudiendo, que yo he sido fan y he leído todos sus libros! ¡Que es mi referente! Que lo hemos estudiado para informarnos para VenenoPose me lo sé de arriba abajo, porque ha sido muy referente. ¿RuPaul? Pues imagínate, nos sabemos al dedillo todas las temporadas. O Lee Daniels, creador de Empire, director de Precious. Que toda esa gente, que es un referente número uno, te esté hablando de tú a tú en Instagram, o que valoren tu trabajo, es muy sorprendente. Y los medios de comunicación, ¡la New Yorker

¿Cómo se aproximan a Veneno? Porque habrá muchas cosas que, por contexto social, no pillen del todo. ¿Qué os preguntan?

J. C.: Pues quieren saber siempre de dónde surgió la idea, qué significo para nosotros la Veneno, y para la cultura española.

Me acuerdo de cuando decíais que no iban a entender Paquita en China, porque a ver cómo les explicabais quién es y, sobre todo, quién fue Silke para nuestra sociedad. 

J. A.: [Risas] ¡Es verdad! 

J. C.: Sí, pero también cuando ves una película de Suecia o Finlandia, los concretos o los referentes a lo mejor no los entiendes, pero tampoco es necesario. Ayer veíamos Beginning, de unos testigos de Jehová, ¡y yo no sé ni dónde están! Pero entiendes otras cosas. 

J. A.: Los medios norteamericanos se quedan, sobre todo, con qué significó en España la Veneno, que es una pionera, icono, con una vida fuerte… Y, sobre todo, la importancia de los referentes, que es una cosa que está calando mucho en América: la visibilidad. Y también estamos entrando nosotros en darle la importancia que tiene. Que ya está bien, que hay adolescentes que ponen la tele y no se pueden ver. Por eso triunfa en EE. UU. Veneno, porque dicen: «¿Qué película veo?», «Pues hay una, sobre el universo trans, española…». Pues, claro, la ven todos y todas. 

Sin contar la cantidad de gente que os está viendo en otros países ilegalmente, porque todavía no hay oferta en streaming

J. A.: [Risas] ¡Eso es graciosísimo! Me escriben mucho diciendo eso: «La veo desde no sé dónde», y digo: «Cariño, no se ha estrenado allí…». Y se callan, claro [risas].

J. C.: Pero, bueno, si no tienen forma, pues tendrán que buscarse esa cultura… 

J. A.: ¡Ya llegará allí y ya te darás de alta! 

Me causa curiosidad la manera en la que conseguisteis, sobre todo al principio, cuando no erais conocidos y no había referencias —ni buenas ni malas— de vosotros, aproximaros a gente muy conocida y lograr que estuvieran en Paquita. Porque imagino que esas personas tendrían muchos recelos, podían temer que os ibais a mofar… Pienso en gente como Andrés Pajares, o Belinda Washington. ¿Cómo le explicas a alguien que no te conoce que no te vas a reír de él, sino a hacer humor con él? 

J. C.: Ahora ya es mucho más fácil, porque ya han visto lo que hacemos. Pero al principio hay que explicar muchísimo, no se fían. Ahora la gente lo entiende más. 

J. A.: Con Anna Allen, o con Paca la Piraña invertimos horas de teléfono… Más de diez. Y a Paca fuimos a verla a su casa, en Almería, como cuatro veces. El punto de partida es: «Sé que te va a sonar raro, pero sé que va a ser bonito, déjame que te explique quién soy». Primero hay un no, un «me lo voy a pensar», tienes que volver a explicar… Y al final enviamos el guion, porque eso dice mucho. Les envías parte del trabajo, y también tienen un respaldo. Porque si investigaban nuestras entrevistas veían que ya años antes estábamos interesados en tocar temas como el suyo. 

Hablas de Anna Allen. 

J. A.: Sí. A ella le dio confianza que, en una entrevista de hacía años, cuando no estaba en nuestra mente incluirla, ya hablábamos de ella superbién. Ella decía: «Es fuerte que me hubierais defendido incluso cuando yo no entraba en vuestros planes». Y era verdad. Son horas de trabajo, de que vean que no vamos con mala intención. Tú imagínate, que convencimos a Andrés Pajares de esa escena con Paquita en la primera temporada, que era… [resopla]

J. C.: Tenemos capacidad de convicción, pero eso también fue él, que se lanzó. 

J. A.: Fueron horas de teléfono, ¿eh? 

J. C.: Y reuniones. Quedamos en el hotel Miguel Ángel, este que le gusta a él. Y a intentar explicárselo. 

J. A.: Que no era fácil, porque le decíamos: «A ver, esto es como si fuera broma, pero es en serio, bonito y medio raro a la vez…». Y él preguntaba: «¿Y quién hace de Paquita?», y nosotros le explicábamos que un chico que se llama Brays… Y él en shock: «Pero qué me estáis contando». No sé, es como cuando fuimos al Teatro Lara y les dijimos que íbamos a hacer un musical, como de Whitney Houston, que aparece Dios, y monjas, y lesbianas… Y Antonio Fuentes dijo: «Pues venga, hacedla». Ahora, que estamos teniendo reuniones para cerrar el próximo proyecto, lo mismo. Nos pasamos dos horas explicándolo todo, en una videollamada, y cuando acabamos, la gente se queda muda, y dicen: «Bueno, tiene buena pinta, pero a ver cómo lo explico internamente…» [risas]. 

J. C.: Si les gusta, pero, claro, es una explosión de tantas cosas que los deja…

J. A.: Los deja diciendo: «Hazlo y ya vemos». Yo les digo siempre que esperen a que tengamos el piloto y lo lean, y ya se entiende todo. Raro sería que nosotros quisiéramos hacer una serie, o una película, que te pudiera decir exactamente cómo es. Es que entonces no seríamos nosotros. ¿Veneno es solo la vida de la Veneno? No, tiene lo de Valeria, y es comedia, y es thriller, y es drama, tiene momentos musicales… La gracia de lo que hacemos es que no es referenciable. ¿Cómo es Paquita Salas? Pues muy Paquita. Veneno es muy Veneno. Yo espero que dentro de muchos años la gente pueda decir: «Esto es muy los Javis, muy su universo». 

Hombre, ya se dice.

J. A.: A mí me gustaría que dijeran eso. Que la gente comprendiera que hay un universo ahí. 

J. C.: Yo creo que estamos yendo hacia ahí. 

J. A.: Me gusta que una parte bonita de ese universo sea la empatía. Y que salga lo de Anna Allen, lo de Paca, lo de la mirada hacia la Veneno, o de Paquita a la nostalgia… El no juzgar. Ojalá podamos hacer una carrera de eso. 

J. C.: Y que siempre tiene un elemento reconocible, pop, cercano…

¿Os ha dicho ya Almodóvar qué le parece Veneno

J. A.: ¡No! ¡Nada! Tampoco tenemos su teléfono, ¿eh? 

J. C.: No somos tan cercanos. 

J. A.: No, nos hemos encontrado dos veces. Pero ninguno de los Pedros nos ha dicho qué les ha parecido. 

¿Pedro Sánchez? 

J. A.: [Risas] Sí. No nos ha dicho nada. No lo sabemos, a mí no me consta si la ha visto. 

Quiero cerrar con algo muy referencial vuestro, solo comprensible después de ver Veneno. ¿Sentís que con la serie le habéis dado la canción completa, la habéis sacado del estribillo? 

J. A.: Ohhh…. Yo creo que sí. 

J. C.: Viendo todo lo que ha sucedido, cómo ha cambiado la mirada de mucha gente hacia ella, y el cariño que la gente demuestra en el Parque del Oeste con las flores, en redes… Sí siento que hemos podido acercar a la gente a lo que fue su vida, y a quién fue ella. Sí siento que ha sido más que estribillo. 

J. A.: Hay mucha gente pidiendo más, más de los personajes de alrededor, porque hay tantas historias… Continuaremos de alguna manera.

J. C.: Pero por la esencia, por el camino de la memoria. 

J. A.: La vida de Cristina ya está contada. De continuar, lo haríamos por los personajes adyacentes. Pero no hay nada cerrado, son solo deseos. A mí me gustaría hacer La llamada 2, Paquita Salas 4…, pero todo tiene que encontrar su sitio. 

Cerramos, ahora sí, con las críticas. Las pocas críticas malas, o hate que recibís, no vienen del tipo de gente reaccionaria o directamente facha a la que les podáis resultar molestos, o escandalizarlos. Vienen de dentro del colectivo, que son los que os ponen pegas. ¿Eso da un poco la medida de los tiempos? 

J. C.: Creo que es un hábito que hay dentro del colectivo, analizar todo mucho. 

J. A.: Y en el fondo es maravilloso. Es maravilloso que nos señalen las cosas en las que piensan que no hemos ido demasiado lejos, o que tenemos que mejorar. Yo intento escucharlos. 

J. C.: A veces duele, porque, hombre, evidentemente no voy a hacer todo perfecto. Pero creo que es más valioso hacer, aunque sea un intento, que juzgar. Mover hacia adelante siempre es útil, igual que escuchar las críticas. A mí me han ayudado mucho. 

J. A.: Veneno no habría existido sin Twitter y la representación trans dentro de la ficción la han conseguido a través de ser críticos y críticas. Dentro del colectivo, que sean todo lo críticos que quieran con nosotros, porque así mejoraremos. 

¿Pero? 

J. A.: Pues que también animo a ser críticos con otras ficciones que no tienen representación. Porque parece que dentro del colectivo solo se señala a la que lo intenta hacer bien. En cambio, el resto, donde no hay representación de ningún tipo, que constantemente son valores horrorosos, esa no se mira, ni se critica. Como si no fuera del colectivo. Hay que ser crítico con todo. 

Es como la familia, ¿no? A tu hermana le criticas una cosa que no le criticarías jamás a alguien que pasa por la calle. 

J. C.: Sí, bueno, pero en otros colectivos se protegen más y, sobre todo: yo puedo criticar a mi hermana, pero a mi hermana que no la toquen. Y eso lo deberíamos hacer más. 

J. A.: Insisto: estoy superabierto a todas las críticas del colectivo porque me siento parte y creo que hemos conseguido muchísimas cosas juntos. Así que: adelante, por los sueños que nos quedan, como la canción de OT [risas]. Pero también animo a criticar el resto de las ficciones en las que hay cero representación, porque, que a nosotros se nos critique por algún fleco, ¡pues, claro, cariño! Perfecto no está. Pero creo que vamos por el buen camino, estamos construyendo juntos. 

los javis

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6 Comentarios

  1. E visto ya 8 veces la serie y no me canso de verla .para mí es una exelente producción y un elenco de primera .todos bajo una dirección magnífica .felicidades a todos los q hicieron posible esta serie .

  2. Exquisita entrevista, amo a Los Javis! Sólo una corrección, el apellido de Valeria es Vegas. Enhorabuena!!

  3. Alguna que otra vez he visto Mask Singer 3 o 4 minutos y la sensacion que da el programa es de un espacio que pondrias a personas con alzheimer, degeneracion neuronal o gente que este perdiendo facultades por la edad o lo que sea.
    Antena 3 lleva decadas haciendo el mismo programa para personas con problemas cognitivos, “Lluvia de estrellas”, “Tu cara me suena”, “Mask Singer” etc. Unos programas tan casposo, con musica tan mala en playback
    con un nivel tan bajo, que cualquiera que sale ahi queda manchado. Decadas repartiendo morralla a paladas. A los Javis estos a pesar de que solo he visto una cosa mas de ellos y no los conozco les pega directamente.
    Repetir lo que te dicen por el pinganillo y cobrar no es mal trabajo e todas maneras, aunque esos 3 o 4 minutos son insufribles sihablan ellos especialmente.
    Decía que solo he visto una cosa mas de ellos y es aqui donde voy a darles estopa de la buena.
    Si “La Veneno” viese la serie vomitaría. Solo he visto un capitulo, el 7º y me dio absoluta vergüenza como escupen a la cara y en la tumba y en la memoria de la veneno y de paso como traicionan a su colectivo
    que tanto dicen defender. Si no tenian agallas para rodar la verdad mejor no traicionar y escupir asi sobre la verdady me explico; “La veneno” contó repetidas veces en vivo, en los platós, y en libro
    que en la carcel fue violada repetidas veces, sino sistematicamente. Faltan la pareja esta a la verdad y al relato que “La Veneno” hacía y que la honraba tener el valor de decir en directo, algo que estos dos se callan
    escupiendo la lucha de su colectivo, traicionando a su supuesta gente de manera vil.
    La cuestión es que “La Veneno” contó por activa y por pasiva, nunca mejor dicho, que fue violada en la carcel hasta por grupos de 4, pero con un ligero detalle que estos dos sinvergüenzas se callan. Según el relato de la victima
    los que la violaban eran LOS FUNCIONARIOS DE LA PRISIÓN. Este importantisimo detalle que cuenta como es el propio sistema el que castiga y persigue a las trans, se lo callan estas dos, para no molestar. Claramente se han meado en
    las bragas ante los hechos y ante la lucha de “La Veneno”. En el único capitulo que vi, son los presos los que la violan, algo mucho mas aseado de contar por estas dos petardas.
    Si no teniais ovarios para contarlo, mejor haber seguido en la patochada esa de las mascaras que escupir en la memoria de alguien que tanto sufrió en vida por su condición de trans.

    Me gustaria apuntar algo sobre la periodista que se aprovecho de ella para escribir el libro, cuando estaba en una posicion de debilidad y seguramente no pudo comprender el alcance de sus revelaciones, algo que la periodista si
    tenía capacidad de medir mejor pero se aprovechó vilmente.
    En ultima instancia hizo algo muy feo, ella misma inició una caza de brujas dando iniciales en el libro de clientes que tuvo cuando ejercía en el parque del oeste la prostitucion. Si no recuerdo mal, la semana que apareció el libro
    donde se iba de la lengua la mataron. Y a tenor del encubrimiento policial que hay y hubo, solo cabe intuir que debió ser gente importante la quefirmó su sentencia. Y esto la periodista que escribió el libro tenia que saberlo de sobra,
    que iba a dejar a los pies de los caballos a “La Veneno” pero la importó bien poco, con tal de figurar.

    No se si en otros capitulos de la serie hablan de esto, pero viendo como traicionan la verdad en el capitulo 7 dudo que en los demas digan algo que pueda molestar. Lo de estas dos son las mascaras, el petardeo y la nada en definitiva,
    pero por lo menos que el colectivo al que tanto nombran sepan como traicionan la memoria, de la diva del Parque del Oeste

  4. No he visto ninguna producción de estos chicos pero he leído varias entrevistas y no pueden caerme mejor.

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