‘La crónica francesa’: Cuando el corazón es una grapa

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La crónica francesa
La crónica francesa: Imagen: Searchlight Pictures.

Si le preguntan al propio Wes Anderson, escucharán hablar —incansablemente— de la carta de amor que es La crónica francesa: una misiva dedicada a los periodistas, o al menos a la idea nostálgica y quizá en extinción del periodismo escrito. Sí, Anderson ha escrito (o filmado) una carta, y puede que incluso le llegue a su destinatario, a ese oficio al que va dedicada, pero es probable que su corazón haya quedado sepultado debajo de tanta capa. 

Claro está que, para abordar una obra, no hace falta interrogar a su autor. La crítica, en cambio, vuelve a mostrarse dividida como suele suceder ante cineastas con tan marcada personalidad, y manifiesta opiniones encontradas (y muy vehementes) acerca de las virtudes y los defectos de una película que llega muy tarde a las salas (en febrero de 2020 anunciaban su estreno para aquel verano, al que siguieron un par de intentos más que la pandemia ha seguido frustrando hasta ahora). La crónica francesa es la mejor y la peor película de Wes Anderson, su mayor y menor trabajo, la depuración y el exceso, el todo y la nada. Si acaso, los críticos alcanzan a ponerse de acuerdo en el argumento del film (y tampoco pondríamos la mano en el fuego por ello), que narra la preparación del último número de una revista muy particular. Y es que hablábamos de una carta de amor… Pues bien, esta tiene un destinatario muy concreto: The New Yorker. La mítica publicación fundada en 1925 por Harold Ross y Jane Grant encuentra su trasunto ficticio en The French Dispatch of the Liberty, Kansas Evening Sun, o simple y llanamente The French Dispatch.

Como si el espectador fuera deambulando por sus páginas, la película se organiza siguiendo el formato de la propia revista, con tres crónicas como ejes centrales, un obituario y una columna de viajes. Una estructura que encaja no solo en el medio que intenta mimetizar, sino también en el estilo personal de un director para quien el montaje es una cuestión de matrioskas. Sumergirse en La crónica francesa supone toda una aventura: es bucear por las profundidades de un océano que atesora un sinfín de cachivaches, entrar de lleno en un universo perfectamente identificable, donde todo parece estar milimétricamente diseñado, ajustado y pensado; e incluso es alterar los límites prefijados que separan la historieta gráfica del resto de artes. 

Anderson despliega su magia, como siempre, y se disgrega (él y todo lo suyo) durante más de cien minutos, en una rizomática sucesión de historias y sucesos que acaba por producir un efecto paradójico: engulle a los de dentro, a la vez que expulsa a los de fuera. Aquí hay mucho cuidado formal y una apabullante puesta en escena: las historias solo son las excusas para crear todo un armazón estilístico en el que insertarlas. El cineasta enumera constantemente, se dedica a inventariar y a hacer listas en pantalla, sepultando al fondo del conjunto las distintas secciones que componen el número a editar: desde lo local, ofreciendo el recorrido cicloturista de un reportero; lo cultural, centrado en el eterno conflicto entre arte y mercado y el poder de la mitificación de masas; lo sociopolítico, de la mano de unas revueltas estudiantiles con aroma a mayo francés del 68, y una particular y muy andersoniana crónica gastronómica de sucesos. 

Céntrense, ¡poco importan las noticias! Al fin y al cabo, cuando la película llegue a su fin no será el guion el que dé titulares: la película será recordada por las pantallas partidas, las cortinillas, los intertítulos, las composiciones simétricas, los travellings descriptivos y el estatismo de los planos, los diálogos declamados, las continuas voces en off, la excéntrica y sensual carcelera a quien da vida Léa Seydoux, la transfigurada aparición de Benicio del Toro, el ritmo vertiginoso y el gusto por lo francés —ya sea su cine o sus clichés—. Y, decíamos, por las enumeraciones.

De forma muy alocada podría decirse que Anderson ha estado jugando a otra cosa todo el tiempo: en vez de dirigir actores, ha animado cartoons de carne y hueso; al diseñar la escenografía se ha dedicado a construir dioramas; en la elección de casting, organizó una fiesta con sus más íntimos amigos. Es difícil predecir si esta es una cumbre estilística o una parada en seco dentro de una filmografía que ha ido evolucionando hasta encontrar su máxima expresión en términos visuales. En términos psicológicos cabría preguntarse cuánto hay de genialidad y cuánto de obsesión o de neurosis impulsando todo este delirio. 

Pero entonces, La crónica francesa, ¿qué?, se estarán diciendo ustedes. ¿Culmen o chorrada? Pues ni lo último ni, desde luego, lo primero. Porque al final, la propia naturaleza episódica de la cinta es, en realidad, lo que la hiere de muerte. ¿Saben esos especiales que las cadenas emiten en Nochevieja? ¿Esos programas tipo Saturday Night Live o, por ponernos más castizos, los especiales de Martes y Trece a base de sketches y parodias, cada una de su padre y de su madre? Algo así sucede en la película: una sucesión de historias inconexas cuyo único asomo de cohesión o unidad es la propia pertenencia a un mismo show. Por separado, son historias hilarantes, atrevidas, agudas, ácidas, incluso brillantes… pero en conjunto apenas forman un castillo de naipes que se desmorona al mínimo soplo. La crónica francesa no es tanto una película como un recopilatorio de 13 Rue del Percebe: Tanto depura, tanto afina, tanto estiliza Anderson en su último trabajo que se le olvida contar una historia, y tan solo esboza viñetas unidas por una grapa. Y por mucho que pueda tener una forma parecida, una grapa no puede sustituir a un corazón de verdad.

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One Comment

  1. Pues nada nuevo bajo el sol. El cine de Wes Anderson para bien o para mal (mi caso) es así. “EL Gran Hotel Budapest” me pareció una serie de viñetas inconexas también, eso sí, muy cuqui todo, pero más vacío que el cerebro de un concursante de “Supervivientes”. No lo soporto.

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