Lara Moreno: «El machismo que hay en la literatura es el mismo que el que hay fuera»

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Lara Moreno

Lara Moreno (Sevilla/Huelva, 1978) va añadiendo capas según pasan los años. Se destapó como relatista a principios de la década de los 2000, y luego fue invadiendo géneros como una plaga de langostas: poesía, novela, ensayo, tribuna periodística… Lara es una escritora fascinante con una vida fascinante. A veces, uno piensa si tanta fascinación ajena le habrá hecho bien o mal, pero todo parece indicar lo primero. En lo que prepara su tercera novela, nos cita en su escenario: la madrileña plaza de la Paja, en la parte de atrás de La Latina. Sospecho que lo hace con todos. Como no puede ser de otra manera, pide un vaso de vino tinto y se lía un cigarrillo antes de empezar la conversación.

Empecemos por el principio y parte del principio es el nombre: «Lara», como «Lara Antípova», de Doctor Zhivago. ¿Culpa de Pasternak o de David Lean?

David Lean. A mis padres les encantó la película y tenían el disco de «La canción de Lara», que lo ponían todo el rato. En realidad, fue idea de mi madre. Le encantaba la protagonista. Yo vi la película ya cuando pude y la he visto un par de veces más a lo largo de mi vida adulta… y luego me leí el libro, también. El personaje de la película es duro, pero el del libro, muchísimo más.

A lo mejor esto es una tontería, pero ¿sientes algo al leer el libro o ver la peli y conectar con esa Lara que te dio el nombre?

Sí que hay algún tipo de vínculo. Supongo que es una mitomanía como otra cualquiera. Primero, porque hace referencia a la juventud de mi madre, a ese mito de ese momento de su vida en el que había libros en casa tan estupendos y se oían canciones tan especiales y se veían películas tan chulas. Tengo el vínculo con esa emoción de mi madre enamorándose de ese personaje. Y, luego, a ver, soy de Huelva y tardé bastante en conocer a otra persona que se llamase Lara. En cierto modo, uno es el nombre que le han puesto, es una especie de guía que te están haciendo. De hecho, mi nombre es Lara María, por el bautizo y porque creo que mi padre de todos modos decidió ponerlo en el registro. ¡Al menos no puso el «María» al principio! (risas).

Naces en Sevilla, pero, como acabas de decir, te crías en Huelva. 

Sí, es que mis padres estaban estudiando en Sevilla y, cuando acabaron sus carreras, se volvieron a Huelva, así que fue todo bastante accidental. Yo me crie en piso de estudiantes, sus amigos eran los de la universidad, y es verdad que el vínculo lo mantuvimos un tiempo después porque íbamos a visitarlos. Era gente muy joven, muy divertida y muy cariñosa. Aparte, luego fui yo a estudiar a Sevilla, tengo algo de mitomanía también con esa ciudad.

¿Qué recuerdas de aquella Huelva ochentera?

¿Te has leído Nada es crucial, de Pablo Gutiérrez? (risas). No, a ver, mi vida no era así: yo estaba en un colegio de monjas, me pasaba las tardes en casa de mi abuela… No había muchas aventuras. El territorio mítico de mi infancia es en realidad Isla Cristina, el pueblo de mis abuelos. Pasaba ahí todos los veranos, las vacaciones, los fines de semana… Mis recuerdos tienen que ver más con eso que con lo cotidiano, el día a día, que era muy sencillo. Además, mis abuelos eran marineros, los dos. Pescadores, vaya. Mi abuelo Juan, el padre de mi madre, era patrón de pesca de altura: iba con barcos muy grandes a África a pescar. Es al que yo vi trabajar cuando volvió a Huelva; tenía barquitos pequeños y nos llevaba todos los veranos a pescar. Salía a faenar cada día de madrugada a las costas de Isla Cristina.

Acabas de mencionar a Pablo Gutiérrez, una figura clave en esa etapa de tu vida.

Pablo y yo nos conocimos en Huelva en nuestra adolescencia, éramos prácticamente vecinos. Era la única persona en Huelva con quien yo tenía un vínculo literario fuerte. Los dos nos alimentábamos muchísimo de lo que escribía el otro. Escribíamos cuentos y nos los mandábamos en un casete, imagínate el nivel de frikada. Descubrimos a muchísimos autores juntos y luego estuvimos juntos en la universidad. Yo estudié Periodismo por él, influenciada por él… y fue un grave error.

¿Llegaste a terminar la carrera?

¡Claro! Lo contrario habría sido una grandísima decepción para mis padres. La terminé, pero no tenía ninguna vocación y nunca ejercí. Llegué a Madrid y empecé a trabajar en el mundo editorial. Mi relación directa con el periodismo ha sido ya con cuarenta años escribiendo opinión para El País… que, por otra parte, no me parece mal. 

La edad perfecta.

Sí, la edad perfecta y la ocupación perfecta cuando no tienes vocación y solo quieres escribir (risas).

Elvira Navarro o Coradino Vega también son de Huelva y también son escritores nacidos en la última parte de la década de los setenta…

Sí, pero el paso de Elvira por Huelva es más o menos como el mío por Sevilla: ella se crio entre Córdoba y Valencia, y la conocí aquí, cuando llegué a Madrid. Con Coradino me pasó lo mismo: le conocí en Madrid porque una amiga me dio su teléfono cuando llegué, que estaba perdidísima, para que me pusiera en contacto con él. Nos hicimos amigos y, de hecho, fue quien me presentó a Elvira.

He leído que, de adolescente, aparte de a Pablo, escribías muchísimas cartas a muchísima gente…

Sí, a todo el mundo. Tenía muchas horas libres y mucha necesidad de comunicarme. Era mi manera de desahogarme y a la vez ejercer la narrativa. Eran casi monólogos interiores donde ejercitar la parte lírica. Hasta los veinte años no decidí escribir un relato, todo eran cartas. Y, luego, me puse a escribir emails, muchísimos emails, muy largos (risas).

Lara Moreno

Te vuelves a Sevilla para estudiar la carrera y formas parte de la Asociación Ygriega, ¿cómo surge ese proyecto?

Fue mi primer contacto con la vida cultural, porque Huelva era bastante desierto en ese sentido. Sevilla era otro mundo. Conocí a un grupo de gente —Miguel Ángel Maya, Roberto Terán, David J. Calzado…— que tenían una asociación cultural y me di cuenta de que, en realidad, si te pones, puedes hacer lo que te dé la gana. Te podías salir de la norma: ¿nos gusta la poesía? Pues montamos un recital, llamamos a gente. Se podían hacer cosas con muy pocos medios. No hacía falta llenar grandes espacios, con reunir a diez personas, nos valía.

En 2003, publicas Casi todas las tijeras, un libro de relatos.

Sí, ya había empezado a escribir relatos más o menos en serio y, un día, en Sevilla, fui a la presentación de un libro de poesía con un grupo de amigos y lo presentaba una mujer, la editora del libro, que se llamaba Selva Otero. Tenía una pequeña editorial en Cádiz, que se llamaba Quorum, y me fascinó por completo: hablaba del poeta al que estaba presentando con una pasión, una entrega… sentí una empatía tremenda hacia ella y tuve un momento ahí de atrevimiento, que no es muy habitual en mí: me acerqué a ella cuando terminó y le dije que yo escribía. Y ella, en vez de mandarme a la mierda, que es lo normal, pues me preguntó unas cuantas cosas y me dio su dirección de email para que le mandara un par de relatos. 

¿Tú ya estabas enganchada al email o esto fue antes?

Antes, antes… De hecho, es posible que tuviera que crearme una cuenta, creo que era en MixMail, por entonces (risas). Me fui a un cibercafé con mis dos relatos en un disquete y se los mandé. Claro, luego me pasaba todos los días por el cíber, a ver si me contestaba… hasta que me contestó y me dijo «te conmino (me acuerdo perfectamente porque tuve que buscar esa palabra en el diccionario) a que escribas un libro, porque quiero publicarte». Yo ya había empezado con un taller en Sevilla, todos los miércoles, así que cada semana había que escribir un relato, que luego iba al libro, porque yo no tenía nada preparado de antes, claro. Fue un proceso largo: empezó a forjarse como en 2000 y se acabó publicando en 2003, cuando yo ya estaba viviendo en Madrid. 

Siempre has tenido una relación extraña con la publicación. Te has tomado tu tiempo, al menos para la novela y el ensayo. ¿Hay a veces demasiadas prisas en los nuevos talentos?

A ver, yo entiendo el conflicto que se tiene con esto, la ansiedad que genera y la frustración, también. En realidad, lo mío nace de un privilegio, que es haber publicado con veintipico años. Cuando alguien confía en ti tan pronto, te puedes volver loca y pensar «ya está todo hecho», pero lo normal es que te dé más tranquilidad y más paciencia. Por otro lado, lo que me ocurrió, que yo pensaba que era algo superespecial y que solo le ocurría a gente de otro siglo, en realidad no me cambió nada la vida. No te pasa nada. No te puedes dedicar a la literatura por un libro. Voy a cumplir cuarenta y tres años y aún no puedo dedicarme a la literatura. Ahí tomas conciencia de que, en realidad, publicar un libro era obviamente un privilegio y una constatación de que lo que hacías tenía cierto valor… pero que no cambiaba nada en absoluto. Como mucho, te quedabas con lo que iba provocando el libro en su camino: por ejemplo, cayó en manos de Juan Bonilla y Juan Bonilla me empezó a pedir relatos para antologías y así fui conociendo a más gente.

Ese mismo año, 2003, te mudas a Madrid, de donde ya no te has ido.

A Madrid me lleva el no saber muy bien qué quería hacer exactamente y que en Sevilla ya no veía futuro. Lo único que sabía hacer era escribir y a la vez sabía que escribiendo no me iba a ganar la vida, así que tenía que buscar alternativas en ese mundo editorial. Podría haberme ido a Barcelona, también, pero Madrid era una salida más habitual en mi entorno. 

¿Qué recuerdas de aquellos primeros meses?

Conocí a Joaquín Sabina a la semana de haber llegado. Acabé cenado con él y con un montón de amigos suyos, claro, por Felipe Benítez Reyes, un amigo común, y pensé: «Pues igual ya me puedo volver» (risas). Y al poco de estar aquí, fueron los atentados del 11-M. Como para olvidarlo.

En aquel Madrid, Lara Moreno estaba en todos lados y no era fácil de ubicar: ¿dónde te sentías más cómoda, en el «mundo de la música» o en el «mundo de la literatura»?

A ver, es que yo vine aquí con el cantautor Paco Cifuentes, así que yo empiezo a relacionarme con músicos y me meto en el mundillo literario después. Estuvimos juntos muy pocos meses una vez llegados a Madrid, pero transitábamos las mismas amistades, los mismos lugares… Lo que pasa es que siempre me he sentido muy tranquila y muy cómoda en el mundo de la literatura, quizá por lo que te decía antes de haber publicado ya y la confianza que eso me daba. Además, es que por mis propias inclinaciones y por los amigos que había hecho en Sevilla, la literatura se había convertido en mi «zona de confort». Creo que la literatura puede ser una salvación y un demonio… y el demonio puede aparecer en cualquier momento porque es muy sacrificada, porque requiere mucho tesón, es algo en principio como inútil: cuando crecemos nos damos cuenta de que la vida tiene cosas realmente importantes y esta no es una de ellas. Pero yo me he esforzado durante mucho tiempo en convertir la literatura en un lugar donde me sienta tranquila y no boicotearme con eso. 

¿Nunca tuviste dudas?

¡Claro que tuve dudas! Por ejemplo, antes de mi primera novela, veía cómo la gente sí iba publicando y yo no tenía editor ni tenía nada y pensaba: «Igual se me están escapando los trenes». Empezaron las redes sociales, teníamos una exposición constante y veíamos lo que hacían los demás, y yo me decía: «No tengas prisa, no tengas prisa… da igual… no estás pudiendo escribir porque tienes que trabajar, no estás pudiendo escribir porque la vida no sé qué… Cuando esté hecho, ya se moverá». Siempre he intentado moverme en esos márgenes. Yo tengo claro que no voy a dejar nunca de escribir. Escucho a muchos autores que dicen: «Bueno, igual esto es lo último que escribo». Yo no. Yo no tengo ningún conflicto con la escritura. Tengo conflicto con lo difícil que es meter la escritura en mi vida: por el trabajo, por esta sociedad cada vez más convulsa, por todo.

Lara Moreno

Alberto Olmos habla a menudo de la conciliación escritura-paternidad, cómo cambia tu vida como escritor cuando tienes hijos a tu cargo. ¿Eso te ha afectado a ti también?

No, yo nunca lo he visto así. Mi gran enemigo para la escritura nunca ha sido la maternidad sino el trabajo… y todo lo que va asociado al trabajo, incluso el mundillo literario y toda la vida social y todos los bolos que hay que hacer.

Es curioso, porque yo no te recuerdo especialmente interesada en toda esa parte social del «mundillo»: las presentaciones, etc.

A ver, porque nunca he ido como una obligación, pero siempre he tenido amigos ahí, así que voy porque es gente a la que admiro y a la que quiero. Lo que pasa es que luego se van creando también unas redes laborales, basadas en esa amistad. Lo que no tuve fue lo de «como estoy en Madrid, tengo que ir a todas partes». Pues no. Iba a los sitios a los que me apetecía, porque, para mí, era parte de esa zona de confort. Gran parte de la vida de un escritor o una escritora hoy está llena de cosas que tienes que hacer, profesionales, porque con los libros no te da: charlas, talleres, presentaciones… Y, a veces, mis semanas y mis meses han sido realmente angustiosos porque todas las cosas, aisladamente, las quieres hacer, te apetecen, son bonitas, sabes que vas a ver a gente con la que te llevas muy bien… pero, todo esto, encajado en la vida, hace que, al final, sea la escritura la que pierde.

A mí, sinceramente, la paternidad sí me ha supuesto una especie de freno, pero quizá es que los hombres aún no nos hemos acostumbrado a conciliar.

Históricamente, por razones obvias, los hombres siempre han tenido más preservado y más cuidado ese espacio suyo para el ocio, el hobby o la pasión… El mundo interno, en general. Incluso trabajar, ojo. A destajo, si hace falta, y privilegiando eso a todo lo familiar. A nosotras nos han educado de otra manera. Al menos, a nuestra generación, la tuya y la mía. Somos más capaces de gestionar ese conflicto, llevamos mucho tiempo debatiendo sobre ello y exponiéndolo en foros. Cuando yo digo: «No es mi hija la que me estorba en mi escritura», no digo que no esté pendiente de sus cuidados (que, afortunadamente, en mi caso, siempre han sido compartidos con su padre), sino que realmente el cansancio que tenemos, el estrés que tenemos, viene de otro lado. Viene del trabajo. Yo, si pudiera elegir, cuidaría a mi hija y escribiría. Y, luego, todo lo demás.

¿En qué momento caíste en las garras de Cortázar y en qué momento te conseguiste librar?

Me agarró en primero de carrera, cuando empecé a leerlo. Lo leí y sentí una cosa como pegajosa, que decía Pablo Gutiérrez: «Pues ya está, así es como hay que escribir». Además, es que parece fácil. Dejé de leer a Cortázar, por supuesto; dejé de escribir como Cortázar… y al volver a leerlo al cabo de un tiempo, con más edad y experiencia, me di cuenta de lo difícil que es todo. No te fijas en lo pegajoso, que es tan fácil remedar, sino en la maestría descomunal y en su técnica. Y eso no hay quien lo copie. 

¿Quién te tiene atrapada ahora mismo en términos de estilo?

Pues hace poco, por ejemplo, me he leído La plaza del diamante, de Mercè Rodoreda, y me he dado cuenta de todo lo que me influyó Espejo roto, que la leí cuando tenía dieciséis años o por ahí. Recuerdo una escena de una niña hablando dentro de un armario, una voz muy poética, muy íntima, pero a la vez muy analítica. Fue una cosa que me voló bastante la cabeza y ahí aún no había leído a Cortázar. Probablemente me influyó siempre pero no fui consciente. Me ayudó a gestionar mi propio estilo. También es verdad que estas pulsiones verborreicas-poéticas las he intentado frenar. Ya hice un ejercicio importante en Por si se va la luz para contar una historia sin traicionar mi estilo. Un ejercicio que no necesité ya en Piel de lobo: era todo más seco, más directo. Y, ahora, con la tercera novela, lo mismo: cada vez estoy más pegada a la historia, la mirada, la estructura, el ritmo… y menos a la forma o el estilo. Lo importante es decir cosas y que se entienda muy claramente lo que estoy diciendo.

Hay, a partir de 2008, el comienzo de una explosión Lara Moreno que todos veníamos anticipando, pero antes quería preguntarte ¿tú sentías esa anticipación? ¿Tú eras consciente de las expectativas?

Ese es el año de Cuatro veces fuego, el libro de Tropo, ¿no?

Sí.

Sentí algo de frustración con ese libro, la verdad. Escribía todas las semanas, estaba rodeada de literatura a muerte, y salió un libro excesivo. Llevaba años escribiendo mínimo dos relatos al mes, a veces, cuatro, y cometí el error de publicarlo, no todo, pero casi. No tenía la visión más dura que tengo ahora. Puse en el libro todo ese trabajo de años, pero sin pulir. Creo que lo hablé con Paul Viejo y con más gente y estábamos de acuerdo en que ese libro debería haber tenido menos relatos y más madurados. Tendría que haber cribado muchísimo más. Aún no era consciente de una cosa que me dijo Elena Medel y que me repito mucho: «Hay que corregirse sin piedad». Yo escribía con mucha osadía, pero me corregía con demasiada piedad.

¿Y lo de las expectativas? ¿Lo sentías de alguna manera? Todos sabíamos que tú eras la buena.

Pero, a ver, es que una cosa es que seas «buena» en lo que haces y otra es pensar que eres «la mejor». Yo me conformo con lo primero. Intentar encauzar todo lo que te está pasando en la vida para reflejarlo después de la mejor manera posible. Yo me paro ahí. A mi alrededor, muchos éramos buenos, y a la vista está, cada uno en lo suyo. Quizá lo que pasaba es que en esa época yo hacía de pegamento entre mucha gente y eso provoca mucho cariño, mucha simpatía. Cuando vas a publicar un libro siempre tienes miedo, pero no tienes miedo de lo que le va a parecer a la gente que no conoces, sino de lo que le va a parecer a tus amigos, a los que te leían antes. Más que miedo, susto, no defraudarles. Puedo sentir las expectativas de la gente, como las sentimos todos, pero ahí está el trabajo de ser consciente de que esa expectativa parte de una base de cariño y de admiración mutua y convertirlo en algo bueno.

Lara Moreno

¿Hubo algo parecido a una «generación blogger», cada uno con nuestro blog y nuestras historias?

¡Por supuesto! Y era maravillosa y me da mucha pena que se haya perdido (sonríe). Yo pasé de las cartas en papel al email y luego al blog. Ni las redes sociales ni el WhatsApp han sustituido a eso ni de broma. El tiempo que le dedicábamos a eso ahora se lo dedicamos a las redes sociales, pero no es, para nada, lo mismo. Los blogs eran como nuestras pequeñas revistas en las que nos autopublicábamos lo que nos daba la gana. Fue nuestra primera red social: yo me levantaba por la mañana y me ponía a mirar lo que había escrito Nano (Rafael Lassaletta) o cualquiera de los demás. Eso lo hemos perdido completamente y era bonito: en mi blog publicaba mis poemas, y cuando acababa me ponía a leer a los demás, sus pensamientos, sus historias, sus relatos de puta madre… 

Ese año 2008 publicas también el poemario La herida costumbre, en Puerta del Mar. Luego has seguido combinando narrativa y poesía durante los siguientes años, pero cuando yo te conocí, tu poesía te causaba un cierto pudor.

Sí, ahora tengo publicada incluso mi «poesía completa», como si me hubiera muerto (risas). He perdido el pudor, pero es que el tipo de poesía que hago ahora no tiene nada que ver con la que hacía en ese momento. En el fondo, he desdibujado los géneros: la poesía que hago ahora no tiene mucha diferencia con mi prosa, o al menos con mi prosa más pura o más rítmica. Al final, lo que importa es llegar al hueso con ritmo, y eso puedo hacerlo con la prosa o con la poesía. Tanto lo que aparece en Tuve una jaula como en Tempestad en víspera de viernes me hace sentir muy cómoda. Yo antes me ponía a escribir un poema de cualquier cosa. Ahora, casi me resultaría más fácil escribir un relato de cualquier cosa que un poema de cualquier cosa. Si escribo un poema es porque tengo una piedra ardiendo en la boca y la tengo que soltar.

Por cierto, este último libro te lleva a ti en la portada, cigarrillo y botella de vino en mano, un poco a lo Ray Loriga.

Bueno, en realidad, la idea de mi jefa de prensa y de mis editoras era asociarlo más bien a Patti Smith. A ver, ¿por qué salgo en la portada de un libro mío, algo que nunca en mi vida me habría imaginado? Pues cuando lo publiqué en Instagram, en otoño del año pasado, pensé «¿y por qué no?». Jairo Vargas fue el que me hizo la foto porque me la iba a hacer otro fotógrafo, pero nos pilló el confinamiento y estábamos encerrados en casa. Como él es fotógrafo también, me dijo: «Venga, ponte la ropa de actuar», porque, en realidad, Tempestad en víspera de viernes es lo más autobiográfico que he escrito. Es una manera de, desde lo cotidiano, hacer política de mi intimidad. Y eso está muy asociado al espectáculo que hago en el Off-Latina y donde me llamen. 

¿En qué consiste ese espectáculo, para quien no lo conozca?

Pues a mí siempre me había gustado leer en voz alta, recitar, pero aquí vamos un poco más allá, porque hay músicos, yo dramatizo mucho lo que cuento, se empieza a crear una historia… y el recital se convierte más bien en un espectáculo. No es un concierto ni es una performance, se convierte en algo que tiene su propia energía. Igual que se me da muy mal hablar delante de una cámara, resulta que ahí arriba y en ese contexto me siento muy cómoda: recitando mi poesía con música electrónica o con la música de Dani Llamas, por ejemplo. Ese baile se convierte en una pata más de lo literario, y es a partir de ese espectáculo que surge la idea del libro. 

¿Se ha pasado ya la fiebre de la «poesía postadolescente»?  ¿Qué nombres ha dejado y qué obras han aguantado el tirón?

Yo es que no he leído esa poesía. Sé que hubo mucho revuelo en el mundo literario cuando esos libros empezaron a vender muchísimo. No sé si se ha pasado o no, es una cuestión de mercado. Instagram, por ejemplo, sigue siendo un gran generador de «poesía fácil», por llamarlo de alguna manera. No sé cómo me tengo que posicionar ante eso. En realidad, tampoco leo mucha poesía existencialista y tampoco me posiciono ante ella. El revuelo se dio porque se vendió mucho cuando otros poetas maravillosos llevaban publicando un montón de tiempo sin comerse un colín. La literatura siempre ha sido una cosa minoritaria, así que entiendo que algo que llegue a mucha gente tiene que ser algo más sencillo. ¿Que me gustaría que las adolescentes estuvieran locas por Idea Vilariño? Sí, claro. Pero no tengo nada en contra de que lean toda esa poesía que tú llamas «postadolescente» y que, insisto, no he leído.

¿Qué importancia tuvo un sitio como el Aleatorio en ese resurgir de la poesía «para todos los públicos»?

He recitado ahí un par de veces, pero por ahí pasa un poco de todo. No llamaría a la poesía que he escuchado ahí «postadolescente». Creo que en el Aleatorio hay mucha variedad y es bonito que así sea, aunque no tengo suficiente trato con ellos. Yo relaciono el Aleatorio con Marcus Versus y su editorial y me parece que publica a gente muy buena. Para mí, es un punto de encuentro, como lo pudo ser Libertad, 8 en su día, con gente más comercial y gente menos comercial.

Aquella explosión sirvió para dar a conocer a muchas mujeres poetas… y, de paso, para denunciar el trato machista que recibían en muchos de estos recitales o festivales. ¿Tú te has topado muchas veces con ese machismo?

Yo me he topado con el machismo en el mundo. Y a día de hoy me sigo topando con él. Ya está. Es que está en todas partes. Claro, podría contarte, como todas las mujeres, alguna anécdota del mundo literario, del mundo no literario, de cualquiera de los mundos. Lo bueno es que ahora es más denunciable, más visible, y creo que entre nosotras nos estamos ayudando y haciéndonos más fuertes. Antes, los padrinos que una tenía siempre eran señores y ahora tenemos un montón de amigas que somos todas madrinas de todas. Pero vamos, el machismo que hay ahí en la literatura es el mismo que el que hay fuera.

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En 2013 publicas Por si se va la luz, que de alguna manera recuerda a tus años de vida en Zarzalejo en algunas cosas. ¿Por qué decidiste huir de Madrid?

Decidí huir de Madrid precisamente por probar. Por salirme del ruido de Madrid, no solo en lo que tiene de desagradable sino porque, como te decía antes, esto es una bola de fuego en la que siempre están pasando cosas y te hace querer estar en todos lados. Acabas perdiendo un poco el norte de lo que realmente eres, lo que realmente te gusta, que es leer, que es escribir… Me fui de Madrid muy joven, con la idea de escribir una novela, pero no tenía nada claro lo que quería escribir y ahí me di cuenta de que, para escribir una novela, primero tienes que saber lo que quieres contar. Esa primera novela se llamó El guardabosques y no la he vuelto a leer, pero recuerdo que llegué hasta las setenta páginas (risas). Venía a Madrid una vez a la semana, veía a quien tenía que ver, entregaba mis trabajos de editora… Leía, escribía lo que podía, pero también trabajaba muchísimo. 

¿Y por qué decidiste volver?

Pues me quedé allí unos cinco años y me volví porque tuve una hija y mi hija nació con unos problemas de salud y pasaba mucho tiempo ingresada en La Paz, y lo de estar aislada y con el hospital tan lejos me empieza a agobiar. En Madrid tenía una red de gente que me podía ayudar; en Zarzalejo, no. Mientras estaba sola, no pasaba nada, pero con la niña, la cosa cambió. Por eso decidí volver.

Decías recientemente, no me acuerdo dónde, que Madrid era la única ciudad a la que habías vuelto.

Sí, en Infolibre, este verano. Y volví al centro, además, a todo el mogollón. Hice el cambio contrario al que hace normalmente la gente. Y aquí sigo.

Pero eso es matizable, porque, en Piel de lobo (Lumen, 2016), aunque no la menciones, sí «vuelves» a Huelva, en concreto, a Isla Cristina…

Bueno, ahí también volví, incluso físicamente. Unos de mis abuelos siguieron viviendo ahí; los otros, ya no. Se acabó lo de la rutina veraniega, pero antes de venirme a buscar trabajo a Madrid, después de terminar la carrera, pasé un año en Isla Cristina. Abrí la casa de mi abuela y estuve ahí ocho o nueve meses viviendo y luego me pasé el verano trabajando en todos los hoteles de la playa hasta que en octubre de 2003 me vine a Madrid. Y, sí, en Piel de lobo, de alguna manera, volví, pero volver en la imaginación o en la literatura, no es volver de verdad, es «ir».

¿En qué difiere la Isla Cristina del recuerdo, la de 2016, de la que sentías en tu infancia?

Es que Piel de lobo remite más a ese año que te digo de adulta, en la casa de mis abuelos, que no es la casa que describo en el libro. De hecho, yo en el libro describo una casa que es la que a mí me hubiera gustado que tuviéramos (risas): en el camino de la playa hacia el centro, entre los eucaliptos… Durante todo el curso, estuve yo sola con mi pareja, cuando Isla Cristina en la infancia había sido una cosa muy familiar. Vivir Isla Cristina con los ojos de alguien de fuera me sirvió muchísimo para recrear Piel de lobo

¿Por qué ese pudor en no nombrar el lugar?

Bueno, en realidad fue una algarabía literaria que no sé por qué lo hice. Primero, porque tenía un concepto diferente: yo tendía, incluso en mis relatos, a esconder mucho, a poner nombres raros a los protagonistas… En Por si se va la luz quito todo lo que pueda tener que ver con la cotidianeidad: los meto en un pueblo que no existe, sin móviles, sin nada… y en Piel de lobo me acerco un poco más a la realidad, de alguna forma, pero todavía me resisto. Mi tercera novela se desarrolla en Madrid, en la plaza de la Paja, y me meto en unas movidas bastante gordas de documentación, no ya de la ciudad de Madrid sino de la gente que la habita, pero ya llamo a las cosas por su nombre. Digamos que vengo de una movida onírica-fantástica en los inicios y cada vez me voy acercando más al documental (risas).

¿Qué es de esa tercera novela? Llevas años hablando de ella…

Llevo mucho tiempo hablando de ella y muy poco escribiéndola, porque he tenido muchos parones en medio por circunstancias vitales, laborales y existenciales… Y la arranqué realmente en febrero de este año y voy a trancas y barrancas, como siempre. Este verano he hecho también una inmersión muy grande, pero fíjate que el primer capítulo lo escribí en el verano de 2018, que fue un verano horrible en mi vida, del cual solo queda en mi memoria el primer capítulo de la novela, que se llama «La ciudad».

Leí en una entrevista que te sentías más cómoda en la novela que en otras formas literarias. ¿Es una afirmación contundente o matizable?

Matizable. La novela es el género en el que me siento más cómoda a posteriori. No es en el que me siento más cómoda cuando estoy escribiendo. Es el más pausado, el más reposado, el que me permite tomarme años para completar una obra, pasarme ocho meses sin escribir nada… El síndrome de la impostora que tenía con la poesía, que ya se me ha pasado, nunca lo he tenido con la novela. Lo tuve con la primera, esos dos años que la estuve escribiendo, de no saber si lo estaba haciendo bien o lo estaba haciendo fatal, pero la corregí mucho, la repasé mucho y ya cuando salió sabía lo que estaba entregando. Escribir una novela no es cómodo, es muy sacrificado, pero cuando ha pasado por todas las correcciones y por fin has acabado, te sientes muy bien. 

¿Eso no te pasa con otros géneros?

Sí, claro, con algunos poemas. Incluso con alguna tribuna.

Recuerdo que, en el 15M, la gente gritaba «Estas son las llaves de mis padres». ¿Es la vivienda y el acceso digno a la misma el gran problema de nuestra generación, como tratas en Deshabitar (Debate, 2020)? No sé, a lo mejor es una cosa solo de madrileños…

A ver, es una cosa de madrileños, pero, ojo, en Madrid las cosas solo son más histéricas, más exageradas y más ruidosas. Pero el sistema es el mismo en todas partes. Puede que en algún pueblecito encuentres un alquiler por doscientos euros, claro, pero ahí a lo mejor lo que no encuentras es trabajo. Creo que la vivienda es el gran problema no solo de nuestra generación: es una tragedia para toda la población migrante y no son todos de nuestra generación. En el problema de la vivienda están resumidos todos los problemas: el trabajo, la forma de vida, la precariedad, la inestabilidad, los fondos buitres… están todos.

¿Por qué vivir en la plaza de la Paja, donde estamos ahora, se da por hecho que es un privilegio? ¿Por qué al menos una generación ha sido expulsada del centro de su ciudad, como si le fuera algo ajeno?

No sé, Lavapiés también está en el centro de Madrid y, cuando llegué aquí, era donde más señoras se veían jugando al tute a las cinco de la tarde. Señoras que llevaban viviendo en esas casas desde que el obús de la guerra civil les cayó en la corrala. El problema del centro de las ciudades es que se está convirtiendo en una cosa completamente desposeída, despersonalizada, que remite a las políticas económicas y al capitalismo descerebrado que tenemos, básicamente. No solo pasa en el centro de Madrid: yo voy a Huelva, que es un sitio completamente de provincias, y las cinco calles del centro de Huelva están llenas de Zaras, Oyshos, bancos… igual que en Madrid. A escala, lo que pasa aquí es lo que pasa en casi todos lados. 

Lara Moreno

Aparte de escritora eres editora, en el sentido estricto, y lo fuiste en 2017 en el sentido que la gente suele dar al término: llevabas el catálogo de una editorial, en este caso, Caballo de Troya.

Fue una aventura enorme. Cuando Claudio López Lamadrid decide reinventar el sello de Constantino Bértolo, elige primero a Elvira Navarro como editora y luego a Alberto Olmos. Yo llevaba trabajando de editora de mesa desde siempre, corrigiendo libros desde casa o en la editorial (Alfaguara, sobre todo) y poder decidir lo que se va a publicar, para mí, era un sueño, así que, un día, me lancé, y le dije a Claudio: «Yo creo que puedo hacer esto. Me encantaría hacerlo, en cualquier caso». Y a él le pareció bien.

Qué gran tipo, Claudio.

Sí, mucho. Su muerte fue un palazo grande. Para el mundo de la cultura y personalmente, también.

Tuvo que ser un año muy intenso.

Es que un año es muy poco para hacer un catálogo. En realidad, es un año y medio porque antes ya te pones a leer como loca, convencida de que vas a encontrar muchísimos libros que te van a encantar, pero no es tan fácil. Además, tampoco podía dejar ninguno de los otros doscientos cincuenta trabajos que me daban de comer. Fue bastante estresante, pero fue una experiencia fascinante porque pude ver lo que era la responsabilidad de estar ahí dando la cara, de editar los libros, hacer propuestas a los autores, ver si funcionan o no… Pensar con ellas las cubiertas, escribir las contras… Es un trabajo preciosísimo que viví con un poco de agobio porque había muy poco tiempo. Fue un alivio cuando terminó, pero, quizá también porque Claudio ya no está, recuerdo aquella época y me siento satisfecha de mi trabajo y de las hostias que me di, y lo considero como un regalo suyo maravilloso que dio libros maravillosos.

No solo pudiste darle la confianza a Aroa Moreno, sino que se demostró por qué: La hija del comunista se convirtió en un pequeño fenómeno editorial.

Tengo la suerte de tener grandes amigas que son grandes escritoras. Yo no publiqué a Aroa porque fuera mi amiga sino porque es una escritora maravillosa. No hay ningún conflicto. De los seis libros que publiqué, era el que tenía claro que iba a salir el primero. Estaba completamente convencida de la calidad del libro. No sabíamos cómo iba a ir, pero el premio de El ojo crítico, de RNE, obviamente ayudó a que lo leyera más gente. Por ejemplo, hay un libro que tuvo muy poco recorrido, Animal doméstico, de Mario Hinojos, que es una novela muy brillante, con la que hicimos lo mismo que con La hija del comunista, pero, como el mundo de la edición es así, no llegó tan lejos. Lo mismo podría decir de Madre mía, de Florencia del Campo. Está el libro de Marta Rebón, En la ciudad líquida, que funcionó bastante bien, el único libro en tapa dura de la historia de Caballo de Troya…

¿A quién te quedaste con ganas de publicar? Al fin y al cabo, solo te daban seis balas.

Mira, desaproveché la oportunidad de publicar a María Fernanda Ampuero. Tuve en las manos cuatro o cinco relatos de lo que luego fue Pelea de gallos y, en mi ofuscación brutal de cerrar el catálogo cuanto antes, porque era verano y había que cerrarlo en septiembre, y no encontraba nada… me encontré la brutalidad de los cuentos de María Fernanda Ampuero y vi un libro muy sin acabar, así que lo solté. Y me arrepiento muchísimo: primero porque no publiqué relatos, cuando yo he escrito relatos toda mi vida y me parece un pilar de la historia de la literatura, y, luego, porque cuando lo sacó Páginas de Espuma se vio que era un librazo.

¿Se enfadó alguien contigo? El mundo literario es muy de enfadarse por esas cosas…

No, que yo sepa no. Algunos se enfadarían, pero no me lo dijeron… y si me lo dijeron, yo hice oídos sordos (sonríe).

Tanto en Deshabitar como en esos artículos partes de la experiencia personal para mostrar problemas universales. Por ejemplo, hace poco hablaste de tu aborto voluntario, ¿sientes algo cuando te lees o, si piensas en leerte, te bloqueas para escribirlo?

Y lo mismo pasa en los poemas que tengo que llevan lo íntimo a lo público para denunciar algo universal. Mucha gente me pregunta por el pudor. Mira, el pudor te lo dejas en casa, porque no estoy contando mi historia, estoy contando la de todas, o la de muchas. Esos poemas los recitas una y otra vez y te expones una y otra vez. Claro que no tengo ningún problema con leerme porque las palabras están muy medidas e intento despojarlo de un llanto ensimismado o de un sentimentalismo intenso, porque estoy intentando exponer una realidad. En las tribunas, está todo tan medido que, cuando acabas, a lo que te asomas no es a una verborrea, así que, claro que lo puedes releer sin apuro ni pudor. Dicho esto, creo que la cosa que más trabajo me ha costado escribir es «Nuestra roñosa libertad», la columna que dices de El País, y mira que ya había escrito un poema al respecto. El día que me puse a escribir, que fue un viernes, creo que fue el día que más taquicardias tuve como escritora. Me puse muy nerviosa al escribirlo, era meterse en un jardín enorme. Intenté no caer en ninguno de los abismos en los que es fácil caer en un tema así y, desde luego, lo que haces es no leer a todos los trolls que te surgen. Cuando me preguntan por estas cosas, siempre digo lo mismo: lo jodido es vivirlo, no contarlo.

El feminismo es uno de los ejes vertebradores de tu relato periodístico. Te lo pregunto a lo Raymond Carver, ¿de qué hablamos cuando hablamos de feminismo?

De igualdad. Solo y exclusivamente. El feminismo está también en mi última novela. El feminismo, sin saber que era feminismo, creo que me acompaña desde que tengo uso de razón porque ha sido una pelea constante contra la injusticia, contra ciertos sometimientos que vienen desde la cuna, que están dentro de tu propia familia. Llevo peleándome con esto desde que soy una adolescente, como tarde. Otra cosa es que ahora pueda escribir tribunas en El País y que la gente diga que son feministas, pero esa lucha está y ha estado en todo. Y no estoy hablando de ninguna otra cosa: estoy hablando de justicia. Y, ojo, que, sobre mí, por ser mujer, caen una serie de injusticias, pero también de privilegios, porque yo soy mujer, blanca y española.

Y heterosexual…

Y heterosexual. Y con un nivel económico medio. Ni siquiera abarco la lucha de todas las demás mujeres.

¿Hay una guerra abierta entre determinada forma de entender el feminismo y determinada forma de entender los derechos trans?

En todos los movimientos tectónicos hay fisuras, hay roces… Cuando se aprobó el matrimonio igualitario le pareció fatal a muchísima gente. Todos los avances sociales acarrean muchas tensiones, muchas luchas y muchas contraluchas. Se encienden muchas antorchas. El asunto es tener claro que las llamas no quemen el avance. De todas formas, creo que en el caso de las personas trans y las luchas que hay en cierto feminismo contra eso —que son, me parece, escalofriantes, y a las que asisto con estupor—, en el fondo son menores. El problema es bastante más amplio y el problema acaba siendo el patriarcado antes que las luchas internas del feminismo. Hay que ir hacia adelante y ya está.

¿En qué modo facilitan y en qué modo sabotean las redes sociales cualquier debate mínimamente complejo?

Las redes sociales lo que están saboteando es nuestra salud mental. Lo de los debates políticos es lo de menos. ¿Tienen cosas buenas? Sí, pero tienen más malas que buenas. Creo que se nos ha ido la mano. Bueno, no a nosotros, que aquí hay una masa de población tirándose al río, y luego hay cuatro o cinco personas que saben de lo que va esto, que están ahí y que no están haciendo nada para evitarlo, lógicamente.

Dices a menudo que no lees, que no tienes tiempo para leer. ¿Con qué autores o autoras te saltas la lista de espera si sacan libro nuevo?

Pues me salto la lista de espera con cualquier cosa: con un poemario de Anne Carson o un libro de Marguerite Duras o con lo que esté en modo fanática en ese momento, pero ahora mismo me acabo de saltar la lista de espera con Huaco retrato, de Gabriela Wiener

En una entrevista te preguntaban a qué tenías miedo y tú contestabas sin dudarlo: «A morir». ¿Cuál es tu mayor miedo en vida? 

Pues sigue siendo el mismo. A ver, ahora tengo una hija, así que hay un miedo más grande, que es el sufrimiento de mi hija. 

¿Y tu mayor esperanza?

Conseguir tiempo para leer y escribir, así te lo digo. Es una esperanza totalmente ensimismada y onanista, un poco egoísta, ¿no?

A ver, no me vas a decir «la paz en el mundo».

Bueno, tengo otra esperanza importante, que ocupa mucha parte de mi vida ahora mismo, que es que mi hija se desarrolle en toda su plenitud fuera de las garras del machismo. Yo estoy haciendo todo lo posible, pero queda mucho. Eso sería… Mira, por eso no me importaría quedarme sin tiempo para escribir ni para leer (risas).

¿Todo es más complicado de lo que parecía o siempre has dado por hecho que era complicado? Me refiero a vivir, sin más, la organización de lo que es vivir, un día y después el otro.

Yo tengo síndrome de Peter Pan, pero no porque la vida sea muy complicada, sino porque me gustaría que no se me acabara nunca la energía, que es diferente. La energía, las ganas, la alegría… A ver, me he tirado toda la vida leyendo dramas, y no he vivido en ninguna burbuja de cristal, ya sabía que la vida no era fácil, y eso que he tenido mucha suerte y he sido muy privilegiada. Hasta en los momentos más duros creo que he podido sentirme afortunada por cosas. Lo que me parece la vida es muy cansada, muy cansada… Tengo el sueño utópico de, en algún momento, poder tomármelo con más calma, leer con tranquilidad, que la vida se parezca un poco más a las vacaciones. Eso me encantaría.

Lara Moreno

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4 Comentarios

  1. Saludos para la persona que lea ésto. Luego hay quien se pregunta porque gente como Ibai o El Rubius tienen millones de seguidores. Una entrevista larga en la que el entrevistador y la entrevistada no aportan una sola frase meramente interesante. Me da igual que la persona a entrevistar sea feminista o no, solamente que aporte ALGO digno de reseñar. Son las entrevistas de la NADA. Como soy machista me voy a ver a Ibai ahora. Que tenga buen día, saludos.

    • Absolutamente de acuerdo contigo. Y lo que dices en buena parte tiene que ver, creo yo, conque la propia entrevistada es una autora literariamente inane, por lo que esa falta de interés de su literatura revela a esa personalidad del montón que, en ambos planos, en el de la obra y en el de la persona, no tiene nada importante que decir. Saludos.

    • Totalmente de acuerdo. Gente perfecta, además, para escribir opinión en El País y seguir perpetuando la línea socioliberal que no moleste lo más absoluto ni haga reflexiones de enjundia

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