Ocio y Vicio Destinos

Una ciudad en dos palabras

Una ciudad en dos palabras
Foto: Diego Margarit (CC)

En 1536, cuando empezaron a fundarla, la Ciudad era un páramo. Hay lugares que son antes de ser; la Ciudad, antes que ella, no era nada. Antes de ser, Madrid era la sierra con mejor aire de Castilla; antes de ser, Roma era la belleza hecha colinas; antes de ser, Manhattan era un puerto perfecto; México, sin ir más lejos, siempre fue. La Ciudad, antes de ser, fue un pajonal infame; quizá por eso tardó siglos en empezar a ser otras cosas, otra cosa.

La Ciudad es muy nueva. Los habitantes de la Ciudad se pasaron muchos años postulando —tácitamente postulando, quizás incluso sin saberlo— que la novedad era su mayor bien. Y un día —un día que nadie sabe, que nadie registró— empezaron a hablar de sus tradiciones, a jactarse de sus tradiciones: 

desde entonces.

La Ciudad ocupa trescientos kilómetros cuadrados de llanura despiadada. No tiene elevaciones —y sus habitantes siempre creyeron que no las necesitaban para nada—. Muy de vez en cuando aparece alguien para postular —postular es la palabra— que el destino de la Ciudad habría sido otro con pequeñas colinas: que no les habría dado esta impresión de facilidad, de todo a favor; que habrían supuesto obstáculos que vencer y buscado el coraje de enfrentarlos, la fuerza de voluntad, la decisión, etcétera. En esos casos siempre hay alguien para decirle que entonces no tiene más que irse a vivir a las cavernas montañosas: que el País, allá detrás, a la distancia, rebosa de accidentes. Los habitantes de la Ciudad siempre fueron muy localistas —de una manera extraña—. Los habitantes de la Ciudad siempre están muy orgullosos de la Ciudad 

y después pasa algo.

La Ciudad puede parecer, para ciertas miradas, para algunos, ese lugar donde millones de personas se las arreglan, bien que mal, para coordinarse y acomodarse: para vivir al mismo tiempo y en el mismo lugar. La Ciudad, mirada así, sería un prodigio. 

La Ciudad se organiza en una serie de círculos concéntricos que se despliegan a partir de un núcleo que podría ser, digamos, el palacete de la Curia en su avenida tan afrancesada. No por ninguna consideración sobre el poder que el clero ejerce sobre ella —ese sería otro tema, ahora que se ha vuelto la cuna del monarca católico—, sino por mera ubicación, por pura geografía. A los habitantes de la Ciudad les gusta pensar que su centro está en la plaza que se extiende frente al Palacio —que, por antigua coquetería republicana, llaman «Casa»— de Gobierno, pero los círculos concéntricos —y, por ende, su centro— no tienen que ver con el poder político sino con la potencia social: con la riqueza. Y, si situamos ese centro en el palacete de la Curia —un edificio pretencioso, frío, pomposo como las mitras que refugia—, podemos ver cómo a cada círculo sucesivo corresponde un descenso en la escala social, una escalada en la penuria, un oscurecimiento incluso en el color de pieles de sus habitantes. La Ciudad es un remedo malo del infierno.

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Un comentario

  1. La ciudad de Buenos Aires tiene una superficie de 203 km², es bastante más pequeña que lo que se cita en este artículo (300 km²).

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