Manual básico antiturista

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Turistas. Fotografía: Luca Sartoni (CC).

Comer bien, dormir bien, ir donde se desea, permanecer donde interese, no quejarse nunca y, sobre todo, huir como de la peste de los principales monumentos de la ciudad.

(Atribuido a Jules Renard, aunque probablemente apócrifo)

Una vez tuve un profesor que decía que se conoce mejor Inglaterra leyendo a Dickens en tu casa que yendo allí un puente en vuelo barato a cogerse una cogorza. Aparte de una frase bastante esnob, la ocurrencia encierra una idea interesante sobre las limitaciones del turismo como experiencia cultural. También, añado, en ocasiones, como producto de placer. 

Lo primero que consiguió el turismo masivo es que aprendiéramos la diferencia entre viajar y ponerse una pulsera de todo incluido. Con cierta frecuencia el turismo es a viajar lo que la cebolla caramelizada es a la gastronomía. Lo segundo fue sacar a España del Tercer Mundo para meterlo en el segundo, tanto en los tempranos años sesenta como en la era del ladrillo. Se calcula que el turismo supone aproximadamente el 9 % del PIB mundial, mientras en nuestro país el porcentaje se acerca al 15 % según las estimaciones más generosas. Pocas bromas.

La globalización y la aviación de bajo coste han supuesto el penúltimo giro de manivela para un fenómeno en general deseable, porque permite conocer Europa de Lisboa a Berlín a un mileurista con cierto sentido de la osadía y las ofertas. No importa que sus rodillas choquen contra el asiento de delante porque al fin y al cabo está comprando un menú rebajado, un producto de saldo. Pero eso no debería justificar la insatisfacción para el viajero que busca comerse un chuletón y no un filete programado en Matrix.

Safari de dinosaurios

Afortunadamente, existe cierta libertad para elegir. Usted puede adherirse a un circuito convencional (¡disfrute de los treinta y cinco mil cuadros del Museo del Louvre, usted, que solo ve cuadros en las camisas!) o puede emanciparse y customizar su viaje. El tópico de «perderse y dejarse llevar» suena cursi pero apunta en la dirección correcta. Se aconseja hospedarse en la ciudad y no en las afueras, cortarse el pelo en algún local de la zona, ir al fútbol o a cualquier deporte, alquilar una bicicleta o incluso ir a misa. En general, como dicen los anglosajones, stay local.

Disfrutar, por el contrario, de un tour convencional, un recorrido canónico por los principales monumentos de la ciudad mediante un auricular o un guía generalmente con prisa por acabar con los cinco grupos de la mañana para irse a comer, puede salir razonablemente bien. Podrá volver usted al hotel con la agradable sensación de haber visto en persona el famoso Coliseo, el Foro y la Fontana di Trevi. Pero, ¿qué ha aprendido? ¿Qué ha experimentado? ¿Qué tipo de placer ha sentido? ¿Le han dejado tocar al Triceratops o ha visto Parque Jurásico desde detrás del cristal?

Por lo general, el turismo masivo se compone de circuitos cerrados precalentados en el microondas. Un serpenteante pasillo de Ikea, con flechas, datos e indicaciones, que es un gran profiláctico contra la exploración y la curiosidad. No digo que sea algo malo por sí mismo. Digo que puede resultar insatisfactorio para cierto tipo de viajero.

Visitar los grandes monumentos de una ciudad es una labor inevitable, y quien escribe no dejará de hacerlo, en general, cuando visite según qué lugares. Pero el encanto de ver estos referentes (algunos maravillosos) es limitado. A veces, bastante limitado. Lo es, entre otras cosas, porque las expectativas siempre están distorsionadas. Prueben a visitar la Torre de Pisa. Nadie piensa que sea nada del otro jueves pero, una vez allí, todo resulta demasiado escaso y demasiado caro.

Lugares como la Torre Eiffel o la Sagrada Familia, por poner dos ejemplos cualquiera, se enfrentan, también, al notable poder esterilizante de las imágenes. Es una teoría antigua de los estudiosos del cine. De algún modo, un objeto, cuando ha sido capturado en pantalla, reproducido mil veces, inserto en tantas narrativas, incluido en carteles, revistas, películas, pierde gran parte de su capacidad de conmoción. No se rían pensando en aquellos indios que huían de las fotografías porque les robaban el alma. Es, sencillamente, el lógico vaciado espectacular de algo demasiado manoseado por nuestro imaginario colectivo. Tan deseado y tan exhausto. La inflación de la imagen y los grandes iconos

La fotografía representa otro notable inconveniente para el modesto antiturista. En la era de la fotografía compulsiva, la imagen no podía salir indemne. Los dispositivos se han democratizado radicalmente. La instantánea se multiplica sin aprecio y como prueba de fe de que se ha estado en los sitios y las redes sociales son el mantel donde se sirven estos festines de inocente narcisismo. Viajar, en definitiva, se convierte en un safari de capturas reconocibles, una lista de objetivos tachados aprobados por estricto gregarismo. El candado de amor en el puente. Los pies en el kilómetro cero de la Puerta del Sol.

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Fotografía: Luca Sartoni (CC).

El dilema

Por obra y gracia de la globalización, que nos ha traído un descenso sin parangón de la pobreza mundial y el regalo envenenado de los precios bajos, las ciudades amenazan con desaparecer porque empiezan a parecerse demasiado entre ellas. El mundo se ha hecho pequeño. El pastiche adquirió a la denominación de origen. El capitalismo ha reproducido en serie sus estructuras comerciales y estas se han fundido sin demasiada dificultad con la piel de las ciudades. El turismo, si cabe, ha sido uno de los sectores que mejor representa el fenómeno en auge de las industrias del placer en todo su eficiente esplendor.

La mala noticia es que las zonas de mayor presión turística se han convertido en un lugar inhóspito para el residente e insípido para el visitante. El Barrio de Santa Cruz de Sevilla o la Barcelona de Gaudí (Ensanche y alrededores) son buenos ejemplos. La masificación no es el único problema. El culto al souvenir (ya ven, tan poca cosa) evoca la imagen bíblica de los mercaderes en el templo, un templo que, puritanismo aparte, nada tiene que ver con estos mercaderes, pues ya me dirán cómo encaja la mayor catedral gótica cristiana del mundo (seguimos hablando de Sevilla) rodeada de tiendas de camisetas en spanglish divertidísimas. La dependencia económica, volviendo al principio, es la perfecta coartada para que este mercadillo incesante se haga fuerte en las ciudades.

El debate, no obstante, es muy complejo, y mal haríamos en simplificarlo. ¿Cómo hacer compatible el crecimiento económico con la responsabilidad patrimonial y la convivencia deseable? En países especialmente dependientes del turismo, como Francia, España e Italia, la disyuntiva es dramática. Y ni se plantea.

Pelucas y hamburguesas

El fenómeno del turismo contemporáneo tiene ejemplos extraordinarios. Si han estado ustedes en Venecia, habrán experimentado cierta sensación de exotismo. Un exotismo trasnochado, casi kitsch, contenido en esa extraña isla de islas que por alguna razón sigue a flote. Provoca similar asombro geográfico al que provoca Cádiz vista en un mapa, pero va mucho más allá. En el caso de la ciudad italiana, tan extravagante, las riadas de turistas son parte básica del paisaje y la hacen parecer, en todas las épocas del año, un verdadero parque de atracciones. L’acqua alta del extranjero.

La ciudad de Antonio Vivaldi se revela ante el visitante como una rara reliquia medieval de evidente artificio. Se harán una idea de esto cuando descubran, muy cerca de la Plaza de San Marcos y su impresionante catedral bizantina, un Hard Rock Café apretado entre canales de agua turbia y gondoleros sobre los escalones esperando clientes.

La visión, tan exclusiva y excéntrica, remite de algún modo a los primeros tiempos del turismo. La palabra viene de tour (como en ciclismo, un viaje o recorrido con muchos destinos) y hace referencia a los garbeos iniciáticos que los jóvenes con peluca de la realeza se costeaban durante años para formarse, conocer el mundo y acumular la experiencia y el conocimiento que supuestamete necesitaban para luego ejercer el gobierno. Siglos después, personajes como el joven Winston Churchill, aristócratas con un pie en el ejército y otro en el periodismo, actualizaron el concepto y conocerían medio planeta (India, Sudáfrica, Nueva York) a lomos de una visión del mundo aún colonialista y triunfal.

Viajar, en efecto, es un producto intrínsecamente moderno sofisticado con cada época de progreso mercantil. No floreció del todo hasta que la segunda revolución industrial llevó a otro nivel las infraestructuras y las comunicaciones y las socialdemocracias instauraron las vacaciones pagadas; y ahora, en tiempos globalizados, consiente contradicciones tan notables como que pueda llegar a ser más barato viajar de Madrid a Dublín que coger un tren de Córdoba a Ciudad Real. Se impone, en fin, como un fenómeno seductor, una oportunidad histórica y una actividad deseable por definición. Por eso es saludable tratar de desmitificarlo un poco.

El atractivo del turismo, en suma, reside básicamente en tres cosas: descanso, placer y conocimiento. El último objetivo es el más difícil de todos. Quebrar la indiferencia con que las ciudades reciben al visitante no pasa seguramente por peregrinar por sus templos más venerados sino por buscar ángulos desprevenidos en lugares corrientes.

Vale más, quiero decir, aquel restaurante castizo descubierto por casualidad, o ese barrio de acento imposible, que la segunda, tercera, cuarta, quinta foto de grupo detrás de la iglesia o estatua de turno. Sí, ya sé que ambas cosas son perfectamente compatibles, pero a lo segundo le sobra publicidad y a lo primero, alicientes. Y viajar sin incertidumbre es como jugar al póquer sin dinero. Es una cuestión de constantes vitales, de anécdotas cuando vuelves a casa. Y de poder, en definitiva, mandar a paseo a Dickens y poder ver las cosas por ti mismo.

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7 Comentarios

  1. Buenos días!

    No podría resumirse mejor las sensaciones que se me vienen encima con el actual turismo de masas, colas interminables, souvenirs de multicopista, listados de ítems visitados y tachados, o dispositivos fotograficos que nos limitan notablemente tanto el disfrute visual del momento, como la imagen en la retina y el placer de la “fotografía de la memoria”.

    Y da igual que sea el barrio de Santa Cruz en Sevilla, la torre Eiffel en París o la ruta del Cares en Asturias. Es un turismo masificado y fotocopiado, sometido a horarios, reservas y listas de espera, que impiden disfrutar del antiguo placer del viaje por el simple placer de viajar (permítanme la redundancia).

    No obstante, como bien viene a decir el Sr. Zúmer, no cejaremos en el empeño, aun a riesgo de reincidir en errores y lugares comunes, y nos daremos por satisfechos si, después de ver el monumento de turno (con el consabido reportaje fotográfico), conseguimos perdernos por alguna carretera comarcal poco transitada que nos permitar purgar esos pecadillos ante un buen platillo tradicional del único bar-restaurante de ese pueblo perdido en el encuentra su fin aquella carretera.

    Excelente artículo. Un cordial saludo!

  2. Pues creo que sigue valiendo más Dickens. Al fin y al cabo lo que describes es lo que hace la mayoría de los turistas por debajo de los 45. Diría que es una pretensión más snob que el acertado comentario del profesor. Un lugar sólo se conoce bien porque se ha llegado a él por motivos de estudio, de trabajo o de visita familiar. Lo demás digamos que sería como considerarse cool porque uno elige comprar en FNAC en lugar de en El Corte Inglés.

  3. Yo aún diría más: si se entiende el idioma, parar en un bar cualquiera y leer el periódico. Si no se entiende, parar en un bar cualquiera, de barrio, y tomar algo tranquilamente.

    Yo suelo coger como base una cafetería cerca de donde duermo (si no voy con desayuno incluido) y moverme a partir de ella.

  4. El famoso Castillo de Neushwanstein es un ejemplo aún mejor que la Torre Eiffel o la Sagrada Familia del poder esterilizante de las imágenes, al llegar la vista no es la foto de los calendarios, que está sacada con un helicóptero y al acercarse se ve que no está hecho de piedra, sino de hormigón, muy decepcionante.

  5. Excelente artículo (a mi gusto, al menos).
    De todas formas, hoy en día es difícil escapar de ciertos niveles de masificación, si no se cuenta con bastantes digitos en el banco que oermitan costear otro nivel de exclusividad.

    La globalización ha hecho posible para la mayoría, lo que antes era prerrogativa de la minoría.
    Ver y tocar la historia que aprendimos en los libros es una experiencia inolvidable.

    Creo que está un poco en cada uno, el posicionarse como un catador gourmet, o un consumidor de comida chatarra.

    Lo malo es cuando uno pretende experimentar la primera categoría, y se encuentra con piaras cómodamente ubicadas en la segunda.

    En fin, rescato el invaluable consejo de perderse en cualquier callejuela, fuera de horarios, a disfrutar de un plato local, lejos de las hordas masificadas y sus cámaras instantáneas.

  6. la mejor forma de conocer un lugar es por sus gentes…..y lo primero que hago siempre cuando llego a una ciudad ya sea nueva o conocida es tomar un café en una terraza o pegado a un cristal que dé a la calle….y solo observo….luego doy una vuelta por sus calles, me fijo en las ventanas, en los balcones, en las tiendas…..ningún monumento te podrá dar tanta información como las gentes que habitan en una ciudad…entonces ya podrás notar ciertas vibraciones….y eso es maravilloso….

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