Ucrania: periodistas culturales en guerra

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Svyatoslav Vakarchuk, músico ucraniano, en un concierto en la calle. Foto Cordon Press.
Svyatoslav Vakarchuk, músico ucraniano, en un concierto en la calle. Foto: Cordon Press.

Antes de la invasión rusa, un tema central ocupaba las secciones de cultura de los principales periódicos ucranianos: Eurovisión. Sostenían una discusión casi idéntica a la nuestra. El público había votado masivamente, vía SMS, a la Kalush Orchestra. Un grupo cuya canción fusiona folk y rap, y que actúan vestidos con un diseño actualizado de las camisas tradicionales ucranianas. Sus Tanxugueiras. El jurado se pasó la opinión popular por el mismo sitio que el nuestro, eligiendo como ganadora a Alina Pash, y su tema pop reivindicativo —júzgame por mi inteligencia, no solo por mi belleza—, con rimado central rapeado en inglés, y un estilismo espectacular. Nuestra Chanel.

La agitación en las redes no se hizo esperar. Especialmente cuando encontraron una foto de la cantante con un chándal de franjas, blanco, roja y azul, los colores de la bandera rusa. Para empeorarlo, pocos días después se lanzó la sospecha de que había acudido a una boda en Crimea sin pasar por los puestos de control ucranianos. Las leyes del país prohíben entrar desde el lado ruso. Traidora, espía, amiga de los rusos… al poco tiempo, Pash renunciaba a representar a su país en Eurovisión, asegurando que no soportaba más el acoso mediático. Lo hacía asegurando sentirse ucraniana, recordando que canta en ese idioma y que no sabía qué más hacer para demostrarlo. Y entonces llegó la invasión.

Las noticias culturales dejaron de publicarse. De qué hablar cuando se han cerrado los cines y los teatros, todos los espectáculos, no se presentan ni publican libros, ni se estrenan películas. Cuando tu hogar y tu integridad están amenazadas es fácil pensar que lo que menos importa es la cultura. Cuando, como dijo el presidente Zelensky en una de sus intervenciones, «todos los días son lunes».

Los periodistas culturales ucranianos han sido los más activos en la tarea de difundir información que ayude a los ciudadanos en la actual situación. Consejos psicológicos, manuales de preparación para las situaciones traumáticas, gestión de casas arruinadas, reclamaciones a los seguros. La gratuidad de los trenes que llevan a los refugiados hacia Europa, la difícil decisión de irse o quedarse, los niños que se van como el futuro de la Ucrania que se reconstruirá. Periodistas con la vocación irrenunciable de demostrar que también en tiempos de guerra la cultura no solo tiene un espacio, puede ser una más de las armas a emplear.

En la primera semana abundaron los artículos sobre listas de música para una guerra. Así las llamaron. En el mundo de los adultos movilizados, triunfaba el «Bella Ciao». La canción que volvió a poner de moda La casa de papel ha sido modificada para que su letra hable de supervivencia, de victoria, de regreso a casa, de mearse y cagarse en los rusos invasores, también. Las versiones más populares, las de la cantante de folk Christina Soloviy, la de los músicos del batallón de defensa de Kiev, y la de Max Barskih, otro de los músicos populares ucranianos. Estuvo de gira el pasado verano por Rusia, con gran éxito, y apareció en internet los primeros días tirando a la basura todos los premios que recibió en aquel país.

Los más mayores, nostálgicos de los ochenta, están con Sting. El cantante ha rescatado el tema «Russians», de su álbum The Dream of the Blue Turtles, recordando que no lo suele interpretar a menudo porque había dejado de estar de actualidad. La letra, «espero que los rusos amen a sus niños también, porque no hay una guerra que se pueda ganar en ninguno de los lados del muro», es de 1985, cuando la Guerra Fría.

Aunque sin duda lo que más gusta a los ucranianos hoy es el rap, que por algo estaba incluido en los dos temas finalistas para Eurovisión. Muchas rimas han ido para el Fantasma de Kiev, un supuesto piloto, en realidad un mito urbano creado por el servicio de propaganda ucraniano. Aviador invencible capaz de derribar aviones rusos por decenas, algo que según los expertos militares ya no es posible, como en la primera o segunda guerras mundiales. Cualquier cosa que sirva para mantener alto el ánimo, pues en aquellos primeros momentos todos sospechaban que el ejército ruso tardaría apenas unos días en derrotarlos.

Y la palyanytsia. Un bizcocho tradicional ucraniano, y una palabra cuya -ts es imposible de pronunciar para un rusohablante no ucraniano sin delatarse. Uno de los artículos más singulares fue el titulado «Ukrzaliznytsia lleva hasta palyanytsia». Significa algo así como «el tren que lleva hasta el bizcocho». Como en las frases «un plato de albóndigas con patatas, cocinado con manteca de cerdo» o «qué hacía el gato cuando nevaba», el sentido es lo de menos. Lo relevante es que sirven para identificar a los saboteadores rusos. Un conjunto de personas enviadas por Rusia para apoyar a su ejército en las semanas previas a la invasión, e infiltradas entre la población para impedir la defensa, y anular los sistemas eléctricos y de comunicaciones.

El 8 de marzo fue aprovechado con cierto humor para celebrar y reivindicar el Día de la Mujer. Las mujeres movilizadas posaban con su uniforme y el mensaje de «¡Dios no permite que logres enfadar a una ucraniana!». Los músicos del país enviaron por internet su deseo, casi promesa, de que el próximo año sí será un verdadero día de fiesta. En Odessa, una periodista recogió testimonios y fotografías de las mujeres de la retaguardia, comprándose esas flores que en otros 8M les regalaban sus compañeros, ahora en el frente, y sentándose a tomar un café o un chocolate para imaginar que por un momento la vida seguía siendo normal.

La misma autora recorre su ciudad fotografiando lo que ella llama nueva manifestación del arte urbano. Carteles por todas partes burlándose del invasor, colgados en verjas y fachadas. Banderas de Ucrania pintadas con espray en el hormigón. Señales indicadoras para el tráfico sin sus letras, borradas o tapadas con plásticos, para que los rusos no sepan por dónde ir. Alguien se ha dedicado a poner un mensaje, también en los erizos checos, esa barricada antitanque hecha con vigas de hierro soldadas entre sí. «Volved atrás, orcos». Una forma cada vez más habitual de llamar a los rusos.

El 9 de marzo es una excepción en la sequía informativa sobre temas tradicionales de la sección Cultura. Algunos se acuerdan del aniversario del escritor Taras Shevechenko. Fundador de la literatura moderna ucraniana, poeta, melómano, dandi, aficionado a aderezar su té con ron. La redactora ha incluido esta entre sus piezas dedicadas a cómo encontrar medicamentos o cómo lidiar con el pánico que provoca la guerra, o evacuar las mascotas.

Y las necrológicas. El cantante, actor y presentador de televisión Pasha Lee muere mientras trataba de ayudar a unos niños a huir de un refugio. Artem Pryimenko, quince años, campeón nacional ucraniano de sambo, una modalidad de lucha de origen soviético, queda sepultado junto con toda su familia bajo los escombros de su casa. Victor Dudar, periodista del Expres, muere en combate. Su periódico le recuerda, Tolkien y El hobbit le iniciaron en la lectura. Estudió Derecho y ejerció la abogacía, pero descubrió que a veces hay más justicia en informar que en aplicar la ley.

Menudean las historias cotidianas de una vida en guerra. Niños que nacen en los refugios, y solo se cuenta la felicidad del marido que llama desde el frente para saber que ha tenido una hija, o la fortaleza de la madre a quien el nacimiento consuela de todo lo demás. De estar dando a luz en un sótano. Tienen, nos cuenta la redactora, hasta una habitación calefactada con pañales. Porque lo habitual es pasar las noches a ocho grados en esos refugios sin climatizar, mientras fuera la temperatura desciende a ocho o diez bajo cero.

No son tanto las fake news, que las hay, como la sensación clara de que todo intentan contarlo desde el lado amable y optimista. Un principio contrario a la objetividad periodística, a la neutralidad exigida a nuestro oficio.

Tras quince días de seguir las publicaciones ucranianas consigo contactar con dos de las periodistas culturales cuyas piezas he estado leyendo. Ambas mujeres. Me piden que por favor omita su nombre, periódico y ubicación. No son las que más han tomado partido por informar a favor de Ucrania, pero temen represalias por su profesión si finalmente los rusos se hacen con el control de sus ciudades.  

Una de ellas vive en una de las localidades que está siendo bombardeada. Me explica que las historias le sobran, todos los días pasan cosas en la calle que merece la pena contar, historias humanas y atrocidades. Ni sus editores ni su conciencia le permiten ser demasiado objetiva, porque contribuiría al sufrimiento y al pesimismo. «Para qué añadir más preocupaciones a las que ya tenemos». Su problema, ahora, es tener tiempo para componer las piezas. Las sirenas suenan hasta cinco y seis veces en el día, la luz sufre cortes intermitentes, también a veces la señal de internet. Ha elegido teletrabajar para estar más cerca de su familia y de su casa, en lugar de acudir a la redacción como antes. Pero en estas condiciones, dice, acaba habiendo más apuntes en su libreta que crónicas redactadas.

La otra periodista vive con algo menos de presión, al menos en el momento en que hablamos. Sí que hay compañeros varones en las redacciones. Aunque me haya llamado la atención el gran número de periodistas mujeres, eso es porque en Ucrania predominan ellas en la sección de cultura, sociedad y deportes. También porque están cubriendo el hueco de los compañeros varones, movilizados o alistados como voluntarios. Dependiendo de la situación personal, algunas han comenzado a encargarse de las piezas informativas que van sin firmar. Me explica en qué consiste la última que ella ha hecho. Son consejos para la parte de la población que ya está bajo manos rusas. Hay detalles que explicar, como ese de borrar ciertas fotos del teléfono por si los revisan, dejar solo imágenes familiares y amables, nunca de los militares. Cambiar los nombres de la agenda telefónica, eliminando nombres y apellidos para sustituirlos por términos genéricos como hermano o fontanero. No acercarse a los hombres armados, entender que se sienten frustrados por estar aquí, que por eso mismo pueden dispararte sin motivo. Tener paciencia si su teléfono no encuentra cobertura ni señal de internet.

Me pregunto si ha caído en la cuenta de que posiblemente las personas a que va dirigido ese artículo no tendrán ocasión de leerlo. Quizás sí, quizás no. No importa. Con guerra o sin ella, los periodistas de la sección cultura poco más sabemos hacer que seguir escribiendo. Las palabras siempre sirven. Las palabras es lo único que tenemos cuando todo lo demás es anómalo. «Cuando en lugar de hablar sobre si Alina Pash debe ir o no a Eurovisión, tenemos que explicar todo esto».

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3 Comentarios

  1. Me he quedado con ganas de saber más, y me ha pasado algo extraño en los artículos de jotdown, se me ha quedado corto.

    Muestra la parte humana de la guerra, y la realidad de los que se han quedado.

    Me ha gustado muchísimo.

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