Haberte quedado en tierra, Kevin

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Kevin Costner
Kevin Costner en Waterworld, 1995. Fotografía: Universal Pictures.

El 28 de julio de 1995 fue un gran día para el cine: por primera vez —que yo sepa— en la historia de Hollywood, una gran producción comenzaba con el actor principal meando en un recipiente para, justo a continuación, destilar el precioso líquido y volver a bebérselo. 

Dos semanas antes, el 14 de julio de 1995, había sido un gran día para el periodismo gráfico. Se había publicado una portada que difícilmente será superada por otra estrella de Hollywood. La revista Entertainment Weekly entrevistó a Kevin Costner sobre el inminente estreno del que ya se había convertido en el largometraje más caro de la historia del cine, Waterworld. Ya saben, la película que tuvo un rodaje descontrolado y un presupuesto todavía más descontrolado, y que vino acompañada por un aluvión de hilarantes rumores, incluyendo aquel célebre disparate sobre el empeño de Costner en gastar cientos de miles de dólares con el fin de añadirse cabello digital para disimular su alopecia. 

La susodicha portada mostraba a un desafiante Kevin Costner escupiendo agua en dirección al lector. Con esa fotografía, sin duda, Entertainment Weekly supo captar la etapa disfuncional en que había caído la relación entre Costner, atrincherado en la arrogancia de saberse una de las mayores estrellas de Hollywood, y su público, que, para pasmo del actor, ahora se refocilaba en las desgracias de su antiguo ídolo. Y esto era chocante. Recordemos que Kevin Costner venía de una espectacular racha de victorias como actor taquillero: Los intocables, No hay salida, JFK, El guardaespaldas, etc. Y cómo olvidar su apoteósico triunfo debutando como director, Bailando con lobos, que reventó las taquillas y ganó siete premios Óscar, incluyendo el de mejor dirección para Costner y el de mejor película (fue el primer western que lo conseguía ¡desde la cuarta edición de los Óscar, en 1931!). El bueno de Costner había conseguido ser más que una estrella: se había convertido en un icono. Y lo más impresionante, lo había hecho bajo sus propias condiciones. Además del atrevimiento de estrenarse tras la cámara con una del oeste, género que entonces se consideraba extinto y ponzoñoso, se había permitido el lujo, por ejemplo, de protagonizar dos películas sobre béisbol en dos años consecutivos. Y no, la una no fue secuela de la otra. Dos películas de béisbol no relacionadas entre sí. Con un par.

Y es que le salía todo bien. Había algo especial en Kevin Costner, una mágica combinación de factores que durante años lo hizo bienvenido en todas las casas. Era el perfecto americano, el buen chico de origen humilde, el guaperas de carácter templado, el cineasta que encandilaba a los críticos, el sosaina conservador que tranquilizaba a las madres recordándoles la cara amable del Reaganato. El público amaba a Costner. Los más viejos recordarán los chascarrillos que circulaban en nuestro país sobre las horteras que llamaban a sus hijos varones Kevin Costner de Jesús. Supongo que no existieron —quizá nacieron algunos «Kevin», a secas—, pero la mera existencia de esa rumorología describe bien el estatus cuasi religioso del que llegó a gozar nuestro héroe. 

Lo que los héroes tienen es que caen desde muy alto. Y así como Ícaro cayó por acercarse al sol, Costner cayó por acercarse al mar. El actor y director de una única pero prestigiosísima película estaba muy acostumbrado al halago incontestable cuando, de manera imprevista, Waterworld se convirtió en un chiste recurrente bastante antes de llegar a las salas de cine. Y lo peor, la gente continuó burlándose tras el estreno.

Un mes después del mítico escupitajo de Entertainment Weekly, con su epopeya oceánica ya en los cines, el actor apareció en otra portada. Esta vez miraba a cámara con expresión pensativa (y sin escupir), acompañado de un maravilloso titular: «¿Parezco preocupado?». Sí, Kevin, pareces preocupado. Unas semanas más tarde, la revista alemana Cinema mostraba un fotomontaje del rostro de Costner hundiéndose en el océano. Tres portadas que, en menos de tres meses, ilustraron a la perfección la inesperada demolición de la figura pública de Costner.

Lo más curioso es que Waterworld no era tan mala como se dijo en su día, cuando fue juzgada más por las historias que habían trascendido que por su contenido. ¿Es una película ridícula por momentos? Seguro, pero también es entretenida. Sí, empezaba con el protagonista bebiendo su propio orín, pero la escena tenía sentido y de hecho había estado desde el principio en todas las reescrituras del guion. Ningún guionista había querido eliminarla, porque esa escena, en menos de un minuto, explicaba el mundo inundado en que sucedía la acción: había agua salada por todas partes, pero escasez de agua potable y ninguna tierra firme a la vista. No eran los detalles de un planeta inundado bajo los océanos los que carecían de sentido. Lo más chocante era el carácter exageradamente antipático y machista del protagonista que interpretaba Costner. Pero, bueno, cada año se estrenan varios blockbusters mucho peores y menos interesantes que Waterworld. Tampoco fue un fracaso de taquilla catastrófico. No fue un gran triunfo, desde luego, pero no perdió dinero. Gracias al mercado internacional cubrió su insensato presupuesto y hasta produjo modestos beneficios. De hecho, ha seguido siendo rentable durante décadas por los derechos de reemisión y, sobre todo, por los parques temáticos de Universal Studios, donde la atracción basada en Waterworld es la más exitosa, por encima de las de Harry Potter o Parque Jurásico

Lo que le sucedió a Waterworld es que una película puede dejar de ser vista como película cuando trascienden las historias del rodaje, convirtiéndose en, como se dice hoy, un meme. Desde el inicio de la producción, semejante película tenía todas las papeletas para que el drama del rodaje superase al del guion. Waterworld fue una locura que inexplicablemente llegó a convertirse en superproducción. 

El autor del guion original, Peter Rader, fue el primer sorprendido al comprobar que su idea era adoptada por una de las mayores estrellas de Hollywood, si no la mayor por entonces. Rader había escrito el guion de Waterworld cuando la compañía de producción del rey de la serie B, Roger Corman, le encargó una «imitación de Mad Max» —así, de manera literal—, y como Rader no quería escribir la enésima copia de Mad Max ambientada en un desierto polvoriento, concibió una copia de Mad Max ambientada en un mundo donde los polos se han derretido y el océano lo cubre todo (Rader consultó con expertos cuánto subirían los mares en ese caso y no le pareció suficiente, así que decidió exagerar las cifras en varios miles de metros). Hay un viejo principio de supervivencia: no acerques cosas eléctricas al agua. En el cine se traduce en: no acerques las cámaras al mar. El océano es muy bonito visto de lejos, o desde arriba, o disfrutado ahí donde las olitas son inofensivos bordaditos de espuma, pero es una pesadilla para rodar. Por descontado, Roger Corman y su contable fueron lo bastante pragmáticos como para decirle a Rader que no pensaban financiar una película con temática marina, porque era el equivalente de arrojar sus dólares a la marea. Rodar en el océano era demasiado caro y demasiado arriesgado. Todo el mundo del cine lo sabía desde que Steven Spielberg había experimentado un famoso viacrucis durante el rodaje en mar abierto de Tiburón.

El guion rechazado por el muy sensato Corman pasó una década dando tumbos hasta que Kevin Costner, por algún motivo aún más extraño que el que lo había llevado a actuar en dos películas sobre béisbol, decidió que quería protagonizarlo. Para la dirección llamó a su tocayo Kevin Reynolds, con quien ya había trabajado (y peleado) en un par de películas. Reynolds, cómo no, hizo lo que se debía hacer en Hollywood antes de dirigir una película ambientada en el mar: telefoneó a Steven Spielberg para recibir consejos. Y recibió un consejo bien sencillo: «¡Ni se te ocurra rodar en el mar!». Spielberg le dijo que no fuese insensato, que utilizase un tanque de agua de un estudio para las escenas de acción, y que mandase a una segunda unidad a la costa para, como mucho, grabar algunos planos del auténtico horizonte marino. Reynolds no escuchó el sabio consejo. Él y Costner querían la autenticidad del mar, así que hicieron construir un impresionante escenario flotante junto a la costa de Hawái. 

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Kevin Costner en Waterworld, 1995. Fotografía: Universal Pictures.

El atolón artificial que puede verse en la película es, francamente, una cosa asombrosa de contemplar. El visionado de Waterworld merece la pena aunque solo sea por la sensación de pasmo que produce el que erigiesen semejante barbaridad de decorado flotante. Veintidós millones de dólares se gastaron en ese inmenso artefacto que no era solo lo que se veía, sino también lo mucho que no se veía y lo hacía funcionar. La construcción fue tan descomunal que los obligó a importar acero desde el continente, pues en todo el archipiélago hawaiano no había suficiente metal con el que construir el atolón. Solo hubo un problemilla: el huracán que desmanteló el decorado al inicio del rodaje, forzando su reconstrucción y un aumento del gasto digno de un concejal cocainómano. 

Ah, y el hecho de que entre los veintidós millones de presupuesto no incluyeron retretes para el personal, que tenía que ser evacuado en barco cada vez que sentía la perentoria llamada de la naturaleza. Al parecer, Costner —que no era el director de la película, pero sí el jefe in pectore— no tenía muy en cuenta esto de hacerle la vida más fácil a los suyos. No ayudó mucho a su imagen el que se supiera que él descansaba en un lujoso resort cuyo alquiler costaba varios miles de dólares diarios, mientras buena parte de su equipo vivía en alojamientos que rozaban la categoría de campo de refugiados. 

Spielberg, el hombre que más sabía acerca de filmar sobre las traicioneras olas, no había avisado en vano. Rodar en el mar, aunque fuese a poca profundidad y muy cerca de la costa, era una locura que nadie más debía cometer. Como era de esperar, los percances empezaron a sucederse. El doble de Costner casi murió con el estrés del rodaje: al bucear y salir demasiado deprisa a la superficie, sufrió una embolia que por poco no lo dejó en el sitio. A la pobre Tina Majorino, la niña de la película, que contaba diez años, la picaban continuamente las medusas (pese a esto, parece la única que conserva un recuerdo grato del rodaje, quizá porque no la sometían a las mismas barbaridades que al resto). El propio Kevin Costner se vio en serios apuros cuando, durante una secuencia en la que su personaje iba atado en lo alto del mástil de su embarcación, lo sorprendió una tormenta tropical que por poco no lo hace desaparecer en el océano. 

Estos sucesos se filtraron a la prensa mucho antes del estreno, así como las peleas entre Costner y Reynolds, el romance del casado Costner con una bailarina hawaiana y una multitud de deliciosamente estúpidas anécdotas apócrifas. Como también se supo que el rodaje había triplicado su duración prevista, con el consiguiente despiporre presupuestario, y que Costner, tirando de jerarquía, había echado a Reynolds en la etapa final para poder supervisar él mismo el montaje (amén de los cambios que, sobre la marcha, había introducido en el rodaje). Toda aquella información orbitó en torno a la etiqueta «película más costosa de la historia del cine» y generó una oleada de sarcástico escepticismo entre el público, receloso por lo que daba la impresión de ser un festival del ego de Costner. Waterworld no estaba aún terminada y ya se había convertido en la nueva Cleopatra, lo que transformaba a Kevin Costner en la nueva Elizabeth Taylor: una superestrella caprichosa y poco profesional. Lo cual tenía parte de injusticia, pues nunca nadie acusó a Costner de ser poco profesional. De caprichoso, sí.

El giro de ciento ochenta grados en la imagen pública de Kevin Costner lo pilló descolocado. No supo reaccionar, y eso se le notó mucho ya antes de que se estrenase la película. Piensen que hablamos de alguien que había gozado de una imagen impecable (aunque eso no sea decir mucho sabiendo que, en un tiempo ahora ya lejano, también Nicolas Cage gozó de una imagen impecable). En el sonrojante documental In Bed With Madonna se había podido visualizar el evidente disgusto mutuo entre un Costner que manejó ese disgusto con elegancia y la siempre insufrible señorita Ciccone. Creo que cualquier adulto con dos dedos de frente se había posicionado a favor de Costner. Pero con Waterworld, y a solo dos semanas del estreno, don Perfecto aparecía escupiendo agua en una revista, como diciendo: «¿No os gustan las películas con agua? ¡Pues tomad agua, hijos de puta!».

Se impuso el nuevo mito de un Costner megalómano y gilipollas que había dilapidado decenas de millones de dólares en un guion —y esto era verdad— más propio de la serie B que de una superproducción. ¿Qué demonios le pasaba por la cabeza? Mad Max había costado menos de un millón de dólares, y hasta su secuela, The Road Warrior, había costado menos de cinco millones. Pero Waterworld costó 175 millones, sin contar la nutrida partida para publicidad. La ocasión para la chanza era demasiado buena como para dejarla pasar. Además, Kevin puso de su parte con el que quizá era el talón de Aquiles de su —por lo general— impecable conducta pública: una total y absoluta ausencia de sentido del humor. 

Pasar de ser visto como un genio a ser visto como alguien que se cree un genio debe de ser una dura transición. Y no la llevó bien. Cuando Costner estrenó su segunda película como director, parecía querer resarcirse con otra historia de ciencia ficción posapocalíptica, The Postman, que en España tradujeron con el extrañamente borgiano título Mensajero del futuro. La película no le gustó a casi nadie y la semejanza del género sirvió para desdeñarla como una nueva Waterworld. Ante el incomprensible rechazo de su público, Costner reaccionó con una cabezonería, ahora sí, propia de Madonna. Era como si quisiera desafiar a los espectadores protagonizando una película sobre golf (?) y su tercera película sobre béisbol (!). Aún tuvo algún éxito, como la atroz Mensaje en una botella, que en su momento casi me mató de narcolepsia (y algún fracaso honroso, como Trece días, que hubiese merecido mejor suerte en la taquilla), pero el Costner conquistador de antes de Waterworld había desaparecido y ahora solo quedaba el Napoleón de después de Waterloo, exiliado en el atroz islote de Santa Elena.

Lo que más me asombra de todo esto es que Costner, a sus sesenta y seis años (los ha cumplido mientras escribo esto, lectores del borgiano futuro), no ha gozado del habitual proceso de redención y redescubrimiento de las viejas glorias que cayeron en el olvido, pero a las que, ya cargadas de arrugas, rescatamos para glosar eso que Hollywood tan bien solía cuidar: la veneración —fatua, sí; falsaria, también, pero emotiva y rimbombante— del pasado. Y todo por culpa de una película hecha en el agua, que no podía salir bien, y en la que bordó el papel de vinagres dentro y fuera de la ficción.

Hoy, Waterworld ni siquiera es un objeto de culto, porque le ha pasado lo peor que le puede pasar a este tipo de películas: no ha envejecido. Puede sonar paradójico, pero así es. Sus facetas ridículas, que las tiene, ya parecían ridículas en los noventa; por lo demás, lo que no es ridículo aguanta bien el paso del tiempo. Su humor pueril todavía es pueril, pero divertido (qué demonios, ¿a quién no le divierte ver a Dennis Hopper tomándose a chanza su papel en un largometraje de casi doscientos millones de dólares?). La acción sigue funcionando. La necia grandilocuencia del decorado flotante aún deja en pañales a muchas superproducciones que recurren al ordenador para no tener que dejar sin acero a todo un archipiélago. Waterworld no es la mejor película de nuestras vidas, eso está claro, pero no ha envejecido y eso impide que haya una legión de nuevos fanes nostálgicos de la nostalgia. Le faltan esa pátina verdosa, ese entrañable olor a naftalina y esa sexualidad posparroquial que sí tiene Cleopatra. Para su propio perjuicio, Waterworld es kitsch, pero no lo bastante kitsch

Waterworld supuso, más que otra cosa, el descubrimiento colectivo de que Kevin Costner poseía el reverso tenebroso que atrapa a algunas grandes estrellas que están el momento álgido de sus carreras: ser un capullo. Fue el final de un encantamiento, La montaña mágica con atolón de metal, en vez de un balneario alpino. Para colmo, ser un capullo ni siquiera es un pecado imperdonable del que se pueda regresar entre aplausos cual hijo pródigo. Ser un capullo es, de hecho, lo normal. Todos lo somos a veces, y cómo no iba a serlo Kevin Costner en 1995: tenía todo el derecho. No es ser un capullo: es la manera de serlo. Robert Downey Jr. es un capullo —más que Costner, no me cabe duda—, pero fue un notorio drogadicto, lo que facilitó una historia de redención, y, además, es gracioso en las películas de superhéroes, lo cual siempre agrada al público palomitero. Por el contrario, Costner nunca ha dejado de ser el mismo Costner de siempre. En las duras y en las maduras. Como si todavía hoy fuese indiferente a la vaporización de su carrera. Quizá sea el verdadero tipo duro de Hollywood, el actor al que realmente le ha llegado a importar tres pimientos lo que piense el público. Kevin Costner es un curtido marino; nadie casi muere atado a un mástil y sale de eso siendo el mismo. Se diría que Clint Eastwood cambia más de estado de ánimo en cinco minutos que Kevin Costner en cuarenta años.

Quiero pensar que en su vengativa mente todavía está escupiendo al público y son los espectadores quienes se beben su orina. Ese es el Kevin Costner que imagino. El de ese vídeo donde sale de una tienda con un kebab en la mano y escupe varios trozos de carne en una esquina, sonriendo después con la chulería de un curtido cowboy. Pero, como en el caso de la propia Waterworld, la realidad acaba estropeando el titular. Kevin Costner parece haber aprendido, como un viejo marinero al que ya no sorprende ninguna tormenta: «Me gusta lo que decía Gary Cooper sobre la profesión: cuando leía un guion, lo primero que buscaba eran las jornadas de descanso». Y, qué narices, a mí me gusta Waterworld. Es una lástima que rodar sobre la mar sea una pesadilla, porque ninguna dama queda tan bien en pantalla como la mar.

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17 Comentarios

  1. “arrojar sus dólares a la marea”… Yo pensaba que la expresión “tirar algo a la marea” solo se decía en mi pueblo.

  2. Muy divertido artículo. Pero Spielberg tenía razón con los consejos a Reynolds y también tenía razón cuando rechazó los mismos consejos a los productores de Tiburón (la película no sería la misma si hubiera sido rodada en un tanque de estudio, seamos sinceros).

  3. Por el reportaje da la sensación de que la carrera de Kevin Costner nunca se ha recuperado, y nada más lejos de la realidad. Su regreso a la dirección de westerns en “Open Range” fue más que notable, y algunos de sus secundarios de los últimos años han sido de lujo (la muerte de Jonathan Kent puede haber sido discutible, pero él defendió estupendamente su papel). Por último, aunque no la he visto, tengo entendido que está teniendo bastante éxito con Yellowstone.

    Por cierto, ¿ni una sola mención en sus años de mayor éxito de Robin Hood? ¡Eso es como hablar del éxito de Russel Crowe sin mencionar Gladiator!

  4. eh, respect con el viejo Kevin: un tipo capaz de rodar un western como “Open Range” – a la altura de cualquier clásico – no es un cualquiera!

    j

  5. Pues como siempre, señor De Gorgot, y especialmente en este caso, la mar de divertido el artículo. Al igual que siempre me lo pareció esta película, que aún no he visto, pero de la que llevo admirablemente al menos un par de décadas siendo fan, tal es su encanto, o eso supongo.
    Ahora quedo muy tentado de hacer mis deberes y verla de una vez por todas, pero me aterra que se rompa la magia del acto no consumado, claro.

  6. “Los más viejos recordarán los chascarrillos que circulaban en nuestro país sobre las horteras que llamaban a sus hijos varones Kevin Costner de Jesús. Supongo que no existieron —quizá nacieron algunos «Kevin», a secas—, pero la mera existencia de esa rumorología describe bien el estatus cuasi religioso del que llegó a gozar nuestro héroe”.

    En España hubo muchos Kevins, pero no por Kevin Costner, sino por Kevin Schwantz. Fue la época de oro del motociclismo televisado y del duelo más entretenido que haya habido en esa competición entre Gardner, Doohan, Rainey y el celebérrimo Kevin Schwantz.

  7. Me gustan Tin Cup y Entre el amor y el juego.
    Y Open Range es uno de los mejores westerns que se han hecho en este siglo.

  8. Y Un mundo perfecto de Eastwood . Gran película y muy bien él. La verdad es que tuvo una década gloriosa, de 1987 a 1997 películas comerciales, pero entretenidas de narices. Y Bailando con Lobos a nivel de Eastwood. Y discrepo en los Kevin por el piloto, este Kevin era 100 veces más famoso. Hablando de pilotos y cine, ninguna duda de donde sacaron el nombre para el niño los padres de Maverick Viñales

  9. Pues yo creo que estaba muy bien en tres o cuatro películas (Los búfalos de Durham, Un mundo perfecto, Los intocables), y Bailando con lobos y Open Range me siguen gustando un montón. Y Water world es una peli de acción entretenida. Crucificarle por pasarse del presupuesto o por una foto promocional es una chorrada importante.

  10. Es una peli entretenida, igual ese es el problema, es un Mad Max chafardero para película de sábado tarde con los críos, que no creo fuese su objetivo. Lo más cantoso eran los malos al servicio de Dennis, muy pasados de vueltas, muy caricaturescos, en definitiva, un entretenimiento bastante blando y ligero, sin la mala leche de Mad Max.

    Y no creo que fuesen sus intenciones, Kevin solo ha hecho concesiones a la comedia romantica cuando quería perras.

    Pero la producción ciertamente ha envejecido bien, y comparado con el cine de entretenimiento que se hace ahora pues esta muy bien.

  11. Pues personalmente no sé qué tendrán algunos con Mr. Costner. Gran parte del cine moderno no se entiende sin él. En fin, “Nobody is perfect”.

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