Política y Economía

La política Potemkin, una cuestión de fe

Vladimir Putin política potemkin
Vladimir Putin. Fotografía: Russian Presidential Press and Information Office (CC). Potemkin

Empezamos a pie de calle. Moscú, 27 de julio de 2019. Un verano lluvioso y cálido, que intenta revivir el ambiente festivo del mundial de fútbol del año anterior. Paseo por el centro, buscando los escenarios de la novela El maestro y Margarita. En la plaza Lubyanka, que aloja la sede del KGB (o sus derivados), se respira una calma chicha. En las calles adyacentes, decenas de furgones policiales me sacan de mi inocente plan literario. Yo no lo sé, pero en ese momento están batiendo récords de manifestantes detenidos. Desde las aceras, grupos de jóvenes increpan a esta comparsa de represión. Protestan por irregularidades en las elecciones municipales y piden libertad de expresión. Tengo tan claro que estoy de acuerdo con ellos como que necesito pasar desapercibido (una de las posturas políticas más extendidas en Rusia, por cierto). Así que sigo mi paseo hasta que un cordón policial me impide cruzar la calle Tverskaya. Pregunto a un agente si sabe qué ocurre. Nada, nada, todo está en orden, solo hemos acordonado las calles porque el presidente celebrará una reunión importante esta tarde, contesta. Mentira cochina, pienso yo, que sé que el presidente está en San Petersburgo.

Seguimos con algo de más actualidad. Febrero de 2022, también en Moscú. El presidente, Vladímir Putin, se reúne con el Consejo de Seguridad Nacional para debatir si reconocer la independencia de las repúblicas autoproclamadas de Donetsk y Lugansk. El director del Servicio de Inteligencia Exterior, Serguéi Naryshkin, insinúa que cabe dar una última oportunidad a los acuerdos de Minsk y Putin le pregunta si está seguro. Naryshkin tartamudea, reformula y se pasa de listo: de repente apoya incorporar ambas repúblicas a la Federación de Rusia. Putin, aunque parece Marlon Brando a punto de gritar «el horrooor» al final de Apocalypse Now, sonríe, le dice que no es eso lo que se discute y le da otra oportunidad para aprobar el examen: «Hable claro, Serguéi», lo acuna. A la tercera va la vencida y Naryshkin da el consejo acertado: sí a todo. En el pulso de los asistentes, los relojes delatan que el vídeo es en falso directo; es decir, se podría haber evitado la humillación a Naryshkin y disimulado semejante farsa.  

Y esta patraña nos hace retroceder un par de siglos hasta la Crimea de 1867. Allí damos con Grigori Potemkin, el estadista, militar y amante de Catalina II que los cinéfilos conocen por el acorazado, pero que los rusos recuerdan por otro concepto: sus pueblos. La expresión «pueblos de Potemkin» hace referencia a todo lo que luce como nuevo para disimular un estado ruinoso. Así eran los escenarios que el mariscal diseñó de cara a la visita de su querida emperatriz a la península del mar Negro; con un movimiento de varita mágica y cartón-piedra, revestía las miserias que había dejado la guerra para que Catalina no tuviera que padecerlas. Un trampantojo cuya última filigrana reside en que la propia Catalina sabía que no veía más que un decorado. 

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12 comentarios

  1. José Antonio

    Gracias por el artículo.

  2. Francisco Clavero Farré

    Se ve que conoce bien el país, la lengua, los sacerdotes. Podrá ir lento, pero Rusia es tan banal y frívola como Francia, España, Italia, Alemania, Reino Unido e incluso USA (Dostoievski me perdone). No hay misterio: un tiranuelo, jóvenes que huyen y que no quieren morir por la «patria», una guerra imbécil que un día habrá de acabar. Estamos en el mismo bote. Putin se tragó el anzuelo, Ucrania perdida. Aparte de la sangre que ahora corre no hay mucha diferencia entre la dirigencia rusa y la nuestra. A Putin sólo quedan las termonucleares o una retirada honrosa. También puede ir a China y arreglarlo con el señorito. No creo que le convenga.

  3. También en occidente nos tienen inmersos en la mentira.

  4. martillo de mediocres

    Gracias por recordarnos la suerte que tenemos de ser los buenos.

  5. Gracias por toda esa historia tan bien contada.
    La verdad más evidente es que siempre pierden los mimos y siempre ganan los mismos, ojalá algún día esa verdad sea una gran mentira.

  6. En Rusia qué «sencilla» la verdad, ¿verdad?.

    • Andrea Moss

      Todo se reduce a que un cretino inseguro y acomplejado llamado Vladímir Putin ve las manifestaciones en la plaza Maidán y le entra el pánico imaginando algo parecido en la Plaza Roja; así que prefiere ver una Ucrania arrasada a bombazos antes que un estado pro-europeo y democrático en su patio trasero, no sea que los rusos le empiecen a pedir cosas raras como elecciones libres, medios no censurados y una economía en condiciones. El mensaje a sus vecinos es claro: aquí sois libres mientras no hagáis nada que me disguste, y al que se salga de la línea lo borro del mapa. Lo más gracioso es que se pensaba que invadir Ucrania iba a ser un paseo militar, con los ucranianos corriendo como conejos como el ejército afgano cuando los talibanes bajaron de las montañas. Cualquier militar con dos dedos de frente le podría haber dicho que eso era una locura, pero desgraciadamente los que contradicen al zar Putin tienen la mala costumbre de acabar con un balazo en el maletero de un coche o soplándose los dedos en un gulag de Siberia. Como decían en Juego de Tronos: «Hemos tenido la desgracia de soportar a reyes locos y reyes estúpidos, pero hasta que llegaste al trono los dioses nunca habían sido tan crueles como para maldecirnos con un soberano loco y estúpido»…

  7. Hasta donde puedo recordar, aparte de su literatura, jamás escuché algo positivo sobre la Rusia antigua, la USRR y la actual. Después de los nazis los malos continuaban a ser ellos, pero es un pueblo como cualquier otro, y seguramente más sufrido. Y sobre Putín solo siento lo peor. Puede ser cierto lo que dicen de él, entonces sería el macho equivocado en el momento justo, pues así como a los EEUU no le gustaba tener misiles en su «patio trasero» y casi desata una guerra nuclear por tal motivo, tampoco a los rusos les gustaría tener ojivas nucleares de la Nato en Ucrania, con este machazo o con cualquier otro al poder. Las guerras continúan a ser una vergüenza para la humanidad, pero los poderosos no lo entienden así. En nombre de la sacrosanta libertad personal y de los negocios, no la de los demás y el respeto por el planeta, continuan a tratar de borrar del mapa un pasado socialista con la habitual rusofobia.

    • Muy interesante. Me ayuda a comprender el sentimiento trágico, el espíritu de sacrificio extremo de los personajes de la literatura rusa que yo leí

    • Andrea Moss

      ¿Quién ha dicho que la OTAN pensaba poner ojivas nucleares en Ucrania? ¿Putin? ¿El mismo Putin que dijo que esos doscientos mil soldados rusos en la frontera ucraniana estaban de picnic, y que los líderes occidentales eran un puñado de paranoicos por creer que pensaba invadir el país? ¿El mismo tipo que les dijo a su ejército que en Ucrania les recibirían con los brazos abiertos y como a libertadores? ¿El Putin que juró sobre una pila de biblias ortodoxas que nunca usaría a conscriptos en el campo de batalla? ¿Vladímir ‘Pinocho’ Putin?

      • La Otan nació para oponer militarmente a los países de occidente contra el bloque soviético, militarmente repito. Y si eres socio no puedes negarte a la instalación de ojivas nucleares apuntado a Rusia. Las guerras son una vergüenza para la Humanidad, pero ninguno de los dos bloques tienen el valor necesario para, antes que nada y por lo menos, cancelar el arsenal atómico de cada potencia. Es una lógica perversa, la continuación de una guerra fría de triste memoria pero en la actualidad peor porque sabemos poco de las cada vez más eficientes armas que continúan a desarrollar. Occidente tendría que aceptar una vez por todas que el Oriente tiene otro valores que no son los nuestros, como la China.

  8. «c) formar parte de un juego cuyos participantes asumen que está trampeado.» Esa frase me recuerda algo:

    «People in the park
    Playing games in the dark.
    And what they played
    Was a masquerade.
    From behind the walls of doubt
    A voice was crying out,»

    Lo mejor de todo es que nos parecemos mucho. A nosotros, nos salva nuestro feroz individualismo («Yo soy jefe, tú idiota»/»Idiota serás tú»). A ellos sólo les queda la resignación. Lamentable.

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