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El joven Indiana Jones y la vida que merece ser vivida

joven indiana jones Ilustración Oriol Malet.
Ilustración: Oriol Malet. joven Indiana

Exteriores del aeropuerto de Douala, en Camerún. Una mujer de manos nudosas rebusca entre viejos objetos algo para decorar el amuleto que pretende venderme. Veo dientes de animales salvajes, láminas de metal dorado con incisiones tribales y monedas antiguas, entre las que destacan dos María Theresa de plata, una suerte de dólar africano que, desde 1870 hasta la Segunda Guerra Mundial, lo mismo servía para comprar en un mercado en Sudáfrica que en un zoco del Sahel. Hay algo más puntiagudo y oxidado que se esconde debajo de todos esos trastos, algo que asocio a las guerras europeas: una cruz de hierro como esas que salen en las películas de nazis, pero con una W (el logo del Kaiser Guillermo) en uno de sus lados, que la data en la Primera Guerra Mundial, no de la época del Tercer Reich. ¿Qué pinta en este aeropuerto africano, en medio de la selva, una condecoración de la Gran Guerra de 1914? 

La explicación la encuentro en mi memoria televisiva y, en concreto, en la serie más maltratada de la historia catódica: The Young Indiana Jones Chronicles o Las aventuras del joven Indiana Jones, como se tradujo aquí. Su primera temporada la emitió Antena 3 en horarios imposibles y a veces cambiantes. La segunda es una rareza casi inédita en los tiempos de internet.

La medalla que la mujer quiere venderme perteneció, con toda seguridad, a un soldado alemán de los que combatieron en el frente africano de Camerún y Togo contra el Imperio británico. Por eso recuerdo a un lampiño Indiana Jones, que aún no es el héroe del látigo de Spielberg, enrolándose en el ejército belga y acabando en esas latitudes para secuestrar en globo al mismísimo Von Lettow, el comandante alemán que jamás perdió una batalla.

La serie, que bebe de las aventuras de Tintín, la produjo George Lucas y tuvo capítulos memorables. De las trincheras de Verdún al Leningrado de la Revolución Rusa, del Chicago pre-Capone a la Inglaterra bajo las bombas, de la Rumania de Drácula a la Italia en la que Indiana le disputa una chica a un tal Ernest Hemingway.

Pero sobre todo hay tres capítulos a los que he vuelto después por varios motivos y que supusieron el combustible perfecto de fantasía para un adolescente embelesado con los relatos de aventuras: uno nos sitúa en la selva del Congo belga. Allí un pequeño destacamento de soldados dirigidos por Indi desciende por el río Ubangui en busca de una partida de ametralladoras hasta Port Gentil. Los hombres, locales en su mayoría, caen por culpa de las enfermedades tropicales y el agotamiento. En medio de la travesía, y a punto de morir por malaria, alcanzan el pequeño lazareto del doctor alemán Albert Schwaitzer, premio Nobel y ciudadano enemigo, pero también un hombre poseedor de una poderosa lección de vida.

Aquel capítulo me llevó después a los diarios de Stanley en su búsqueda del doctor Livingstone, desaparecido en pos de las fuentes del Nilo. Más tarde descubrí Un caso cerrado, la novela africana de Graham Greene, que cuenta la historia de Querry, un médico blanco que huye y se instala en una mísera leprosería en el corazón del Congo. Y como una cosa lleva a otra, viajé hasta aquel país, donde me contaron que la leprosería de Greene existe, y que aún vive alguno de los pacientes de los que habla en el libro cuando todavía eran niños. Tarde o temprano, la mujer que me contó la historia no me dio más opción que volver para buscar ese lugar en la jungla. Escribo esto frente a ese mismo río Ubangui, en la orilla centroafricana, mientras veo acercarse una tormenta desde el lado congoleño.

Otro de los capítulos, el primero de la serie, nos traslada al Egipto de los grandes descubrimientos, con Howard Carter a punto de entrar en la tumba del faraón niño, más conocido como Tutankamón. Indiana, que todavía es un niño, presencia primero el hallazgo y después el robo de una joya de la tumba, la enigmática figura de un chacal, junto a un nuevo amigo: Thomas Edward Lawrence, o Lawrence de Arabia, otro personaje que me llevó a leer el enésimo libro imprescindible: Los siete pilares de la sabiduría. Ese episodio nos convence de que hay historias que sabemos cuándo empiezan, pero nunca cuándo acaban. Años después, Indiana volverá a toparse con aquel chacal en México, enrolado por casualidad con la anárquica soldadesca de Pancho Villa.

El extraño devenir de algunos capítulos, en los que ya se aprecia el destino cazatesoros del personaje de Spielberg, recuerda a la obra cumbre de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, en la que la búsqueda de una poetisa se convierte en una interminable errancia que les lleva a jugarse la vida en la guerra de Liberia, practicar el sado con una francesa en su buhardilla de París, jugar a las cartas en un burdel de Bangkok o escapar de un par de sicarios por los desiertos de Sonora.

Si algún curioso la ve que avise, que tengo mucho interés en volver a conocer a Pablo Picasso por las calles de Barcelona, a Mata Hari en París, a Charles de Gaulle en una prisión alemana, a Winston Churchill, aún sin destetar en política, en una tensa cena en Londres con un grupo de sufragistas. Pero sin duda el cenit de la serie se esconde en el episodio en el que Indi ingresa en el servicio secreto belga como fotógrafo de vuelo. Allí conoce a los ases estadounidenses de la escuadrilla Lafayette y al intrépido Charles Nungeser, con el que acaba derribando al mismísimo Van Richtoffen, aquel aristocrático caballero que pasó a la historia como el Barón Rojo. Háganse a la idea: piloto de caza de la Primera Guerra Mundial, tumbas egipcias, travesías por el río Congo, revoluciones populares, revolcones de cama con espías y evasiones de prisiones imposibles. La vida que merece ser vivida.

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6 Comentarios

  1. «La vida que merece ser vivida»… en la ficción. La realidad suele ser mucho más sucia, oscura y dura. Por mucho que se trate de piloto de caza de la Primera Guerra Mundial, tumbas egipcias, travesías por el río Congo, revoluciones populares, revolcones de cama con espías y evasiones de prisiones imposibles.
    El tipo que hubiera hecho eso en la realidad (me quedan pocas dudas) no se parecería en nada a nuestro Indy.

  2. ¿Inglaterra bajo las bombas en la I Guerra?

  3. Recuerdo dos escenas. Una en que está coqueteando con una mujer en un bar y van cambiando de idiomas, hasta que ella usa uno que él no entiende y ella le dice algo como que esperaba que alguien de apellido Jones supiera galés. La otra es quizás es del mismo capítulo en el Ubangi: están conversando con traductor con un anciano, quizás el jefe de una aldea, e intentan contarle de qué se trata la guerra que están peleando, pero uno de los dos se da cuenta en un momento de que es imposible que un «salvaje» entienda que 100.000 muchachos cayeron en un día en las trincheras de Francia.

    Conocí la serie antes que las películas y me gustaba más.

    • Eder Jose Rodríguez

      La Vi también con 10 años y recuerdo ese mismo capítulo, la historia de la joven a la que le habla en varios idiomas la empieza a contar porque ya mucho mayor escucha una voz parecida en un restaurante, al final de contar la historia la anciana que hablaba lo reconoce y era la misma de la historia que no había vuelto a ver, una elipsis de 60 años, aún me acuerdo y me conmueve

  4. Luis Miguel T.

    Excelente serie… deberian rescatar esos libretos e intentar de nuevo… con tanto streaming flojo por ahi…

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