Oxímoron (Editorial Nazarí, 2022) es un libro de brevedad engañosa. Sus historias ocupan entre un par y una treintena de líneas de texto, pero se expanden como una gran novela, o más bien un gran ensayo sobre la condición del espécimen humano contemporáneo, resonando en cada interrupción frecuente de la lectura, como si a esos relatos se les hubiera quedado algo en la punta de la lengua. Es un libro de compleja sencillez, pues parte de un recurso retórico que hace evidente desde su propio título y que se hace presente de forma constante en sus páginas: «gélida llama», «árida fertilidad», «fluida solidez», «llanto seco» o «prodigio ordinario» son algunos de los que más calaron en este lector. Un libro de elaborado caos, cuya mezcla de motivos y formas literarias no marea, sino que nos sumerge en una acuosa solución existencial que resulta extrañamente familiar, por cuanto se acerca tanto a la realidad que la acaba deformando; o iluminando sus connaturales defectos, según se mire.

Su autora, Lorena Escudero, es doctora en Física e investigadora, pero también una consumada exploradora literaria. Después de tres libros de microficción, colaboraciones frecuentes en revistas especializadas y congresos, y presencia en numerosas antologías, demuestra saberse al dedillo las teorías de lo breve. Esa tradición latinoamericana fundada por Julio Torri, aunque las célebres siete palabras sean de Monterroso; continuada, si nos quedamos con los grandes nombres, por Darío y Huidobro; más tarde sublimada por Borges, Quiroga y Cortázar, y que hoy día representan firmas como las de Ana María Shua o Raúl Brasca, otro científico amante de las letras condensadas, quien escribe el prólogo de este compendio en el que también se refleja una cierta estética nacional, con ecos de los juegos o experimentos formales de Max Aub o Ramón Gómez de la Serna.
Bien sabe la autora, por tanto, que la brevedad requiere tiempo: estos setenta y siete microrrelatos fueron escritos entre el año 2013, cuando vivía en Valencia, y el 2021, cuando ya trabajaba para la Universidad de Cambridge. Curiosamente, este género literario, que algunos saludaron como el que se impondría en el siglo XXI (ya saben, la era de Twitter y de calcular lo que se dice), casi podría considerarse demodé, cuarenta años después de que se le empezara a poner nombre, justamente por eso mismo; hoy lo corto abunda y satura. Todos somos minirrelatores y aforistas en potencia, o eso nos creemos. Pero el ingenio, y no digamos ya el talento, no surgen del formato ni de sus limitaciones, sino de la capacidad de poner a bailar cierto estilo o ciertas temáticas que lo micro- realza y eleva a categoría de arte por sustracción, como veremos. No es minimalismo, es literatura.
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Más claro aún: lo breve, si breve, dos veces breve.
Lo siento, no lo he podido evitar, no volverá a ocurrir.