
Este artículo se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº 40 «El arte del engaño».
Cien años antes de que todo el mundo quisiera un Calatrava, hubo un momento en el que el máximo objeto de deseo arquitectónico fue una torre metálica. Una construida a imagen y semejanza de la diseñada por Gustave Eiffel para la Exposición de París de 1889 a ser posible o, si la decisión se tomaba después de las copas y los puros, esta debía ser así pero aún más grande. En una de esas sobremesas exigentes («cualquier cosa que pueda hacer París, ¡Londres lo puede hacer más grande!») germinó la idea de construir una torre en el parque de Wembley, al norte de la capital inglesa. El promotor, sir Edward Watkin, concibió la construcción de este hito como la guinda del pastel que coronaba su conglomerado de empresas ferroviarias: la Torre Wembley (también conocida como la Torre Watkin) sería el reclamo de una zona de ocio a la que se llegaría… a través de sus líneas de tren. Un plan sin fisuras. Hasta que las tuvo.
En 1890 se convocó un concurso internacional para elegir el diseño de una torre que, como requisito ineludible, debía ser más alta que la de París. El equipo que fue considerado ganador estaba formado por los arquitectos William Dunn y James M. MacLaren y el ingeniero A. D. Stewart. Su propuesta tenía un perfil bastante esbelto y continuo, con un aspecto final cercano a un tronco de cono gracias a sus ocho patas. Y sí, superaba en unos cuarenta y cinco metros a la edificación francesa. Contaba con dos plataformas de observación con locales de ocio y comercios, pero lo que más destacaba era una especie de balneario en la coronación de la torre, donde «poder respirar aire puro».
Como director de las obras fue contratado el ingeniero sir Benjamin Baker, experto en estructuras y coautor, junto con sir John Fowler, del majestuoso e imponente puente de Forth. Baker fue quien ideó el ejemplo gráfico viviente del equilibrio del puente, que recreaba con personas del público durante las conferencias que impartía.
Como suele pasar, todo iba viento en popa hasta que hubo que poner dinero. Contra todo pronóstico (para Watkin, obviamente), la idea de una torre de esas características y, seamos sinceros, bastante alejada de Londres, no despertó mucho interés en los inversores. Vamos, que hubo que apretarse el cinturón y reducir el alcance del proyecto, ya que los fondos previstos iban a ser bastante inferiores a los necesarios para desarrollar la propuesta de Dunn, MacLaren y Stewart. Sin ir más lejos, se decidió reducir a la mitad el número de patas (de ocho a cuatro), lo que hizo perder a la propuesta ganadora gran parte de su identidad y, además, que resultara aún más parecida a la Torre Eiffel. La modificación del diseño y la dirección de la obra corrieron a cargo de Baker y Stewart, y en 1892 se iniciaron los trabajos de construcción. Durante las primeras fases, el edificio atrajo a numerosos curiosos, pero fue un espejismo. Su momento de gloria ocurrió en 1895 con la apertura al público del primer nivel de la torre, que se encontraba a unos cuarenta y siete metros de altura. Fue el canto del cisne. En primer lugar, y lo más importante, la estructura no era muy fiable: se detectaron durante la construcción graves problemas de asentamiento y fisuras en la cimentación de las patas que acabaron por decretar su demolición, finalizada en 1907. Se rumoreaba que el reducir a la mitad las cimentaciones pudo influir, lógico, pero aún quedaba mucha obra por levantar y las cargas transmitidas al terreno no eran ni la mitad de las esperadas para la torre completa. En segundo lugar, el propio Watkin, el más firme defensor de la torre, tuvo que retirarse por problemas de salud. Moriría en 1901. Y, por último, los fondos disponibles se demostraron insuficientes para poder finalizar las obras, lo que llevó a la quiebra a The International Tower Construction Company, la sociedad creada por Watkin para gestionar el proyecto, en 1899.
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