Sobre la sacralidad del alcohol, pocas dudas quedan a estas alturas. El líquido embriagador que nos exalta y nos enajena, que nos hace perder el control de los sentidos y pensamientos —aunque nadie lo tenga del todo—, es prácticamente irrenunciable en el día a día desde hace al menos nueve mil años. Como expone el antropólogo Michael Dietler, se la puede considerar, de lejos, la sustancia psicoactiva más consumida en el mundo. Al menos una tercera parte de la humanidad bebe para divertirse o para olvidar, como costumbre o rito, una copita o una botella, pero siempre se halla en la bebida un objeto de culto y una conexión con lo divino. La del cristianismo nos resulta familiar de este lado del planeta: «Todo está cumplido», leemos en la Biblia que dijo Jesús de Nazaret tras beber aquel vino agrio de su última cena. Aunque también las escrituras advierten del desenfreno, la insolencia y la ignorancia a que conducen los excesos etílicos.

La novela breve La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth, vio la luz en 1939, solo unos meses después de que su autor muriese en París, ahogado en alcohol. Su protagonista, el clochard borrachuzo de origen austrohúngaro y huérfano de patria —como el propio escritor— Andreas Kartak, deambula por los márgenes del Sena y de la sociedad cuando recibe una cuantiosa donación que se compromete a devolver a la iglesia, a través de la figura de la santa Teresa de Lisieux, y que encabezará una serie de aparentes milagros durante los últimos días de vida En su prólogo a la edición de Anagrama en 1981, comentaba Carlos Barral que el vino en este relato tiene un rol santificador al cambiar lo que es por lo que habría debido ser, y que la embriaguez deviene «método de conocimiento cultural y de interpretación del mundo». Aquel volumen original de la colección Compactos incluye un autorretrato de Roth, con el rostro ajado asomándose a dos copas (una sola podría no bastar). «Así soy realmente: maligno, borracho, pero lúcido», lo firma en noviembre de 1938.
De escritores borrachos se ha escrito bastante, pero no tanto de quienes han escrito vidas ejemplares de borrachos. «La leyenda del santo bebedor», legado y testamento de Joseph Roth (Acantilado, 2022), de Berta Ares Yáñez, procede de la tesis doctoral que esta investigadora y periodista cultural defendió a primeros de 2020 en la Universidad Pompeu Fabra, y por la que obtuvo el Premio Extraordinario en Humanidades. Un reconocimiento que da cuenta de su grado de implicación, rigor y apasionamiento en este proyecto de resucitación —de la figura del autor austriaco y de su obra terminal, tan reveladora— que nos proponemos reseñar en el presente artículo, conscientes del extrañamiento inevitable de escribir sobre un libro escrito alrededor de otro libro. En realidad, hay algo fascinante en leer a través de unos ojos distintos a los propios, sobre todo cuando la mirada prestada es tan experta, aguzada y generosa como en este caso.
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