Ocio y Vicio Juegos

El meta va a cambiar y será el caos

El meta va a cambiar y será el caos

Pues, si no hay nada que distinga a una cosa de otras, no puedo distinguirla; si lo hiciese, ya estaría distinguida en virtud de ello.

Tractatus Logico-Philosophicus (2.02331), Wittgenstein 

«El meta va a cambiar pronto», dijeron. Yo barajaba mis cartas. No atendí más que a fragmentos de la conversación. «Será el caos», dijo mi oponente. Era un niño de doce años con un bigotillo fino, incipiente, cuya cabeza apenas asomaba por detrás de la mesa. «Será nuestra oportunidad otra vez», dijo. Lo rodeaban sus secuaces. Mi maestro me había dicho que ese chaval era el mago más poderoso de la ciudad. «Más poderoso que yo», dijo mi maestro antes de conducirme hasta la sala del torneo. «Yo también soy un mago poderoso», pensé, al entrar en la fastuosa sala del museo medieval que Wizards of the Coast había alquilado para la ocasión. En mi mazo blanco-verde, hecho sobre todo de Kamigawa, había poder. Existían en él ciertos engranajes sinérgicos que no había visto en ningún oponente. Casi siempre funcionaba bien. Terminé de barajar las cartas y las coloqué sobre la mesa. 

«¿Qué es el meta?», pregunté. Mi rival y sus secuaces levantaron la vista y me miraron. Si alguno había estado hablando, dejó de hacerlo. El niño maléfico esbozó una sonrisa. «Te voy a reventar», dijo, sin dar respuesta a mi pregunta. Y eso hizo. Abandoné en el cuarto turno, abrumado por su apertura. Su baraja era una monored agresiva y basta. En el tercer turno, ya me había quitado la mitad de los puntos de vida con sus trasgos, y yo no había podido hacer nada con mis saludadores de la gala ni mis clérigos. Seco, le tendí la mano, pero él ya se había desplazado hasta la siguiente mesa. Lo esperaba otro infante, tal vez de diez u once años, no más, cuyos vistosos aparatos dentales relucían amenazantes. 

Reflexioné: yo no tenía ningún poder. Ni magia ni Magic había en mí. Me despedí de mi maestro reconociendo que tal vez ese había sido mi final. Entré en el metro de Urquinaona y, desconsolado, me enchufé a Reddit. El camino a casa era largo. En el subreddit de StarCraft, alguien preguntaba por qué los Top Protoss utilizan solo un prisma de distorsión. En r/InternetisBeautiful, el usuario u/EarlyPlantay7810 (bot) anunciaba que había creado una aplicación de productividad con una inteligencia artificial integrada capaz de darte indicaciones sobre qué hacer después. A continuación, salí del scroll y entré en el hilo de r/magicarena y añadí la palabra clave meta. Quería saber qué habían querido decir con eso aquellos niños. El juego de cartas Magic enfrenta a dos magos en un campo de batalla imaginario. Los magos tienen puntos de maná que les permiten lanzar criaturas y hechizos sobre el tablero. Cada tres meses se publica una nueva colección de cartas. Cada colección contiene en torno a trescientas cartas. Existen diferentes modalidades de juego, pero en competición clasificatoria destaca Standard. Esta modalidad se juega solo con las últimas cinco colecciones vigentes. Al realizar la búsqueda con la palabra clave meta, me aparecieron los siguientes títulos: 

  • «Top 3 meta barajas de la semana. Explorer Tier Lists». 
  • «What are some fun, off-meta Historic Brawl commanders that are fun to play». 
  • «Acabo de alcanzar el rango mítico en Standard por primera vez y uno siente que el meta es por lo menos un setenta por ciento nonstop removal». 

Cada vez que entraba en un subforo de Reddit ocurría lo mismo: tenía que enfrentarme a nuevos códigos y nomenclaturas. A través de la espesura de un lenguaje que presumiblemente conocía (inglés y castellano), aunque dominaba el orden sintáctico y la cadena de los significantes, no era capaz de entender qué estaba diciendo esa gente en torno a la palabra meta

«¿Nadie más siente que el actual meta es devastadoramente desmoralizante?», o bien, «Standard meta predictions: ninguna ha dado en el clavo».

La sensación era oracular, una impresión similar a la de dar pasos en el interior de un templo sagrado con niebla, en cuyo fondo, el ídolo se levantara inalcanzable. No sabía cuántos lenguajes había aprendido ya en Reddit después de empezar a manejarme en inglés. Pero sabía lo que había que hacer. A partir de la búsqueda de la palabra clave meta, me dispuse a leer indiscriminadamente todos los resultados. Uno tras otro. Por una lógica puramente cuantitativa sabía que mi cerebro empezaría a destilar tarde o temprano el oscuro lenguaje de ese subforo, igual que en su momento había comprendido las herméticas reglas de r/Thelema o r/StaturnStormCube. El conocimiento muchas veces aparece simplemente no concentrándose en obtenerlo. 

Mi guía para empezar a comprenderlo —y para referirlo aquí, del interés de pensadoras y filósofos del así llamado lenguaje— fueron las palabras del bigotudo niño y sus secuaces antes de la batalla simbólica: «El meta va a cambiar pronto». Y había añadido: «Será el caos […]. Será nuestra oportunidad otra vez».

Durante tres meses compiten en el formato Standard de Magic cinco colecciones al mismo tiempo, que suman en torno a mil quinientas cartas. A partir de este pool de cartas se crean los mazos. Cada tres meses se lanza una colección nueva. Y el torneo se renueva: la colección más antigua sale de Standard y deja espacio a la nueva. Salen trescientas cartas y entran trescientas cartas nuevas. Cada colección introduce variantes y matices. Cuando una colección se lanza al mercado, las combinatorias precedentes se desligan: es el caos. Como se han sacado trescientas cartas de la competición y se han introducido otras trescientas distintas, la mayor parte de los mazos debe reconstruirse. Es el caos porque, durante las primeras dos semanas, los jugadores prueban nuevas combinatorias en busca de nuevas sinergias. Pero lo hacen a ciegas. O parcialmente a ciegas. 

En la versión online del juego, cuando se lanza la nueva colección, una serie de aplicaciones externas especializadas en análisis de datos empiezan a recolectarlos. Lo que hacen estas aplicaciones (mtggoldfish.com, con su Standard Metagame Pool, o mtgazone.com, con su Metagame Matchup Matrix, entre otras) es analizar todas las partidas que se juegan al día en los servidores de Magic: Arena, cuya carga suele rondar el medio millón de usuarios diario, y todas las combinaciones de cartas y posibilidades que se están utilizando para, finalmente, extraer un promedio estadístico de cuáles son las mejores cartas y los mejores mazos del conjunto. 

Las máquinas revelan el meta y, tras el periodo de caos, llega el orden: cualquier jugador puede acudir a estas herramientas y ver cuáles son los mejores mazos. El meta ha quedado establecido. Todos conocen las reglas. Los puntos fuertes, los débiles, las probabilidades de que ocurra una u otra cosa. 

La simetría entre el concepto de meta en Magic y el concepto de paradigma en La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Kuhn, es relevante. Pueden existir saltos en la partida que desorienten al personal durante un tiempo. La popularización de internet y, en concreto, del uso de internet en los smartphones implicó un salto desorientador y el meta de nuestra situación actual todavía no se ha definido: vagamos en el caos. Pero si nos detenemos a reflexionar sobre ello, observamos que, en el continuum de lo humano, el meta nunca puede definirse, pues la variación de las combinatorias es constante y toda petrificación en conceptos no tiene más valor que el de reconfortarnos en un falso, o cuando menos parcial, entendimiento acerca de lo que estamos percibiendo en un momento dado. Y siempre vagamos en el caos. Los propios paradigmas son meras convenciones y el lenguaje secuencial no basta para expresar la simultaneidad del flujo. Pensé en la filósofa Karen Barad y su obra Meeting the universe halfway: Quantum physics and the entanglement of matter and meaning. Lo que observamos en Magic, la transición cada tres meses y el periodo de caos, es una reducción de un proceso que en la realidad tal vez ocurra en cada instante. El meta en Magic es una captura fotográfica, una ralentización casi hasta el congelamiento de esta idea. 

A las dos semanas de mi vergonzosa derrota salió al mercado la nueva colección de Magic. Bajo el título Dominaria se introdujeron trescientas nuevas cartas en las que las figuras femeninas destacaban. Dos semanas más tarde del lanzamiento se sabía que existía una sinergia estadísticamente muy relevante entre tres cartas concretas: Liliana del velo, Intrusa del cementerio y Subestimado tenaz. Se sabía que existían posibilidades de contrarrestarla con ×3 Transferir alma o Inmovilización de las líneas místicas, pero disponer de esas tres cartas en el mazo daba una clara ventaja estadística. 

Con este conocimiento, como quien dice, dopado por la tecnoinformación big data que me ofrecía la herramienta Metagame Matchup Matrix, compré el mejor mazo disponible para el ciclo y acudí de nuevo al torneo de Standard. En esta ocasión, se celebraba en el cementerio de Sants, arrabalero lugar que ya había frecuentado muchas veces para grabar vídeos psicodélicos y psicofonías con mis amigos del barrio. Entre las lápidas divisé a mi maestro, que iba acompañado del niño maléfico, el gran mago Magic de la ciudad. Iban cuchicheando y, al verme, se separaron y simularon no conocerse. El maestro atravesó las tumbas y llegó hasta mí, dispuesto a darme nuevas indicaciones para enfrentar el torneo. «Apártate», le dije, pues iba con mi mazo bajo el abrigo, mi mazo creado a partir del análisis de millones de metadatos estadísticamente relevantes. Por tanto, conocía las reglas óptimas del juego. Conocía, en ese momento, cuando desplacé a mi maestro hacia un lado provocando que tropezara con la tumba de un antiguo prócer de la ciudad, las mejores claves, contraseñas, lo que fuera, para surfear la ola del momento. Con esa convicción entré en el torneo. Con esa fuerza vencí rápidamente a dos pálidas gemelas suizas. Me deshice de un universitario descarriado que dijo ser estudiante de Literatura y aspirante a escritor y, de nuevo, me vi frente a mi consumado enemigo, el mago del bigotillo y sus secuaces. El bigotillo se le había ampliado, densificado, macholeado desde la última vez que nos enfrentáramos.

—Ah, tú —dijo el niño. 

—Tengo treinta y siete años —contesté. 

Me dejé caer con aplomo y elegancia, gracia andaluza, se diría, en mi lado del campo de batalla sobre el que íbamos a luchar: la tumba marmórea de un difunto. Apoyé las manos sobre la tumba. Según la lápida, quien yacía bajo nosotros había fenecido todavía joven. Y miré a los ojos a mi oponente.

—Yo tengo once años —contestó, sólido—. Vamos. 

Sacó una montaña y yo le saqué un pantano. Él seguía jugando rojo, otra vez monored. Yo había cambiado a negro, en algún lugar de mi baraja, mis copias ×3 y ×4 de las mejores cartas según meta. Al ver mi pantano, se detuvo:

—¿Tú también? —dijo.

—Yo también, ¿qué? —respondí.

—¿Tú también vas con el combo Liliana, Intrusa, Subestimado?

Comprendí mi error: por ir con lo estadísticamente relevante, aquello que me permitía jugar mejor en el torneo, había perdido mi originalidad genuina. Por seguir el cálculo de la máquina había perdido mi alma. Y ahora mi rival me despreciaba como tal, pero también por pusilánime, vulgo profano, imitador pálido del canto de las otras cabras. Perdí la partida.

No hagas ley del consejo de la máquina. No creas nunca en las estadísticas. Dos conclusiones para mí todavía vigentes y válidas.

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2 Comentarios

  1. «Dos conclusiones para mí todavía vigentes y válidas.»

    Válidas por poco tiempo, porque, como muy bien has dicho antes: «toda petrificación en conceptos no tiene más valor que el de reconfortarnos en un falso, o cuando menos parcial, entendimiento acerca de lo que estamos percibiendo en un momento dado.»

  2. Mas que de Magic, pareciera que hablabas de magick

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