
Babel no solo quiere decir «confusión», sino, más exactamente, el nombre de Dios como nombre del Padre. YHWH desciende para diseminar: este es el gesto de la desconstrucción, en el desplazamiento del Génesis bíblico a la escritura dif(i)erente derridiana, el acontecimiento del desmontaje. Dios rompe el linaje cuando, como leemos en el texto sagrado, «era la tierra toda de una sola lengua y de unas mismas palabras». Tras la dispersión de los constructores de la torre que desafiaba al poder celeste, la traducción se convierte entonces en algo necesario e imposible como resultado de una lucha por la apropiación del nombre: necesidad y prohibición, como apunta Derrida en su fulgurante ensayo «Torres de Babel», en el intervalo entre dos nombres absolutamente propios. Babel destina a la traducción generando una ley paradójica: transparencia prohibida.
La traducción se convierte en ley, deber y deuda, pero esta deuda es insaldable. Derrida reconoce su incapacidad para dar una imagen del laberinto. El espacio atópico de la modernidad se sedimenta en la figura del laberinto, que no es tanto una solidez arquitectónica cuanto un proyecto mental, como en el caso (arquetípico) del creado por Dédalo: un dibujo para ser recorrido por una danza ritual. El laberinto es una de las imágenes favoritas de Borges: sus ensayos generan el lujo de la desorientación, sus narraciones abren trayectos imprevistos, pero nunca azarosos, gobernados por una lógica implacable. La duplicidad borgiana, esa comprensión del libro y del mundo como reflejos infinitos, subraya que el espacio no es finito, es decir, cerrado, sino que su estructura es infinita, siendo por ello una prisión sin salida. Esto supone que la pugna con los límites del lenguaje no arroja un sentido en el que edificar seguridad alguna. George Steiner se ha referido, en el monumental Después de Babel, a esa constelación de escritores modernos que se sitúan en el laberinto de la lengua contemporánea como cabalistas modernos: Benjamin, Kafka y Borges. En la tarea del traductor benjaminiano se escucha la expansión del idioma nativo, la tensión hacia un lugar místico, «hacia el absoluto secreto de la significación». La obra de Borges es una travesía de las lenguas, una incursión transversal en la historia de la literatura; explorando el tema del hombre perdido en un laberinto de un tiempo hecho de cambios que son repeticiones, circunvala la Torre de Babel para transformarla en una aventura de la inteligencia en vez de una tragedia existencial colectiva.
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