
La comparación, tan sobada, del Grand Tour con el Erasmus no deja de ser certera: en la base de ambas experiencias se halla la idea de un viaje iniciático de la juventud europea de clase media alta, destinado a la instrucción inmersiva en otra cultura aunque también ligado a la aventura de afrontar el choque. Pero la noción de tour (o gira), que tuvo su apogeo entre el siglo XVII y comienzos del XIX, implica un largo periplo por más de un país del Viejo Continente, en el que solía ser parada obligada Italia como epítome humanista. Enmarcado en aquel rito, en principio masculino, el caso de las viajeras escritoras —o escritoras viajeras— que contaron sus vivencias es particular y poco conocido. Con su mirada distintiva, ellas contribuyeron a un relato de Europa que caló en sus países y, hasta cierto punto, tiene aún su eco.
Las mujeres de la época viajaban sobre todo en calidad de esposas o hijas, acompañando al varón en sus trayectos por motivos de trabajo o salud. Sus tours carecían, por tanto, de la finalidad formativa, pues cualquier conocimiento más allá del hogar excedía sus competencias. Pero el saber acabará emergiendo de la observación. Aun cuando actúan de comparsa en el viaje, al escribir, lo hacen suyo. Si hoy las imágenes atestiguan cualquier desplazamiento no forzado, por entonces lo visitado no existía si no se traducía en palabras. Así crece la relevancia de diarios, cartas, memorias y crónicas con que las mujeres contribuyen a la literatura odeporica (término italiano de etimología griega para referirse a la travesía o peregrinación). En esos textos muestran mayor libertad que muchos de los personajes femeninos de su tiempo.
Se trata de un doble viaje, geográfico e interior, con el que no solo saltan los muros de su reclusión, sino que ocupan el ámbito de lo escrito, pasando a erigirse en nuevas exploradoras-narradoras del mundo. El que transmiten no es un saber enciclopédico sobre materias dignas de estudio como el de sus homólogos masculinos. Describen la vida en todo su detalle desde una capacidad de percepción y una disposición a la escucha inéditas, atendiendo a la realidad social y a las costumbres cotidianas de cada lugar con una mirada antropológica y etnológica. Por eso y por su relativa autonomía, algunas de ellas han sido consideradas antecesoras del feminismo. «Lo que la mujer desea, Dios lo ampara», cita el refranero la francesa Joséphine E. de Brinckmann. Como algunas otras trotamundos, ya en el XIX, viajaba sola.
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