Escritoras en la sombra

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Colette, 1941. Fotografía: Cordon.

No dejan pasar nunca la ocasión de decirte que las mujeres deben dejar la pluma
y repasar los calcetines de sus maridos.

Rosalía de Castro en Carta a Eduarda (1866)

Ser mujer nunca ha sido de por sí tarea fácil. Y ser mujer y escritora todavía menos. Hubo un tiempo en que las mujeres ni escribían ni leían. La literatura era un terreno reservado exclusivamente a los hombres y de ellas solo se esperaba que tuvieran hijos y atendieran las tareas del hogar, en ningún caso que se volcaran en una labor intelectual. Sin embargo, a pesar de estos impedimentos, algunas autoras desafiaron los convencionalismos y lograron ingeniárselas para poder publicar sus escritos en un mundo en el que carecían de derechos. Ocultarse bajo un seudónimo masculino, firmar la obra como anónima y escribir a escondidas son algunas de las herramientas que emplearon un gran número de escritoras para hacer llegar sus voces al público y evitar que fueran considerados textos menores por el simple hecho de estar escritos por una mujer. Fueron unas auténticas revolucionarias, pioneras en su ámbito, y hoy figuran entre los grandes de la literatura. Ya lo advirtió en una ocasión Arthur Rimbaud: «Cuando termine la absoluta servidumbre de la mujer, cuando viva para sí y por sí, cuando el hombre la haya dejado libre, ella será poeta. ¡También ella!».

El anonimato fue la primera estrategia empleada por la mujer para poder mostrar su verdadera vocación literaria. Condenadas a la clandestinidad, las escritoras se veían obligadas a publicar sin revelar su identidad. Jane Austen fue un buen ejemplo de ello, ya que tanto Sentido y sensibilidad (1811) como la posterior Orgullo y prejuicio (1813) llegaron a las editoriales como manuscritos anónimos. No fue hasta su muerte cuando Jane Austen pudo firmar con su verdadero nombre. Persuasión, publicada a título póstumo en 1817, fue la primera novela firmada por la escritora, que tuvo una carrera demasiado corta a causa de una enfermedad que la llevó a la tumba con tan solo cuarenta y dos años.

Sus obras pasaron desapercibidas hasta que la gran literata Virginia Woolf la reivindicara en Una habitación propia, destacando la originalidad de sus novelas y un modo de narrar muy personal e inteligente. Austen nunca tuvo una habitación propia y tuvo que limitarse a escribir en el salón de casa, ocultando los textos en su cesto de costura cuando alguien se acercaba. Eso sí, tuvo la suerte de poder leer todo lo que quiso gracias a la gran biblioteca que tenía su padre, quien a pesar de los tiempos que corrían trató de ayudar a su hija contactando con una editorial, consciente de su talento literario.

Y si Jane Austen optó por el anonimato las hermanas Brönte decidieron firmar sus obras con seudónimo masculino para tratar de hacerse un hueco en un mundo tan adverso. Hijas de un clérigo protestante, Charlotte, Emily y Anne huían de las rigideces de la Inglaterra victoriana, que las condenaba simplemente a casarse o, en caso de no lograrlo, a invertir su tiempo en la enseñanza. Pero las Brönte eran distintas. Leían a Byron, a Walter Scott y a todo aquel autor que caía entre sus manos. Y escribían sin parar, ya desde muy niñas. Nada de lo que se esperaría de las hijas de un sacerdote.

Inmersas en una situación económica y familiar complicada, las hermanas optaron en 1846 por intentar publicar una selección de poemas y los firmaron como Currer, Ellis y Acton Bell, tres supuestos hermanos tras los cuales se ocultaban las Brönte. Aunque solo vendieron un ejemplar, Charlotte animó a sus hermanas a seguir probando suerte con la literatura y convirtieron la casa familiar de Haworth en su refugio literario, escondiéndose de su propio hermano y de los vecinos.

Fruto de ese intenso trabajo, Charlotte publicaría Jane Eyre, Emily mostraría su talento literario en Cumbres borrascosas y Anne, la más joven de las tres, lanzaría Agnes Grey. Las tres emplearon de nuevo los mismos seudónimos y, a pesar de ello, recibieron numerosas críticas y reproches morales por mostrar a una mujer distinta, rebelde. Fue Charlotte quien, tras la muerte de sus hermanos, decidió despojarse de la máscara y dar a conocer a los auténticos hermanos Bell, pudiendo disfrutar en vida del éxito de sus obras.

Así pues, el seudónimo fue un recurso de lo más habitual. Aurore Dupin, Caterina Albert o Karen Blixen son otras de las autoras que escogieron el disfraz masculino; era su manera de abrirse paso y de poder expresarse ante el mundo, teniendo en cuenta los prejuicios de la época y que carecían del apoyo de sus familiares más cercanos.

Aurore Dupin fue una escritora marcada por el escándalo, una maldita en toda regla, que escogió como nombre de guerra George Sand. Ya de muy joven decidió vestirse como un hombre, no porque se sintiera un varón sino porque la ropa le parecía más cómoda y le permitía moverse libremente por las calles de París. Fumaba en público y decía todo lo que pensaba, sin miramientos y sin importarle las críticas que su comportamiento conllevaba a mediados del siglo XIX. En 1832 publicó su primera novela, Indiana, con la que estrenaría el seudónimo que la acompañaría para siempre. Tras sus relaciones tormentosas con hombres como Alfred de Musset o Frédéric Chopin y una vida ajetreada —Balzac la apodaba la «leona de Berry»—, decidió retirarse a Nohant, donde escribiría la autobiográfica Historia de mi vida, Ella y él y los veinticinco volúmenes de Correspondencia, así como el Diario íntimo que se publicaría años después de su muerte.

Si Aurore Dupin escogió ser George Sand, la catalana Caterina Albert optó por esconderse tras el nombre de Virgili Alacseal en un primer momento para quedarse definitivamente con el seudónimo de Víctor Català.  El monólogo teatral Infanticida le permitió ganar los Jocs Florals de Olot en 1898, pero a raíz de la polémica que se levantó tras conocerse que era obra de una mujer decidió preservar su verdadera identidad y firmar sus trabajos, a partir de entonces, como Víctor Català.

También la aristócrata danesa Karen Blixen, conocida sobre todo por la inolvidable Memorias de África, tuvo sus dificultades para poder dedicarse a escribir y lograr ser publicada. Karen Blixen fue durante años Isak Dinesen, aunque previamente firmaría como Osceola algunos cuentos en revistas danesas. No fue hasta la publicación de su primera obra, Siete cuentos góticos (1934), a la vuelta de sus diecisiete años de estancia en una granja de Kenia, cuando se convirtió por primera vez en Isak Dinesen, a pesar de que su identidad era más que conocida. Este nombre la acompañó también en su célebre Memorias de África, un relato nostálgico de su vida al frente de la plantación de café africana. En cambio, su única novela, Los vengadores angélicos, salió publicada bajo el seudónimo de Pierre Andrézel.

Pero el anonimato o el esconderse tras un nombre masculino no fue suficiente en algunos casos y escritoras como la francesa Colette tuvieron que aceptar que sus maridos firmaran las obras que ellas escribían. Una usurpación en toda regla que Rosalía de Castro denunció sin tapujos en su Carta a Eduarda: «Los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo… Únicamente alguno de verdadero talento pudiera, estimándote en lo que vales, despreciar necias y aún erradas preocupaciones pero… ¡ay de ti entonces! Ya nada de lo que escribes es tuyo… Se acabó tu numen, tu marido es el que escribe y tú la que firmas».

La polémica Colette fue una de las víctimas de esta apropiación. De hecho, fue su marido, un periodista de cierta reputación, quien la animó a escribir la exitosa serie de novelas Claudine para luego él firmarlas sin remordimientos. A cambio, simplemente le pasaba una pequeña asignación y le compró una casa en el campo, lo que a Colette le pareció insuficiente. Tanto que decidió divorciarse y anunciar, a los cuatro vientos, la auténtica autoría de las obras. Supuso el despertar de una autora que logró seducir a numerosos lectores con sus novelas sobre el universo femenino, las relaciones personales o el deseo sexual.

A diferencia de todas estas autoras, que de un modo u otro escondieron su identidad con el objetivo de poder publicar, la poeta estadounidense Emily Dickinson escribió como la que más —casi mil ochocientos poemas—, pero nunca permitió que nadie leyera sus textos. Era consciente de que para publicar debía cambiar algunos aspectos de su obra; no quiso hacerlo y escribió por y para ella.

Su vida, a pesar de pertenecer a una clase acomodada, no fue fácil. Las muertes de dos personas muy cercanas a ella, un amigo de la familia con quien la unía un fuerte vínculo intelectual y un pastor felizmente casado por quien se sentía atraída, la destruyeron por completo y su único refugio fue la poesía. Enferma ya desde muy joven, se encerró durante años en casa de su padre y solo salía para ir a misa o pasear a su perro. «Trabajo en mi prisión y soy huésped de mí misma», aseguraba en una carta al editor y periodista Thomas W. Higginson.

Tras su muerte, en 1886, la hermana de Emily sacó a la luz la grandeza de su obra, plagada de una simbología y un mundo interior en ocasiones de difícil comprensión. Emily Dickinson fue una transgresora en el desafiante uso del lenguaje, la mezcla de géneros literarios y la puntuación, tan característica de sus poemas, y se negó a publicar en un mundo que nunca la entendería.

I’m Nobody! Who are you?
Are you — Nobody — too?
Then there’s a pair of us!
Don’t tell! They’d advertise — you know!

How dreary — to be — somebody!
How public — like a frog —
To tell one’s name —  the livelong June —
To an admiring Bog!.

Emily Dickinson.

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2 comentarios

  1. Eltopo

    Al machismo le ocurrirá lo que al franquismo: vivirá para siempre dentro de las cabezas de aquellas personas que decidieron ser, eternamente, víctimas de algo que quizá ni siquiera llegaron a vivir.

  2. Todas estas prepotencias masculinas, que espero un dia sean recuerdos vergonzosos, me traen a la memoria un pasaje de «Mucho ruido por nada» de Shakespeare, en donde Beatriz, comprobando la vileza del prometido de su prima Hero y la imposibilidad de hacer justicia con sus manos exclama; Ah, si yo fuera hombre, si tuviera un poco de la fuerza de los hombres, ah, si yo fuera hombre». Escalofriante. Muchas gracias por la lectura.

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