
Los hábitos son aquellos comportamientos que, un día, dejan de ser conscientes y se vuelven automáticos. Hay refuerzos, psicológicos y sociales, bioquímicos y de mercado, que obran para que un comportamiento se escape al control ejecutivo de la conciencia y de la voluntad y pase a ser rutina, integrada en nuestra cotidiana desconexión del momento presente. Algunos automatismos son necesarios, pero otros (probablemente un número más que elevado) no lo son, sobre todo considerando que suelen anclarnos, muchas veces sin que nos demos cuenta, a actitudes que poco a poco carcomen nuestra calidad de vida, nuestro propio bienestar, el «estar bien» de la única vida que probablemente tendremos el placer y el privilegio de poder vivir.
Los estados de ánimo, las emociones, las rumiaciones, todo contribuye a sesgar nuestras elecciones hacia falsas soluciones cortoplacistas y engañosas, a la hora de elegir qué comportamientos mantener y cuáles evitar, entre escusas y postergaciones que, siendo los humanos soberbios malabaristas de las palabras y de la lógica, bien sabemos cómo disfrazar de verdades y de justificaciones.
Las reglas biológicas y sociales comunes detrás de estos sesgos acaban generando en la mayoría de nosotros los mismos problemas, las mismas decisiones y los mismos sufrimientos, aunque con miles de matices distintos, tan menores como importantes, asociados a nuestra asombrosa (y aún poco conocida) psicodiversidad. Pero unas cuantas veces (apuesto a que muchísimas) hay una raíz común profunda, un mínimo común denominador que lo abarca todo y que, al fin y al cabo, determina la criba de nuestros hábitos: la voluntad. Sí, porque, aunque haya una cantidad enorme de comportamientos automáticos, las respuestas inconscientes o programadas no son una cuestión de todo o nada. Los automatismos, en general, no son ocultos o subrepticios porque no los podamos ver, sino porque miramos para otro lado. Sabemos que algo no sería lo suyo, pero bueno, qué le vamos a hacer. Sabemos que algo nos perjudica, pero es que lo hacen todos. Sabemos que algo nos hace la vida difícil, pero qué más da. Amparados por la pereza, la inseguridad, la superficialidad y la soberbia, apartamos la mirada, prefiriendo de sobra quejarnos del problema que resolverlo, aliviar los síntomas que curar la enfermedad, o simplemente fingir que no nos hemos enterado, que no pasa nada, o que seguramente a mí no me va a ocurrir lo que les suele ocurrir a los demás. Hasta que al final un día sí que ocurre: los hábitos se han hecho bola, la bola se ha hecho avalancha, la avalancha ya no te deja margen de maniobra, y la vida se acaba, habiéndola malvivido o desaprovechado. Una vida sin conciencia de ser vivida.
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Estimado amigo, la cuestión de la voluntad se puede abordar como hacen Hume y Searle. Para Hume, la razón es la esclava de las pasiones, porque estas son las que deciden y el individuo ni siquiera es consciente de sus pasiones más profundas. Searle sostiene, por el contrario, que hay una posibilidad de tomar decisiones basadas en razones y no pasiones. Y entre medias podríamos encontrarnos. Poca voluntad puede tener un miembro de la comunidad que nació esclavo en la Atenas de Pericles o en la Roma de Augusto. Muy poca si eres una mujer viuda en Sudán. Porque el marco que reduce la libertad de elección y la voluntad es muy fuerte e incluye: la impronta sentimental, social, económica, educativa que recibe el sujeto, las pasiones que sigue «racionalmente», el entorno coyuntural que le toca vivir (guerra, paz), incluso la edad en la que está (niño, adolescente, joven, maduro, viejo), todo lo que le predispone y genera sesgos en él. ¿nos casamos con alguien por voluntad o por que nos interesa o por pasión? Los que se casan por amor e ilusión, deciden por pasión, los que lo hacen por interés, siguen también una elección pasional (donde la razón es la esclava). En fin que las condiciones para que un sujeto pueda declarar que hace algo por su propia voluntad, porque quiere son casi irrespirables, y por eso el superhombre de Nietzsche es un ideal bueno para espíritus adolescentes.
¡Bravo!
Pues fíjate que, estando realista en estos tiempos donde la ficción es más creíble a tamaña insensatez humana, después de la utopía de confiar (siendo Poeta) que a nuestra especie,una pandemia Covid mundial nos haría reflexionar sobre todos los valores que debemos proteger, a mí esta mañana me ha ayudado a dar ánimo y fuerzas de donde ya no sabía sacar.
Me dedico a crear mejores Mundos dentro de este, el único planeta habitable; nuestro único hogar. Y voy a seguir haciéndolo hasta el último día de mi vida, porque cualquier cambio, cualquier movimiento y la más mínima manifestación desobediente a salir de este rebaño, cuyo pastor lleva por disfraz una túnica con capucha y guadaña, hacia un camino que termina en un desfiladero (también llamado acantilado), conlleva quedarse a solas pretendiendo sobrevivir bajo los colores de un arcoiris, aunque muy pocas veces salga en medio del gris que otros siguen pintando.
Somos energía en movimiento, dijo Antoine de Lavoiser.
Decide hacer éso en casa momento que repetido para toda la eternidad haga el bien moralmente, de tal manera que su repetición no se convierta en una carga insufrible para toda la eternidad….Éso no me parece un principio exclusivo para adolescentes.
Me ha resultado muy esclarecedor y pedagógico. Gracias !!
poh le agradezco el artículo, m’aparecío muy interesante, hay varias cuestiones q tendré q trabajar un poco más, pero p’allá vamos. Gracias Sr Bruner
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Muy interesante Emiliano tu artículo y tus reflexiones sobre la voluntad y el libre albedrío. De todo lo que escribes yo destacaría ese control de la inhibición que, además de ser muy importante desde el punto de vista evolutivo, aparece relacionado con la capacidad de demorar la gratificación, o sea de esperar un bien mayor después antes que uno menor ahora. Multitud de estudios han puesto de relieve que esta capacidad de inhibición, de demorar la gratificación, constituye un elemento muy importante del autocontrol. Y, por lo que sé, esto está muy cerca de la voluntad y de actuar para vivir una vida que merezca ser vivida. Muchas gracias.
El experimento de Libet me recuerda a lo que decía Nietzsche acerca de la verdad, la ocultamos detrás de unos arbustos y nos sorprendemos de encontrarla. Si partes de una idea completamente material y reduccionista ya estás planteando las bases de lo que crees y esperas que vas a encontrar, ya estás ocultando la verdad tras el arbusto. Claro, luego surgen las dudas a los que sospechan que no es todo sencillo, básicamente porque no hay posibilidad de analizar o leer o entender o escudriñar la semántica de los impulsos nerviosos, si es que la tienen. Y todo parte y señala a esa creencia medieval y reformulada en la modernidad del mecanismo, de interpretarlo todo como si fuera éso. Si el investigador olvida en juego del conocimiento que está usando metáforas, el cerebro máquina, termina creyendo en la literalidad de lo que estudia, y haciendo ingeniería inversa.
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La complejidad de los sistemas, de nuestra propia biología y existencia
Es claro que muchas preguntas no obtendremos respuestas o no alcanzaremos a conocerlas
Cuales podrán ser aquellas preguntas que nos podrán acercar a aquello que nos de luz en la ciencia?
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