
Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 47 «Locomotive»
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Para empezar está el hecho de que W. C. Handy estaba esperando el tren cuando por primera vez oyó, medio adormilado, algo parecido al blues. Era en la estación de Tutwiler, Misisipi, año 1903. Un tipo empezó a tocar la guitarra a su lado: «Su ropa eran harapos; sus pies asomaban por fuera de los zapatos. Su cara tenía algo de la tristeza de los siglos». Haciendo slide con un cuchillo, daba forma a la música más extraña que hubiera llegado a oídos de Handy, quien no podía imaginar que años más tarde popularizaría ese estilo, del que se le considera padre, en sus arreglos para bandas y orquestas. Aquel sonido se le clavó en el alma, aquel «Goin’ where the Southern cross’ the Dog» repetido tres veces, como un salmo. Los versos que acabó adaptando, junto con un ragtime anterior de Shelton Brooks, en su «Yellow Dog Rag» (1915), más tarde renombrado «Yellow Dog Blues», que aludía a una de las líneas de ferrocarril que cruzaban el sur de Estados Unidos.
Si se considera que el blues nació en aquel apeadero, es por la leyenda de Handy; nada excepcional, porque en el blues casi todo es leyenda, y toda leyenda contiene alguna verdad. Muchas de sus historias cantadas y sus melodías, durante las primeras décadas del siglo XX, se nutrían del paisaje surgido en torno a las infraestructuras ferroviarias. Podría decirse que el ferrocarril le dio forma al blues y también su fondo, un modo de tocarlo. Una mitología fascinante cuyos protagonistas eran la propia maquinaria y los especímenes que se movían alrededor de ella —trabajadores y viajantes, pero también quienes solo acudían al andén para decir adiós—, sus ilusiones, sus desdichas. Sobre todo estas últimas: hablamos de blues, el reino musical de la tristeza.
Los primeros blues asociados a este medio de locomoción surgieron como work songs —canciones de trabajo— en el contexto de la colocación y la reparación de las vías. Uno de los más conocidos, sobre todo desde que Leadbelly lo grabase con la misma desnudez a capela del tradicional, fue «Linin’ Track» (1941). Su cadencia, apoyada en la estructura de llamada y respuesta, acompañaba la labor de desplazamiento de los raíles, marcando los tiempos para una reacción coordinada. Este patrón —nunca mejor dicho—, heredado de los esclavos africanos, era el que guiaba a los gandy dancers: miembros de las cuadrillas ferroviarias que asumían esa faena rompespaldas, bailando sobre las vías al compás que señalaba el caller. Por ese carácter rítmico, por su capacidad de improvisación y de entretenimiento, se ha comparado estos blues a las salomas o canciones de marineros y a las de los recolectores de algodón, nutriente de la música del Delta.
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