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El tren «alemán» de Lenin (1)

El tren «alemán» de Lenin
Lenin de camino a Petrogrado en abril de 1917. Imagen: Piotr Vasíliev / Getty.

El acercamiento a la historia siempre despierta dos interpretaciones que no necesariamente se oponen, la accidental y la determinista. Es frecuente que el lector busque la explicación a sus dramas actuales rastreando argumentos, retorciéndolos también, en el pasado. Otras veces produce vértigo pensar en lo distinto que podría haber sido todo por pequeños detalles. Por ejemplo, la madrugada del 18 de julio de 1936, el remolcador España II que llevaba a Franco hacia el Dragon Rapide estuvo a tiro de guardias civiles y guardias de asalto que no se habían sumado al golpe. Pudieron cargárselo allí mismo, pero no lo hicieron. El resultado fue el que fue, pero ¿no podría haber sido incluso peor? Pues también. Toda conclusión que parte de una premisa falsa es siempre verdadera. 

Todos los dictadores, sátrapas y asesinos en serie tienen un momento así, en el que alguien pudo haber «solucionado el problema». Sin embargo, el pasado puede estar sujeto a las decisiones de los líderes, pero también lo está a las condiciones que determinan esas decisiones. La interpretación de ambas, una vez acotados los hechos constatados, no es más que el debido estudio de la historia, pero también puede ser, dicho mal y pronto, un auténtico desparrame. Nada pudo condicionar la vida de más gente durante el siglo XX que la aparición de la URSS, pero su gestación fue una operación del Ministerio de Exteriores alemán, que envió allí a Lenin desde su exilio suizo. ¿Fue accidental entonces? Sí y no, también se dieron unas condiciones que auparon las tesis de Lenin. 

Igual que ocurre ahora, que Moscú ha fomentado en la medida de sus posibilidades tanto el independentismo catalán como la extrema derecha española, desestabilizar a los enemigos apoyando a sus salvapatrias es más viejo que la tos. Eso es lo que ocurrió en 1917. Lenin estaba exiliado en Suiza cuando estalló la revolución en Petrogrado, y el zar, Nicolás II, se vio obligado a abdicar. Era su sueño, llevaba veinte años esperando ese día, pero el Reino Unido y Francia no estaban dispuestos a que volviera. Estaba en contra de la guerra y la Entente necesitaba a Rusia en el frente oriental. 

Toda la inteligencia de franceses y británicos estaba atenta a las intrigas palaciegas rusas, pues se sospechaba que la emperatriz, Alejandra (Alix de Hesse-Darmstadt de nacimiento), era germanófila, así como el pueblo judío ruso, que, paradójicamente —a la vista de lo que ocurriría quince años después—, tenía esa tendencia. Y sobre todo no le quitaban ojo a los rojos, en general, obsesionados con la paz en el mundo.

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