
Presta atención a tus pensamientos, porque se convierten en palabras.
Presta atención a tus palabras, porque se convierten en acciones.
Presta atención a tus acciones, porque se convierten en hábitos.
Presta atención a tus hábitos, porque se convierten en tu carácter.
Presta atención a tu carácter, porque se convierte en tu destino.
(Talmud)
Los humanos somos los reyes del mambo cuando se trata de razonar por conceptos, categorías y símbolos, y esto nos ha dado el poder de triunfar en la historia de la evolución, por el simple motivo (sesgado por un sospechoso conflicto de interés) de que somos los únicos capaces de contar esta historia. La historia la cuentan los vencedores o, en su ausencia, los que saben escribirla. Pero claro, una de las consecuencias que trae esta gran capacidad de nuestra especie de razonar por conceptos, categorías y símbolos, es la limitación de tener necesariamente que reducir o transformar todo en conceptos, categorías y símbolos. Sin conceptos, categorías y símbolos, nuestra máquina pensante no funciona muy bien. Lo cual no es necesariamente un problema, siempre y cuando uno no se olvide de que está trabajando con conceptos, categorías y símbolos, y se crea ingenuamente que está manejando la mismísima realidad. Ya sea para hablar de Dios o de neutrinos, conceptos, categorías y símbolos son estrictamente necesarios no solo para entender, sino, también, para comunicar a los demás lo que creemos haber entendido. Se usan estos elementos para generar modelos, y luego estos modelos se comparan con lo que observamos ahí fuera, para saber si funcionan bien o no y, sobre todo, si nos sirven para mejorar nuestra vida. Aparte de satisfacer alguna que otra inquietud existencial.
Hace un par de siglos empezamos a transformar el conocimiento en lo que hoy llamamos «ciencia», y sembramos así las bases conceptuales, categóricas y simbólicas de una parte importante de nuestra mente individual y colectiva. Y, en ciencias naturales, los iconos de esta transformación han sido, entre otros, dos Carlos. Linneo empezó a llamar las cosas por sus nombres o, mejor dicho, por los nombres que él iba decidiendo darles. Empieza así la contienda lexical de la nomenclatura binomial y de la taxonomía, las cuales pretenden poner un poco de orden en el batiburrillo de plantas y animales de este planeta, con reglas y estructuras sistemáticas que sirven para cuadricular la diversidad y sus escurridizas variantes. Poco después, Darwin empieza a encajar aquellas reglas formales en un proceso, donde los nombres y sus categorías entran en esquemas que ya no describen una foto del paisaje, sino sus cambios a lo largo de un tiempo profundo llamado evolución.
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Interesantes reflexiones. Mais… he recordado un par de «máximas» bastante adhócicas:
– «Ley de Harvard: En condiciones rigurosamente controladas de presión, temperatura, humedad y otras variables, los organismos actúan como les sale de las narices».
– «Regla de Muir: Si tratamos de aislar algo, lo encontraremos inextricablemente asociado a todo lo que existe en el universo».
Agradezco el artículo que cita (circula libre por internet), así como el resto de las referencias.
Para los temas científicos y técnicos preciso que todo esté escrito. Huyo de los debates y presentaciones. Personalmente me resultan actos de ilusionismo. Cada uno va dentro de su concha y escucha y ve lo que desea. Y si se puede hablar, tanto peor. Sin embargo, la lengua escrita fija lo dicho y no hay manera de revolverlo salvo adosando apostillas, que son señales que indican que hay que sospechar.
Si triunfar en la historia de la evolución es lo que nos rodea, de buena gana me hubiera gustado ser uno destinado al fracaso (en la cantidad se extravía la calidad sobre cuatro letras) Este artículo me recuerda que el vecino de huesos y sesos que llevo encima le gusta andar a la moda y escandalizarse si el otro no lo hace; nació elitista y refinado en busca del suceso, y es por eso que en las reuniones de condominio jamás hallaremos un acuerdo; para colmo fuma, cualquier hierba olvidándose que los daños también los paga el vecino de más abajo.