
Hay que mirar con atención para darse cuenta de que el breve espacio ahusado entre el rabo y la pata del toro de Osborne está pintado de azul. Y la razón de ello es que fue concebido para que contemplemos su silueta recortada sobre el cielo, a modo de gigantesco blasón («toro pasante sobre campo de azur», en términos heráldicos) o negro agujero en el paisaje, cual portal a otra dimensión.
En principio, el magnífico diseño de Manolo Prieto podría representar a cualquier toro y servir de emblema a muy diversas causas (podría ser, por ejemplo, el logotipo de una organización ecologista, como el panda de Adena); pero al tratarse de una silueta negra y estar vinculado a la marca Osborne, es inevitable asociarlo con el toro de lidia y, por ende, con la corrida, pues, por una perversa metonimia, al toro se lo identifica con la tauromaquia, es decir, con su tortura, y se utiliza el término «taurófilo» para designar al aficionado a las corridas, que es como llamar bibliófilos a los quemadores de libros.
Y puesto que las infames corridas de toros fueron elevadas al rango de «fiesta nacional» en el siglo XIX y luego ampliamente promocionadas por el franquismo, no es sorprendente que el toro de Osborne se haya convertido en tótem y blasón del españolismo más retrógrado: del paisaje, el agujero negro ha pasado al paisanaje. La consabida bandera rojigualda con la silueta del toro en el lugar del escudo es un poema visual digno de un Brossa. Con la particularidad de que lo que para Brossa habría sido una denuncia irónica del carpetovetonismo más cerril, para muchos se ha convertido en expresión cabal del orgullo patrio.
Junto con el gallo y la gallina, el toro y la vaca constituyen el ejemplo más notorio, entre los animales domésticos, del dimorfismo sexual y de la antinomia agresividad-docilidad, lo que explica que tanto el gallo como el toro sean utilizados a menudo como emblemas de una masculinidad exaltada (en ambos sentidos del término), mientras que la gallina y la vaca inspiren con igual frecuencia caricaturas despectivas de la femineidad. Y además, la castración sistemática de algunos machos introduce un nuevo elemento con fuerte carga simbólica en las dicotomías toro-vaca y gallo-gallina: el buey y el capón, respectivamente, que refuerzan, por contraste, la hipermasculinidad emblemática del toro y el gallo. Sobre todo del toro, que desde hace miles de años ocupa un lugar destacado en los mitos y ritos de numerosas culturas. No en vano el mismísimo Zeus se convierte en toro para raptar a Europa.
Y junto al dios hecho toro, la inagotable mitología griega nos ofrece al toro hecho hombre, el más oscuro y brutal de los híbridos. Porque el Minotauro no es un hombre con cabeza de toro, como se suele decir erróneamente, sino un toro con cuerpo de hombre, puesto que la identidad se aloja, sobre todo, en el cráneo (excepto para quienes, con Woody Allen, consideran que el cerebro es su segundo órgano favorito). Y su padre, el Toro de Creta, capaz de fecundar no solo a los cientos de vacas del rey Minos sino también a su esposa, es la máxima expresión de la masculinidad generadora. Y también de la ferocidad, ya que tras ser capturado por Heracles y liberado por su primo Euristeo —pues Hera se niega a aceptarlo como ofrenda por su excesiva fiereza— causa innumerables estragos antes de ser abatido por Teseo en la llanura de Maratón (es bien sabido que Teseo mató al Minotauro, pero no tanto que también acabó con su padre). Todo un festín para un psicoanalista.
Y antes que los griego, también los egipcios vieron en Apis —el toro sagrado engendrado por Isis al ser fecundada por un rayo de sol— al dios de la fertilidad. Y el dios sumerio An, señor del cielo y las estrellas, lleva una tiara formada por cuatro pares de astas de toro. Y también se relacionan con el toro el culto romano de Mitra, el dios védico Indra, el Teshub tonante de los hititas…
La asociación de la fuerza bruta y la agresividad con la potencia sexual, que es uno de los grandes tópicos de las culturas patriarcales (o sea, de casi todas), tiene su reverso y su complemento en la asociación de la mansedumbre con la impotencia o la castración. De ahí que la antinomia agresividad-docilidad se ejemplifique, más que con la pareja natural toro-vaca, con el innatural binomio toro-buey. Un buey que, además de la mansedumbre, representa la calma y la paciencia. «Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve», dice Julio Llamazares en su conmovedor poemario La lentitud de los bueyes.
No es, por tanto, extraño que, aunque no tan llamativa como la del toro, el buey tenga su propia simbología, así como su lugar específico en mitos y leyendas; de hecho, bastaría su presencia en el belén tradicional para inmortalizarlo. Y, dicho sea de paso, no deja de ser significativo, desde el punto de vista iconológico, que el niño Jesús, de madre virgen y padre putativo, esté flanqueado por una mula y un buey: una hembra estéril y un macho castrado.








«El horror, el horror» El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
¿Quedamos, Eva?
Cuánto tiempo Frabetti. No es por enmendarte la plana pero en cuanto a animales domésticos, diformismo y testosterona y agresividad los binomios carnero-oveja o el macho cabrío-cabra no le van a la zaga a los dos nombrados.
En cuanto a la castración sabes muy bien porqué se hace. Aunque te pese, es cuestión de proteínas…
Saludos
También son importantes, sin duda. Pero en la mitología y la cultura popular tiene mucha más relevancia el trinomio toro-vaca-buey. El cordero puede competir en mansedumbre con el buey, pero el toro «bravo», con sus cuernos penetrantes (y no solo percutientes) y su tremenda fuerza no tiene rival. Y la vaca es la dadora de leche por excelencia.
Jamás llegaré a entender esa morbosidad de ver a un animal exhausto, sangrante, embanderillado su lomo con precisión y saña, babeante, la vista ofuscada, próximo a la fin por el solo hecho de ser un animal. Y la tribuna aplaudía. Eva L lo explica con pocas palabras: El horror, el horror, el corazón de las tinieblas.
El horror en estado puro, sí, el horror por el horror. Por suerte, somos cada vez más los que no podemos entenderlo.
Qué bueno volver a leerte por aquí Frabetti!
Gracias, Click. Qué bueno que algunas/os lectoras/es noten las ausencias (nunca voluntarias, dicho sea de paso).
Gracias por esta píldora de cultura. Estimula el intelecto entre tanta barbaridad.
Gracias a ti, pepino. Ojalá mis modestos artículos merecieran el título de «píldoras de cultura».
No acabo de entender por qué califícas de «tópico» la asociación entre agresividad y potencia sexual, más en el contexto de hablar de animales a los que se castra, en ocasiones por el engorde como se indica en los comentarios, pero en otras precisamente para eliminar tal agresividad, como en los caballos de monta.
Me refiero (pero tendría que haberlo aclarado) a la exacerbación y mitificación de dicha asociación (y a su exaltación «heroica»). El tópico, como bien apuntas, tiene una base real.