
Norte, sur, este y oeste. En los cuatro puntos cardinales viven cuatro brujas, dos son malas y dos son buenas. Estamos hablando de una historia de magia y fantasía, de símbolos y de superación. Gracias a una película en el vibrante Technicolor de 1939, unas canciones inmortales de Harold Arlen y una maravillosa actriz y cantante adolescente, The Wizard of Oz ha sobrepasado las coordenadas geográficas y se ha convertido en un clásico universal. De hecho, la película casi ha borrado de la memoria el cuento original The Wonderful Wizard of Oz de L. Frank Baum que, por cierto, se inspiró en las radicales ideas feministas de su suegra, la sufragista Matilda Joslyn Gage.
Gage fue quien definió el «Efecto Matilda» o la predisposición generalizada a no reconocer los logros de las mujeres y adjudicar su trabajo a sus colegas masculinos. Igualmente fue la primera que denunció como las mujeres sabias e ilustradas han sido consideradas brujas peligrosas y, como tales, perseguidas y aniquiladas. Con este hilo conductor, Baum creó cuatro figuras femeninas, unas malas y crueles, como la verdosa Bruja Mala del Oeste, o comprensivas, sabias y protectoras como Glinda, la Bruja Buena, que se enfrentan o protegen a la pequeña Dorothy perdida en el mágico país de Oz.
La violinista y cantautora Amanda Rose Shires tuvo la idea de formar un grupo al comprobar la escasa presencia femenina en las radios y festivales country, rápidamente lo puso en marcha con Brandi Carlile, Natalie Hemby y Maren Morris, cantantes, compositoras y activistas relacionadas con lo que se ha dado en llamar el country alternativo. El motivo central iba a ser la respuesta femenina a «Highwayman» (2), clásico de Jimmy Webb de 1977, convertida en pièce de résistance country gracias a la versión que hicieron Johnny Cash, Waylon Jennings, Willie Nelson y Kris Kristofferson, unidos como The Highwaymen en 1985. Una reunión en la cumbre de grandes individualidades para una canción sobre la reencarnación y la vida después de la muerte. Cuatro arquetipos masculinos, el bandolero, el marino, el albañil y el astronauta: aventureros y trabajadores que podrían perfilar tanto la historia de la humanidad como las creencias de diferentes culturas, pero dejaba de lado la presencia femenina. Shires, Carlile, Hemby y Morris escribieron, con permiso de Webb, una nueva versión de la canción a la que dieron el título de «Highwomen» en contraposición con el original «Highwayman» o bandolero. Un título fácil de entender, pero difícil de traducir porque «High» en inglés —como «alta» en castellano— no solo se refiere a la estatura física, sino también a la grandeza de alma y carácter.
El cuarteto había debutado en 2019, con motivo del octogésimo séptimo cumpleaños de Loretta Lynn en Nashville. Como las cuatro brujas de la tierra de Oz, ayudando o persiguiendo a las pequeñas niñas perdidas, las cuatro nuevas protagonistas de la canción representan los puntos cardinales de la historia de las mujeres. No hace falta añadir que son cuatro momentos trágicos.
La canción va a comenzar con el monólogo de una madre que nos informa que lo es desde su juventud en una entrega total y absoluta a su misión biológica. «Por mis hijos hice lo que tenía que hacer» añade asumiendo la obligación y el destino que le corresponden. En el cuarto verso descubrimos las circunstancias históricas de su vida: «Mi familia dejó Honduras cuando mataron a los sandinistas»: seguramente en algún enfrentamiento entre los sandinistas refugiados en su país vecino y la Contra nicaragüense. «Seguimos a un coyote a través del polvo de México»: los «coyotes», contrabandistas que ayudan a los migrantes a cruzar fronteras de manera irregular a cambio de de dinero, nos remite a uno de los protagonistas de la letra original que navega en dirección a México. Carlile y Shires, las dos autoras de la nueva letra, han querido crear una contraposición entre aquel mar y este polvo que terminan siendo mortales. Nuestra protagonista nos está hablando ya desde el más allá y nos dice que todos lograron sobrevivir menos ella. Como en la letra original, nos repite el leitmotiv de la canción: «And I am still alive», porque la herencia de la lucha por la justicia y la supervivencia va más allá de la muerte y la memoria.
«Yo fui una sanadora», la voz de Sires responde a Carlile para contar la historia de una de las brujas asesinadas en Salem: una mujer que desde su infancia ha tenido el don de la sanación y lo utiliza para hacer el bien. Generosa, nos dice que «imponía las manos sobre el mundo», es decir que quiere beneficiar a la humanidad entera y no a unos pocos individuos. «Alguien me vio durmiendo desnuda al sol del mediodía» continúa el siguiente verso: desconocido e impreciso, el enemigo surge en cualquier parte y puede ser cualquiera mientras ella, desprotegida e indefensa, oye unos susurros, las voces bajas de los cobardes. Logra entender la palabra «witchcraft» y añade: «Supe que había llegado mi hora». «Aquellos bastardos me ahorcaron en la colina de Salem» termina conectándonos con la realidad histórica, con las teorías de Matilda Gage y con la versión original que utiliza la misma frase cuando habla de la muerte del bandolero. Y, de nuevo, «But I am living still», el leitmotiv heredado de la letra de Jimmy Webb.
Otra mujer que cuenta su historia en pasado es una luchadora negra. En la versión original canta la inglesa Yola Carter con un alma y una expresividad que ponen los pelos de punta. Es también histórico que en los años 60 en el sur de los Estados Unidos se organizaron grupos de viajeros de la libertad para eliminar la segregación racial en los autobuses interurbanos (que ya estaba prohibida por ley). En primavera del 61 —respuesta a la fecha del original «Spring of 25», cuando ahorcan al bandolero— nuestra tercera protagonista toma asiento en un autobús de línea. ¿El destino? Mississippi, nombre que a los lectores actuales nos cuesta disociar de la violencia racial. Escuchamos la advertencia de otra mujer mayor y sabia a quien ella no va a atender: «Mi madre me preguntó si el viaje merecía la pena». El Ku Klux Klan y otras organizaciones supremacistas detuvieron y prendieron fuego a los autobuses y «when the shots rang out I never heard the sound». Aunque la realidad histórica es que hubo violencia pero no muertes, las autoras eligen el dramatismo de un asesinato, tal vez para cargar las tintas en la denuncia. Y, por supuesto, terminará con la imprescindible declaración de supervivencia que, en este caso, cobra aires de celebración por los logros conseguidos en la lucha por los derechos civiles: «But I am still around».
La cuarta estrofa es la más imprecisa y en varios foros y chats online se discute lo que significa. «I was a preacher» dice y se nos presenta como alguien sensible con el corazón roto por todo el sufrimiento del mundo. «Pero enseñar era algo prohibido para una chica», pero sigue con su misión: «En verano me bautizaron en el poderoso Colorado», otra concomitancia con la versión masculina, porque es en una presa de este río donde trabaja el obrero que cae y queda enterrado en el cemento fresco. El río, una trampa silenciosa y mortal para Webb, se convierte ahora en una fuerza imparable que se va a desplomar igualmente sobre la tercera Highwoman de la canción. Como ya vimos en la narración de la bruja, la predicadora nos presenta una naturaleza, un verano y un río que se convertirán en sus enemigos. A continuación, observamos los ciclos de esa naturaleza: llega el invierno y con él las inclemencias del tiempo y el ladrido de una jauría de caza, símbolo de odio y del ensañamiento del fuerte contra el débil: el que domina a las fieras y el perseguido. «Supe que me habían descubierto», dice siguiendo la misma estructura de la bruja. «En el nombre del Salvador, entregué mis armas». Su rechazo de la violencia reitera su generosidad y recibe como recompensa esa vida eterna en la memoria: «But I am still around».
«Cantando historias aún no contadas», la última, y la única estrofa redactada en tiempo presente, se enfrenta al silencio de la historia. También es la única estrofa cantada a coro por las cuatro. La canción va a terminar aumentando su carga pacifista. El verso «Hemos gestado a los hijos que vosotros solo podéis abrazar» reivindica el privilegio biológico de la maternidad como oposición a las guerras y ejércitos masculinos. «Enviasteis a nuestros corazones a morir en soledad en tierras extranjeras», dice metafóricamente sobre los hijos soldados de tantas madres que lloraron sus muertes. «Puede ser que regresen a nosotras en forma de gotitas de lluvia»: las lágrimas, única huella que queda de su sufrimiento.
Una vez más va a terminar diciendo «But we will still remain»: «Y nos quedamos para siempre. Y volveremos una y otra vez, una y otra vez». En el original de Jimmy Webb es la forma de dejar patente su idea de que, de una forma u otra, la muerte no es el final. La nueva versión, por su parte, tiene otra intención: no podemos ni debemos olvidarnos de la persecución al diferente y de cómo se repiten una y otra vez las crueldades y violencias en la historia de tantas mujeres víctimas a lo largo de los siglos.
(*) Gracias a Ricardo Jonás G.







