Cine y TV

Cuando los actores sabían callar y mirar

Imagen promocional de Duro de pelar (1978)

Vi Duro de pelar por primera vez a las 3:17 de la madrugada, en una reposición mal sintonizada de una televisión local con interferencias y anuncios de aparatos para fortalecer los abdominales. Tenía fiebre. Una de esas fiebres que mueven a «la revelación». Clint Eastwood conducía un camión y a su lado, sentada con la displicencia de quien ha leído a Kierkegaard pero no se lo dice a nadie, iba Manis, orangután hembra, actriz sublime, criatura no humana que logró, con un simple parpadeo y una sacudida de hombros, lo que generaciones enteras de actores de método no alcanzarán jamás: la verdad cinematográfica.

Los simios, como los poetas, no interpretan: encarnan. Manis, en su papel de Clyde, nos recuerda que el cine alguna vez fue un arte incómodo, salvaje, instintivo. Su mirada deslizaba una ironía involuntaria que ya hubiera querido para sí Bette Davis en un mal día. Su andar pausado y sus eructos calculadamente sinceros eran un manifiesto contra el artificio contemporáneo. Qué lejos quedan en comparación los mohines de Margot Robbie en Babylon, donde en cada plano parece suplicar que alguien la rocíe con espuma capilar para pelos encrespados.

Vivimos una época trágica en la que se confunde versatilidad con histeria. Donde un actor se considera excelente si puede llorar, bailar, matar a su padre y parir a su hija en la misma escena, mientras un dron da vueltas a su alrededor. En ese contexto, la presencia sobria, estoica y peluda de Manis adquiere una dimensión casi trascendental. En su quietud había misterio. En su gesto, símbolo. En su brazo extendido para hacerle una peineta a un motorista, una crítica lúcida al «american way of life». Me atrevo a decirlo sin rubor: ninguna interpretación de Ryan Reynolds ha alcanzado jamás la hondura expresiva de Manis comiéndose un plátano en silencio. Reynolds, ese eterno adolescente atrapado en el cuerpo de un adulto que parece un PowerPoint mal animado, confunde el carisma con la verborrea. Manis, por su parte, callaba. Callaba y hacía temblar la pantalla. Y no por miedo, sino por autoridad.

¿Y qué decir de Chalamet? Ese ectoplasma en vaqueros, ese Hamlet de Primark. Su presencia en pantalla provoca en mí el mismo interés que la imagen de una silla plegable. Se nos quiere hacer creer que su fragilidad es misterio, que su palidez es poesía, cuando en realidad su principal talento consiste en poner cara de que no ha entendido el guion pero lo respeta. Manis, sin necesidad de comprender el texto, lo transformaba. No necesitaba leer a Bergman para ser bergmaniana. Lo era. Hay una escena en Duro de pelar en la que Manis roba cacahuetes a un vendedor ambulante mientras Clint Eastwood discute con una camarera de moral flexible. El plano, fijo, no dura más de cinco segundos, pero contiene más verdad sobre la soledad del individuo contemporáneo que toda la filmografía de Kaurismaki. ¿Cuándo fue la última vez que un actor humano logró ese nivel de síntesis sin música extradiegética ni voz en off? Yo se lo diré: nunca.

El cine, como el amor, exige fe. Fe en que lo que aparece en pantalla nos afectará más allá de la anécdota. Los animales, libres de las convenciones teatrales y del narcisismo del actor pagado de sí mismo, nos devuelven esa fe. La mirada de Manis no es la de una actriz. Es la de una esfinge. Es, si me permiten el desvarío, la mirada de un dios antiguo, más cercano a Anubis que a Stanislavski. Un dios pelirrojo, sí, pero un dios al fin. Frente a ello, Hollywood se llena de rostros intercambiables que hacen del grito un recurso dramático y del zoom un espejo del alma. Margaret Qualley se pasea por las producciones con la energía de una gimnasta búlgara después del tercer café, y uno se pregunta: ¿era necesario? ¿No hubiera sido más honesto poner a un mandril protagonizando el alter ego de Demi Moore en La substancia? Al menos el mandril no intentaría convencernos de que está atravesando una crisis existencial mientras mastica una toalla mojada.

Si algo nos enseñó Manis —y sí, nos enseñó— es que el actor ideal no es el que mejor llora, ni el que más cobra, ni el que acumula más portadas de Vanity Fair. El actor ideal es el que logra que olvidemos que hay una cámara delante. Y en eso, el último gran maestro fue una orangután que compartía plano con Clint Eastwood y le robaba, una y otra vez, el protagonismo. Porque mientras Eastwood fruncía el ceño como si le apretaran los pantalones, Manis simplemente era.

Y ser, en el cine, ya no es poco. Es milagro.

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6 Comentarios

  1. Pensaba que iba a ser un artículo reivindicando a Clint Eastwood pero ni tan mal las risas. Gracias

  2. Solo puedo compartir este ensayo de Michelangelo Antonioni, leído por Jack Nicholson sobre el actor de cine: https://www.youtube.com/watch?v=OCwYY_ix2pM

  3. jose antonio

    Me he reido. Totalmente de acuerdo con lo de chalamet o como se diga. Quizas por eso Robin Williams, que es mas listo de lo que parece, en the better man ha optado porque sea un chimpance el que haga de él.

    • Si será listo que lleva muerto más de diez años y ha conseguido salir en una peli de ahora mismito. ¡Milagro!

  4. de ventre

    mi padre, cinéfilo de pro, sólo tenía un placer culpable: las películas del chimpancé del artículo…
    … cuando Clint Eastwood, años después, empezó a ganar la relevancia que tiene en la actualidad, pensé que mi padre había sabido vislumbrar en esas películas la mano de un director magistral y que mi progenitor era un Boyero de andar por casa…
    igual lo era, pero al final me animé a ver Duro de Pelar y resultó ser el finstro que a todas luces parecía.

    me he muerto de risa con el artículo.

    j

  5. Barracuda

    El artículo me ha parecido una solemne tontería y las películas de Eastwood con el mono se incluyen entre lo peor que facturó ese tipo. Material de deshecho para poligoneros que sueñan con la ilusión de creerse cinéfilos.

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