Sociedad

Bluesky: Werner Herzog, el balón y el patio del colegio

Bluesky
Bluesky.

Aquí estamos, no se sabe muy bien si consumado ya el Gran Éxodo o aún a mitad del mismo. Al fin y al cabo, en los últimos meses, la espantada de Twitter se ha ido produciendo en oleadas sincronizadas con los exabruptos, disparates y amenazas varias de su dueño y señor, así que no es descartable que se produzcan más en un futuro próximo. Durante años, Twitter se había convertido en parte de nuestras vidas personales, sociales y profesionales: era el recurso cotidiano de muchos para informarse —hasta el punto de que los medios de comunicación elaboraban rutinariamente noticias a partir de lo que allí se publicaba—, era el punto de encuentro con gente afín, era el barril al que subirse para desfogarse públicamente cuando la compañía del gas o del teléfono le hacían a uno alguna jugarreta o la burocracia se mostraba tan inoperante como siempre. También fue, durante mucho tiempo, el sitio donde comentar las bondades y flaquezas de la última película de Marvel o de Star Wars, aunque ahí, sospecho, es donde se empezó a torcer la cosa. Y entonces llegó un nuevo reyezuelo al lugar, que compró el chiringuito y comenzó a tomar ciertas decisiones editoriales amparadas en una pretendida libertad de expresión. Cuando escucho la palabra «LIBERTAD» —así en mayúsculas— en boca de ciertas personas, me viene a la mente Nick Furia diciéndole a Loki: «¿por qué me da la sensación de que te refieres a lo otro?». 

Así que, convertida nuestra vieja red social en un vertedero de odio y desinformación unilateral, la cosa dejó de tener gracia. Al fin y al cabo, ¿quién querría hablar en un foro de debate donde se han sustituido los micrófonos para todos por un megáfono único que siempre sujetan los mismos? Tocaba buscar pastos más verdes, y tras la fase del ensayo-error —Mastodon era tan prometedor como poco user-friendly, y Threads… en fin, no me hagan hablar de Threads—, de manera natural, comenzó a surgir un cierto consenso entre quienes probaban unas y otras alternativas: Bluesky era  el espacio que más se parecía a lo que un día fue Twitter. Incluso los mismos medios que encumbraron a esta comenzaron a publicar noticias sobre la red del cielo azul, que algunas semanas ganaba usuarios nuevos por millones.

Pero, con la notoriedad, surgió el escrutinio. Por un lado, azuzado por las masas de trolls alt-right que veían cómo el patio de su escuela se quedaba sin chavales con gafas a los que provocar con sus insultos. Claro: cuando en el campo de juegos solo quedan los matones, los matones se aburren. Por eso, tocaba instalar la narrativa de que Bluesky es una red sosa y sin gracia, donde supuestamente los usuarios se autocensuran tan cuidadosamente que se aborta toda posibilidad de discusión. No hace mucho, alguien comparaba el lugar con «un documental sobre la soledad de los peces abisales narrado por Werner Herzog», y el símil no podía ser más ilustrativo. Para empezar, porque el recurso facilón de equiparar el cine de autor con el aburrimiento es muy representativo de la corriente antiintelectual tan dominante hoy en los escombros del antiguo Twitter y entre la extrema derecha. Nada nuevo bajo el sol: hace ya décadas que el profesor Henry Jones Sr. proclamaba que los nazis «deberían leer libros en vez de quemarlos». Y yo qué sé, al menos esforcémonos un poco: puestos a tirar por ahí, usar como paradigma del aburrimiento a Werner Herzog, que ha dirigido un Nosferatu y ha sido villano de Star Wars, ni siquiera parece muy atinado. Digamos, por ejemplo, que Bluesky es como el cine iraní de Jafar Panahi: crítico, autoconsciente, con un punto meta y lleno de humor, pero desconocido aún por las masas. O como las películas tailandesas de Apichatpong Weerasethakul: con un ritmo más pausado de lo que acostumbramos, pero pacífico y acogedor. O como las del finlandés Aki Kaurismaki: llenas de humor absurdo, pero con un corazón enorme del que tantas filmografías carecen. A lo que Bluesky no se parece —y demos gracias— es a una película de Zack Snyder: exhibicionista, vistosa, promocionada hasta la saciedad y con un discurso turboliberal mal disimulado; o a una de Michael Bay, militarista, explosiva, acelerada e incoherente. Y tampoco es una comedia de Santiago Segura, llena de chistes rancios y misóginos. Claro, lo que tiene el cine de autor es que es tan diverso y puede llegar a ser tan divertido como el cine mainstream, pero, a diferencia de este, hay que salir a buscarlo.

Otra cosa que tiene el cine minoritario es que está cómodo en su nicho y no necesita ocupar los espacios ajenos, cosa que no puede decirse a la inversa. Raro será encontrarse la última película de Hong Sangsoo en el centro comercial de la esquina, pero seguro que sí aparece la próxima de Marvel en alguna que otra sala de los cines Renoir. Del mismo modo, muchos trolls de Twitter desembarcaron también en Bluesky, persiguiendo a los exiliados en busca de camorra, pero los sistemas de moderación de la nueva red, mucho más expeditivos y eficientes, permiten dejar a las visitas indeseadas en una suerte de dimensión paralela, por lo que proliferaron mensajes de perplejidad del tipo «vine a buscar rojos pero aquí no hay ninguno». Ante su pérdida de poder, lo siguiente fue el pataleo: cuando los niños con gafas renuncian al campo de fútbol y se reúnen en un rincón, los bullies desarrollan el deseo irrefrenable de ocupar también esa esquina, antes desierta, porque se consideran con derecho de nacimiento a ello. Y, si no lo consiguen, declararán en voz muy alta que el sitio nuevo es un espacio aburrido donde nadie en su sano juicio querría estar. Al final, ese es el verdadero triunfo: si no se puede acabar con la centralidad del campo de fútbol, con la hegemonía del cine de palomitas, al menos podemos construir una cabaña tranquila en la montaña. Un lugar donde reunirse a charlar con los amigos, y ver junto a ellos las películas que otros se enorgullecen de despreciar.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

3 comentarios

  1. El autor habla de una red social prácticamente idílica antes de la compra de Musk. Entiendo que se ha confundido y no se refiere a Twitter

  2. !!! Hay pelea !!! Hipólito, abusón, el cuatroojos Juanma te ha llamado fascista, o algo así. ¿Es que no le vas a responder? (Le pillarás viendo la última obra maestra del cine uzbekistaní. Cuatro horas de diversión viendo crecer plantas fanerógamas)

  3. Pingback: Cuando los actores sabían callar y mirar - Jot Down Cultural Magazine

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*