
Quiero rebatir ese argumento rancio y machista que justifica la representación de la agresividad y la violencia en aras de una veracidad histórica. Ese razonamiento anticuado que defiende que, en una película, un hombre que en la mayoría de los casos es el marido o la pareja sentimental le dé un tortazo a una mujer porque así se hacía en los años 50, porque esas eran las relaciones que se establecían en la época, y que el hecho en sí quede anecdótico. Que se repartan guantazos como ejemplo de conducta social sin que afecte a los personajes en lo más mínimo, sin que exponga el sufrimiento ni el comportamiento abusivo y autoritario que supone y que no pretenda hacer ninguna reivindicación sobre el trato vejatorio o el contexto social.
La violencia siempre tiene un carácter ideológico y de abuso de poder, de posicionar a unos por encima de otros. Un tortazo en pantalla no puede quedar indemne, no puede formar parte de una cotidianidad. Pero, dado que lo que no se nombra no existe, con lo anterior no quiero decir que no debamos representar el patriarcado ni su violencia ni que nos veamos abocados a no ajustarnos al contexto histórico. Todo lo contrario. Es muy necesario representarlo y que se vea, que todas las miradas se dirijan allí, en la gran y en la pequeña pantalla, que se hable de ello y se discuta, pero ¿de qué forma? Siempre es la forma.
El largometraje español Te doy mis ojos es una buena demostración de ello, pues la violencia pone los pelos de punta y nos hace apartar la mirada. Que se normalice un bofetón o unos gritos, una orden, una manipulación, una intimidación son tan solo las escalas menores de la misma base ideológica: a la mujer, como propiedad del hombre, hay que educarla, a la mujer hay que castigarla.
Con todo ello, es posible hacer representaciones sin caer en los tópicos sexistas, y por eso me ha sorprendido tanto Vermiglio, de la directora Maura Delpero, una de las preseleccionadas para representar a Italia como Mejor Película Extranjera en los Óscar de este año, aunque después no haya pasado el corte. Yo desde luego la he disfrutado mucho, con sus grandes paisajes de montaña y sí, con su marco histórico, porque no es necesaria la violencia explícita para representar la violencia contra la mujer.
Vermiglio es un pueblo perdido en mitad de los Alpes italianos a final de la Segunda Guerra Mundial. La historia nos presenta a una familia en una zona rural y aislada entre montañas, un pueblo parado en el tiempo, en una jornada de ritmo pausado, de ordeñar a las vacas y del dialecto en los labios. El padre de la familia se alza como autoridad en el pueblo al ser el profesor de la escuela, esas de una única estancia que enseñan a leer y a escribir a todas las edades al mismo tiempo; la madre es una figura insustancial en la narración, que casi no levanta la voz y, cuando lo hace, es silenciada al instante. Tan solo aparece para gestar y parir. Nada más claro que el papel de la mujer a ojos del patriarcado que este: una presencia callada que se queda en casa para continuar con la progenie. Y es que la madre en Vermiglio es exactamente eso: la madre, un papel al que actualmente se le está dando la vuelta para proclamar justamente a la madre como protagonista de muchas historias y crear papeles ricos que no cumplan tan solo con las funciones de madre. Porque una mujer es más que los hijos que pare.
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Te sin teína.
Café sin cafeína.
Cerveza sin alcohol.
Filetes de verduras.
Bautizos laicos.
Y películas sobre violencia sin violencia.
A wonderful world.
De a poco la mujer ocupará el espacio que le corresponde por derecho propio, estimada. El primer paso, que no es de poco ya está dado, en parte gracias a “…las muertas que vos matáis, gozan de buena salud…” como decia un español cambiando el género. Como cualquier otro animal el hombre es reacio a los cambios, y más en el aspecto antropológico. (Este vocablo comienza a ser molesto). Que la iglesia, a través de Bergoglio contemple la inserción de la mujer en su estructura, aun si mínima es algo que me sorprendió, algo que jamás lo hubiera imaginado, y ya tengo mis años; una institución que por dogma y tradición despreció siempre a las Evas. Debe de ser difícil para los hombres de fe comprobar que la evolución “eligió” ese sistema que por convención llamamos femenino para propagar la vida. Hasta ahora nadie se atreve a poner en duda la intuicion sobre ese mecanismo evolutivo que nos ha llevado a donde estamos, un organismo primordial destinado a crecer, obtener información del medio ambiente deshechando los no conveniente para luego dividirse en dos, como lo siguen haciendo ustedes, por supuesto que con mayor sofisticación y con un éxito rotundo. Con respecto a Paola Cortellesi solo puedo decirle que jamás vi una transformación actorial de tal magnitud, pues es una mujer más bien lozana, formosa y vivaz como en el personaje de su otro film, “Come un gatto in tangenziale”, y verla adelgazada, con el rostro demacrado y siempre con ese gesto de temor e indecisa no hace más que resaltar sus inmensas dotes artísticas, con una sensibilidad femenina que quedará para la historia del cine italiano. Y ese final, le confieso no me lo esperaba. Gracias por la lectura.
Cuanta fragilidad y cuanta enjundia para criticar al cine, que no es el vehículo eso.