
Gabriel Albiac es un lujo de nuestra literatura. De nuestra literatura, digo bien. En esto, me temo, soy un antiguo y considero que es una pobreza recortarle el territorio a la literatura y expulsar de ella disciplinas como la filosofía, la historia, el periodismo, la erudición que siempre le pertenecieron. Siento ante esa jibarización del territorio literario lo mismo que siento cuando los estadounidenses llaman América a su país y, mediante sinécdoque, le roban la denominación original a todo un continente.
No alcanzo a comprender por qué, cuando llega la ronda de grandes premios literarios, en las quinielas de posibles candidatos no aparecen apenas historiadores, filósofos, periodistas, eruditos, como si a lo que ellos han dedicado sus vidas no hubiera sido la literatura; es decir, alguna rama de la literatura que pertenece a esta con tanto derecho como la novela o el poema. (No es raro, por tanto, que en la abundante obra de Albiac figuren varias novelas y un libro de poemas que, lamentablemente, no he podido conseguir, porque siempre que sale alguno en el mercado de bibliómanos viene castigado por un precio que no pagaría uno ni por el rescate de un hijo al que hubiera secuestrado un cártel de sicarios).
Si Albiac es un lujo de nuestra literatura no es solo por la potencia de su pensamiento, sino, fundamentalmente, por la eficacia y personalidad de su estilo. Estilo es palabra que remite a un instrumento de escritura utilizado para marcar, mediante incisión, las tablillas de cera, y está hermanada con otras palabras como estímulo. Hay que decir ya que Albiac es un estilo. Poco español, por cierto, porque no hay en nuestra tradición prosa como la suya (tal vez podríamos ver en su forma de escribir un eco de Azorín: es un Azorín con pulsaciones, por decirlo con un poco de gamberrismo).
Como a nadie se le escapa, en España tenemos la costumbre de considerar como los más grandes prosistas a aquellos que se especializan en ahuecar mucho la voz, florear con conciencia de bonitura sus escritos, enlazar subordinadas sin temor al anacoluto, barroquizarlo todo para que, quizá, no se note que no hay mucho que decir. Confieso que, cuando leo —y lo leo muy a menudo— que la mejor prosa española del siglo XX o XXI la escribe Fulano o Mengano, que parecen pasteleros de la retórica, con prosas muy pomposas y ahuecadas, siento en mi interior que cerca de mí muere un gatito atropellado por un conductor sin carné… en un paso de cebra (o sea, el gatito llevaba preferencia).
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Me preguntó ¿era mejor que el «sentir»del médico, en una cultura dimórfica en el sexo como la nuestra, permitiera la castración de bebés con un sexo exterior ambiguo?
Puedo convenir con Albiac en que el uso de la palabra género lleva a confusión pero también creo que la biología se reifica, y se tiende a confundir la epísteme con la ontología, entender como lo dado el conocimiento que hacemos. La biología es una disciplina académica que conoce desde su perspectiva, pero socialmente se toma de una manera esencialista como lo que es «real» y «natural». Y cuando invocamos esas dos palabras deberíamos percatarnos que estamos tocando, si se me permite la metáfora, los mimbres de nuestra ideología.
Aunque de manera interesada, porque la biología conoce desde hace décadas lo que otras culturas llaman tercer sexo. Los llamado síndrome de Turner o el de Klinefelter entre una ingente variedad de posibilidades de que no armonicen los distintos niveles en los que la biología estudia el sexo: genético, cromosómico, hormonal, gonadal interno, o gonadal externo.
¿Porqué pone «solol» cinco veces?
Corregido.