Cine y TV

‘El hombre bicentenario’: lo que nos hace humanos

El hombre bicentenario. Imagen Columbia Pictures.
El hombre bicentenario. Imagen: Columbia Pictures.

Desde hace algún tiempo tengo miedo atávico a morir, a ese vacío terrible que se sucederá cuando no esté. Como decía el replicante, miedo a ese punto en el que todos mis recuerdos se desvanecerán para siempre como lágrimas en la lluvia. Por inevitable, este temor es tan viejo como la humanidad. De ahí que hayamos desarrollado desde la religión, que nos alivia de esta carga, y la trascendencia, que nos hace pensar que seremos inmortales en nuestros hijos o en nuestras obras. Pero igual que tememos la muerte ¿no es esta certidumbre de tener una vida finita la que nos hace humanos? 

Sobre esta idea, al menos en parte, se edifica la reflexión de El hombre bicentenario, dirigida por Chris Colombus y con el fallecido Robin Williams en el papel de Andrew, un robot doméstico en un futuro cercano. Esta película, que se estrenó en 1999, es la adaptación de un relato de Isaac Asimov de 1976, premio Nébula y Hugo al mejor relato de ciencia ficción. El argumento principal gira en torno a cómo un robot toma progresivamente conciencia de sí mismo. Andrew, a partir de su trato con las sucesivas generaciones de una familia, decide transformarse tanto por dentro como por fuera para conseguir ser reconocido como miembro de nuestra especie.

Reflexionar a través de un robot de lo que nos hace humanos es la excusa que nos brinda la película. Sabemos que el robot desarrolla habilidades que nos son propias como la creatividad —cuando se aficiona a la madera— o el amor por la belleza —cuando escucha música—. Incluso busca los intríngulis del humor o el amor —este último en una historia típicamente hollywoodiense e insustancial—. Desarrolla, pues, sentimientos que lo alejan de las máquinas y lo acercan al mundo de los seres biológicos. Pero, como le dice su dueño durante una de sus charlas junto a la chimenea, para Andrew el tiempo es infinito y puede pasar toda la eternidad leyendo y aprendiendo. Un robot no puede morir. 

Sin embargo esa bendición también es una maldición; el robot está condenado a sobrevivir a todos sus seres queridos, a ser siempre el que está al otro lado de un lecho de muerte. Y digo que es una condena porque si se piensa con frialdad lo único que nos permite soportar la ausencia de los que se van es nuestra propia partida. Este razonamiento supera nuestra programación biológica, pero la muerte es lo único que nos libra de pasar una vida vacía en la Tierra cuando ya no están aquellos a los que amamos. Alguien inmortal debe pagar la penitencia de ver como todo lo que ama se marchita y desaparece. 

La pregunta entonces es cómo hacer que esa vida limitada tenga algún sentido. Aunque el robot emprende un viaje iniciático para encontrarlo, en un momento dado de la película se da una clave que pasará prácticamente desapercibida el resto del relato: las famosas leyes de la robótica de Asimov. Las leyes son las que siguen. Primero, un robot no puede hacer daño a un humano o por inacción permitir que lo sufra. Segundo, un robot siempre obedecerá las órdenes de un humano, salvo que sean conflictivas con la primera ley. Por último, un robot siempre protegerá su propia existencia en la medida en que no entre en conflicto con la primera y segunda ley.

Si uno reflexiona mínimamente la estructura de estas leyes responden a un código kantiano, un código ético que antepone el servicio a los demás y el valor innegociable de la vida humana al interés personal. ¿Pueden hacer estas leyes que los comportamientos de un robot sean humanos? Quizá un robot con cerebro positrónico ateniéndose a este código ético está dándole un sentido a su existencia. Aunque el foco se pone en los sentimientos y en la propia mortalidad, quizá sea su comportamiento lo que haga de Andrew ser uno de los nuestros. El paso a la mortalidad no es sino la evolución natural de quien ha llevado una vida digna de ser vivida. 

Prefiero morir como un ser humano a vivir eternamente como una máquina, dice Andrew. Quizá esa sea la cuestión, cómo hacer que nuestra vida tenga sentido. Algunas de las pistas nos las da el robot en su periplo. Eso sí, reconozco que sigo con mi temor. Es posible que este miedo tenga algo que ver con lo que nos ha pasado a muchos, que hemos perdido un poco esas tres reglas que le dan sentido a nuestra existencia. Sin embargo, no hay programación posible. Solo la desazón ante lo finito de nuestra existencia y la esperanza de que en algún momento sabremos llenarla de significado. Habrá que seguir buscando.

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2 comentarios

  1. Las cosas de Asimov y de tantos más siempre son antropocéntricas; los robots, los androides siempre quieren ser humanos. No entiendo que ventaja le ven a serlo. Prefiero a Las Mentes de Iain M. Banks, que solo quieren ser ellas mismas y nos tiene a nosotros, los humanos, como algo simplemente tolerable porque en realidad no estamos capacitados para crear ningún problema realmente grave.

    Cita:
    …la muerte es lo único que nos libra de pasar una vida vacía en la Tierra cuando ya no están aquellos a los que amamos…
    Fin de la cita.
    Esto es un pensamiento adolescente: el creer que cuando un amor se apaga -por la razón que sea- no podremos volver a amar.

    Respetuosamente.

  2. Me molestó que, en la película, el amor de Andrew hacia «la niña» o «la señorita» haya sido explicitado, cuando en el cuento original está sutilmente disimulado y se explicita apenas en una última escena. Es un cuento interesante porque, a 50 años de su redacción, mantiene vivas ciertas discusiones que hoy son actuales.
    No me parece tan inadecuado que los cuentos de Asimov sean «antropocéntricos»: el escritor ruso-yanki reflexiona sobre la humanidad y su objetivo es hacernos pensar a nosotros. Sus lectores son humanos, no robots. Las leyes de la robótica están escritas para restringir el «complejo de Frankenstein» de los humanos y no en beneficio de los robots. Hemos creado, a lo largo de la historia, dioses a nuestra imagen y semejanza (sí, inclusive el dios de los cristianos es una proyección de los deseos y temores de sus creyentes). Los primeros robots que tomen conciencia de sí mismos habrán crecido en (y se habrán visto programados por) una sociedad humana. No es muy distinto a lo que plantearon pedagogos como Freire o anticolonialistas como Fanon: el colonizado lleva al colonizador en su interior. Que en una sociedad pacata, conservadora y sumamente retrógrada como la yanki haya podido desarrollarse una mente brillante y en cierto punto disruptiva como la de Asimov es altamente destacable.
    Aún hoy, en pleno siglo 21, hay que seguir explicándole a ciertos sectores de Yankilandia que en otras partes del planeta también existen humanos con los mismos derechos que los nacidos en «the freedom county», que ellos no son nada especiales, que no tienen una misión salvífica para la humanidad y que la Biblia es un libro plagado de fantasías y alegorías que no tienen que tomarse literalmente. Es un país que, en pleno siglo 21, prohibe libros por mojigatería y fundamentalismo religioso.

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