
Si algo hemos aprendido en Occidente sobre la sabiduría oriental es que para dominar las artesmarciales —o cualquier otra disciplina como doblarcamisetas en el Zara—, hay que ser water, my friend. Lo que Bruce Lee nunca especificó es si la water tenía que estar fría o caliente, pero los afortunados que seguíamos Ranma durante la adolescencia sabemos que la temperatura, como el tamaño, sí que importa.
Si piensas que una ducha matutina con agua fría es una maldición es porque no conoces el maravilloso spa-resort en los manantiales de Ju senkyo, donde los luchadores como Ranma suelen entrenar. Porque una cosa es una ducha fría y otra es una ducha fría maldita que, además, te convierte en cerdo. O en panda. O en mujer (sí, en Japón ser mujer es igual de malo que ser panda y no contar con pulgares oponibles).
No hay mucho que temer de esta adaptación oriental de la metamorfosis kafkiana: el beneficio es una operación de cambio de sexo gratis, instantánea, reversible y sin posoperatorio, como en el caso de Ranma; o la metamorfosis en un adorable animal de compañía con aptitudes para la lucha al más puro estilo Pokémon: Genma es un panda versado en la técnica Vale Tudo, Mousse, un pato con gafas armado hasta los dientes —que no tiene—, su enamorada Shampoo, la gata que lucha al estilo amazona china y Ryoga, el cerdito vietnamita aficionado a dormir encima de chicas pechugonas.
Si el desarrollo de esta serie hubiera caído en manos de Stan Lee, ahora estaríamos ante un superhéroe que patrulla por las calles de Tokio equipado con una cantimplora y un termo, y que lucha por las injusticias en los vestuarios masculinos o femeninos indistintamente. Un héroe con slips por encima de la ropa que ha abrazado su maldición y que ha sabido convertirla en su superpoder, aunque eso implique llevar a cuestas una neverita de dominguero para las situaciones más críticas.
Afortunadamente, Ranma no es un per sonaje de Stan Lee, sino de Rumiko Takahashi, que prefirió contarnos la historia de cómo un joven y su padre —ambos artistas marciales— llegan a Tokio tras un exigente entrenamiento en China para concertar el matrimonio del chico con la hija de un viejo amigo. La irrupción de Ranma y su padre Genma en el dojo de los Tendo altera el estilo de vida de Soun, líder del dojo, y sus tres hijas casamenteras.
Juntos, Ranma y Akane asistirán al mismo colegio y vivirán bajo el mismo techo en concepto de hermanos-prometidos, o lo que vendría a ser la versión nipona y digna de Los Serrano, en la que, al final, nada era un sueño. La convivencia creará roces, los roces harán el cariño y, como en la mayoría de casos de identidades secretas —porque la humanidad es incapaz de reconocer a una persona si se quita las gafas—, nadie asociará las similitudes físicas entre «Ranma, la chica de la trenza» y «Ranma, el chico de la trenza», dando pie a malentendidos, situaciones hilarantes y ojos grandes y llenos de chiribitas. Artes marciales, romance, institutos, transformaciones, animales muy monos y un abuelo robabragas convierten a Ranma ½ en el anime definitivo y lo sitúan en la cúspide de la pirámide de los shonen shoujo, donde acabó convirtiéndose en un icono atemporal de la animación japonesa y nuestra adolescencia. Lee detenidamente las instrucciones de uso de tu manantial, consulta tus dudas con el guía de Jusenkyo y, si no quedas satisfecho con tu metamorfosis, te la revertimos —de forma temporal— con agua caliente.








Este artículo crea un agujero blanco en el transcurso cotidiano de mi atención, tan corto él sobre este peculiar tipo de animación creativa de héroes japoneses, inmersos en una dinámica semi detenida con gritos, centellas, onomatopeyas, todos instantáneos, ojos negros grandes quietos (¿sin iris?) y narices pequeñas, con risas a cuentagotas, siempre serios como la tradición, japonesa y la de los demás. Son tan extraños que me viene la absurda idea de que ahorran por innecesario detallar lo contínuo, como el caminar. Puede ser, ya que no derrochan espacio con puertas a bisagras y usan esas aparentemente frágiles corredizas. Este artículo sufre de lo que llamo “síndrome del cine de barrio pobre”. Estábamos en lo mejor de la acción cuando de repente aparecia ese agujero blanco, producto del mal funcionamiento del proyector que, con su calor intrínseco derretía la cinta y nos quedábamos sin el final. Una pena.
efectivamente, nada que ver con Stan Lee y los superhéroes estadounidenses, productos industriales, clones aburridos y carentes de humanidad embarcados en aventuras repetitivas y previsibles. Los personajes de Takahashi no solo son graciosos y complejos hasta el punto de hacerse entrañables, sino que viven aventuras llenas de imaginación, enriquecidas con elementos de la mitología japonesa, que los llevarán a finales inesperados y surrealistas. Una autora que ya es clásica e imprescindible.