
En los pasillos del Comité Olímpico Internacional, donde las decisiones se toman con la solemnidad de un tribunal supremo, existe un archivo polvoriento de deportes que una vez brillaron bajo los cinco anillos. Estos deportes, apartados hoy al arcón del olvido, nos recuerdan que las Olimpiadas no son un museo de disciplinas fijas e inmutables, sino un organismo vivo que respira al ritmo de los caprichos culturales, las corrientes políticas y los intereses económicos de cada época. Para quien saborea el análisis deportivo, conviene asomarse a plataformas como Legalbet, donde se desmenuzan con rigor las apuestas concebidas como mero entretenimiento, y de paso se ilumina el laberinto de factores que decide qué deporte logra seducir a las multitudes y, en consecuencia, hacerse un hueco en la agenda olímpica.
El museo de los deportes perdidos
Imagine, si puede, un estadio lleno de espectadores vitoreando mientras dieciocho hombres se aferran a una cuerda gruesa, sus rostros contorsionados por el esfuerzo, sus pies buscando tracción en la tierra. Esta era la tira y afloja olímpica, un deporte que desde 1900 hasta 1920 formó parte del programa oficial de los Juegos. No era simplemente un juego de patio escolar magnificado; era una demostración pura de fuerza colectiva, estrategia y resistencia que requería meses de preparación y una coordinación casi telepática entre los miembros del equipo. Tuvo su edad dorada en aquel Londres de 1908, cuando el equipo de la City of London Police se llevó la gloria ante otros escuadrones de agentes, como la Policía de Liverpool o la División «K» de la Metropolitana.
Fue un torneo épico, narrado con la solemnidad de un combate medieval: el público hablaba de una tensión «electrizante», los periódicos dedicaban crónicas enteras a diseccionar el arte del agarre y la estrategia del ancla, y cada duelo entre cuerpos policiales encendía pasiones que hoy nos parecerían desproporcionadas para una cuerda y dos bandos. La disciplina sobrevivió en el programa olímpico hasta 1920, pero aquel dominio británico, y en especial el de la City of London Police, quedó incrustado en la memoria como un símbolo de fuerza, camaradería y una épica que ya no se estila, pero que se recuerda con cierta ternura y un pellizco de admiración.
Pero la tira y afloja no fue el único deporte en sufrir esta suerte. En 1992, los Juegos de Barcelona fueron testigos de algo verdaderamente extraño: la natación sincronizada individual. Sí, leyó correctamente. Durante una breve y surrealista temporada olímpica, los nadadores compitieron en rutinas sincronizadas… consigo mismos. La disciplina requería una coordinación perfecta entre movimientos acuáticos y terrestres, creando un espectáculo que era parte ballet, parte acrobacia, parte meditación en movimiento. Fue hermoso, fue bizarro, y fue efímero.
Los deportes de la Belle Époque
La primera mitad del siglo XX fue la era dorada de los deportes olímpicos experimentales. El cricket, ese deporte que define la esencia británica tanto como el té de las cinco, apareció en los Juegos de París de 1900. Solo hubo dos equipos participantes—Francia y Gran Bretaña—y el partido duró dos días. Francia ganó, en lo que puede considerarse una de las mayores sorpresas deportivas de la historia moderna, considerando que Gran Bretaña había inventado el deporte.
El croquet, ese juego de jardín con apariencia de pasatiempo refinado pero capaz de desatar pasiones soterradas y rivalidades de sobremesa, se coló en el programa olímpico de París 1900. Allí, en una cancha casi de salón, la puntería valía más que la potencia, y cada golpe se ejecutaba con la precisión cerebral de un ajedrecista y la prestancia de un espadachín. La ironía quiso que todos los participantes fuesen franceses, transformando el torneo en una especie de drama doméstico con barniz internacional, tan peculiar como fascinante.
El lacrosse, por su parte, apareció esporádicamente en varias ediciones olímpicas, llevando consigo la herencia de los pueblos originarios de América del Norte. Era un deporte que combinaba la velocidad del hockey con la estrategia del fútbol americano, creando un espectáculo de una intensidad casi primitiva. Las multitudes lo amaban, pero su naturaleza violenta y la falta de popularidad internacional eventualmente sellarían su destino.
La ciencia cruel de la selección
¿Qué decide que un deporte sobreviva en el programa olímpico mientras otro se hunde en el pozo del olvido? La respuesta, créanme, es más enrevesada de lo que el COI se atreve a confesar, y más política de lo que su aparato de márketing toleraría airear en público. Existe una suerte de ecuación no escrita que mezcla popularidad global, gancho televisivo, costes de organización y eso que los burócratas olímpicos denominan con solemnidad «relevancia contemporánea».
Thomas Bach, presidente del COI, lo dejó claro hace poco, con la tranquilidad de quien maneja un imperio: «Cada nuevo deporte que entra significa que otro debe salir, o que debemos repensar completamente el formato». Palabras que resumen la regla de la suma cero, un darwinismo deportivo en el que solo los mejor adaptados conservan su plaza bajo los cinco aros.
Los requisitos oficiales son de una precisión quirúrgica digna de un fedatario: al menos 75 países y cuatro continentes practicando el deporte en categoría masculina, y un mínimo de 40 países y tres continentes para la femenina. Cifras frías que ocultan la letra pequeña más relevante: el peso aplastante de los grandes mercados de televisión, con el estadounidense a la cabeza, dueño de más del 40 % de los ingresos por derechos olímpicos, y auténtico oráculo que decide, sin decirlo, qué espectáculo merece la pena y cuál puede marcharse por la puerta de atrás.
El renacimiento deportivo
Sin embargo, la historia olímpica también está llena de resurrecciones. El rugby regresó a los Juegos en 2016 después de 92 años de ausencia, aunque en su formato de siete jugadores. El golf volvió en esos mismos Juegos de Río después de 112 años, demostrando que el exilio olímpico no es necesariamente permanente.
La clave para el retorno parece estar en la reinvención. Los deportes que logran adaptarse a los tiempos modernos—ya sea cambiando sus reglas, acortando su duración, o aumentando su atractivo visual—tienen mayores posibilidades de recuperar su lugar en el programa olímpico.
El breaking, que debutó en París 2024, representa esta nueva filosofía olímpica: deportes urbanos, atractivos para audiencias jóvenes, y perfectamente adaptados para la era de las redes sociales. Cada rutina de breaking es, esencialmente, un video viral en potencia.
¿Veremos el regreso?
La pregunta que obsesiona a los nostálgicos olímpicos es si deportes como la tira y afloja o el croquet podrían regresar algún día. La respuesta es complicada. Estos deportes enfrentan obstáculos casi insurmontables: falta de federaciones internacionales activas, ausencia de circuitos profesionales, y lo más importante, la inexistencia de una base de fanáticos global.
Sin embargo, hay señales de esperanza. El auge de los deportes retro y la nostalgia por las competencias «auténticas» han llevado a un renacimiento menor de algunos de estos deportes. Existen campeonatos mundiales de tira y afloja, y el croquet mantiene una presencia respetable en ciertos círculos.
La natación sincronizada individual, por extraña que parezca, podría tener mejores posibilidades. Su naturaleza artística se alinea con las tendencias modernas hacia deportes que combinan atletismo y expresión personal. Y en una era donde la individualidad se celebra tanto como el trabajo en equipo, quizás sea el momento perfecto para que un nadador vuelva a sincronizarse consigo mismo bajo las luces olímpicas.
El futuro de los deportes olímpicos
Los Juegos Olímpicos de 2028 en Los Ángeles ya han confirmado la inclusión de deportes como el béisbol, el sóftbol y el lacrosse (curiosamente, haciendo su regreso después de décadas). Esto sugiere que el COI está dispuesto a experimentar con formatos híbridos: deportes que regresan temporalmente para audiencias específicas y mercados particulares.
La realidad es que los deportes olímpicos del futuro serán aquellos que mejor se adapten a un mundo hiperconectado, donde la atención es el recurso más escaso y la viralidad es la nueva medida del éxito. Los deportes olvidados del pasado olímpico nos recuerdan que la grandeza deportiva no siempre es permanente, pero también que la pasión humana por la competencia encuentra formas de reinventarse constantemente.
En los archivos del COI, donde reposan con dignidad casi funeraria los diplomas de los últimos campeones de tira y afloja, se guardan también, aunque no lo sepan, las semillas de deportes olímpicos que aún nadie ha inventado. La historia de los Juegos nos recuerda, con su particular sentido del humor, que lo único inmutable es el cambio, y que la gloria deportiva, igual que la vida, se sostiene en ese raro equilibrio entre lo eterno y lo fugaz.








La discriminación a la que ha sido sometido siempre el parchís, me ha parecido siempre escandalosa. En cambio. tenemos que asistir impertérritos a ese patético espectáculo de dos jovenzuelas dándose patadas lateralmente, tae kwondo creo que le llaman. Toda la vida o casi, entrenando sin descanso con enormes sacrificios para acabar en ese lastimoso espectáculo.
«Mira, la nena ha vuelto con el bronce» «¡Pues vaya mierda, anda y tira, que te toca!» «Pero recuerda que llevas dos seises y al tercero te vas a casita».
Ja ja ja. Muy bueno.
El parchis no es deporte olímpico porque como con el patinaje, Colombia arrasaría.
El «tira y afloja» tiene una gran popularidad en Euskadi, y de hecho la selección vasca compitió oficialmente en el Mundial de 2014.
La pelota vasca es otro deporte que fue oficial en 1900 y luego deporte de exhibición en varios Juegos (el último en Barcelona).