Ciencias

El eclipse solar y la ciencia de la oscuridad

Corona del eclipse total de 2024. Foto Brucewaters (CC)
Corona del eclipse total de 2024. Foto: Brucewaters (CC)

El miércoles 12 de agosto, a la hora en que media España empieza a discutir sobre la cena, unos cuantos millones de personas estarán mirando hacia el oeste con unas gafas de cartón. Habrán consultado mapas durante meses antes de recorrer cientos de kilómetros para asistir a la desaparición del Sol, acontecimiento que durante buena parte de la historia habría aconsejado sacrificar algo y que ahora exige comprobar la homologación impresa en una patilla. Será el primer eclipse total visible desde la península ibérica en más de un siglo. La sombra entrará por Galicia, cruzará el norte y llegará a Baleares cuando el Sol se encuentre ya muy bajo, de modo que la experiencia astronómica más esperada del verano podría arruinarla una urbanización levantada sobre la loma exacta o esa nube solitaria que lleva toda la tarde sin saber dónde ponerse.

El mecanismo exige colocar tres cuerpos en línea, operación que parece sencilla hasta que se recuerdan las distancias y el hecho de que ninguno permanece quieto. La Luna pasa entre la Tierra y el Sol, proyecta su sombra sobre una parte del planeta y durante unos instantes ocupa en el cielo el mismo tamaño que una estrella cuyo diámetro real supera al suyo unas cuatrocientas veces. También está aproximadamente cuatrocientas veces más cerca, coincidencia de proporciones que permite cubrir el disco solar con una precisión indecente. Las órbitas elípticas impiden que el ajuste sea siempre igual. En ocasiones la Luna queda algo más lejos, su silueta resulta pequeña y alrededor permanece un anillo de Sol; cuando se acerca lo suficiente, la sombra completa alcanza la superficie terrestre y avanza por ella formando una franja estrecha. Quien se encuentre dentro verá la totalidad. A unos kilómetros, bajo el mismo cielo y con idéntica voluntad de emocionarse, alguien habrá organizado el viaje para contemplar un eclipse parcial.

La diferencia parece mezquina sobre el papel. Un Sol cubierto al noventa y nueve por ciento conserva luz suficiente para que el día continúe y la corona permanezca escondida bajo el resplandor de la fotosfera. El uno por ciento restante estropea el fin del mundo. Dentro de la franja de totalidad, el último borde luminoso se deshace en las perlas de Baily, breves puntos de luz que atraviesan los valles del relieve lunar, y después aparece alrededor del disco negro una corona blanca que normalmente permanece invisible. El cielo adquiere un color que las fotografías reproducen con obediencia y los testigos describen mal, pues el vocabulario disponible fue construido para amaneceres y tormentas, alteraciones razonables de la iluminación. Durante esos segundos pueden verse estrellas, el horizonte conserva claridad en la distancia y la temperatura empieza a caer con rapidez suficiente para que alguien que conoce perfectamente la explicación empiece a buscar una chaqueta.

Cada cultura soltó contra el Sol oscurecido los animales y enemigos que tenía a mano, mientras algunos observadores reconocían ciclos y conservaban fechas. Los eclipses pertenecientes a una misma serie de Saros se repiten cada dieciocho años y unos once días, desplazados sobre la superficie terrestre. La regularidad permitía preverlos con siglos de observación, aunque saber que el monstruo llegará el martes nunca ha vuelto al monstruo completamente inofensivo.

Edmond Halley comprendió las ventajas públicas de acertar con la agenda. Para el eclipse que atravesó Inglaterra en 1715 preparó un mapa de la franja de totalidad, indicó las horas y pidió a los curiosos que le enviaran sus observaciones, cuando cualquier error de varios kilómetros podía atribuirse a la cartografía o a que la Luna había llegado con una puntualidad distinta. La sombra cruzó Londres a la hora anunciada por Halley, quien debió de sentirse mucho más tranquilo que cuantos levantaron la vista.

Dos siglos después, una idea de Einstein necesitaba que el Sol colaborase ocultándose durante unos minutos, pues la relatividad general afirmaba que su gravedad desviaría la luz de las estrellas situadas visualmente cerca del borde y el resplandor borraba justo aquello que permitiría comprobarlo. En 1919, Arthur Eddington viajó a la isla de Príncipe, frente a la costa africana, y fotografió durante la totalidad el campo de estrellas situado detrás del Sol. Las nubes dejaron pocas placas aprovechables, suficientes para obtener un resultado que apoyaba la predicción de Einstein, convertido muy pronto en celebridad internacional. El eclipse había prestado la oscuridad necesaria para pesar una teoría sobre la forma del universo. Durante unos minutos, la Luna desempeñó el trabajo de una tapa colocada sobre el instrumento más brillante del laboratorio.

Esa tapa permite observar la corona, una atmósfera solar tenue que se extiende millones de kilómetros y alcanza temperaturas muy superiores a las de la superficie visible. Sus filamentos siguen campos magnéticos que cambian con la actividad del Sol y alimentan el viento solar, responsable a su vez de auroras y de problemas que afectan a satélites o redes eléctricas. Durante la totalidad de agosto, todo eso aparecerá alrededor de una circunferencia negra suspendida sobre el horizonte español, mientras debajo habrá áreas de servicio colapsadas y gente preguntando si todavía puede mirar. Las gafas solo podrán retirarse durante la totalidad y dentro de la franja, cuando la fotosfera quede completamente cubierta. La astronomía ofrece pocas experiencias que alternen semejante grandeza con instrucciones tan parecidas a las de un electrodoméstico.

El lugar elegido importará casi tanto como la posición de los astros. En A Coruña, la totalidad llegará con el Sol a unos doce grados sobre el horizonte; hacia el este irá acercándose a la puesta, hasta rozarla en Baleares. Una montaña situada a kilómetros puede ocupar el espacio donde debía representarse el prodigio, perspectiva que ha convertido los mapas de relieve en literatura de suspense. Después de calcular con enorme precisión dónde caerá la sombra de la Luna dentro de unos días, los astrónomos tendrán que entregar el espectáculo a la nube que esa tarde decida detenerse delante de un pueblo de Burgos.

Cuando llegue el momento, la sombra avanzará y la conversación irá apagándose sin necesidad de que nadie la modere. Quienes hayan viajado juntos dejarán por unos segundos de mirar el móvil, salvo aquellos que hayan decidido confiarle el recuerdo a una cámara y descubran demasiado tarde que llevan meses preparándose para grabar un círculo blanco que tiembla. Habrá gritos cuando desaparezca el último fragmento de Sol y volverá a haberlos cuando asome el primero, porque la especie ha aprendido a predecir eclipses sin adquirir por ello la compostura necesaria para ver uno.

La totalidad durará menos de dos minutos en buena parte de España. Después regresará la luz, los animales que se hubieran recogido corregirán su decisión y las carreteras recibirán de golpe a quienes llevaban meses distribuyéndose por la franja. Durante ese intervalo, conocer la órbita de la Luna servirá de poco, porque el cielo habrá adoptado una forma que el cuerpo identifica con una avería general. La astronomía habrá predicho el lugar y el segundo exactos en que el mundo parece terminar, además del instante en que todo vuelve a ponerse en marcha. Incluso los mejor informados mirarán hacia arriba para comprobar que las ecuaciones cumplen su palabra.

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