
Hace un tiempo, en el club de lectura donde estábamos leyendo Historia universal de la infamia, don Gilberto dijo que ese libro de Jorge Luis Borges era una farsa:
―¿Para qué leer esas historias que parecen reales cuando, en realidad, son mentiras?
Don Gilberto, con la camisa impecablemente aplanchada, ya jubilado, escrupuloso, puntual, rezandero y bien afeitado, dijo de manera categórica que Borges era un tramposo. Argumentó que, desde las primeras páginas, creyó leer un lenguaje enciclopédico y periodístico.
―Incluso tiene un índice de fuentes —dijo don Gilberto—, fuentes falsas.
Don Gilberto repetía a punto del enojo: «Fuentes falsas, compañeros, falsas». Y terminaba preguntando qué sentido tenía leer un libro que inventaba sus consultas, sus historias, sus personajes.
El club era dirigido por la poeta Pili Gómez, fiel seguidora de la cultura japonesa en temas de disfraces otaku, juegos de rol, literatura fantástica y duelos de juguete. El club se llamaba «La espada de fuego» y allí no podíamos decir «este libro me gusta» sin que inmediatamente nos cayera una lluvia de latigazos por parte de los participantes, en contra de la lectura y la opinión.
Pili Gómez dio nombre al club, «La espada de fuego», pero es que Pili era poeta y, además, otaku. Celebrábamos el encuentro los sábados en la tarde, en uno de los salones de la biblioteca La Floresta; nos sentábamos en mesa redonda, repartíamos café y alabábamos y denigrábamos a diestra y siniestra sobre la literatura universal, con discusiones que tenían un ímpetu político, religioso, más que radical.
A pesar de que Pili Gómez se disfrazaba, con ese rostro todo embadurnado de cremas blancas, se pintaba ojeras, vestía con medias de malla y minifaldas de series japonesas, proponía una bibliografía retadora. Historia universal de la infamia fue un ejemplo de lo que se leía en «La espada de fuego». El libro de Borges trata de biografías ficticias escritas de manera enciclopédica. Y el efecto: un lector desprevenido fácilmente creerá que esas biografías son reales. Esa voluntad de verosimilitud se refuerza al final del libro con un índice de fuentes, un hermoso catálogo que Borges supuestamente consultó. Sí, la consultó. Bueno, sigamos.
Lo que dijo Pili Gómez fue que Borges era un ironista, un escritor exigente que exigía un lector atento.
―No siempre se dice lo que está escrito.
Eso dijo la otaku Pili Gómez, y para que aprendiéramos lo que era bueno en la vida, nos dejó la tarea de leer para la siguiente semana el cuento «Pierre Menard, autor del Quijote», con la idea de seguir indagando en una de las características de la literatura de Jorge Luis Borges: inventarios de autores y fuentes ficticias.
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«Lo dije entre dientes, pero todos escucharon.»
… pero todos oyeron.
Hace 30 o 40 años, sólo los incultos confundían las dos palabras. Hoy hasta los escritores las confunden.
Extrañas las epidemias de errores… ¿Habrá lingüistas que las estudien?
Como alguien que está completamente de acuerdo con usted, tení una (muy) mala noticia: según el Diccionario Panhispánico de Dudas, Menos justificable es el empleo de escuchar en lugar de oír, para referirse simplemente a la acción de percibir un sonido a través del oído, sin que exista intencionalidad previa por parte del sujeto; pero es uso que también existe desde época clásica y sigue vigente hoy, en autores de prestigio, especialmente americanos, por lo que no cabe su censura: «Su terrible y espantoso estruendo cerca y lejos se escuchaba» (Cervantes Persiles [Esp. 1616]); «Chirriaron los fuelles, patinaron en el polvo las gomas, se desfondaron los frenos y se escucharon alaridos» (Sarduy Pájaros [Cuba 1993]).
No está solo aunque, al parecer, ya no tengamos respaldo en aquello que nos enseñaron y que nos servía para distinguir la accion voluntaria e intencional para con el emisor, de la percepción física del sonido
Una pena
Lo que digan los diccionarios de dudas o lo que escriban otros escritores no cuenta al lado de la única autoridad en la materia: el diccionario. Y en el DRAE «oír» y «escuchar» no son sinónimos. Punto.
En cuanto a Cervantes, Sarduy y muchos otros (como Baroja o Ramón Gómez de la Serna (el campeón en escribir «de manera descuidada» – por decirlo finamente), ¿desde cuándo los escritores no cometer errores de gramática o de vocabulario? La lista de los escritores españoles o hispanoamericanos que escriben mal es muy larga (contrariamene a los escritores franceses, que cometen errores rarísimamente – dado lo muy codificado que está el francés, una lengua mucho menos libre que el español).
Todo el que haya leído a Cervantes sabe que tiene muchas calidades salvo la de ser un estilista puro (contrariamente a un Gracián, por ejemplo). El Quijote está lleno de «Entró dentro» y «Salió afuera» o de frases mal construidas y despistes gramaticales, y no por ello esos errores quedan perdonados y admitidos. En cuanto a Sarduy, ¿desde cuándo es una referencia en cuestiones gramaticales, él que vivió en Francia más que en su país ?
¿desde cuándo los escritores no cometeN errores…
Creo que no lo he explicado bien: el Diccionario Panhispánico de Dudas ES una herramienta de la RAE. De ahí mi desazón, al ver que ya han aceptado ese (para mí) horror
Aquí tiene el enlace: https://www.rae.es/dpd/
Mientras no cambien las definiciones del DRAE…
Que admitan errores es como el Ministerio de Educación francés que ha decidido que las faltas de ortografía ya no cuentan como errores a la hora de obtener el BAC (el bachiller) – con consecuencias desastrosas en la Universidad y en las Grandes Escuelas (en la prestigiosa de Polytechnique han tenido que poner clases de ortografía para evitar hacer el ridículo).
En ambos casos se admiten errores, pero los errores siguen siéndolo. Y quienes los cometen seguirán siendo sospechosos de incultura o de falta de seriedad al publicar textos no revisados.
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¿No será este artículo un producto meramente ficcional que intenta burlarse de los intelectualoides que no pueden creer que existan otakus lectores de Pierre Ménard?
Muy interesante perspectiva. El crucial capítulo quijotesco del hallazgo del cartapacio arábigo no sucede en Alcalá sino en el ALCANÁ o barrio comercial de Toledo. De modo tal que es ahí donde una novella o novela corta, ejemplar, se convierte en referente de la novela moderna y contemporánea. Toledo es pues la cuna del Quijote.
Qué es moderación?
Un eufemismo acaso de censura?
No, de verificación de que no se escriben cosas ilegales (en cuyo caso el dueño del sitio es también responsable).
Sugerente y provocador artículo. Gracias.