Cine y TV

‘Chicho Terremoto’: Curri Valenzuela meets the Devil

Chicho Terremoto. Imagen Fuji TV.
Chicho Terremoto. Imagen Fuji TV.

De todas las fantasías enfermas que un cerebro dañado puede llegar a elucubrar hay una que, por recurrente, me veo en la obligación de compartir: a veces fantaseo con Curri Valenzuela asistiendo a un maratón de los sesenta y cinco capítulos de Chicho Terremoto. La escena tiene un sadismo elaborado —no, nada de método Ludovico— pero inofensivo, porque más allá de indicar a esta insigne profesional —¿de qué?— dónde revisitar una de las series estrella de nuestras infancias (YouTube) mi contribución a la fantasía se reduciría a la del mero rol de voyeur. Cogería un yogur con bífidus, un apio crudo y quizás unas cortezas; y observaría su reacción. 

Al principio no desconfiaría: es la serie de un niño que sin levantar más de medio palmo del suelo y con una cabeza de órbita gravitacional propia, logra convertirse en el astro del equipo de baloncesto. El nombre del muchacho, «Chicho López» le haría sentir en casa. «Ajá, una oda a la autosuperación que enseña a los niños el valor del esfuerzo», paladearía. Antes de que tuviera tiempo de aplaudir el sublime trabajo de castellanización de situaciones y personajes manga —Genaro, el profesor Povedilla o los indios de Tarragona— reduciendo así la nociva influencia de algo que venga de más allá de la línea pirenaica, entraría en brote. «¡Un menor de edad con actitudes sexuales desbocadas!», vociferaría al contemplar al muchachito colándose en el vestuario femenino para atisbar turgencias, o mutado en torbellino elevador de falditas de colegialas. «¡Qué aberración! ¡Qué manera tan sociata de sexualizar la infancia!», bramaría, con el rostro encendido. Curri, convertida toda ella en máquina de sofocar, descubriría que el personaje dista mucho del ideal ejemplarizante. Gamberro, canalla y manipulador, sus tropelías perversas provocarían que acabase pidiendo las sales, por ejemplo, tras el capítulo en el que Chicho se finge maltratado por su familia (recreando en sí mismo el cuento de «La cerillera») para enternecer a Rosita, portadora de las bragas de sus desvelos y objeto de sus acosos más babosos. 

Los estadios de la locura que atravesaría los tengo bastante bien trazados: sus pupilas en erupción viendo a Chicho sobetearle los pechos a un jugador que a pesar de su aspecto femenino afirma tener «una gran cosa en la entrepierna». «¡Dios mío, también hay transexuales, es el colmo!», exclamaría Curri. Los aspavientos al contemplar cómo a pesar de ser un truhán que utiliza a sus compañeros de forma rastrera para conseguir sus fines acababa indefectiblemente saliéndose con la suya. Para cuando descubriera que los abuelos de la criatura son nada menos que catalanes, Curri ya habría quemado la marcación rápida de su teléfono para poner en jaque al defensor del menor.

Pero la escena se desdibuja en un punto. ¿Qué ocurriría cuando Chicho resume, en una sencilla frase, toda su cosmología, su filosofía vital, su entramado moral y la explicación a por qué tanta arqueología bajo las faldas? ¿Qué diría Curri cuando, tras la pregunta del profesor «Pero ¿es que juzgas a las chicas por las bragas que llevan?». Chicho contestase lo siguiente: «Claro. Solo las bragas blancas muestran la pureza del mundo y la esencia de las mujeres»? ¿Irán sus manos en espiral descendiente de boca a cabeza, ahogando un grito de desaprobación ante tamaña muestra de machismo; o por el contrario se encontrarían en el aire fundidas en un atronador aplauso? ¿Se escandalizaría ante la evidente cosificación de la mujer de Chicho Terremoto, ante su machirulismo galopante y heteropatriarcal? ¿O acaso vería en esa pureza un atisbo de los valores respetables de la mujer medieval que podría salvar a Occidente de la autodestrucción? Mi fantasía se trunca aquí mismo. 

De lo que estoy más o menos segura es de que Curri jamás comprendería por qué nosotros, infame ralea de progres criados al amparo de series de esta calaña, le aplaudimos las gracias a un cabrón de baja estofa como Chicho. De por qué nos desgañitábamos con las hazañas de la auténtica génesis del forocochero —machista, ramplón, amoral, ignorante, gritón y maleducado— y festejábamos todas las aberraciones que consideraríamos censurables en un humano no dibujado. Y no, no es que seamos hipócritas o tengamos algún daño cerebral —no todos— que nos impida ver que estamos asistiendo a una colección de tonterías antipedagógicas de una perversidad indisimulada. Lo hacemos por el mismo motivo por el que todos en algún momento —incluida tú— nos asomamos a hurtadillas a ese ForoCoches del que Chicho, además de alma máter, sería habitual merodeador. 

Porque, querida Curri, convenimos contigo en que asomarse a la miseria humana a veces es desolador. Pero también divertidísimo. Caricaturizarla, ni te cuento. 

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5 Comentarios

  1. Todo es malo menos lo que digo yo que es bueno

    Os suplico, oh Torquemadas woke, apóstoles sectarios de la corriente que hace que entre dinero en vuestra cuenta corriente sin tener talento, que por ventura nos digáis a los pobres ignorantes qué podemos ver en la tele sin que vuestra fábrica de etiquetas fáciles nos cuelgue calificativos que ni siquiera sabéis que significan.
    ¿Nos puede usted hacer una lista de películas y series que podamos ver sin ser machistas, heteropatriarcales, fascistas, nazis o algófobos? ¿Os daréis cuenta algún día que no se diferencia en nada de los tiempos del Nodo?
    Hay que tener mucho tiempo libre, muchos pájaros en la cabeza y cobrar por ello para revisar dibujos animados inofensivos como si fueran el Mein Kampf.

  2. Pingback: La reacción de Curri Valenzuela ante la irreverencia de Chicho Terremoto - Hemeroteca KillBait

  3. ¿Profesional de qué? Corresponsal de EFE en los EEUU y redactora jefe de Cambio 16, por ejemplo. Exponente máximo del adanismo charil.

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