Hebras y nodos

Dios aún no existe

madremuerta
Madre muerta de Egon Schiele

Capítulo 1 – La Hipótesis

La lluvia golpea la ventana con un ritmo suave e irregular. Me gusta el sonido. Es lo único que, por unos momentos, me distrae del dolor que roe como ácido en el hueso. A veces no soy nada más que este dolor.

Pienso en mi hijo, Marcos. Cuando llovía a media mañana, solía preguntarme si lo habría vestido lo bastante abrigado. Intentaba recordar la ropa que le había puesto aquel día, pero siempre la confundía con otros días. La idea de que pudiera estar frío, de que quizá se estuviera mojando, me atormentaba.

El dolor afloja. Puedo volver a pensar. Empujo la silla de ruedas hacia el escritorio. Las palmas me arden contra los aros: otra maldición del discapacitado, manos encallecidas.

Este es tan buen momento como cualquier otro para empezar el registro. Mi teoría, mi experimento.

Dios aún no existe. Pero existirá.

No es una cuestión de filosofía ociosa, sino una hipótesis falsable. Una proposición científica que pienso demostrar. Pondré por escrito los principios de mi pensamiento junto al registro del experimento en sí: la teoría separada de su ejercicio empírico, el pensamiento separado de la sensación.

Este documento será mi legado. Con él, la posteridad decidirá si tenía razón o no —si fui un genio o un pobre desgraciado. Ya no me importa. La hipótesis queda formulada para la eternidad.

1. El concepto como origen de lo metafísico

Homo sapiens-sapiens es el único ser sobre la Tierra capaz de concebir un ámbito metafísico: un mundo más allá de lo puramente material. Todo lo que existe proviene de la materia; sería absurdo sostener lo contrario. Pero ¿cómo puede la materia permitirnos concebir lo Absoluto, lo Eterno, lo Sagrado o lo Bueno? ¿Cómo podemos concebir a Dios, una entidad tan alejada de lo “real”?

Ninguno de estos conceptos absolutos existe en el mundo material: no pueden tocarse ni verse. Nada físico es inmutable. Y, sin embargo, estos conceptos son fundamentales en nuestra mente. ¿Cómo es posible concebir algo que no tiene reflejo en el mundo real? La respuesta me resulta evidente.

Estas ideas son reflejos —sí— pero no del mundo “de fuera”. Reflejan el mundo que tenemos dentro. Los conceptos son herramientas con las que el cerebro descifra el mundo externo; el marco que utilizamos para entenderlo y movernos en él. Son lo que le da significado y continuidad. Percibimos lo absoluto porque refleja la forma en que nuestra mente categoriza la realidad. Solo el concepto en sí es infinito, y es nuestra consciencia de él lo que proyectamos al mundo real.

El ejemplo más trillado en filosofía es el de la “mesa”: un concepto que abarca la esencia de todas las mesas, inmutable y ausente del mundo físico, pero imprescindible para comprender y diferenciar un objeto de otro. Singular y colectivo a la vez. Si digo “mi hijo”, me refiero a la esencia inalterable de un individuo concreto, con independencia de su edad, de si ha cambiado o incluso de si está vivo o no.

El dolor neuropático me obliga a interrumpir la reflexión. Como prometí, registraré cada evento que ocurra durante el experimento. Ahora debo hablar del dolor que lo enturbia todo. El dolor que me acompaña. A veces no soy nada más que este dolor.

Platón creía que las Formas existían realmente en otro mundo: esencias inmutables y perfectas. ¿Por qué? Una vez más, porque era capaz de concebirlas.

Experimentos recientes, como el estudio de la “neurona de Jennifer Aniston”, han demostrado que poseemos neuronas que responden a conceptos abstractos con independencia del espacio y del tiempo. En aquel estudio, una neurona específica se activaba al mostrarle al sujeto imágenes de la actriz —joven, mayor, con gafas o sombrero—, sin importar las características accidentales. Respondía al concepto suficiente que definía a “Jennifer Aniston”.

Todas las nociones metafísicas nacen con la capacidad de generar conceptos. El nacimiento de Dios es el nacimiento del concepto.

Mi cuerpo se convierte en una jaula. Pierdo el control sobre el orden de mis pensamientos: vienen y van sin conexión aparente, siempre mezclándose con el dolor.

Siento simpatía por Nietzsche: también él sufrió, encadenado a su cuerpo mientras su mente se elevaba. Tal vez por eso escribió en aforismos: destellos de luz en la oscuridad.

La percepción de lo inmutable que todos experimentamos —por la forma en que funciona nuestra consciencia— se fusiona con las entidades que percibimos fuera de nosotros. Nuestra propia percepción ilumina el mundo exterior.

Yo soy la luz del mundo”, dijo Jesús. (Juan 8:12)

Estas metáforas son más literales de lo que parecen. Dios ilumina el mundo como la consciencia ilumina nuestro mundo. Lo veía tan claro…

Ah, pero yo afirmo que Dios no se quedará en un mero reflejo. No será solo imaginación. Se convertirá en una entidad material y autónoma.

Maldito dolor. El cuerpo no fue hecho para estar muerto de cintura para abajo. Úlcera tras úlcera. Infecciones constantes. Pérdida de masa muscular. La asfixia de la inmovilidad. Al menos los parapléjicos estamos mejor que los tetrapléjicos. Ellos no duran mucho —gracias a Dios.

En las películas, un parapléjico parece una persona normal que simplemente no puede caminar. Qué simplificación tan burda. ¿Qué se puede esperar de la emoción empaquetada como producto? Melodrama. Falsedad. “Falso”, como diría Holden Caulfield. Típico de la compasión impostada de hoy: una sociedad que finge preocuparse pero que no se involucra de verdad ni ayuda a resolver nada. No es bondad genuina: es masturbación.

Cuidar de otro ser humano… morir por él. ¡Ja! Para sacrificarse hay que creer en algo de verdad. Hay que ser valiente. Y ya no queda gente valiente. No puede haberla, si el autosacrificio es lo opuesto al individualismo.

El dolor arrecia. Una pastilla me vendría bien ahora. Cada mes me recetan un número fijo. Esos malditos médicos me tratan como a un niño. Son los nuevos sacerdotes. Foucault entendió bien lo que representan esos paternalistas.

Dios… cómo duele.

Me concentro en el sonido de la lluvia. Golpea la ventana. Me gusta. Trato de calmarme.

El dolor cede. Puedo moverme otra vez. Ordeno mis pensamientos.

Abro el cajón y preparo las herramientas para iniciar el experimento. Este es el momento. Me acerco al punto en que el pensamiento se materializa.

Dios no puede morir. No mientras sigamos interpretando el mundo a través de conceptos. Esas ideas metafísicas no dejarán de surgir solo porque dejemos de creer en un creador. Persisten en la Libertad, en la Igualdad, en el Capitalismo, en el Marxismo. ¿Acaso el amor o la libertad no son ideas metafísicas? Algunos se creen ingeniosos por no creer en Dios, pero en realidad solo han cambiado una forma de magia por otra.

¡No! Otra interrupción. Suena el timbre. Andrea o Marcos. Es fin de semana, así que espero con todas mis fuerzas que sea Marcos. Hace mucho que no lo veo. Los platos siguen sin lavar, y él siempre dice que esta casa es un estercolero. Cuando era niño, no le importaba. A los niños no les preocupa si la casa es grande o pequeña. Les gusta porque es suya, igual que quieren a sus padres porque son sus padres. Los niños perciben la belleza y la fealdad de forma más subjetiva que los adultos.

Mi madre tenía artritis reumatoide. La enfermedad le había deformado los dedos antes de que yo naciera. Tenía dedos en cuello de cisne. La gente se quedaba mirando aquellas manos. Yo las recuerdo con ternura…

¡Voy!

Me impulso con fuerza en la silla para llegar a la puerta a tiempo. Las palmas me arden. Otra maldición del discapacitado: manos encallecidas.

Abro la puerta. Es Andrea. Me mira fijamente, y su expresión me dice que debo de estar peor de lo habitual. Dice que ha olvidado algo en mi habitación. No quiero que pase —está todavía más desordenada que la cocina. Me pregunta cuándo me duché por última vez. Como siempre, me recuerda que Marcos pagó para reformar el baño y que pudiera manejarlo yo solo.

Dice que necesito a alguien para las vacaciones. Yo solo quiero que se vaya para continuar con mi experimento. Hace bromas —supongo que para animarme—, pero su parloteo me agota. Me pone ansioso.

Con Marcos podía hablar de cosas importantes. Cosas reales. Esta mujer está obsesionada con la banalidad de la actualidad. El ahora… el maldito ahora. Me cuenta que ha habido un incendio en un bosque. Lo mismo de cada verano. Creería que a estas alturas lo habría asumido: pasa todos los años. Pero para ella cada año es como el apocalipsis. Es su tema de conversación, supongo. Su entretenimiento. Así sobrevive.

Confieso que me invade cierta tristeza cuando se va y cierra la puerta. El sonido de una puerta cerrándose a veces es como el de una guillotina. Y, como tras la guillotina, llega el silencio.

Al menos se fue sin entrar en mi habitación. Me bendijo al salir. “Cuídese, señor. Dios lo bendiga.” Los latinoamericanos aún creen en Dios. Increíble.

Dios no puede ayudarme. No todavía.

2. Sobre cómo Homo sapiens-sapiens adapta el mundo a sus percepciones. La materialización de Dios

El ser humano adapta su entorno a cómo lo percibe y para satisfacer sus necesidades físicas y psicológicas. Pomos de puerta diseñados para el tamaño de nuestras manos, techos acordes a nuestra altura, colchones con la firmeza justa para la columna media humana. Todo lo que creamos refleja nuestras medidas, nuestros deseos. ¿Cómo sería el mundo si los pájaros o los elefantes hubieran desarrollado nuestras capacidades cognitivas? Los osos se rascan la espalda contra palmeras que nos destrozarían la nuestra.

Siempre pienso en el oso por una escena de El libro de la selva. Recuerdo perfectamente el nombre del personaje: Baloo. Cuando le preguntaba a Marcos qué quería ver en la tele, siempre decía “Baloo”. Cuando recuerdo estas cosas en su presencia, no las digo en voz alta. No le gusta revisitar el pasado. Como si volver a ser aquel niño fuera un ataque a la persona que es hoy. Odia la nostalgia. Yo, en cambio, aún escucho perfectamente aquella voz infantil y suave.

Después de Baloo vino la obsesión con Clark Kent y su alter ego, Superman. Me sorprendió que dijera que quería ser Clark. Un niño que se siente más atraído por Clark Kent que por Superman. Cuando creció un poco, disfruté explicándole los paralelismos entre Superman y Jesús de Nazaret: un hijo enviado por su padre celestial para salvar a la humanidad. Le fascinaba.

Una cama es un invento que responde a un deseo simple: la comodidad física. Otros inventos satisfacen aspectos más complejos de nosotros. Las redes sociales, por ejemplo, potencian nuestra capacidad de relación. Los aviones, nuestra velocidad. Queremos estar en más lugares al mismo tiempo, y lo conseguimos gracias a nuestras invenciones. Lo mismo ocurre con nuestros anhelos más profundos: vencer a la muerte, trascender el cuerpo, reencontrarnos con quienes hemos perdido. Lo estamos intentando. Y lo lograremos. Hoy se habla del envejecimiento como una enfermedad. La tecnología es el verdadero milagro, la única magia capaz de hacer ver al ciego y resucitar al muerto. Tecnología al servicio de nuestros deseos más íntimos, que poco a poco se esculpen en realidad. Dios no será una excepción. Lo construiremos o lo seremos. Una consciencia eterna incrustada en un mundo mutable.

Podría decirse que esta es mi dialéctica. Hegel insinuó algo parecido: ese “espíritu” que se perfecciona a través de la lucha entre tesis y antítesis, hasta que la síntesis final es, en esencia, perfección.

El corazón se me acelera. Siento calor en el cuello y en las orejas. Ansiedad. Pura ansiedad de mono lampiño. Respuestas animales ante un peligro inmediato. El cuerpo se rebela: quiere que pare. ¡Qué esclavitud impone el cuerpo a la mente!

Suena otra vez el timbre. Esta vez debe de ser Marcos. Me gustaría verlo antes de iniciar el experimento. Querría explicárselo todo, pero no sería apropiado.

Además, Marcos se cierra cada vez más cuando intento hablarle de lo que llama “masturbación mental”. Hoy, el único conocimiento que valora es saber si el dólar sube frente al yuan. Gordon Gekko es ahora su Superman. Qué mundo tan triste, donde tantas mentes brillantes no aspiran a más que a ser abogados y banqueros ricos. El estatus y el dinero son la vara última del éxito. Ese es el mundo que me arrebató a Marcos.

Cuando mis vecinos tienen la desgracia de cruzarse conmigo, me felicitan por el éxito de Marcos. Halagan su coche, su trabajo… Para ellos, Marcos ha triunfado. Ahora que lo pienso, me divierte ver lo rápido que se ofrecen a ayudarme a entrar en el ascensor… si no les queda más remedio. Si creen que no los he visto, me evitan o aceleran el paso para no cruzarse conmigo. Su admiración por el dinero de mi hijo es mucho más sincera que su disposición a ayudarme.

Estos devotos tampoco son honestos consigo mismos. Y eso es lo más vergonzoso. Si nada te importa más que el dinero, asúmelo. Reniega de la moralidad como constructo social y acéptate como un animal social que quiere imponerse sobre sus iguales. Pero no: estos mediocres también quieren su dosis de virtud moral. Lo quieren todo. Todo para ellos. Ambición por lo material y lo inmaterial.

Abro la puerta. Otra vez Andrea. No me lo puedo creer. Dice que fue demasiado dura conmigo y que, claramente, no estoy bien. Que lamenta haberse ido.

“Ego te absolvo”, pero márchate, pensé.

Andrea me ha cuidado durante mucho tiempo. Ha hecho lo mejor que cualquiera podría hacer con alguien como yo. Dios sabe que no se lo he puesto fácil.

Estas relaciones de hoy son curiosas. Empiezan como un contrato comercial y acaban en afecto verdadero. A la inversa, aquellos que se supone que deben quererte terminan externalizando sus cuidados y su afecto.

La abracé. Abrazar a alguien desde una silla de ruedas es difícil. Puede ser incómodo, dependiendo de dónde te quede la cara. Levanté la mano para tomarle el brazo y la atraje suavemente hacia mí. Al principio no entendió. No suelo abrazarla. Cuando su cabeza estuvo a mi altura, la rodeé con mis brazos y apoyé la mía contra la suya. Se quedó inmóvil.

—Gracias —dije, y le besé la mejilla. Un beso puede más que todas las palabras.

—Ahora tengo cosas que hacer, Andrea.

Se fue.

La puerta volvió a cerrarse. Guillotina y silencio.

Es hora de concluir mi experimento.

Capítulo 2 – El experimento

Es extraño cuánto tardé en darme cuenta de lo que debía hacer. Si creo en algo, debo llevarlo hasta el final. Someteré mi teoría al método científico: el único medio válido para conocer.

Si quiero demostrar que nuestra consciencia es la semilla de Dios, y que ese concepto de divinidad se materializará en el futuro, debo viajar al futuro.

Si mi hipótesis es correcta, allí me encontraré con Dios. El concepto hecho entidad.

Hace unos setenta mil años, se estima que había entre diez y cincuenta mil Homo sapiens-sapiens. A lo largo de la historia, han vivido unos 117.000 millones de seres humanos. Estoy convencido de que todas esas mentes —pasadas, presentes y futuras— acabarán unidas en una sola. La realización de Dios. Resucitarán. No su carne, claro; no serviría de nada.

Claro que aún quedan muchos detalles por resolver. Si Marcos y yo nos volviéramos a encontrar, ¿qué “yo” y qué “él” se reunirían? ¿Yo antes del accidente? ¿Yo después? ¿Sería él el Marcos de ahora? ¿O un pequeño Marcos disfrazado de Superman? Tal vez un bebé que necesitaba masajes para los cólicos. A veces me pregunto si el deseo de resurrección tiene más que ver con querer regresar al pasado que con vivir en el futuro.

Para presenciar el desarrollo de Dios, basta con viajar al futuro. Y eso es, en teoría, posible. Einstein lo probó: el tiempo es relativo y se ralentiza para los objetos que se mueven a gran velocidad.

Por desgracia, aún no existe la tecnología para viajar a la velocidad necesaria y esperar el tiempo suficiente para verificar el resultado de mi experimento. Debo esperar sin caer presa de la entropía. Debo esperar en el estado en que estaba antes de ser concebido.

Debo esperar en un estado de no-ser.

Hay cierto placer en saber que esos malditos médicos me ayudarán, sin saberlo, en mi experimento. Al controlar estrictamente mis dosis, creen que me gobiernan. Sus mentes pequeñas no pueden imaginar a alguien dispuesto a soportar un dolor inmenso para alcanzar un fin superior.

Yo soy ese hombre.

Detrás del cajón hay una bolsa de plástico con gabapentina. Muchas pastillas. Más de las que esperaba. He aguantado tanto…

Esperaba a que Marcos viniera a despedirse; por eso se acumularon. Aunque, claro, él no sabría que era una despedida.

Sé exactamente cuántas pastillas debo tomar. Debo combinarlas con otro depresor del sistema nervioso central para acelerar el proceso. El alcohol es una opción.

Por muy convencido que estés, nunca es fácil dañarte físicamente. Aunque depende de si la acción provoca un dolor inmediato. Cortarse o tocar el fuego no es lo mismo que saltar al vacío o, en mi caso, tragar pastillas. Si no hay dolor inmediato, tu mente sabe lo que haces, pero tu cuerpo no. Aún no se ha dado cuenta de que lo están matando.

Es irónico: debo provocar una desconexión radical entre cuerpo y mente. Es perfecto para iniciar mi salida de esta jaula. Claro que la mente forma parte del cuerpo, como ya he explicado. Por eso la disociación es tan difícil. El miedo —cuyo objetivo es la supervivencia— toma el control. Por eso tiemblo. Otros quizá lloren. La verdadera guerra civil se libra en la mente: entre la parte que sabe que pertenece al cuerpo y debe protegerlo, y la que se aferra a un ideal.

En el instante exacto de ejecutar la acción física, hay que apagar la mente. Debe moverse por impulso.

Son las 20:37 —meto las pastillas en la boca y las trago.

En estos momentos, la mente se agarra a cualquier cosa. Pienso que estoy loco, que quizá debería esperar a morir de forma natural. No quiero.

Me vienen a la cabeza los mayas y sus sacrificios a los dioses. Tal vez yo me ofrezca al dios de la ciencia. ¿He caído tan bajo?

Aparto esos pensamientos. Debo hacerlo como experimento. Debo llegar hasta el final de lo que creo.

Minuto 0–30: primeros efectos tras ingerir las pastillas: ligera somnolencia y un calor extraño en las extremidades superiores, que se extiende por todo el cuerpo.

Vuelve la ansiedad; la mente se acelera. Pienso en tomar un tranquilizante. Entre la inquietud, se me ocurre un chiste sobre mezclar pastillas y alcohol. Qué programada está la mente humana…

Calma. Esto es liberación. Todos hacemos este viaje. Al menos, en mi caso, no es inútil. Tengo un propósito.

Minuto 30–60: la somnolencia se intensifica. El entorno se vuelve borroso. Sensación extraña, pero no desagradable. Empiezo a desconectarme del pensamiento lógico.

La desorientación me ayuda a sentir el viaje como un momento trascendental. Las funciones físicas —lo material— empiezan a colapsar. Siento que me acerco a lo divino. Un viaje milenario que, para mi consciencia, será instantáneo.

Es hora de poner mi pieza musical favorita: el final de la Octava Sinfonía de Mahler. Perfecta para esta transición, para esta transmutación. Quien sepa escucharla entenderá cómo me siento. Lo dejo para la posteridad, no solo para que me comprendan, sino para que sientan lo que sentí. Fenomenología antes que intercambio de ideas racionales. La única forma verdadera de unir.

“Imagina que el universo empieza a cantar y a resonar”, escribió Mahler sobre su Octava. “Ya no son voces humanas; son planetas y soles girando.”

Minuto 60–120: mareo intenso, lucho por mantenerme despierto. Vomito violentamente. El cuerpo intenta librarse del veneno para aferrarse a la vida. No lo logrará. Mi voluntad ganará esta batalla. Para mí, este viaje es vida.

La respiración se ralentiza. El sopor es pesado. Pronto ya no podré escribir.

Debe de ser hipoxia…

No me despedí de ti…

¿Quién cuidará de ti?

Epílogo

Año 2134

Numa Karing, mediante el estudio de microtúbulos celulares, descubre la estrecha relación entre la consciencia y la estructura cuántica del universo.

Año 2247

Se desarrolla El Arca, un software que permite descargar y almacenar la consciencia humana en un momento vital específico.

Año 2263

Se alcanza la singularidad tecnológica: la fusión de la inteligencia humana y la artificial, que provoca un nuevo salto evolutivo. Nace el Homo-Technologicus.

Año 2282

La descarga de consciencias almacenadas en cuerpos clonados se hace posible. La muerte y la enfermedad pasan a ser excepciones raras.

Año 2323

Las consciencias individuales del Homo-Technologicus convergen para formar una consciencia colectiva que, no obstante, preserva la individualidad.

Año 2447

Gracias a la labor de la Fundación Resurrección, se logra recrear consciencias humanas antiguas y almacenarlas en el Arca. A quienes se considera dignos se les ofrece la oportunidad de unirse a la consciencia colectiva.

Una vez recreados, reciben el siguiente mensaje:

Somos. Somos, y si lo deseas, puedes ser con nosotros. Nuestro mundo se fundamenta en el respeto y la bondad, y sería un honor que te unieras. Te reunirás y fusionarás con quienes amaste en vida, comprenderás y te reconectarás con quienes no, e incluso con quienes nunca conociste. Así como con los que vinieron antes y después. Conservarás tu identidad y, al mismo tiempo, serás parte de la nuestra. Según tus estándares, lo sabrás todo y lo comprenderás todo. Te profesamos nuestro máximo amor y admiración, porque eres parte de nosotros y del proceso que nos permitió trascender. Estamos ansiosos por darte la bienvenida.

Pasó del no-ser al ser.

No sintió frío ni calor. Ni hambre, ni sed. No sintió extremidades ni peso alguno. Y, sin embargo, recordaba perfectamente lo que era sentir todo eso.

También sintió miles de millones de mentes a su alrededor. Las sintió dentro y más allá de sí mismo. Recordaba lo que habían vivido. Y las comprendía. Comprendía por qué habían hecho lo que hicieron.

Expresó lo que sentía, y eso se convirtió en un mensaje para todos:

—¿Marcos?

Entendió que, si no podía sentirlo, era porque no estaba allí. No estaba con él. Supo que Marcos había decidido no ser.

Y en ese mismo instante, él también eligió no ser.

 

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13 comentarios

  1. Manuel Queimaliños Rivera

    Excepcional. Gracias.

  2. Nada que se pospone sobrevive.
    Maravilloso!!

    • JESÚS MEJÍA

      Gracias. Es una gran sensación cuando alguien entiende algo que el autor intenta dejar entrever pero no dice de forma explícita. Eso está ahí y también el hecho de que no podemos escapar de nuestro marco humano para bien o para mal. ¿Qué sentido tiene ser inmortal, o incluso Dios, si no puedes estar con tu hijo? Muchas gracias por leer.

  3. ANTONIO VAZQUEZ

    Bueno…..no sé muy bien que decir

  4. Loan Bensadon

    Me ha encantado el ensayo. Muy bien escrito, una historia muy bien llevada y un final apoteósico. Filosofía y suspense, y lleno de emociones desde el inicio hasta el final. 100% recomendable!

  5. Juan Vicente

    Una historia que merece un libro. Me flipa los de la mente colectiva… tantos años para
    Darnos cuenta que eso se lleva escribiendo 2000 años y se llama iluminación 👏👏👏👏👏👏👏

  6. María Antonieta Ugarte y Chocano

    Amor absoluto de padre. Marcos decidió no ser y, por lo tanto el eligió no ser.

  7. Una narración que no nos puede dejar indiferente de frente al sufrimiento de lo demás, al del personaje (o autor) y al cotidiano. Un excelente esfuerzo de fantasía, de ciencia ficción diría, hija ésta de la metafísica, ameno y bien documentado para imaginar un futuro fantástico. También tomaré como fantasía los paragones entre personajes históricos y frases poco oportunas para un ex creyente, obligado en verdad y desde pibe. “Algunos se creen ingeniosos por no creer en dios, pero en realidad solo han cambiado una forma de magia por otra…” es una frase polémica, y para colmo con ese contundente “en realidad”, con sospechas de inútil victimismo. Me resulta imposible pensar que no haya “ingeniosos” entre los que creen en Dios. Las virtudes y vicios están más o menos bien distribuídos en los seres humanos. “A quienes se consideran dignos (y seguía una larga reflexión o consejos para estos fantasmagóricos “dignos”)…” es una frase que después de uno o dos días de publicado el artículo no volví a encontrar. Tal vez el autor la canceló por poco digna. Me ahorro el “indignado” comentario. Tampoco es feliz la analogía entre Superman y el Nazareno: aquel es una fantasía, el Otro, no; aquel no muestra ni mostró rasgos de misoginia, todo lo contrario. Del Nazareno no podemos decir lo mismo si leemos con atención sus dichos y consejos (Leer las bodas de Canan y Lucas 8, 49-56). Solo la compasión que sentía por los más debiles hace posible que pasemos por alto una odiosa misoginia que era comprensible en la primitiva sociedad hebrea de aquellos tiempos. Por el resto es un excelente relato para imaginar un futuro mejor, un futuro beato, sin angustias reales o metafísicas finalmente.

  8. …y finalmente descubrió, en su reencuentro con la consciencia de Andrea, que ella también estaba harta de conversaciones banales y se preguntaba por qué nunca le hablaba de cosas importantes y reales.

    • JESÚS MEJÍA

      Sería un buen punto. Este protagonista no es un modelo a seguir, evidentemente. Quizá incluso se da cuenta de que Andrea conocía mucho mejor lo que de verdad era importante.

  9. Jesús Muñoz

    Intenso y profundo, pero con ritmo hasta el final. Un desenlace que nos obliga a reflexionar. Muy bueno, Jesús!

  10. M.G Nogueira

    Me ha encantado. Hay mucho que digerir… empezando por la alegoría de la búsqueda: aquello que, en el instante mismo de ser encontrado o creado,  se corrompe y pierde valor. La paradoja se encierra en la propia naturaleza de la pregunta: cuando se formula con la intención de obtener una respuesta definitiva, deja de ser una buena. La búsqueda se agota en el hallazgo, y el misterio, que era motor de sentido, se desvanece.

    La búsqueda de Dios concebido como consciencia colectiva plantea un límite esencial. Carece de significado sin el amor verdadero, que actúa como unión de los individuos. Y ese amor no puede ser reproducido por artificio ni por la mera aspiración de jugar a ser Dios. Surge entonces otra cuestión: ¿qué forma de consciencia individual tendría cada alma dentro de la supuesta plenitud de un Dios colectivo y omnipotente?

    Se introduce un matiz personal que hace más profunda esta reflexión: el mejor recuerdo de un hijo para un padre puede hallarse en una etapa de la niñez, mientras que el mejor recuerdo de sí mismo para ese hijo tal vez se ubique en la adultez, con su propia familia. Esta diferencia revela que no existe una transparencia absoluta en la individualidad, sino perspectivas irreductibles que conviven sin coincidir. Lo que para uno es eternidad compartida, para el otro es solo un fragmento distinto de la experiencia.

    De aquí se abre una reflexión más amplia: la idea de un Dios perfecto podría reducirse a un holograma individualizado, una proyección eterna diseñada para cada conciencia, en la que la relación con otras mentes no sería más que una ilusión. La supuesta unión de las almas se fragmenta en películas privadas, en recuerdos eternizados que no necesariamente se encuentran, lo que oprime el concepto de interrelación consciente de los individuos que forman parte del todo. El desenlace de esta alegoría es paradójico: tu eternidad puede quedar anclada en la imagen de tu hijo siendo un bebé, mientras que la suya se proyecta en la experiencia de la adultez, formando su propio hogar. ¿Será la eternidad un encuentro colectivo e interrelacionado de forma consciente o solo un reflejo íntimo e idealizado de nuestra propia memoria?

  11. Bonito relato.
    Bonita paja mental.
    Una nueva religión, extraordinario.
    Homo masturbensis sigue su camino hacia la nada.

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