Cine y TV

Los papeles que nunca fueron: pequeñas negativas, grandes giros en la historia del cine

grandes giros en la historia del cine
Matrix. Imagen: Warner Bros.

En Hollywood, como en la vida, no hay nada más decisivo que un «no» a tiempo. La negativa, bien administrada, no solo define una carrera: a veces la destruye, a veces la engrandece. Otras veces, sencillamente, convierte a otra persona en una estrella. Porque si hay algo más cinematográfico que una audición, es una renuncia: un contrato no firmado, un guion devuelto sin abrir, una agenda que casualmente se llena de pronto. Y así, como si el azar tuviera oficina de casting, se reescribe la historia del cine.

Hay quienes rechazan por orgullo, quienes lo hacen por miedo y quienes —los menos— lo hacen por amor. Y están también los que simplemente no entienden el guion, lo cual es una forma bastante elegante de arruinarse una leyenda. Javier Cámara, por ejemplo, no entendió El laberinto del fauno. Lo leyó y pensó que era una rareza. Una fantasía sin pies ni cabeza. Algo demasiado simbólico, quizá, para el costumbrismo ibérico, tan aficionado a lo tangible. Dijo que no. Cortés, sin duda, pero firme. Y luego vio la película. En una sala de cine, probablemente. Con el sonido envolvente, los ojos como platos y una creciente sensación de incomodidad en la butaca. Porque se arrepintió. No es que le hubiera tocado ser el fauno, claro, ni tampoco el capitán Vidal, pero da igual: cuando una película se convierte en historia del cine, uno no quiere ser el que la rechazó porque le pareció un cuento raro.

Otros tuvieron la oportunidad de elegir entre la gloria o el escepticismo. En los noventa, Matrix fue esa cosa incomprensible que tres estrellas decidieron no comprender. El guion parecía escrito por un filósofo aficionado a las artes marciales y los ordenadores, y eso —en los tiempos del blockbuster puro— sonaba más a excentricidad que a éxito. Will Smith, Brad Pitt y Nicolas Cage —cada uno con su ego en una mano y su filmografía en la otra— dijeron que no a ser Neo. Cortésmente, eso sí. El primero prefirió cabalgar escarabajos mecánicos en Wild Wild West; los otros, vaya usted a saber. Keanu Reeves, bendecido por la indecisión ajena, se convirtió en el elegido. Y no por méritos proféticos, sino por descarte. A veces, el destino es una cadena de rechazos. A veces, el camino hacia el culto comienza en la bandeja de entrada de los que dijeron que no.

Hay negativas que tienen el eco de un susurro trágico. Marilyn Monroe, por ejemplo, no fue Holly Golightly porque su representante temió por su imagen. Aquello de pasearse con gafas de sol y un croissant por la Quinta Avenida, con hombres entrando y saliendo y una ambigüedad moral envuelta en alta costura, sonaba a libertinaje. Y ya se sabe: hay que proteger la pureza de la diva, aunque sea a costa de negarle la libertad de interpretarse a sí misma. La que sí aceptó fue Audrey Hepburn, que no era exactamente el tipo de mujer que Truman Capote había imaginado, pero que tenía una elegancia tan inexplicable como el propio personaje. Se convirtió en mito gracias a un papel que Marilyn nunca supo que le habría encajado como un guante… o como un guante de satén. Un gesto de protección mal entendido que acabó convirtiéndose en oportunidad ajena. Cosas de Hollywood.

John Travolta dijo «no» a Forrest Gump. Tenía una cita con Tarantino y con un traje negro de chaqueta estrecha. Lo demás es historia del celuloide, aunque no la suya. Mientras Tom Hanks recogía el Óscar entre lágrimas, Travolta bailaba con Uma Thurman en una cafetería retro, hablaba de hamburguesas en Europa y se aferraba a su segunda vida en pantalla. Su carrera revivió, sí, y con fuerza, pero a veces uno se pregunta qué habría pasado si ese «la vida es como una caja de bombones» hubiera salido con acento italoamericano y una ceja arqueada, entre la candidez impostada y la dureza de barrio. Quizá el destino era el mismo, pero con otro peinado.

Jennifer Lawrence es otro caso. Tarantino le ofreció ser Daisy Domergue en Los odiosos ocho, pero la actriz —una estrella ocupada, y con razón— no pudo encajarlo en su agenda de premios, rodajes y franquicias en curso. El personaje se lo llevó Jennifer Jason Leigh, que terminó sangrando, escupiendo y gritando en pantalla como pocas veces hemos visto a una actriz hacerlo, entre la mugre del oeste y la poesía de los disparos. Tarantino volvió a intentarlo más tarde con Érase una vez… en Hollywood, pero Lawrence volvió a declinar. Lo suyo con Quentin no es desencuentro, es una tragicomedia de ofrecimientos fallidos. Un tira y afloja que, si lo firma alguien más, ya sería una trilogía.

Y luego está Belén Rueda, que declinó participar en Terminator: la salvación. No porque le pareciera poco jugoso el proyecto, ni por escrúpulos con los robots asesinos del futuro, sino porque prefirió no perderse el crecimiento de sus hijas. Uno de esos casos raros donde la maternidad le ganó la partida a Hollywood, y la ciencia ficción se vio superada por la vida doméstica. Mientras los androides hacían la guerra en pantalla, ella cambiaba pañales, asistía a reuniones escolares o quizá simplemente se quedaba a merendar. No es menos heroico. Solo que sin banda sonora épica de fondo.

Jack Nicholson pudo haber sido Michael Corleone. Pero declinó el papel porque —según sus propias palabras— «un personaje así debía ser interpretado por un actor italiano». Una muestra de coherencia étnico-profesional que rara vez se ve en Hollywood, y que seguramente hizo que Al Pacino brindara por él años después, copa de Chianti en mano, mientras repetía: «Leave the gun, take the cannoli». En un mundo donde los acentos vienen en espray, los rostros cambian por CGI y la autenticidad se alquila por horas, que Jack dijera no por razones de fidelidad cultural resulta casi insólito. Y un poco enternecedor. Como si el método aún tuviera principios. O remordimientos.

Emily Browning, por su parte, no dijo nada. Ni sí ni no. La escritora Stephenie Meyer la había imaginado como Bella Swan, la novia perfecta para un vampiro con moral de escayola, pero Browning no mostró interés. Ni siquiera fingido. Tal vez intuía que la saga Crepúsculo la condenaría a la eternidad… pero no en el buen sentido. A veces, lo más inteligente que puede hacer una actriz es quedarse callada. Así que Kristen Stewart se quedó con la inmortalidad romántica, el escote marmóreo y los memes. Y Emily, con una carrera más discreta pero libre de colmillos adolescentes y triángulos amorosos con sabor a colonia de instituto.

Javier Bardem dijo que no a Minority Report porque no se sentía preparado. Su inglés —según confesión propia— no estaba a la altura de Spielberg. La sinceridad tiene algo de caballeresca en un entorno donde lo habitual es improvisar con coaches de pronunciación y frases fonéticas escritas en la palma de la mano. Prefirió bajarse del tren antes de verse lidiando con los precogs en una lengua prestada. Tom Cruise fue el elegido. Y Bardem, años después, acabó recitando a Shakespeare con acento madrileño en los océanos digitales de Piratas del Caribe. A su manera, también lo logró. No detuvo crímenes antes de que ocurrieran, pero sí sobrevivió, como villano inmortal, a Johnny Depp y al abuso de cromas.

Y terminamos con un caso que parece sacado de una novela de karma instantáneo. Salma Hayek rechazó interpretar a Selena Quintanilla en el biopic Selena, y eso, aunque entonces no lo supiera, cambió más de una vida. La que más: la de Jennifer López, que se convirtió en estrella de la noche a la mañana, vestida con bustier y lágrimas, bailando cumbia con el peso simbólico de un icono fallecido demasiado pronto. Hayek, por entonces, ya elegía con cautela sus papeles y probablemente no intuyó que aquel proyecto, a medio camino entre la devoción y el melodrama, pudiera funcionar. A veces, sin embargo, los rechazos ajenos son más generosos que los aciertos propios: le construyen una carrera entera a otra persona. Y esa persona, en este caso, bailó hasta el estrellato.

El caso es que cada «no» pronunciado por un actor o actriz es una pequeña implosión en la cronología de la ficción. Un terremoto microscópico con réplicas insospechadas. Porque uno cree estar rechazando un guion —una frase mal escrita, una agenda incompatible, un personaje poco creíble—, pero en realidad está empujando suavemente a otro hacia el centro del encuadre. A veces hacia la gloria, otras hacia la confusión, casi siempre hacia la posteridad. Esa posteridad que, en los créditos finales, no distingue entre genio y azar. En un mundo donde las decisiones se filtran entre agentes, compromisos y estados de ánimo, decir «no» puede ser un acto de valentía, de estupidez o de simple agotamiento. Lo curioso es que rara vez lo sabremos. Porque la historia del cine, como la de la vida, también se escribe con lo que no fue.

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3 comentarios

  1. RealMcmanus

    Bonito artículo. Una única precisión: a Javier Bardem no se le ofreció el papel que interpretó Tom Cruise en «Minority report», sino el que terminó interpretando Colin Farrell. Un saludo.

  2. Qué raro que no hayan aprovechado para mencionar por enésima vez el caso de Tom Selleck e Indiana Jones.

  3. Pingback: Rechazos que cambiaron el rumbo de la historia del cine - Hemeroteca KillBait

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