Arte y Letras Historia

Castillos de España: postales de piedra para turistas del tiempo

Castillo de Loarre. Foto Javier Valero Iglesias (CC) castillos de españa
Castillo de Loarre. Foto: Javier Valero Iglesias (CC)

No todo lo sólido se desvanece en el aire: hay ruinas que se mantienen en pie con una obstinación tan poco rentable como conmovedora. De entre todas ellas, las que fueron castillos conservan una dignidad mineral, una belleza involuntaria, como la de quien no ha pedido ser admirado pero tampoco puede evitarlo. España, tan dada a la guerra como a la nostalgia, conserva más de dos mil quinientas de estas estructuras distribuidas por el territorio como heridas cauterizadas del pasado. Fueron bastiones de defensa, sedes de poder, cárceles, santuarios, símbolos. Hoy los castillos de España son postales, escenarios para bodas, Paradores Nacionales o, en el mejor de los casos, fantasías de otro tiempo. Basta con hojear cualquier folleto de turismo rural o leer según qué suplementos dominicales para advertir que la Edad Media, lejos de haber quedado atrás, ha sido reciclada en alojamiento con encanto.

La idea de vivir en un castillo, por anacrónica que parezca, activa algo más profundo que la mera fascinación estética: no se trata tanto de ocupar un espacio como de encarnar una postura, de instalarse —aunque sea mentalmente— en una arquitectura que nació para dividir, vigilar y resistir. Cada castillo, con sus torres, sus fosos y su melancolía pétrea, propone una forma de estar en el tiempo, de mirar el mundo desde la altura o desde el encierro. Porque los castillos no se eligen: se heredan simbólicamente, como se hereda una neurosis o una genealogía. Y aunque muchos preferirían olvidar que un día sirvieron para el dominio y la guerra, hay algo en su persistencia que todavía interpela. Habitar un castillo, incluso solo en la imaginación, es una confesión de anhelos. Y no siempre los más nobles.

Algunos, como el Alcázar de Segovia, no parecen haber sido construidos tanto como soñados por alguien que tenía demasiado tiempo libre y una vaga idea de lo que debía ser la realeza. Se alza sobre un peñasco como si lo hubieran posado allí con pinzas, apuntando al cielo con esa obstinación vertical tan propia de los complejos de inferioridad bien gestionados. Fue inspiración para Disney, lo cual no habla necesariamente en su favor, aunque sí confirma que el kitsch necesita referentes. A falta de dragones, hoy alberga un museo, lo cual no es poca cosa: que una fortaleza diseñada para resistir asedios termine exhibiendo urnas y espadas tras cristal blindado tiene algo de redención simbólica, o de ironía institucionalizada.

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